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De Cerca

Publicado en BEZ el 11 de julio de 2017

Entrevista a la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero.

«El cuerpo de María Fernanda Ampuero, la libertina escritora ecuatoriana, famosa por sus textos indecentes y su vida disipada, ha sido hallado esta madrugada envuelto en fundas plásticas negras en la playa de Montañita, en el mismo sitio donde una vez, según cuentan varios testigos, pretendió tomar el sol topless y fue reprendida por la Autoridad Competente por “conducta inmoral”». Así empezaba María Fernanda el artículo en El Telégrafo de Ecuador titulado La escritora que murió por puta. Así denunciaba ella el años pasado las críticas que recibieron dos jóvenes que habían sido asesinadas en Ecuador. Si no quieres caldo, dos tazas, que diría mi madre. Sirvan estas líneas para que se empapen del tipo de periodista que es, el tipo de escritora que leen: pertinente, tenaz, libre, feminista.

Ha recibido diferentes premios siendo el último el Premio Cosecha Eñe 2016. No paraban de hablarme de ella. Y resulta que vive en España. Y además no paran de invitarla para hablar de Cien años de soledad en todos los saraos madrileños ahora que la novela de Gabo cumple 50 años. ¿Cómo estás? —Empieza. Y elaboramos un breve circuito de nuestras vidas que mucho tiene de real y poco de mágico. “Esta novela define tantas cosas que es imposible no mencionarla. Gabriel García Márquez era un magnífico escritor”. Cuéntanos más. “Sin embargo, asumo que hay que hacer lecturas y relecturas desde el punto de vista del feminismo, revisitar Macondo con otra mochila, la feminista”. Mientras el debate estos días se centra en que la obra de García Márquez responde a un momento histórico y a un país, y que el periodismo también es un género literario, María Fernanda se revela: “los ojos de los lectores, para mí, son mucho más importantes que el momento histórico que representa. Cien años de soledad no es un libro de historia”. Convincente, sabedora; a esta escritora no hace falta mirarla a los ojos para descubrir cuál puede ser la siguiente frase que nos diga. Ella sabe provocar esa sensación. ¿Cómo finalizaría María Fernanda Ampuero Cien años de soledad si la novela estuviese sin concluir? “Bueno…” Se da unos segundos, nueve para ser exactos. “No sólo la terminaría. Crearía unos personajes masculinos menos ilusos y menos brutos. Creo… Igual estoy fantaseando con que yo soy capaz de hacer eso. Pensaría en una gente más… real”. Venga, suéltalo. “No crearía unos hombres que son ilusos, destructivos, fantasiosos y absurdos; o unas mujeres que sólo son o putas o vírgenes”. Vaya, y de pronto revolotea en la conversación el “binarismo latinoamericano” al que ella misma alude. Seguimos hablando. Un poco de agua no viene mal. Y no llegamos a una conclusión sobre el final para seguir hablando las mujeres de Macondo. “Es que hay un maltrato al plano doméstico”. Además, ellos matan mientras ellas dan vida, dice: “esta es una historia de pedofilia, niñas prostituidas, incesto, virginidades inexpugnables, infidelidad, esposas sumisas, mujeres sin pecado que ascienden como la virgen María, mujeres a las que se viola en una maraña de descripciones”. Amén. Y risas, aunque el tema no tiene gracia. Admite que hubiese escrito, finalmente, un libro diferente al que conocemos hoy, al que se vanagloria hoy. ¿Puede ser que este desprecio a lo doméstico, a la mujer, esta recreación del hombre iluso, bruto… haya sido también la candela de su éxito? Éxito además que, de manera consciente e inconsciente, socialmente está aceptado. Y muy valorado. “Cierto, y no se ha hecho la suficiente crítica. Es como si existiera un halo de Gabo intocable porque era un tipo agradable y cercano. Él era magnífico, pero a mí me parece que nadie es intocable. La honra de este aniversario es releer la obra desde el punto de vista crítico porque, desde la relectura, homenajeamos más esta obra”. Lo tiene claro con García Márquez: “su trascendencia no hubiese sido tan enorme si no tuviera ese aire de buen salvaje, del latinoamericano capaz de maravillarse con la normalidad del desarrollo humano; no hubiese sido tan enorme sin esa visión