Firma de «Se llamaba Alfredo… Las claves de una derrota electoral inevitable» en la Feria del Libro de Madrid: Viernes, 13 de junio. Desde las 11 hasta las 14 h. Caseta 62 de SIN TARIMA (entre el Florida Park y la salida de la calle Alcalá).
La idea de escribir Se llamaba Alfredo… Las claves de una derrota electoral inevitable nació hace mucho tiempo. De un sentimiento… Y sentía que debía hacerlo mientras corría ya por esos jardines de Londres a las 6 de la mañana en esos políticos meses fatales que fueron octubre y noviembre de 2011. Empecé a hablar con diferentes personas de mi locura a lo largo de 2012, sobre todo para saber que podría llegar a ser una locura palpable y real. En diciembre de 2012 recopilé toda la información que tenía y que fui acumulando a lo largo de la campaña. Y en marzo de 2013 empecé a hacer las entrevistas que necesitaba y a escribir… A escribir mientras lo compaginaba con mi trabajo, con la revista, con los artículos, con el doctorado… Con mi vida… A escribir en huecos del día, trenes, aviones, horas nocturnas y silencios llenos de palabras que me hablaban sólo a mí. Como periodista, sentí que debía hacerlo, y así lo hice… En mayo empecé a contactar con diferentes editoriales. El día 20 en concreto escribí a Laertes. Y el hoy de hace justamente un año firmé el contrato con ellos. El 15 de julio entregué todo el texto con el prólogo del periodista y amigo Fernando Garea. Y entre revisiones y vueltas de hoja llegamos al 23 de septiembre, día que se lanzó la web y cuya idea nació pocos días antes en una conversación de tarde cerca del Retiro, y cuyo boceto dibujé en una servilleta que aún conservo. Trabajé día y noche durante los días 20, 21 y 22 para que estuviese lista y nunca me faltó ayuda técnica. El día 9 de octubre Se llamaba Alfredo… llegó a las librerías. Y el día 17 de octubre pude compartirlo por primera vez en Madrid, en Fnac de Castellana, con todos vosotros, siempre arropada de mi familia, amig@s, colegas de profesión y al público al que siempre me dirijo, para el que escribo y por el que escribo. Y, cómo no, de los que me acompañaron esa tarde, el prologuista y Carlos Hernández. Estaba muy nerviosa, muchísimo, como nunca. Pero ya no había vuelta atrás: colección de valeriana en mi cuerpo y alma, respiración profunda y… pa’lante. Junto a ellos me sentía muy chiquitita…
La Feria del Libro del año pasado la recorrí como una amante de la palabra llena de sueños, loca por conseguir la confianza de una editorial que diese apoyo a este proyecto. Recuerdo que iba caminando caseta por caseta, apuntando editoriales que desconocía para después contactar con ellas. Recuerdo que compré “Cómo se hace un trabajo de investigación en Ciencia Política”, de Elisa Chuliá y Marco V. Agulló, un libro creí útil para mi tesis doctoral. Y que tras la compra marché a urgencias por una infección que acumulaba hacía un par de días.
Eso recuerdo y parece mentira… Mentira parece que un año después pueda cumplir el sueño de vivir una experiencia tan ficticia pero real al mismo tiempo como es el estar dentro de una caseta firmando un libro que pretende dar a conocer un trocito pequeño de nuestra historia… Una historia que siempre creí que merecía ser contada. Una historia que pasará a la Historia y que hoy está viviendo su propia historia. Momento histórico, momento de excitación social entre elecciones europeas, abdicación real y la transición del propio Partido Socialista Obrero Español. Emocionante y tremendo momento para el sentir periodístico.
No ha sido fácil hacerse un hueco en la Feria del Libro, nada fácil. Pero me alegra saber que siempre hay un número al que llamar, una dirección a la que escribir o una persona con la que contar. Cuando todo parece imposible, las casualidades pueden alinearse para que al final todo sea posible. Por eso, un millón de gracias a Laertes, a Juan Cruz, a Sin Tarima Libros y a los organizadores de la Feria del Libro. Pero sobre todo, gracias a Isabel Gómez Rivas, profesora de carrera, amiga y mejor periodista que ha puesto todo su empeño para que fuera posible.
