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Publicado en Sesión De Control (9 de mayo de 2014)

Arranca una campaña electoral cuyo destino marcado es Europa. Una campaña donde la pregunta que cabría hacerse en ella es… ¿Y tenemos líderes para afrontarla?

El liderazgo político actual está teñido de luces y sombras. Y, si empezamos por las sombras, habría que decir que la comunicación ha empezado a caer en los ciudadanos como tormenta profunda, pero sin lluvia que rozarnos apenas. Mientras el ejercicio de la comunicación es ejecutado por gabinetes de prensa, medios de comunicación y comunicación directa en las redes sociales, los ciudadanos nos refugiamos al abrigo de nuestras manos, de nuestros paraguas o de lo que tengamos por delante, agazapados, intentando que, de ninguna manera, aquello que nos cuentan pueda entrar en nuestras cabezas. Sencillamente porque… no creemos ya, no confiamos ya y, sobre todo, porque hemos perdido prácticamente todo el interés. Esa desafección política alimentada por la mala praxis ha hecho que esa comunicación que llueve no logre calar en nosotros.

A medida que la Unión Europea crece y, por tanto, aumenta el número de votantes, decrece la participación ciudadana. ¿Contradictorio? No. Tal y como presenta este informe de Access Info, después de las elecciones de 2009, el 28% de los ciudadanos no tenía confianza en la política, el 17% tenía la certeza de que su voto no cambiaría nada y otro 17% estaba desinteresado por los temas políticos. En la misma encuesta a la que hace alusión Access Info, aparece la respuesta de aquellos que no habían votado en las últimas elecciones europeas: el 55,32% dijeron no tener confianza en los partidos políticos. Todos estos datos que a priori nos parecen familiares, se traducen en una tendencia a la baja de la participación ciudadana en las elecciones europeas. En las elecciones generales hubo una participación del 69% mientras que la participación españoles en las elecciones europeas fue del 45% (mapa de la evolución).

De sombras…

Europa tiene el gran reto de comunicarse a sí misma. Algo también compartido por Jaume Duch el pasado diciembre en el Seminario Internacional de Comunicación Política. Pero además añadió que había un gran desconocimiento de los actores y de quiénes tomaban las decisiones en Europa y mencionó la gran crisis actual política, económica y… de ideas. La complejidad de la Unión Europea no pasa desapercibida para el electorado y la lejanía geográfica, la diversidad de lenguas y la escasa aceptación nacional de cada Estado no nos une más, no separa… cada vez más. Frente a todo eso, el reto es claro: la Unión Europea tiene que entenderse para hacerse entender. Es esta la única manera de que la ciudadanía participe. Porque sobre algo que no se entiende, tampoco se puede participar.

La eterna sombra de la desafección política continúa siendo una silla vacía carente de líderes. Y líderes que no sólo lideren, sino que también conecten. Se ha perdido la confianza en ellos. No es baladí que por ello, algunos “líderes” europeos empiecen a perder su popularidad. Se ha perdido la credibilidad traducido en impuestos que suben y programas que no se cumplen. Y dudamos de que nuestros políticos sean honestos. El que la Comisión Europea señale a España como uno de los países más corruptos resulta ser la guinda del pastel.

La “altura” de un político no se mide por la longitud de su sombra. A día de hoy percibimos que nuestros políticos y nuestros líderes viven en el final de la longitud de su sombra. Y cuánto más se aleja el foco, más larga es la sombra que proyectan: viven ajenos a la realidad, sin escuchar lo que sucede a su entorno, ni a su equipo –se creen más listos, “más guapos”, y “más altos”-, gestionan políticas que nos dividen, no nos acercan más… Pero un político no es más –su larga sombra- por no escuchar o por no atender a lo que realmente está ocurriendo a pie de calle. El líder debe retirar todo foco posible que proyecte aquello que no es la realidad. Debe retirarlo para eso mismo, para ser testigo de la realidad, saber leerla, saber verla, saber interpretarla y para saber escuchar porque… “no hay nadie tan fuerte que pueda hacerlo sólo, ni nadie tan débil que no pueda ayudar”.

Los nuevos liderazgos deben conocer a qué sociedad se enfrentan, saber que está cambiando y –y qué está cambiando- que está evolucionando y… sobre todo, deben conectar con ella. Mientras la Unión Europea sea un enano maniatado por los Gobiernos, no habrá líderes capaces de entender que tienen que enfrentarse a dos retos: conquistar el voto huérfano –aquellos electores que no se sienten representados ni por los que los gobiernan, ni por aquellos que siempre votaron-, y conquistar también el voto perezoso –el electorado crítico, destructivo más que constructivo e inmóvil-.

