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Publicado en BEZ el 7 de Diciembre de 2015

“Dibujo fantasía”. –¿Por qué? ¿Bastante jodida es la vida?- “Sí, bastante jodida es ya la vida como para dibujar más realidades”. Mo Vásquez se muestra sincera mientras contempla su inacabado mural el pasado 14 de noviembre en Quito, Ecuador. Ella es así. Pinta así. Murales, pinturas e ilustraciones llenas de colores y formas redondas, líneas fijas, llamativas, sorprendentes que incitan a soñar, a imaginar mundos nuevos que nada tienen que ver con nuestro día a día. -¿Qué es exactamente tu dibujo?- “Un universo paralelo y nuevo que se construye mientras se alza”. Mmm. Puede que no entendamos nada. Aunque el gesto extraño la mire y la observe, aunque no se entienda muy bien qué es, ella no da más explicaciones sobre el dibujo, porque el dibujo es ese, es eso, y no hay más explicación. Sigue pintando.

Warmi Paint da nombre a un festival pionero en la capital ecuatoriana que tiene por objetivo visibilizar y empoderar a las mujeres de América Latina que se dedican principalmente al arte urbano. Desde el 11 hasta el 14 de noviembre participaron artistas de Brasil, Chile, Argentina, México o Puerto Rico, y cuyos murales, como el de Mo Vásquez, se pueden contemplar hoy por todo Quito. Además, se pudo disfrutar de conferencias y charlas como las de Alexandra Henry, Catalina Bobone o Qarla Quispe.

Caminando por el patio del Centro de Arte Contemporáneo de Quito, nos encontramos a Martha Cooper rodeada de tres cámaras que intentan adoptar su mejor encuadre. Pero… ¿para qué conformarnos con unas simples palabras de una entrevista premeditada cuando podemos escuchar el gran relato de su vida? Minutos más tarde a ese momento, congrega en una sala a más de 200 personas expectantes de conocer qué hay detrás de una foto y qué hay detrás de un dibujo en la pared.

Martha Cooper nació el 1940 en Baltimore, Maryland. Y a los siete años ya cogió su primera cámara de fotos. En 1962 fotografió en Europa su primer grafiti y también nació su curiosidad por el motivo de los retazos en las paredes. Pero continuó desempeñando su labor como trabajadora social, antropóloga y fotógrafa. ¿Su sueño? Su sueño siempre fue trabajar para National Geographic. Y con ese sueño en la cabeza, siguió haciendo fotografías. Pero no fotografías cualquieras, porque su curiosidad siempre la llevó a dar un paso más allá al de capturar el mero hecho de la realidad, como fotografías de cuerpos en Japón mientras son tatuados. Aunque, claro, muchas de estas fotografías después no pudiese publicarlas. ¿Censura? Who knows… Digamos que no eran… políticamente correctas para la época.

Martha Cooper empezó a trabajar para el New York Post en 1970, década donde creció aún más su curiosidad por el arte urbano y los movimientos sociales. Era, por decirlo así, la única fotógrafa que relataba con imágenes una parte de la realidad que acontecía a espaldas quizás de los sucesos, o de la euforia americana económico política. Entre los años 70 y 80 creyó que la influencia haitiana en Nueva York no era cualquier cosa y que los dibujos de los trenes del sur del Bronx tenían historias detrás merecedoras de ser conocidas. El riesgo estuvo siempre presente en su vida, pero posiblemente su pasión fuese más fuerte que el miedo en estos años. Sus fotos así lo demuestran.

El grafiti en los 80 empezó a acompañarse de toda una cultura colectiva que puso el ritmo, el llamado hip hop. El hip hop fue mucho más que ritmo, fue todo un movimiento artístico. Su inocencia la llevó a pensar que sólo se estaba extendiendo en Estados Unidos, pero no fue así. En Londres y París descubrió que no pocas personas ya lo habían extendido. Y con el hip hop también llegó el break dance, dice Cooper, con mucha participación femenina y con la participación especial de las comunidades neoyorkinas del Bronx.

También en la época de los 80 descubrió el Street Art, su proliferación y su profesionalización. Ella destaca a Keith Allen Haring, artista y activista social que pintó incluso un trozo del muro de Berlín. El objetivo de Haring fue siempre el arte como modelo de lucha por la solución de los problemas sociales. El artivismo, tan acuñado en la nueva política de nuestros días para reivindicar causas que son justas, fue un hecho clave de la década de los 80 con profesionales en la sombra cuyos nombres quizás ya no recordamos, pero cuyos dibujos pudieron marcar un antes y un después en la conciencia de muchas personas. Y también en la historia.

El arte femenino en esa década también era ya una realidad. Y Martha Cooper se encargó de darle una visibilidad especial. La historia Lady Pink y el motivo que la llevó a dibujar puede que desgarre. Muchos de sus dibujos están impresos en los vagones del metro de Manhattan. Bastardilla, además, no es sólo un tipo de letra. Es una artista colombiana que, según cuenta la fotógrafa, evidencia su vida mediante el arte. Su trabajo a través del grafiti ha sido conocido a nivel internacional gracias a Internet.