que se tiene de la familia donde hay un patriarca, el resto son satélites que giran alrededor de ese patriarca que permite que su universo sea posible”. María Fernanda considera un error alabar esta parte de la realidad: “se celebra el aniversario de una obra magnífica, pero no le hacemos ningún favor si sólo aplaudimos. De hecho, se rechazó su lectura en la generación de los noventa”. Seguimos cantando loas del libro de Gabo años después y sólo hay una pequeña parte del mundo literario y periodístico que habla de las mujeres, del papel de las mujeres en el libro, de cómo son ellas en él, cómo aparecen y cómo se tratan: “Mujeres llamadas Santa Sofía de la Piedad que no existen, que limpian, planchan, cocinan, pero no existen. Mujeres llamadas Pilar Ternera, con una «magnífica vocación para el amor», es decir, promiscuas, indignas de un lugar en el mundo, madres de bastardos, que viven disputando el amor a la esposa, a la señora, a Fernanda, que tiene asco de su propia mierda. Mujeres de hombres locos, que se tienen que tapar los oídos con cera de abeja o que tienen que sacrificar su herencia por alguna loca empresa del marido”. Escrito por una mujer… ¿este libro habría el mismo éxito? “No”. No ahora, en el momento en el que Gabo lo escribió, en ese contexto, en Colombia. “No”. ¿Qué hace falta para que se valore la literatura de las mujeres? “Que haya una explosión nuclear”, dice, medio en broma medio en serio. Ella asegura que “existe una discriminación taimada al hacer listas de las mejores escritoras como si fuéramos una secta o un grupúsculo. Las mujeres cultivamos todos los géneros y somos tan escritoras como los escritores. ¿Por qué hay que hacer listas aparte?”. Importante reflexión. Por desgracia ahora también está de moda compartir listas de las obras de escritoras, para visibilizarlas se entiende, pero para consumir gratis. Mire usted qué bien. ¿Esto no sería violencia? Regresamos a los Cien años de soledad que Gabo nos dibujó. María Fernanda vuelve a negar que la obra aluda a un momento histórico; cuando oye decir esto ella responde en su momento histérico. Y sin embargo sabe que cada uno de esos cien años solos es una joya. Uno de los recursos donde más disfrutamos de Gabo es en la descripción, sin duda. ¿Qué destaca Fernanda? “García Márquez es un genio del idioma. Tiene el prodigio de conocer todas las palabras. Eso sí que es realismo mágico. Hace malabares con el diccionario sin que parezca difícil. Todas las palabras que escribe caen tan perfectamente que sientes todo, el tacto, el gusto, la profundidad… Crea una atmósfera perfecta con las palabras y consigue convertirse en un poeta narrador”. A veces los finales se terminan empezando. Volvemos. “Pueden pensar que ya están estas mujeres a cargárselo todo. Y no. Al contrario. Yo adoro esta novela. Fue fundamental en mi adolescencia. Pero hay que decir las cosas. Las únicas que nos justificamos por hacer una determinada lectura somos las feministas. Destacando este punto de vista yo sí creo que esté haciéndole un homenaje a Cien años de Soledad”.

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TENÍA muchísimas ganas de que este número de Campaigns & Elections viera la luz. Desde que le propuse a Israel Navarro la idea. Hemos creído que un número específico que hablase sobre la mujer en política era necesario. De modo que millones de gracias a todos los colaboradores que lo habéis hecho posible.

En este número, contribuyo con un artículo que para mí es muy especial porque es mi campo de investigación en el doctorado. Espero que lo disfrutéis tanto como disfruto yo aprendiendo del pasado para intentar que nuestro presente sea un poquito mejor…

 

Mujeres que sangran

España: el ciclo triangular de la mujer en política

La historia de la mujer en la política española tiene tintes de sangre, dolor y guerra. Estudiar las décadas desde los años 30 a los 50 es tarea para aquellos que quieran meterse en la piel de muchas mujeres que arriesgaron su vida y su persona para lograr un sueño del que hoy disfrutamos otras. Daba igual la ideología o el color del traje de guerra. La muerte, la amenaza y la persecución estaba grabada en los ojos de las mujeres españolas.

