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El Blog de Ángela Paloma Martín

Jóvenes durante una protesta contra Trump. Reuters. Lucas Jackson

Jóvenes durante una protesta contra Trump. Reuters. Lucas Jackson

Publicado en BEZ el 12 de Noviembre de 2016

La derrota del Partido Demócrata deja paso a la reflexión segundos previos a la noticia definitiva que alzaba la presidencia para Donald Trump. Tener la mejor campaña electoral no significa tener ganada de antemano la elección. Los demócratas presentaron una estrategia más acertada, la escenografía que ha hecho levantarse al pueblo americano, y cientos de organizadores y voluntarios que han trabajado dejándose la piel en cada llamada, en cada mensaje, en cada casa. La ilusión podría adelantar una victoria muy justa para Hillary Clinton y esa fue la píldora que alimentó la noche electoral. No obstante, la sorpresa dio paso a la indignación y, con ella, las claves de una derrota que se podía haber evitado.

Las encuestas

La demoscopia tradicional está en crisis, en Google no están todas las respuestas y leer las métricas de Facebook es importante. En Estados Unidos podemos encontrar más sondeos y más noticias entre espacios cada vez más cortos, pero con escasa influencia en la sociedad. La información que obtenemos no es determinante, pero si puede situarnos ante los escenarios posibles. La locura sólo se instaló en el escenario posible de los analistas, no por certeza, sino porque marcaba la diferenciación. Hillary ganaba ante todo pronóstico y esa victoria movilizaba cada vez más a un voto oculto, la movilización oculta de la indignación que seguirá siendo oculta mientras se siga apostando por la mediocridad de los sistemas. No hablarán, o mentirán al preguntarles por quién votarán. Por último, una gran parte del electorado que sabía que ganaría Hillary con una amplia diferencia, cedieron el voto al partido republicano con la única argumentación que los motivaba: cambiar. Un cambio que también estaba representado en Bernie Sanders.

Ser latino no significaba votar a Hillary Clinton

Días previos se instaló el sentimiento de que los latinos ya le habían dado la victoria a Hillary días antes de la elección por haber votado con anterioridad. Creer que ya se tiene la victoria de antemano y hacer calar la noticia previamente puede movilizar un electorado dormido que aún está indeciso. Además, se le dejaba al rival la oportunidad de asegurar su voto duro y hacer hincapié en sus indecisos, sobre todo en aquellos republicanos que la votarían a ella por no estar de acuerdo con Donald Trump como candidato. Por otro lado, no son pocos los latinos que no votan a Hillary Clinton. El motivo no es que estén de acuerdo con los republicanos, sino que no están de acuerdo con la administración “Clinton” en el pasado: tanto las decisiones que tomó su marido Bill Clinton, como su experiencia a lo largo de su carrera profesional. Esto, el Partido Demócrata, no lo supo ver.

Ser mujer no significaba votar a Hillary Clinton

No todas las mujeres votaban a Hillary Clinton. Se quiso aprovechar la oportunidad de hacerse con el voto indignado de las mujeres fruto de los errores de Trump. Pero un gran número de mujeres estaban indecisas a cinco días de la elección. ¿Por qué? Porque se cometió el error de meterlas a todas en el mismo saco de segmentación: las mujeres. Cada una de ellas es muy diferente en Estados Unidos, con procedencias diferentes, que viven en territorios distintos, casadas o no con nacionales o inmigrantes, con hijos o sin ellos, con trabajo o sin él, con enfermedades o no… El Instituto de Investigación de Políticas de la Mujer (IWPR) ofrece una buena radiografía. Ser mujer no era votar a Hillary Clinton, como tampoco lo era el hecho de que las mujeres le darían a una mujer la presidencia americana. Otras mujeres decidieron castigar a la administración Clinton y ceder el voto a Trump o a la candidata del Partido Verde, Jill Stein. Y otras, sencillamente, se sienten identificadas con las propuestas de Trump. Adicional, los demócratas eran conscientes de que presentaban a una candidata en un entorno de hombres y excesivamente masculinizado por la campaña de Trump que les restaría puntos.

La desinformación

El sistema de votación en Estados Unidos es algo complejo: se celebra en un día laborable, hay que estar registrado al menos desde un mes antes, el voto no está unificado y cada Estado tiene sus normas y sus propias consultas el mismo día de la votación. No todos las personas con ciudadanía y opciones para votar conocían el proceso. Gran parte del electorado que necesitaba Hillary Clinton para ganar, como el latino, no sabía las fechas en las que debían registrarse, dónde debían ir a votar, o cuál era su candidato o candidata al Congreso y las propuestas que se ofrecían por territorio. Esto parece básico, pero la desinformación fue un problema para las minorías que podrían haber alzado a Hillary Clinton a la presidencia. La información les llegó a través del ejercicio del puerta a puerta los últimos días de campaña. Y, por desgracia, ya fue demasiado tarde. Por otro lado, la tecnología del Partido Demócrata estaba al servicio del conocimiento. Con las bases de datos que tenían, se movilizó al electorado en cuatro tiempos: voto indeciso, voto blando, voto duro y asegurarse de que el voto duro iba a votar. No obstante, y a pesar de que tenían las listas de cada una de las personas para acercarse a ellas gracias a la tecnología, sólo hicieron hincapié en la movilización del voto de manera física sin pensar que esas bases de datos pueden complementarse con la identidad digital. En esa identidad digital, existía una oportunidad para exponer un altavoz mayor para la información y la movilización.

Sin emociones

Hillary Clinton se perdió en el ataque. Ambas campañas electorales fueron técnicas cuya argumentación estuvo centrada en la defensa y en el ataque al rival. La personalización del mensaje emocional no existió. Y “stronger together” acabó siendo una petición a la desesperada aunque con prudencia. Los discursos tenían por objetivo levantar el voto del miedo al rival, pero no de movilizar al electorado que necesitaba una esperanza de futuro ante los cambios que Obama no ha podido realizar. No había pasión, ni palabra mágica para Hillary que levantara corazones, y el odio al adversario no podía ser el eje vertebral de su campaña. Odio que también levantaba la prensa. Los medios de comunicación le hicieron un flaco favor a Donald: acaparar la atención mediática, también es tener la oportunidad de influenciar.

La infrarepresentación de las minorías, que hoy son la nueva mayoría de los Estados Unidos, seguirá estando infrarepresentada. Donald Trump y Hillary Clinton han subrayado la crisis de liderazgo que existe en el mundo. Una crisis que seguirá levantando de manera oculta la indignación de más minorías. El gran reto de Estados Unidos será conocer a su sociedad, especialmente el camino que emprenden los millennials, escucharla, comprenderla y ofrecer propuestas a tiempo centradas en la diversidad representativa del país.