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Los telespectadores, desde sus casas, pueden ver a una periodista en apuros emitiendo su crónica desde el país en el que se encuentra en esos momentos. Pero lo que otros ven va mucho más allá. A veces es complicado emitir una crónica, contar lo que ocurre. Es difícil desde el momento en que te embarcas hacia un destino para cubrir una noticia concreta. Difícil desde el momento en el que abandonas a la familia para cumplir con los objetivos de una profesión vocacional. Más aún, si el país de destino al que se envía al periodista en cuestión vive una situación de conflicto.

 

Para aquellos periodistas que se marchan y viven experiencias únicas, les resulta gratificante. Es más, cuentan sus vivencias con una emoción indescriptible. Desde la retransmisión por televisión podemos contemplar cómo están viviendo y, gracias a sus voces, podemos saber qué están viviendo y qué está pasando. Pero es bello y digno de escuchar la narración de las vivencias de aquellos profesionales de la información cuando vuelven a su país y a la redacción.

 

María José Ramudo es una periodista de TVE. En la actualidad es corresponsal en Buenos Aires. Sin embargo, ha sido testigo de cientos de acontecimientos en el marco internacional. En este vídeo, podemos observar cómo salió de un apuro en Chile. Fue agredida, por partidarios de Pinochet, cuando retransmitía su directo en un momento de tensión: el ex dictador había fallecido. Expertos y compañeros destacan la actuación de la corresponsal como de “verdadera dignidad periodística”.

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VIAJES con Heródoto. Este libro cayó en mis manos el siete de agosto de 2008. Cayó en mis manos, supongo, que del mismo modo cayó en las manos de Ryszard Kapuscinski la obra Historia.

Historia le acompañó desde el primer viaje que realizó como periodista. Para él fue más que un libro. Fue un aprendizaje continuo, un compañero con el que se tuteaba y al que consultaba habitualmente a medida que cruzaba el continente africano, a medida que se embarcaba hacia Europa. África y Europa. Para Heródoto, al mismo tiempo, Persia y Grecia.

Este libro nos embarca en la aventura de cruzar las fronteras no solo espaciales, sino también temporales. Esto es lo que está ocurriendo aquí. Esto fue lo que ocurrió aquí. Fascinante el devenir de su escritura y su relato. Hoy Kapuscinski. Ayer Heródoto.

 

Y es que, se podría decir que, Heródoto fue figura antigua y maestra del periodismo, del reporterismo. El primero, quizás, que escribió la Historia, que en aquellos tiempos la palabra historia significaba más bien “investigaciones” o “inquisiciones”. Según Kapuscinski, este libro es el viaje. Así es: resultado de sus viajes, el libro de Heródoto es el primer gran reportaje de la literatura universal. Su autor está dotado de una intuición, una vista y un oído de reportero. También es incansable: atraviesa los mares, recorre las estepas y se interna en los desiertos, y de todo ello nos da cumplida cuenta.

 

Kpuscinski, en su libro, continúa diciendo que Heródoto pretende inmortalizar la historia del mundo. Nadie lo ha intentado antes: él es el primero en tener semejante idea.

Decide, seguramente al final de su vida, escribir un libro porque es consciente de que ha reunido una gran cantidad de historias y noticias, y sabe que si no las inmortaliza en un libro, todas ellas, almacenadas tan sólo en su memoria, perecerán sin remedio. Heródoto escribe su Historia, como Kapuscinski escribió la suya, para impedir que el tiempo borre la memoria de la historia de la humanidad.

 

¿Y por qué Kapuscinski viaja con la Historia de Heródoto desde que se lo regalaron antes de partir hacia su primer viaje al extranjero? Mis viajes cobraron una segunda dimensión: viajé simultáneamente en el tiempo (a la Grecia antigua, a Persia, a la tierra de los escitas) y en el espacio (mi labor cotidiana en África, en Asia, en América Latina). El pasado se incorpora al presente, confluyendo los dos tiempos en el ininterrumpido flujo de la historia.

 

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Anoche la casa estaba en silencio. Me encanta disfrutar de esa armonía mientras paseo por ella, mientras cierro cada puerta y la preparo para la noche. Eran aproximadamente las 12 cuando empecé mi ritual literario. Entre palabras impresas me gusta perderme cada noche antes de conciliar el sueño. Es una aventura mágica e intensa que no cambiaría jamás…

 

“Ébano” lo trazó la pluma de Ryszard Kapuscinski (1932-2007), un polaco  dedicado por entero al periodismo y al reporterismo a pesar de haber estudiado arte e historia. Cubrió las guerras del África entre los años 50 y 60 y en este libro cuenta algo más de lo que ocurrió, quizás lo que no cabía en su periódico, en los espacios designados para sus crónicas. Cuenta muchas cosas, muchas. Muchas cosas que no sólo deberían saber aquellos discípulos que lo leen, sino la sociedad entera.

 

Hace poco asistí a un seminario sobre “Defensa y Seguridad”. Allí hablamos del poco conocimiento de la opinión pública acerca de la política internacional, de las guerras que, muchas veces por intereses económicos, no se cuentan. También hablamos de la poca formación periodística que se ofrece, de la escasa especialización. Es por ello quizás, y también por el poco espacio que se ofrece en los medios de comunicación, por lo que existe una brecha en este conocimiento.

 

Anoche, perdiéndome entre las palabras de “Ébano”, caí en la cuenta de algo. Me sorprendió la rotundidad de una página en concreto. Algo que se sabe pero pocas veces le damos importancia. Algún que otro reportaje se ha emitido. Algún que otro documental también. Pero somos ciegos. Hacemos caso omiso. ¿No llegamos a darnos cuenta de la magnitud de la situación sencillamente porque vivimos en “otro mundo”? Estas son parte de las palabras que formaban esa página…

 

“Pues bien, en África los niños llevan años, muchos, mucho tiempo, matando a otro niños, y en masa. A decir verdad, las guerras contemporáneas que se libran en este continente son guerras de niños.

               Allí donde los combates se prolongan desde hace décadas (como en Angola o Sudán), la mayoría de adultos ha muerto hace ya tiempo, por el hambre o las epidemias; quedan los niños, y son ellos los que continúan las guerras. En el sangriento caos que arrasa diferentes países de África, han aparecido decenas de miles de huérfanos, hambrientos y sin techo. Buscan quien los alimente y acoja. Allá donde hay ejército es donde resulta más fácil de encontrar comida, pues los soldados son los que más oportunidades tienen para conseguirla: en estos países, las armas no sólo sirven para combatir, también son un medio de supervivencia, a veces el único que existe.

               Niños solos y abandonados van allí donde se estacionan las tropas, donde hay cuarteles, campamentos y etapas. A fuerza de ayudar y trabajar, acaban formando parte del ejército: son “hijos del regimiento”. Reciben un arma y no tardan en pasar por el bautismo del fuego.”

 

Ryszard Kapuscinski

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