Pero… ¿en qué se diferencia el grafiti del Street art? Letras frente a dibujo, sentencia Cooper, lo prohibido frente a la exposición de belleza, lo legal frente a lo ilegal. El grafiti siempre ha estado perseguido. El Street art hoy tiene un reconocimiento especial que se remunera económicamente. Muchos artistas, por suerte, viven hoy de sus murales. También Mo. El Street art de ayer y de hoy, además, tiene una connotación específica ya que muchos están creados con el fin de visibilizar causas sociales por las que luchar.

Con los años, Cooper consiguió su sueño de trabajar en National Geographic, dice, pero se dio cuenta de que aquello era demasiado aburrido -y las carcajadas en la sala no se hacen esperar-. Empezó a trabajar productos propios de pintura que hoy llevan su nombre, y a publicar parte de su trabajo, como por ejemplo el libro Nos B * Girlz, una mirada femenina al mundo del arte y el brake dance. Su objetivo fue y será el de visibilizar al arte urbano de las mujeres, su motivo, su lucha y sus causas, en cualquier parte del mundo.

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Shirley-chisholm
Publicado en el Blog de El País, Mujeres (16 de noviembre de 2012) 

 “He sido más a menudo discriminada por ser mujer que por ser negra”. Una. Esta primera cita pertenece a su discurso al Congreso de Washington el 21 de mayo de 1969. Tremendo día para ella. Shirley Chisholm lo tenía todo para fracasar, para ser evitada, para ser apartada. Era una mala época para la entrada a la política en Estados Unidos. Era mujer. Y era negra. Sin embargo, se lanzó. En 1968 ella fue la que le gritó al Capitolio y dijo simbólicamente: aquí estoy. Se convirtió en la primera mujer elegida para el Congreso por Brooklyn. Y bajo su candidatura, un eslogan*: “ni vendida, ni mandada”. Ella tenía claro el motivo por el que se presentaba. Había muchas injusticias por las que trabajar, muchos servicios sociales que defender. Pero sobre todo, había un motivo que ella sentía y que le empujaba a seguir: “La gente me quería”.

“La próxima vez una mujer, un negro, un judío o cualquiera que pertenezca a un grupo que el país no está preparado para elegir, creo que les tomarán en serio desde el principio, porque alguien tenía que hacerlo primero”Dos. Eso dijo en 1973 en su libro “The Good Fight”. Ella lo hizo primero. Ser negro resulta ser un prejuicio. Pero Obama ha ganado ya dos elecciones. La última, el pasado 6 de noviembre, con 332 delegados frente a los 206 conseguidos por el republicano Mitt Romney. Otro prejuicio es también ser mujer. Pero no por eso las mujeres están menos preparadas. Y si no que se lo digan a Hillary Clinton. Otras democracias ya han tenido a sus representantes mujeres, como la India con Patribha Patil(Julio 2007), como Chile con Michelle Bachelet (marzo 2006). Shirley Chisholm creyó en los años 70 que Estados Unidos estaba preparado no sólo para el liderazgo femenino y la reivindicación, sino para la cultura del cambio.

“Me gustaría que dijeran que Shirley Chisholm tenía agallas”. Tres. Las tenía. Las tuvo. Y habrá muchas mujeres que, con sus acciones, avalen esas agallas. Nació el 30 de noviembre de 1924 y falleció a los 80 años, el 1 de enero de 2005. Venía de una familia sencilla. Su padre trabajaba en una fábrica de bolsas. Y su madre se dedicaba a las labores del hogar y a la costura. Ella siempre agradeció la formación que pudo recibir y trabajó en dos campos en los que pudo aportar lo mejor de sí: la educación y la política. Contra los prejuicios y a favor de lo que era justo, en eso estaba y en eso pensaba cuando el 25 de enero de 1972 decide presentare como candidata a la presidencia de los Estados Unidos por el partido Demócrata. Lo hizo tras una decena de micrófonos y unas grandes gafas. Segura. Entonando. Proyectando la voz convencida de lo que hacía y porqué lo hacía. Lo hizo convencida por el sueño americano, su sueño. Nunca ganó las primarias. Pero jamás le faltaron agallas para dar el paso, el que nadie antes dio. Su campaña, afirmó en 2002, fue un “catalizador necesario para el cambio”. Shirley Chisholm será recordada. Siempre. Nunca quiso pasar a la historia como “el primer congresista negro y mujer”. No. A cambio… “Me gustaría que dijeran que Shirley Chisholm tenía agallas”.

 

* Recomiendo el libro “POLÍTICAS. Mujeres protagonistas de un poder diferenciado” donde el asesor de comunicación Antoni Gutiérrez-Rubí habla del liderazgo de esta mujer modelo.

Fuente de la imagen: “The feminist wire”

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