Y luces…

El escenario se empezará a iluminar siempre que la lluvia de la comunicación empape a quién está debajo, siempre que dejemos que nos calen los mensajes, las palabras, los argumentos y los discursos –y en tanto en cuento nos encontremos en ellos-. Europa necesita liderazgo. Y hay que liderar… más allá de las emociones. Porque no sólo se trata de emocionar, se trata de estimular sentimientos y pasiones, de provocar entusiasmo y alegría y de producir tal impaciencia que nos impulse a escuchar, a participar, a influir, a votar… Se trata pues de que… nos EXCITEN. La ciudadanía no cree ya en la ilusión, ni en la esperanza. Necesita algo más. Necesitamos vibrar y que nos hagan vibrar. Y ese algo más se traduce en excitación entendida tal y como la RAE las describe en sus tres primeras acepciones.

Frente a las sombras de la política, la ciudadanía necesita ejemplo, ejemplaridad, necesita que les expliquen, que les auxilien y que sean precisos y exhaustivos con ellos. Necesitan convencimiento, y creer que sus líderes son capaces de afrontar los retos. Necesitamos líderes que nos inspiren, que nos ilusionen que nos escuchen – de verdad-. Necesitamos líderes que trabajen, pero no sólo trabajadores sino que también compartan con nosotros lo que hacen, lo que han hecho en su día a día parlamentario, necesitamos que comuniquen su trabajo. Necesitamos autoridad, representación –seria-, líderes que nos respeten y que nosotros respetemos, líderes con reputación y con un relato, una historia que compartir. Necesitamos que nos exciten. Queremos que los líderes del mañana exciten.

¿Excitó en su momento la seguridad de Merkel a su electorado? ¿Sus propuestas? ¿Sus decisiones? ¿Excitó Anne Hidalgo con una historia, su discurso, su relato? ¿Ha excitado Manuel Valls a esa parte de la ciudadanía carente de sensación con Hollande? ¿Excitó la ministra danesa al defenderse de su “polémico Selfie”? ¿Tomó el control? ¿Ha excitado Renzi con su revolución a golpe de Tweet? ¿Excitó el Alcalde de Lisboa, António Costa, al mudarse al barrio pobre? ¿Excitó Moreira cuando llegó a la Alcaldía de Oporto explorando esa “otra política”?

El liderazgo va ligado a la emoción y… a la excitación –hoy más que nunca-. Según Ignacio Morgado, catedrático de Psicología en el Instituto de neurociencia de la universidad Autónoma de Barcelona, las emociones y la memoria están muy relacionadas. Y cuando fallan las emociones, no sólo falla nuestro sistema emocional, también falla nuestro razonamiento. Pero, ojo, lo relevante es… todo aquello que nos emociona. Y… ¿por qué? Porque aquello que nos emociona permanece en nuestro recuerdo. Y, lo que recordamos, nos influye.

Es cierto. A la política le hace piel, sentimiento y humanismo. Y el sentimiento se alimenta de coherencia, compromiso y honestidad. El “y tú más” debe pasar a la historia de la comunicación política. La ciudadanía necesita más… Argumento, discurso y debate de altura. Excitación. Porque lo que se buscan son líderes que emocionen para emocionar, que sientan para hacer sentir, que crean para hacernos creer, que pisen con los pies descalzos donde otros dijeron que caminaron, que piensen para hacernos pensar, que sueñen para hacernos soñar, que participen para hacernos partícipes, que estén preparados para prepararnos y que lloren con nosotros para comprender por qué lloramos. Y también se necesitan mujeres, políticas… para otra política. Porque tal y como decía Soledad Gallego Díaz, hay “250 millones de mujeres en la UE, ¿ninguna es lo bastante buena?”. ¿Está la sociedad europea verdaderamente representada con poco más del 30% de mujeres en el Parlamento Europeo?

El nuevo liderazgo en Europa tiene el gran reto de “excitar” para llenar un banco de personas, hoy vacío, mientras llueve…

 

NOTA

Este artículo nace de una profunda reflexión a partir de la conferencia que ofrecí el 21 de abril de 2014 en el marco del  I Curso Superior de estrategias de comunicación para equipos políticos de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

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ULTIMAMENTE no paro de recordar esa cita del presidente Barlet (The West Wing): “Nunca dudes de que un grupo de ciudadanos comprometidos puede cambiar el mundo”. Egipto, Túnez, Libia… En efecto, un grupo de ciudadanos comprometidos puede cambiar el mundo, y nada más empezar el 2011 vemos las consecuencias de ese compromiso ciudadano, de ese afán por cambiar el rumbo de sus vidas en sus países. Tras el 15M, vuelvo a recordar esa cita.