A partir de la II República, pasando por la Guerra Civil y, posteriormente, hacia un nuevo cambio en posguerra, el papel de la mujer ha ido tomando diversas formas en función de la época por la que se atravesaba. Más de dos décadas en donde la mujer se ha hecho especialmente fuerte a nivel político. La mujer guerrillera, la mujer política, la mujer reivindicativa, libertaria, gestora, líder… Cada una de ellas ha ido evolucionando, madurando en su versión más política y, cómo no, en función del contexto. Pero también han cambiado sus inquietudes, su función como mujer y su aceptación social.

II República

En España, el papel de Clara Campoamor tuvo connotaciones muy importantes. Sin su lucha en el Partido Radical, sin su presencia, el voto femenino no hubiese sido como fue y no hubiese sido cuando fue. No fue fácil en plena II República española discutir con diputados acerca de la escasa lucidez que puede llegar a tener una mujer en pleno periodo menstrual. Absurdeces que no hacían más que debilitar un periodo republicano que tiene mucho que ver con decisiones que se tomaron muy modernas y progresistas para la época. “La transformación de España, despacito”, decía Clara. Había muchos seres de corbata en contra del voto femenino. Y alguna mujer que ocupaba escaño también, como la socialista Margarita Nelken, quien creía que no era el mejor momento como para que la mujer votara, y suponía un peligro para el régimen político que se vivía.

El discurso, la iconografía y el liderazgo de la mujer en la vida pública pasaba por una necesidad imperiosa de su presencia en la sociedad. El primer paso que debían superar era el de la barrera de la desigualdad en la educación. Gracias al aumento de los Estados Liberales a lo largo del siglo XIX, la educación pública creció de la mano de la burguesía. Y con ello un debate discriminatorio sobre el cual se asentaba el argumento de que la educación para la mujer podía ser perjudicial. La decisión contraria imperó finalmente, pero asentada bajo un concepto totalmente machista: educación para que la mujer pudiera ejercer bien su trabajo de esposa y madre. Las mujeres, no sin esfuerzo, supieron aprovechar bien ese acceso a la educación. En el año 1900, una mujer estudiaba por cada 15.000 hombres. Entre los años 1919 y 1920 ascendió al 2%. Y poco a poco fueron accediendo a los estudios superiores. Aunque otro factor más las discriminaba: el trabajo.

Como bien apunta la investigadora irlandesa Mary Nash, existe una amnesia profunda en cuanto a la participación política de las mujeres españolas. Esa amnesia es difícil de corregir en un país como España después de la tergiversación de la historia por parte de los historiadores franquistas que deformaron la visión de los movimientos sociales y políticos. Movimientos, como por ejemplo, el de las feministas.

Guerra Civil

La Guerra Civil española se olía en las calles españolas como el estiércol mal usado cuando se esparce. Casi de manera inevitable, a lo largo de los años 30 surgieron agrupaciones de mujeres y feministas alrededor de las corrientes políticas y de los partidos políticos. Frente a la amenaza bélica, empiezan a surgir discursos que llevan implícitos las palabras “paz” y “libertad”. El discurso de las mujeres era ese mismo, emplear palabras en la “guerra de la defensa de la democracia”. Sin embargo, el poder de la palabra negativa era brutal: la Agrupación de Mujeres Antifascistas desarrollaron un discurso militarista con un fin concreto: la garantía de la paz. Parece contradictorio, pero fue así.

Muchas mujeres en la Guerra Civil optaron por un discurso de paz, quizás para tranquilizar su alma o para que no encontraran al hijo o al marido oculto. Muchas mujeres en la Guerra Civil vestían de negro y sangre, por los hijos que le habían matado y que debían enterrar, o por los encarcelados. Ellas tuvieron diferentes papeles en esta guerra, empezando por ser madres protectoras y esposas que esperaban el tiempo que hiciera falta. Pero no se puede generalizar porque no todas eran “rojas”, no todas estaba en la cárcel, y no todas participaron en la vida política.

