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“No a Bolonia”. Ese es el mensaje que cientos de estudiantes llevan reivindicando desde hace meses. En la Universidad Carlos III de Madrid, el edifico 15 se ha convertido en lugar de residencia de estos alumnos. En tiendas de campaña se han quedado a vivir allí unos días, dicen, hasta que se les escuche. Aseguran no ser un “producto”. Aseguran que “la voz del estudiante tiene peso en la sociedad y todos deben hacer uso de ella para hacerse escuchar”. Piden más información. Piden que se les atienda y que no hagan de las universidades grandes empresas privadas donde antes había centros de formación y de enseñanza.

 Contra el plan Bolonia, contra el Espacio Europeo de Educación Superior. Aproximadamente a las 10 de la mañana se han congregado para manifestarse en el campus de Getafe de la Universidad Carlos III. Minutos antes, un grupo de unos 20 alumnos irrumpían en las aulas gritando, golpeando las mesas al mismo tiempo que sus voces, enaltecidas, pronunciaban “no a Bolonia”. Antes de marcharse hacia la manifestación de Atocha, convocada a las 12 de la mañana, querían que sus propios compañeros los escuchasen. Pedían, a aquellos se encontraban dando clase, apoyo y unidad.

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Lo recuerda. La noche del 10 de marzo de 2004 abandonaba Madrid. El próximo día no había clase en la Universidad Carlos III de Madrid, los alumnos hacían huelga, pero no recuerda muy bien por qué… Cogió el AVE con destino Puertollano (Ciudad Real). Aún recuerda, cuando llegó a Atocha, cómo diversos cuerpos de seguridad se paseaban por la estación. “Es normal”- pensó – “las elecciones están cerca y el riesgo de atentados aumenta en estas fechas”.

 

Cuando llegó a su ciudad natal, su hermana mayor, en compañía de su hija, la estaba esperando. Aún recuerda lo primero que le dijo al verla. Lo tiene clavado en su memoria como velcro inseparable. Eran aproximadamente las 11 de la noche. Subía por las escaleras mecánicas. Una sonrisa, un abrazo a su hermana, muchos besos cariñosos y achuchones a su pequeña sobrina y una frase: “Qué raro… Me ha llamado la atención la cantidad de policías que esta noche están en Atocha…” En el coche, de camino a casa, no comentaron nada más sobre el tema… Hasta el día siguiente.

 

Eran algo más de las 9 de la mañana del 11 de marzo. El ruido del teléfono móvil la despertó sobresaltada: alguien la llamaba…

.- ¿¡No has visto las noticias!?

.- Ummmmm. No. Estoy en la cama. Aún no me he levantado.

.- ¡Un atentado en Atocha! ¡Enciende la televisión!

 

Y eso fue exactamente lo que hizo. Apartó las mantas con un movimiento agresivo y corrió por el pasillo de aquel piso de “la Gran Capitán” donde vivía su hermana. Al llegar al final, giró a la derecha. Con el pulso tembloroso, encendió el botón de la televisión del salón sin buscar el mando. Y, cuando vio las imágenes y escuchó lo que había ocurrido, se derrumbó…

 

 Al cabo de unos segundos reaccionó: “¿qué hago?”. Sin pensárselo dos veces, comenzó a llamar por teléfono a todos los compañeros de universidad que vivían en Santa Eugenia. Sabía que muchos no irían a clase por la huelga. No obstante, también sabía que, aquellos que estaban en el equipo de fútbol, irían a Getafe para jugar el partido que se disputaba ese día. Llamó a todos los que conocía, a todos los que, posiblemente, les hubiese pasado algo… A todos los que…

 

Lo que pasó en las aulas de la Carlos III los días posteriores al suceso es indescriptible. Las clases de periodismo se convirtieron en lecciones acerca de lo que se debe o no se debe hacer en casos extremos en los que el Gobierno tiene atados de pies y manos a los medios de comunicación. Se convirtieron en lecciones y en denuncias de aquellos periodistas reconocidos cuya pluma y firma ya son altamente valoradas por la sociedad de hoy y por este país. Aún recuerda que, al analizar las portadas de los periódicos, las imágenes, las declaraciones… los alumnos que se sentían identificados con lo ocurrido no podían superarlo. En silencio, esos alumnos, personas humanas y testigos directos del atentado terrorista, abandonaban las clases para no sufrir más…

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Nadie dijo que hablar en público fuese fácil. Y si no que se lo digan al presidente del Gobierno. Zapatero dio una rueda de prensa conjuntamente con su homólogo ruso, Dimitri Medmedev, el pasado 3 de marzo en La Moncloa. Y se equivocó cuando todos los objetivos le apuntaban.

 

La oratoria y la locución son asignaturas que los políticos deben dominar. Expertos los preparan para la ocasión. Sin embargo, ser exacto, a pesar de estar leyendo un texto escrito, no es fácil. Siempre hay ocasión de trabarse,  de no pronunciar con exactitud o de ponerse nervioso. Y eso es lo que le ocurrió a Zapatero. ¿Lo curioso? Por la repercusión mediática que ha tenido, lo curioso ha sido la palabra que dijo cuando realmente quería decir “apoyar”…

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