España está viviendo un momento clave de campaña electoral. A poco más del ecuador, vemos como cientos, miles de ciudadanos (con padrinos o no) reclaman un giro, exigen un cambio en la política española. Exigen ese cambio en la calle pero también en las redes sociales, herrmientas que están cobrando especial protagonismo. Y lo hacen a través de un mensaje: Democracia real ya! Una crisis económica interminable, casi cinco millones de parados, crispación por la comunicación de nuestros políticos… Ciertamente esto se ha ido de las manos. La desafección política es tan profunda que las personas han decidido salir a la calle para decir basta. Una desafección política más relacionada con la actitud de nuestros políticos que por las acciones o por los mensajes. Pero en los mensajes también hay culpables que, en muchas casos, ayudan y favorecen alimentando a esa furia en celo actuando lejos de su deontología profesional: los medios de comunicación. Hartazgo del “y tú más”. Hartazgo de una comunicación negativa repleta de críticas. Hartazgo de discursos políticos cuando en realidad deberían ser humanos. Hartazgo de un bipartidismo sin alternativa clara. Hartazgo de la falta de liderazgo. No escuchan una proyecto que ilusione y de esperanzas, no ven mejoría en sus vida, continúan sin trabajo, aumentan sus facturas y el precio de la cesta de la compra, no pueden acceder a una vivienda digna, no pueden pagar sus estudios, vuelta a casa de sus padres, adiós a las pensiones, adiós a las cajas públicas, adiós a los ahorros… Adiós…

Sin duda, un sinfín de motivos por los que manifestarse o acampar, insisto, con padrino político o sin él. Motivos por los que expresarse libremente. Motivos, como vienen diciendo, por los que ir a votar a grupos que son minoritarios fuera del camino del bipartidismo. Unos «acampados» que aprovechan la libertad de expresión para expresarme libremente. Libertad pedir voto, o no,  para solicitar ese cambio con lo que consideran que es lo bueno y/o lo justo.

Hemos sabido recientemente que la Junta Electoral de Madrid ha prohibido la concentración en la Puerta del Sol. Esto, ¿qué significa? Pues significa muchas cosas: queda abierta la caja de las interpretaciones. Esta acampada masiva a nivel nacional puede influir en los resultados electorales aunque ellos digan que no es un movimiento político. Si ante el cerrojazo de la Junta se ven amenazados, la participación en las urnas se verá reducida dando paso a ese pie que no dejará de apretar el acelerador de la abstención. Una abstención que perjudicará al socialismo en estas elecciones.

Con acampadas apadrinadas o no, lo que no es de recibo es escuchar declaraciones como las de Esperanza Aguirre: según la presidenta de la Comunidad de Madrid, organizaciones de izquierdas están intentando “manipular” el movimiento contra el PP. De izquierdas sí, “no hay más que mirar a los firmantes”. Por este tipo de declaraciones, quizás también haya que acampar.


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RESULTA un auténtico misterio dar un paseo por las calles de las localidades españolas para oler el ambiente a campaña electoral. Eso le comentaba la pasada semana con el consultor político César Martínez. La cosa, como dicen muchos, está muy tranquila. Los presupuestos son austeros y se ha optado por dirigir la mirada hacia las redes sociales. Es momento de ser estratégicos y de atinar en el tiro porque hacer campaña online no significa sólo estar, sino estar bien, saber dónde estar, saber escuchar y saber conversar.

El otro día le preguntaba a una candidata gallega si creía que Internet ha contribuido a que los políticos sean más transparentes. Ella no dudo un instante: dijo que sí. Contribuye, porque eso es lo que necesita la ciudadanía ante un momento muy grave de desafección política donde el ciudadano ha perdido la credibilidad y la confianza. Ahora bien, no se consigue en su totalidad. Muchos perfiles de políticos son gestionados por terceras personas y, en un alto porcentaje, estos políticos desconocen la actividad que hay detrás de la pantalla del ordenador y la intervención de la ciudadanía ante diversos temas. Este es un hueco de la comunicación online que hay que cubrir para que, efectivamente, la comunicación online haga que la política de los políticos sea más transparente contribuyendo así a no fomentar más esa desafección política. Una desafección política que no pasa por los mensajes, sino por la actitud de muchos de nuestros políticos hoy en día.

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