Hay una obra clave escrita por Paul Preston, el historiador más reconocido por su trabajo acerca de la historia España. Esa obra lleva por título “Palomas de guerra”. Y en ella se narra la historia de cinco mujeres muy diferentes entre sí tanto por la clase social a la que pertenecían como por el país de donde provenían para luchar en España por la causa que cada una defendía. Ellas son Merecedes Sanz-Bachiller, fundadora del Auxilio Social y esposa del fascista Onésimo Redondo; Nan Green, comunista británica que trabajó en la Guerra Civil unida a las Brigadas Internacionales; Priscila Scott-Ellis, hija de Lord Howard de Walden, enfermera en la Guerra Civil apoyando el Ejército Nacionalista; Margarita Nelken, hija de judíos alemanes, parlamentaria socialista en la II República; y Carmen Polo, esposa del dictador español Francisco Franco. Es apasionante navegar por esta obra y descubrir el sentir y el hacer de cada una de estas mujeres en un momento clave como lo fue la Guerra Civil española. A pesar de sus raíces ideológicas, muchas mujeres tenían ese sentido de lo humano, de lo protector, del cuidado, de sentirse útiles y luchar, sufrir y sangrar, costase lo que costase, por una causa. Tal y como narra Paul Preston, “cuatro de estas mujeres, a pesar de sus diferentes nacionalidades, orígenes sociales e ideologías tenían mucho en común. Eran valientes, decididas, inteligentes, independientes y compasivas. En distintas medidas, a todas les dañó la Guerra Civil y sus consecuencias inmediatas y a largo plazo. Como resultado directo de la guerra, dos enviudarían, dos perderían hijos. Dos de ellas se quedarían profundamente traumatizadas por sus experiencias en la línea de frente. El fantasma de la Guerra Civil les acompañaría el resto de sus vidas”. Así es, como esposas y madres, las mujeres quedaron muy afectadas por las luchas políticas de los años 30 y 40, fueran del color que fuesen.

Como escribe la investigadora Mary Nash en su obra “Rojas, las mujeres republicanas en la Guerra Civil”, las mujeres encarnaban la lucha por la supervivencia porque su responsabilidad fundamental era proteger y mantener a sus familias en medio del hambre, del racionamiento, de las colas interminables, la escasez de alimentos, deficiencias sanitarias e higiénicas, los bombardeos constantes, los excrementos en los búnkeres… No hay que olvidar que los hombres fueron llamados al frente al estallar la guerra, por lo que las mujeres asumieron la responsabilidad del hombre al mantener a sus familias, al sustentarlas y protegerlas. Fue así como la mujer tomo parte en su lucha propia y se convirtió autónoma y autosuficiente al carecer de marido. Eran mujeres independientes. Las mujeres buscaron sus propios medios de subsistencia y sus propios recursos para sobrevivir. Se desarrollaron sus capacidades de liderazgo en medio del sufrimiento y la pérdida. En medio de tener que parir a sus hijos en soledad en medios de las granadas que explotaban a cada paso. ¿No es eso fortaleza?

Otra mujer que cabe destacar es la desconocida Leonor Serrano Pablo. Esta mujer nació en Castilla – La Mancha, la tierra de Don Quijote. Una mujer que significó un antes y un después en la educación española al traernos desde Italia, e implementar, el método Montessori. Este método consiste en que los niños preescolares iniciaran su formación de tal manera que, con el inicio antes de la educación, las mujeres pudiesen escapar de las cuatro paredes de la casa que la tenían esclavizada para empezar a conciliar una vida familiar y laboral. Leonor Serrano era feminista y también defendió el pecado mortal de Clara Campoamor, el voto femenino. Esta pedagoga, abogada y escritora tuvo que exiliarse en plena Guerra Civil con el marido y el hijo muertos. Tras la guerra volvió a Madrid habiendo perdido su sueldo y su puesto. Murió en 1942 antes de que la condenaran haciendo lo que mejor sabía hacer: educar.

