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   Para salvar una vida, la de su hermano. Para eso ha nacido Javier. Llegar a comprender la ciencia es difícil y más aún si estudiándola, si jugando con ella, generamos vida. Una vida capaz de salvar otra. ¿Un milagro? Para Soledad Puerta y Gabriel Mariscal, sí.

Esta pareja gaditana son padres de Andrés y Javier. Andrés tiene seis años y padece una enfermedad hereditaria, un trastorno genético denominado beta – Talasemia. Sus tejidos no reciben la suficiente cantidad de oxígeno y tiene que someterse habitualmente a transfusiones de sangre. La anemia congénita que padece se le detectó a los 4 meses de vida. Los médicos, poco esperanzados, aseguraron que, a los 35 años, Andrés podría fallecer de una insuficiencia cardiaca.

El doctor Urbano, miembro del hospital Virgen del Rocío de Sevilla, afirmó que “hay 11 millones de personas en el mundo dispuestas a donar su médula ósea, pero ninguno es compatible cien por cien con el caso de Andrés”. Ahora sí. Este gaditano de seis años ha pasado de vivir dependiendo de las transfusiones sanguíneas que le realizaban en el hospital a vivir contento: sabe que su hermano pequeño puede salvarle la vida.

Javier, este es el nombre de la gran esperanza. Lo llaman el bebé medicamento. Un bebé sano. El primer bebé de España seleccionado genéticamente para intentar salvar la vida de su hermano. La alta compatibilidad genética de Javier lo hace ser el donante ideal. La sangre de su cordón umbilical servirá para realizar un trasplante de médula. Será entonces cuando el pequeño Andrés comience a producir células limpias, células que no contengan el trastorno genético que padece.

 

Entre la ciencia y la vida

El debate comienza aquí, cuando nos hacemos la siguiente pregunta: ¿es ético crear vida para salvar otra? Hablamos de jugar con la ciencia para crear una vida.  La ciencia es una disciplina en continuo desarrollo. Cada día nos demuestra que gracias a ella se pueden salvar muchas vidas, gracias a ella podemos crear, conocer y desarrollar. Resolvemos cientos de interrogantes y abrimos otros tantos. Es una disciplina que existe y que debemos usar.

Hay personas que se oponen a crear vida fuera de transcurso natural humano. Como la iglesia o las personas con una perspectiva ideológica más conservadora. Determinan que no es moral ni ético crear vida en un laboratorio a partir de estudios. ¿Lo lógico sería que un feto se desarrollase en el útero materno siempre y cuando haya intervenido de manera natural el miembro masculino? No podemos posicionarnos de manera radical ya que la sociedad evoluciona con el devenir del tiempo y de la historia. La sociedad se preocupa por el desarrollo de su conocimiento, se muestra cada vez más curiosa por saber, por descubrir, por crear.

Los científicos y los profesionales de esta disciplina aseguran que las características propias de las células madre hacen posible la curación de muchas enfermedades congénitas, aquellas que se manifiestas desde el nacimiento, pero también otras hereditarias que se desarrollan más tardíamente. ¿Por qué no estudiar con ellas para curar?

Javier es un bebé sano, deseado, cuyas propiedades vitales hacen posible salvar a su hermano. Y desde un punto de vista humano, ningún individuo debería oponerse a la vida, a la curación de una enfermedad o la salvación de una persona, si existe posibilidad alguna de salvarla por científico que sea su tratamiento.

Venimos al mundo para crecer, desarrollarnos y morir. Venimos al mundo según esa “ley de vida” que conocemos. Pero no todas las personas que venimos a este mundo crecemos sanos. Si somos capaces de salvarnos con nuestro conocimiento, ¿por qué no hacerlo?

Afortunadamente, durante los últimos años, las universidades han contado con el apoyo de los Gobierno para seguir investigando, para seguir desarrollando. Se invierte, cada vez más en I+D y, ahora, en +I (Investigación, Desarrollo, Innovación).

El caso de Andrés y de Javier ha sido inédito y, de momento, único en España. Esperemos que no sea el último. Andrés hoy está contento, sonríe, sabe que su hermano Javier puede salvarle la vida. Yo no seré la que, con mi opinión, lo impida.

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   El joven detenido el pasado viernes, relacionado con el atentado de Navarra, ha sido puesto en libertad. Se ha comprobado que el móvil con el que se alertó del coche bomba, situado en el campus de la Universidad de Pamplona, había sido comprado con su titularidad. J.M.M.M.G., durante el interrogatorio, admitió que se dedica a la compra de móviles prepago para revenderlos a mayor precio.

Y es que, el terrorista que llamo al DYA (Detente y Ayuda) de Vitoria para avisar de la explosión de un coche bomba, adquirió el terminal en una tienda de Bilbao en el mes de mayo. La compra fue realizada con la documentación de J.M.M.M.G. Sin embargo, el detenido denunció a la Ertzaintza la pérdida de dicha documentación tres meses después de producirse la compra y negó, estando detenido, la adquisición del móvil.