¡Os espero!
Viernes, 13 de junio. Desde las 11 hasta las 14 h. Caseta 62 de SIN TARIMA (entre el Florida Park y la salida de la calle Alcalá).
Publicado en El Breviario, Club de Lectura y Pensamiento Político
El amor eterno de un libro
Nuestra relación empezó demasiado pronto. Y mi madre, como todas las madres, me avisó, me advirtió, me aconsejó… Pero ya era tarde. Su olor, su tacto… Era irresistible. Me hacía sentir cosas que jamás había sentido antes. Y yo sabía que caería tarde o temprano. Sabía que caería y no lo evité. Mas aún me acerqué. Cómo no hacerlo. Me llamaba sin emitir sonido. Volteaba mi corazón con tan sólo su presencia. Mi respiración se agitaba a medida que me encontraba más tiempo con él. El tiempo… El tiempo entre costuras, las de un libro. Daba igual cómo hacerlo y dónde hacerlo. El metro, la cama, el sofá, el ascensor, ese balancín de mimbre en el que encontrábamos la postura perfecta para mayor placer o entre la espuma blanca que baña el mar de agosto… Daba igual.
Cuanto más tiempo pasaba con él, más me gustaba… Lento, siempre intentaba que fuese lento. Pura ternura. Y sé que me inició demasiado pronto en las letras del pecado. Quizás a los doce años ya me susurraba al oído La Dama de las Camelias y esa historia entró en mi vida sin pedir permiso. Alejandro Dumas se hacía llamar su autor. Poco después me inició en La Fundación, con Antonio Buero Vallejo, en El Buscón, con Francisco de Quevedo, en las Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Sabía yo que oculto entre las verdes hojas suspiraba él… por mí, y yo por él. Más tarde lo volvimos a hacer con las Luces de Bohemia que Ramón de Valle-Inclán preparó para nosotros, ¡incluso nos montamos un Banquete con Platón! Y cuando me contó aquello de Aranmanoth, con Ana María Matute, y de Marianela con Benito Pérez Galdós, pensé que me engañaba… Cuando me descubrió a Lolita, de Vladimir Nabokov, quise morir. No podía ser, me dije, está con otra, o con muchas… El Jardín de las Dudas era mi cabeza en ese momento, como decía Fernando Savater. Pero sabía “unas cuántas cosas precisamente porque renunciaba a saberlo todo”. Y él me lo contó, le creí y volví a caer. Rozó, una vez más, las yemas de mis dedos y no hizo falta pedir más.
Me recordó de nuevo aquel pastiche de La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Y tan sólo hizo falta otro susurro en el silencio eterno de la noche para volver a enamorarme entre La soledad de los números primos, de Paolo Giordano. Aquello me pareció sentirlo como 39 veces la primera vez, de Magda Bandera. Y después vino Antonio Gala de todos los colores con su bastón. No había título que no me contara con la almohada pegada sobre el cabecero. Hubo momentos en los que me aburría y me cansaba… Es cierto, lo reconozco. Pero recuperé el ánimo cuando me dijo, “Allende”. Me contó todo acerca de la Hija de la Fortuna y de la misteriosa Casa de los espíritus, y empecé a verlo todo De amor y de sombra. La suma de los días se hizo llevadera hasta que me trajo El cuaderno de Maya. Viví un trío o una trilogía, yo ya no sé, con La Ciudad de las Bestias, El Reino del Dragón de Oro y El Bosque de los Pigmeos. Y no pude evitarlo, creo que hasta me hizo llorar en La isla bajo el mar.
Muchas veces me pediste que te contara esos años, y él me los contó de la mano de Juan Cruz, como Ojalá Octubre. Ojalá. Y con Octubre llegó Mario Vargas Llosa y La Fiesta del Chivo. No podía creer cuanto me contó de aquella fiesta. Me irrité. Casi me enfurecí. Para consuelo cambió de registro y me hizo llegar la Civilización del espectáculo. Pero finalmente reí con él cuando me contagió la alegría de Inés, de Almudena Grandes. Tanto me gustó aquella vez, que por él me hice convertir en Lector de Julio Verne.
