De Cerca

Campaigns & Elections. CINCELADORES DE PALABRAS: Discursos políticos, el arte del buen decir

HABLAR por hablar es un acto que no conduce a ningún sitio. El mejor ejemplo es la situación actual que estamos viviendo en todo el mundo donde las personas están cansadas del mismo discurso, de las mismas palabras sin hechos, sin convicción y sin esperanzas. ¿Conectan las palabras a día de hoy con el receptor? Veámoslo… Campaigns & Elections ha tenido el honor de publicarme un artículo al respecto… Espero que lo disfrutéis…

Pincha para leer el artículo

Campaigns & Elections. Pág. 20. Número 21. Octubre 2011

Campaigns & Elections. Pág. 20. Número 21. Octubre 2011

 

 

CINCELADORES DE PALABRAS

Discursos políticos: el arte del buen decir

 

“Fue hace cerca de 10 años cuando un brillante 11 de septiembre se oscureció por el peor ataque de nuestra historia, las imágenes del 11 de septiembre están grabadas a fuego en nuestra memoria nacional. Aviones secuestrados cortando el cielo azul de septiembre, las torres gemelas derrumbándose al suelo, humo negro levantado en el Pentágono, los restos del vuelo 93 en Shanksville, Pensilvania, donde las acciones heroicas de los ciudadanos evitaron aún más angustias y destrucción.  Y, sin embargo, sabemos que las peores son las imágenes que fueron invisibles para el mundo, el asiento vacío en la mesa, niños obligados a crecer sin su madre o su padre, familias que nunca sabrán lo que es abrazar a un hijo. Cerca de 3.000 ciudadanos que dejaron un hueco en nuestros corazones…”

Estas palabras que acabamos de leer las emitió la voz del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. No se han extraído de un cuento, tampoco de una novela y en absoluto de una obra de teatro cuyo objetivo principal sea implorar el miedo. Estas palabras son el principio de un duro discurso dirigido no sólo a los ciudadanos de América, también al mundo entero. ¿Y qué hace? Simplemente poner en contexto, recordar lo que ocurrió ablandando los corazones de quiénes lo escuchan para que ese “después de un tiroteo, mataron a Osama Bin Laden” sea recibido justificadamente por los oídos que esperan atentos la gran noticia.  Obama cuenta una historia, en menos de 6 líneas ya podemos hacernos a la idea de la gravedad y de la crueldad del atentado. Simplemente, contando una historia, una historia de la que él también formó parte. Todos formamos parte ese 11 de septiembre.

De principios y emociones

Escribir un discurso no es fácil. En realidad escribir cualquier cosa no resulta nada fácil. Pero un discurso nunca lo será. Será de todo menos fácil. Y, ¿por dónde se empieza? Siempre por el principio. Y aunque parezca absurdo mencionarlo, empezar por el principio es una cuestión que se suele olvidar… Elementos tales como quién dará el discurso, qué objetivo tiene y a quién va dirigido son tan importantes como el qué se va a decir.

El discurso de Obama tenía un objetivo claro, y empezó por el principio contando la historia que dio origen a la persecución del hombre más buscado del mundo. El discurso iba dirigido a un colectivo en concreto: la ciudadanía. No a un jurado, no a un grupo especializado, no al ejército, no a prestigiosos académicos, no a políticos de su Gobierno ni a personas de su partido, tampoco específicamente a los republicanos. Iba dirigido a los americanos, y al mundo entero, que sabían que también esperaban por esas palabras. Y jugó con la baza con la que solo puede justificarse una muerte: las emociones, la sensibilidad de cada ciudadano de América, ahondar en la herida marcada a fuego ese fatídico 11 de septiembre contando lo que ocurrió de una manera diferente y tan sólo como él sabe hacerlo.

Y en pleno siglo XXI, confeccionamos lo que ya dijo Aristóteles en el s. IV a. C. en su Retórica: “Las especies de la retórica son tres en número, pues otras tantas resultan ser las de los oyentes de los discursos. Y es que en el discurso se implican tres factores: quien habla, de qué habla y para quién, y es ese mismo, es decir, el oyente, quien determina su objetivo”.