Pero, finalmente y, debido a la presión a la que fue sometido por encontrarse en régimen de incomunicación, el acusado confesó su actividad ilícita de compra venta de terminales móviles.

Con dicho móvil, el 30 de octubre,  a las 9:50 horas de la mañana, SOS Deiak de Álava recibió una llamada alertando de la colocación de un coche-bomba en el campus universitario. Los cuerpos de seguridad comprobaron que en Vitoria no se encontraba el Peugeot blanco del que hablaba el autor del comunicado. Horas más tarde, hizo explosión en la Universidad de Pamplona. Las víctimas, 20 heridos, la comunidad universitaria y, toda España.

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Una mujer valiente. Eso fue ante todo. Dicen de Maria Sklodowska que su rígido carácter la hicieron pelear en un mundo donde la mujer estaba vetada. En un mundo de hombres. En otro tiempo. Así se llamaba, Maria Sklodowska.

Nació el 7 de noviembre de 1867 entre el frío de la gran Varsovia, Zarato de Polonia, en el Imperio Ruso. Su padre, Ladislas Sklodowska, fue profesor de física y matemáticas y su madre, Bronislawa Boguska, maestra, pianista y cantante. Maria fue la quinta hija de este matrimonio.

Desde niña, Maria fue una amante de la lectura, de la historia y de la física. Sin embargo, su infancia se vio quebrada por las duras circunstancias en las que le tocó vivir. Con 9 años sufrió la pérdida de una de sus hermanas y, dos años más tarde, su madre la abandonó a causa de una tuberculosis.

A pesar de estos duros trances, Maria no pierde la esperanza de cumplir su sueño: realizar una carrera científica. Un sueño imposible para una mujer en aquel tiempo y en ese país: estudiar en la Universidad estaba prohibido para las mujeres.

No se rindió. Se sacrificó, estudió y trabajó hasta 1891, año en que decide viajar a París para estudiar en la histórica universidad francesa, en la Sorbonne. Allí vivió en un Barrio Latino sin más compañía que su ropa y sus libros. En 1893 obtiene la licenciatura de física y, un año más tarde, la de matemáticas.

Fue en ese tiempo cuando conoció a Pierre Curie: “que hermoso sería pasar la vida el uno junto al otro, hipnotizados con nuestros sueños: tu sueño patriótico, nuestro sueño humanista y nuestro sueño científico”. A la edad de 28 años, Maria contrajo matrimonio con él y pasó a llamarse Marie Curie. Dos hijas nacieron fruto de esa unión: Eve, que siguió los pasos científicos de sus padres, e Irène, que se decantó por el mundo del periodismo.

 

La científica Marie

Corría el año 1897, cuando Marie Curie, con el apoyo de su marido, decide hacer un doctorado de física. La científica quería intentar comprender el proyecto originario de Henri Becquerel, descubrir el efecto de la energía de los rayos uránicos, el efecto de la radioactividad espontánea. Este fenómeno produce que algunos elementos químicos, llamados radioactivos, emitan una fuerza cuya propiedad es impresionar placas fotográficas, producir fluorescencia, atravesar cuerpos opacos. Es decir, producen radiaciones. Sus estudios determinaron la energía que irradiaba de algunos elementos químicos, como el torio o la pechblenda, principal mineral del uranio más radioactivo que éste.

Ocurrió en 1898 cuando Marie y su marido Pierre anunciaron a la Academia de las Ciencias el gran hallazgo: el rádium. “El descubrimiento del rádium – escribió 25 años después Marie Curie – fue realizado bajo penosas condiciones. Ni siquiera teníamos un mueble para encerrar en él los productos radiantes obtenidos, que colocábamos sobre mesas y anaqueles. Recuerdo la extraña alegría que sentimos cuando se nos ocurrió entrar por la noche en nuestro dominio, y vimos por todos lados las siluetas débilmente luminosas de los productos de nuestro trabajo”.

Fue en 1903 cuando Marie publicó y defendió su tesis: Investigaciones sobre las sustancias radioactivas. Y fue en 1903 cuando los tres científicos, Marie Curie, Pierre Curie y Henri Becquerel fueron galardonados con el Premio Nóbel de Física por descubrir la radioactividad natural. No obstante, la felicidad duró por poco tiempo. Tres años más tarde, Pierre Curie perdió la vida al ser atropellado por un coche de caballos.

Tras quedarse viuda, Marie asume la cátedra de su marido. En su primera lección, un tema: la radioactividad. Y en 1911 fue galardonada de nuevo: se le concedió el Premio Nóbel de Química. Después, colaboró en la I Guerra Mundial con el manejo de los rayos X y presidió el Instituto del Radio.

Y, finalmente, a los 66 años, fue víctima de una anemia aplástica debida a tantas exposiciones radioactivas. A los 66 años, a Madame Curie se le apagó la vida.

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