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Y un día te despiertas por la mañana y sencillamente lo escuchas. Escuchas esa noticia que te deja impactada. ¿Será broma? Pero si hoy no es el día de los inocentes… Y no, no lo era… Había ocurrido. Osama Bin Laden estaba muerto. Y a día de hoy, 2 de mayo de 2011, esa noticia sonaba surrealista en los medios de comunicación y más aún a las siete y pico de la mañana… Parecía surrealista incluso en todas las conversaciones de las redes sociales a lo largo del día donde cientos y cientos de personas no hablaban de otra cosa. ¿Y por qué muerto? Y de tanto repetirla, se queda en los oídos de una. Y supongo que en la mente y en el corazón de otros muchos también, como repetía ese mexicano “adoptado” en TVE 24 horas.Por fin ha ocurrido. Pero muerto el perro, en este caso, no se acaba la rabia…

El discurso de Obama

¿En qué pensaba Obama mientras se dirigía hacia su atril? Supongo que en muchas cosas, o puede que estuviese sereno. O puede que en ninguna porque sabía qué es lo que iba a decir y cómo lo iba a decir. En estos casos, el cómo decirlo tiene una función fundamental, por no decir la más importante… Hay política en ese discurso, sí, pero apenas se aprecia. En ese discurso, un relato y un relato con emoción y con sentimiento para implicar a todas las personas que se pudiesen identificar con aquello que estaba contando… Y no contaba otra cosa que una parte de la historia de los Estados Unidos, una parte de la historia del mundo entero… Como bien él ha dicho: Esa es la historia de nuestra historia, ya sea la búsqueda de la prosperidad de nuestro pueblo o la lucha por la igualdad para todos nuestros ciudadanos, nuestro compromiso de defender nuestros valores en el extranjero y nuestros sacrificios para hacer del mundo un lugar más seguro.

Discurso en castellano de Barack Obama (gracias a la versión subtitulada de El País)

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Lo recuerda. La noche del 10 de marzo de 2004 abandonaba Madrid. El próximo día no había clase en la Universidad Carlos III de Madrid, los alumnos hacían huelga, pero no recuerda muy bien por qué… Cogió el AVE con destino Puertollano (Ciudad Real). Aún recuerda, cuando llegó a Atocha, cómo diversos cuerpos de seguridad se paseaban por la estación. “Es normal”- pensó – “las elecciones están cerca y el riesgo de atentados aumenta en estas fechas”.

 

Cuando llegó a su ciudad natal, su hermana mayor, en compañía de su hija, la estaba esperando. Aún recuerda lo primero que le dijo al verla. Lo tiene clavado en su memoria como velcro inseparable. Eran aproximadamente las 11 de la noche. Subía por las escaleras mecánicas. Una sonrisa, un abrazo a su hermana, muchos besos cariñosos y achuchones a su pequeña sobrina y una frase: “Qué raro… Me ha llamado la atención la cantidad de policías que esta noche están en Atocha…” En el coche, de camino a casa, no comentaron nada más sobre el tema… Hasta el día siguiente.

 

Eran algo más de las 9 de la mañana del 11 de marzo. El ruido del teléfono móvil la despertó sobresaltada: alguien la llamaba…

.- ¿¡No has visto las noticias!?

.- Ummmmm. No. Estoy en la cama. Aún no me he levantado.

.- ¡Un atentado en Atocha! ¡Enciende la televisión!

 

Y eso fue exactamente lo que hizo. Apartó las mantas con un movimiento agresivo y corrió por el pasillo de aquel piso de “la Gran Capitán” donde vivía su hermana. Al llegar al final, giró a la derecha. Con el pulso tembloroso, encendió el botón de la televisión del salón sin buscar el mando. Y, cuando vio las imágenes y escuchó lo que había ocurrido, se derrumbó…

 

 Al cabo de unos segundos reaccionó: “¿qué hago?”. Sin pensárselo dos veces, comenzó a llamar por teléfono a todos los compañeros de universidad que vivían en Santa Eugenia. Sabía que muchos no irían a clase por la huelga. No obstante, también sabía que, aquellos que estaban en el equipo de fútbol, irían a Getafe para jugar el partido que se disputaba ese día. Llamó a todos los que conocía, a todos los que, posiblemente, les hubiese pasado algo… A todos los que…

 

Lo que pasó en las aulas de la Carlos III los días posteriores al suceso es indescriptible. Las clases de periodismo se convirtieron en lecciones acerca de lo que se debe o no se debe hacer en casos extremos en los que el Gobierno tiene atados de pies y manos a los medios de comunicación. Se convirtieron en lecciones y en denuncias de aquellos periodistas reconocidos cuya pluma y firma ya son altamente valoradas por la sociedad de hoy y por este país. Aún recuerda que, al analizar las portadas de los periódicos, las imágenes, las declaraciones… los alumnos que se sentían identificados con lo ocurrido no podían superarlo. En silencio, esos alumnos, personas humanas y testigos directos del atentado terrorista, abandonaban las clases para no sufrir más…

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