Alfredo Pérez Rubalcaba, en su discurso el 9 de julio en el acto de proclamación como candidato del PSOE, no empezó contando una historia, sino aludiendo al vídeo que habían visto como arranque. Empezó por el principio pero enlazando con un elemento anterior, con un recurso, en este caso, visual. ¿Y a quién se dirigía? La respuestas es clara: a ellos, a la izquierda, a sus militantes y simpatizantes para movilizar a lo que se ha perdido tras el 22M. ¿Atendió a la emoción? Sí, y no tardó mucho en hacerlo: (2º párrafo del discurso) “Muchísimas gracias. Muchas gracias de corazón. Seguramente es fácil que os imaginéis que, cuando he subido a esta tribuna, he pensado en el primer día que llegué a este partido y he pensado que lo último que podía imaginarme entonces, es que un día sería elegido por vosotros candidato a la Presidencia del Gobierno. No se me pasó por la cabeza. Por tanto os lo tengo que agradecer de corazón. Gracias por vuestra confianza, gracias”.

“Cinceladores de palabras”

Sócrates, en Fedro, llamaba a los que recurrían al género demostrativo “cinceladores de palabras”. Como muestra Cicerón en El orador, “es de aquel género del que se nutre la abundancia de palabras, y su construcción  y ritmo gozan de una cierta mayor libertad. Se permite también la combinación simétrica de las frases; se acepta la agrupación ingeniosa de palabras en períodos fijos y delimitados; se busca por voluntad, no con emboscadas, sino abierta y claramente, que unas palabras respondan a otras como si estuvieran medidas y en paralelo, que los términos de sentido opuesto estén frecuentemente en relación y que los contrarios se acoplen, y que los finales terminen de igual forma y produzcan candenciosamente el mismo sonido”.

Así es, cinceladores de palabras. Sin embargo, no sólo es el orador demostrativo un cincelador de palabras, lo es también quien lo escribe para el actor aunque el actor sea uno mismo, lo es aquel que dibuja entre líneas, ritmos, abundancias, bordados y puntos seguidos el objetivo a conseguir de la mejor manera posible pensando siempre en “su majestad el receptor” y en lo que quiere de él.

Hechos, realismo y coherencia

El cincelador de palabras dibujará, pero dibujará las palabras adecuadas pensando que “la percepción que las personas tienen del mundo está determinada por el lenguaje que utilizan”. Esta es una afirmación del profesor de Análisis del Discurso, Jonathan Potter, en La representación de la realidad, discurso, retórica y construcción social. Porque es de eso mismo de lo que se trata, de construir la realidad a partir de palabras entendiendo que la realidad es aquello que queremos contar, es ese conjunto de hechos que vamos uniendo en coherencia en pos de un sentido que intentamos transmitir. De ahí que las palabras elegidas han de ser siempre las oportunas. Así lo explica también Potter: “siempre que se expresan palabras se construyen hechos. Eso tiene cierto valor, ya que cuando se utiliza un lenguaje descriptivo se producen versiones del mundo”.

Ahora bien, el filósofo e historiador americano, Hyden White, argumenta que “es un error considerar que hacer historia consiste en recopilar hechos del pasado. En cambio, hacer historia es una combinación de descubrir hechos y producir narraciones que dan sentido a esos hechos. Consiste en producir coherencia además de correspondencia”. Por tanto, prudencia a la hora de hacer historia con tan sólo la recopilación de hechos del pasado.

Entre el cosificador y el ironizador

Potter hace una distinción de los discursos que merece la pena mencionar: cosificador e ironizador. El cosificador “produce algo como si fuera un objeto, sea éste un suceso, un pensamiento o un conjunto de circunstancias”. El discurso ironizador  es el que “se dedica a socavar versiones”. Cuando Potter habla de discurso ironizador se me viene a la cabeza de nuevo a Alfredo Pérez Rubalcaba, cuando era ministro del Interior y vicepresidente del Gobierno, y a Soraya Sáenz de Santamaría, portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados, en sus trifulcas en el hemiciclo, que además de divertidas, para aquellos que gozamos de la política, eran razonadas y políticamente correctas en ambos casos.