Él sabía de mi intención por contar y mejorar. Contar lo que sucede a nuestro alrededor y mejorar el rumbo de nuestra historia. Lo sabía desde siempre, desde los inicios de nuestra relación cuando siendo niña, y con lazo blanco en el pelo bien planchado, nos íbamos a dar la vuelta al mundo en el Barco de Vapor. Él sabía ya por entonces de mis intenciones. Periodismo y Política. Nunca lo engañé. Política y Periodismo. Ambas se fueron fusionando a lo largo de mi vida sin ser infieles como cuerpos que no desean independizarse del otro tras el acto del amor. Como pareja opuesta que se atrae irremediable pero irresistiblemente. Por ello iniciamos largos Viajes con Herodoto y Kapuscinski y descubrimos con Jon Sistiaga que Ninguna guerra se parece a otra. A sangre fría quiso contarme lo de Truman Capote y su desliz con John Hersey en Hiroshima. Conmovedor panorama.
Somos ya inseparables. Nuestra relación es larga e intensa. Cada vez que me abro a él, o viceversa, es como hacerlo por primera vez. Volver a respirar con fuerza. Volver a oler. Volver a soñar. Cuando acaba conmigo, me siento vacía. Sola. Y ahora, ¿qué?, siempre me digo. Sin La invención de la soledad de Paul Auster esto que cuento no tendría sentido. ¿Cómo se siente A. entre esas cuatro paredes en Nueva York? Perdido. Insoportablemente perdido. Pero de alguna manera, él me vuelve a embrujar y a hacer sentir con tan sólo un suave murmullo que siempre es mudo. Sabe que tan sólo necesito el roce de una hoja para llegar hacia lo más alto, donde sé que no me pueden alcanzar, pero donde sé que yo sí puedo llegar. Ya no entiendo la erótica sin el poder, como aquella aventura de Marilyn y JFK de François Forester, y ya no entiendo a Los Presidentes sin sus (en) zapatillas, como decía Mª Ángeles López de Celis. Ya no entiendo el arte sin la guerra, como anotó Sun Tzu. No comprendo a Aristóteles sin su Retórica, ni a Cicerón sin su Orador, ni a El Príncipe sin Maquiavelo. En un nuevo volver a empezar me hizo saber que las Palomas de Guerra, de Paul Preston, pueden volar y que las Rojas de Mary Nash existieron. Y creo que Carlos Fuentes nunca se sentó en La silla del Águila para que nos sentásemos el resto.
Ciertamente, si lo que queremos es contar y mejorar, Los cínicos no sirven para este oficio.
Mi madre acepta ya con toda naturalidad nuestra relación, porque hace no muchos años empezó la suya propia. Oye, está encantada.
Él ha marcado mi vida. Y sabemos que nuestro amor es eterno hasta que la torpeza de la vista por la edad que no perdona nublen sus escritos. Sus palabras primerizas, que para mi edad eran pecados absolutos, han moldeado a esta que escribe. Mi manera de pensar, sentir, ver y contar es fruto de tantos juegos de pasión con él. Él cogió las riendas. Yo sólo me deje llevar…
Pero ahora… Ahora me toca a mí. Siempre se mostró ante mí discretamente escrito, como si lo que ocultaba en tinta entre su pecho no calase en mí con la suficiente fuerza. Sin embargo sabía que todo me llegaba al corazón. Me llenó de historias, citas, aventuras y circunstancias, muchas de ellas obvias y ocultas en este relato porque fueron muchas veces las que lo hicimos y que aquí no cuento. Muchas historias que compartimos y reflexionamos hasta la locura que hoy llenan ya varias estanterías de mi vida.
Ahora es mi turno. Me desnudaré despacio tímida frente a él. Aunque tan sólo lo hagamos por una vez a mi manera, sensual, más que sexual. No puede ser de otra manera. Por favor, al menos una vez a mi manera dominaré yo. Lo escribiré, le contaré, le susurraré con jadeos entre silencios… Envolveré todo su cuerpo de palabras, pintaré colores de experiencia en cada línea… Porque ahora… ahora es mi turno.