Después de la guerra, la dictadura de Franco

Un nuevo ciclo empezaba para la mujer después de la Guerra aunque, con el Franquismo, derechos que se habían conseguido a lo largo de la II República, les fueron arrebatados. Sin embargo, un sentimiento se gestó en ellas porque jugaron “un papel decisivo en la resistencia civil al fascismo. La experiencia de sobrevivir a la guerra dio una nueva dimensión a los roles clásicos de madre y ama de casa”, dice Mary Nash. Hablamos de una dimensión colectiva y visión “proveedora”. Las actividades femeninas estaba enfocadas hacia la mejora sociocultural y al desarrollo de oportunidades.

Paul Preston inicia su capítulo para hablar de Margarita Nelken de la siguiente manera: “A principios de 1939 Barcelona era una ciudad que reventaba por los cuatros costados de refugiados hambrientos de toda España. Su respiro ante la persecución implacable de las tropas del general Franco no dudaría mucho. El purgatorio estaba a punto de convertirse en infierno. Cuando el 23 de enero llegó la noticia de que los nacionales habían llegado al río Llobregat, a tan sólo unos kilómetros al sur de la ciudad, se inició un éxodo colosal. Una multitud aterrorizada de cientos de miles de mujeres, niños, ancianos y soldados derrotados emprendieron un viaje largo y difícil hacia Francia”. No todos lograron llegar. Y no todos lograron llegar vivos. Aquellas personas que lo lograron, y cuyo cabeza de familia militaba en algún partido, como el Partido Comunista, tuvieron un papel fundamental. Mientras el marido se jugaba la vida tras la guerra saltando la frontera entre España y Francia, siendo “enlace” para organizar de nuevo al partido y evitar que Franco estuviese mucho tiempo en el poder, las mujeres se quedaban en Francia creando sus propios negocios, pariendo a sus propios hijos y sustentando económicamente a la familia. Se ayudaban unas a las otras mientras ellos estaban en el monte esquivando las balas de los Guardias Civiles.

Muchas mujeres no tuvieron la suerte de poder exiliar. Por “rojas” las castigaban, las torturaban física y psicológicamente. Las purgaban con aceite de ricino para eliminar “todo lo malo que llevaran dentro”, las rapaban al cero y les prohibían ir de luto en el caso de que hubiese muerto algún familiar. Los juicios de posguerra eran crueles y carentes de argumentos. La historia más conmovedora en España es la que lleva por título “Las trece rosas rojas”. Los asesinatos se sucedían como el rezo del pan nuestro de cada día. “Prefiero morir de pie que vivir de rodillas”, dio la dirigente comunista Dolores Ibarruri “Pasionaria”. Muchas murieron debido a las torturas inhumanas trasladadas del nazismo alemán para hacerlas hablar y delatar así a sus parejas. En posguerra, “Toda España era una cárcel”, como la obra escrita por los periodistas Rodolfo y  Daniel Serrano. Pero esta es otra historia…

Mujeres y políticas

Tres épocas, tres décadas y muchas más después de posguerra. Sin embargo, entre los años 30 y los 50, en España se vive una intensa revolución en lo que se refiere a la participación de la mujer en la vida política. Un ciclo que he decidido llamar “triangular” en mi tesis doctoral con una connotación bestial: (i) II República y el acceso de la mujer a la política, derechos, participación y lucha por las libertades; (ii) Guerra Civil y la mujer sumisa, freno contundente a la participación femenina, pero al mismo tiempo el nacimiento de un sentimiento y de unos roles desconocidos hasta la fecha como consecuencia de la guerra; (iii) y posguerra, el desarrollo de esos roles y la lucha de nuevo por las libertades de la mujer al darse cuenta de que es un elemento activo y clave en la sociedad de hoy, tiene voz y voto. Las mujeres se dieron cuenta de que ellas son importantes, son capaces y están cualificadas para participar en política porque tienen mucho que decir. Sentían y sienten que sus voces tenían y tienen que oírse. Sin este papel que entonces se jugó, sin estas mujeres que “sangraron”, las políticas españolas tal como las conocemos hoy no existirían.

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