Potter, junto con el psicólogo e investigador sobre el discurso, Derek Edwards,  trataron, en 1992, lo que llamaron el “dilema de la conveniencia”. Porque, al fin y al cabo, en un discurso de lo que se trata también es de inyectar el sentido tal que a mi me convenza y me beneficie. El dilema de la conveniencia se refiere a “cualquier cosa que una persona (o grupo) diga o haga se puede socavar presentándola como un producto de su conveniencia o interés”. Del mismo modo que “un ofrecimiento se puede menoscabar presentándolo como un intento de conseguir influencia: La afirmación de la primera ministra de que es necesario rebajar los impuestos para impulsar la economía, se puede menoscabar presentándola como un intento de complacer al electorado justo antes de unas elecciones”. Estamos de acuerdo en que al realizar un discurso lo primero que hay que tener en cuenta es el objetivo, pero nunca hay que olvidar el interés de fondo que persigue.

En esencia: estructura, estilo y tono

Los discursos en política tienen una estructura y un sentido lógico. La introducción es muy importante, como hemos visto en el discurso de Obama, que acudía al relato como recurso. Pero también lo es la estructura que no siempre tiene por qué ser de carácter “judicial”. En la mayoría de las ocasiones, un discurso político demanda, en los más profundo de su naturaleza, ser sencillo. Pero pocas veces lo son en el nudo de lo importante. Cuántas veces oiremos decir “no entiendo nada de lo que ha dicho tal político”, “no entiendo la política”, “siempre dicen lo mismo”, “no dicen nada”, “me aburre la política”, “no hay quien les entienda”. Son pocas estas afirmaciones para la cantidad de comentarios que nacen casi a diario de boca de quienes cada cuatro años visitan las urnas. Si las personas se mueven por percepciones, vayamos a ellas. Y si de esas percepciones dependen las palabras, empecemos a usarlas. Por muy especializado que sea el grupo al que nos vamos a dirigir, el discurso siempre va a permitir un grado de libertad en la palabra, cierto grado de belleza y cierto grado de elocuencia. Hagámoslo.

El cincelador de la palabra, antes de empezar a crearla, ha de prepararla. El estudio, el encierro, la preparación de lo que después va a reproducirse sobre un papel en blanco, es quizás el momento más importante del discurso, al menos de aquellos que son laboriosos y cuyo objetivo no sólo es un objetivo en sí por el afán de comunicación, sino porque el objetivo es esperar a conseguir una respuesta por parte de quién lo escucha: una intención, sin duda, que se va a materializar (la conveniencia). En este caso, el cincelador tiene que ser un artista en el antes, en el durante, y en el después.

El estilo y el tono del discurso será la guía que lo acompañe a lo largo de su recorrido. Son elementos que, por su propia naturaleza, no pueden andar en solitario, el discurso necesita de ellos para completarlo en esencia. El tono no se escribe en él. Tampoco el estilo. Pero sí van implícitos en las palabras. El estilo lo embellece o lo afea. El tono marca la pauta y da color.

Nos vamos…

El cierre de un discurso remata todas las palabras que se han venido diciendo a lo largo del discurso. Los recursos empleados a lo largo de él toman especial relevancia cuando hay un cierre que lo embellece por entero.  El discurso de un nacionalista gallego en el Parlamento Europeo el pasado marzo cerró aludiendo a las gentes de la ciudad de la que hablaba y para la que necesitaba “pasta” para impulsarla. Así es, sus gentes, el verdadero motor de la ciudad. Invitó a los asistentes a volver al principio de su discurso donde hablaba de una mujer que caminaba por la ciudad y por su compleja orografía. El final lo remató acudiendo a ella de nuevo acompañada ahora de niños, mujeres y hombres, mayores… lo remató hablando de sus playas y de lo que verdaderamente impulsa la ciudad, de quiénes son el verdadero motor, el corazón. De este modo embelleció un discurso dirigido, no a la ciudadanía, sino a miembros de la Alianza Libre Europea consiguiendo, de este modo, captar su atención.

“Hagamos que suceda”. Esas fueron las palabras que emitió al final Alfredo Pérez Rubalcaba el día de la presentación de su candidatura. Y las dijo cuando ya había finalizado y cuando los aplausos casi apenas lo dejaban hablar. Pero entre la multitud, resonaron con fuerza, pero la fuerza no fue el elemento principal: lo fue la emoción que acompañó prácticamente todo el discurso. Este cierre “hizo que sucediera” lo que el propio discurso esperaba: ilusionar.