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TENÍA muchísimas ganas de que este número de Campaigns & Elections viera la luz. Desde que le propuse a Israel Navarro la idea. Hemos creído que un número específico que hablase sobre la mujer en política era necesario. De modo que millones de gracias a todos los colaboradores que lo habéis hecho posible.

En este número, contribuyo con un artículo que para mí es muy especial porque es mi campo de investigación en el doctorado. Espero que lo disfrutéis tanto como disfruto yo aprendiendo del pasado para intentar que nuestro presente sea un poquito mejor…

 

Mujeres que sangran

España: el ciclo triangular de la mujer en política

La historia de la mujer en la política española tiene tintes de sangre, dolor y guerra. Estudiar las décadas desde los años 30 a los 50 es tarea para aquellos que quieran meterse en la piel de muchas mujeres que arriesgaron su vida y su persona para lograr un sueño del que hoy disfrutamos otras. Daba igual la ideología o el color del traje de guerra. La muerte, la amenaza y la persecución estaba grabada en los ojos de las mujeres españolas.

A partir de la II República, pasando por la Guerra Civil y, posteriormente, hacia un nuevo cambio en posguerra, el papel de la mujer ha ido tomando diversas formas en función de la época por la que se atravesaba. Más de dos décadas en donde la mujer se ha hecho especialmente fuerte a nivel político. La mujer guerrillera, la mujer política, la mujer reivindicativa, libertaria, gestora, líder… Cada una de ellas ha ido evolucionando, madurando en su versión más política y, cómo no, en función del contexto. Pero también han cambiado sus inquietudes, su función como mujer y su aceptación social.

II República

En España, el papel de Clara Campoamor tuvo connotaciones muy importantes. Sin su lucha en el Partido Radical, sin su presencia, el voto femenino no hubiese sido como fue y no hubiese sido cuando fue. No fue fácil en plena II República española discutir con diputados acerca de la escasa lucidez que puede llegar a tener una mujer en pleno periodo menstrual. Absurdeces que no hacían más que debilitar un periodo republicano que tiene mucho que ver con decisiones que se tomaron muy modernas y progresistas para la época. “La transformación de España, despacito”, decía Clara. Había muchos seres de corbata en contra del voto femenino. Y alguna mujer que ocupaba escaño también, como la socialista Margarita Nelken, quien creía que no era el mejor momento como para que la mujer votara, y suponía un peligro para el régimen político que se vivía.

El discurso, la iconografía y el liderazgo de la mujer en la vida pública pasaba por una necesidad imperiosa de su presencia en la sociedad. El primer paso que debían superar era el de la barrera de la desigualdad en la educación. Gracias al aumento de los Estados Liberales a lo largo del siglo XIX, la educación pública creció de la mano de la burguesía. Y con ello un debate discriminatorio sobre el cual se asentaba el argumento de que la educación para la mujer podía ser perjudicial. La decisión contraria imperó finalmente, pero asentada bajo un concepto totalmente machista: educación para que la mujer pudiera ejercer bien su trabajo de esposa y madre. Las mujeres, no sin esfuerzo, supieron aprovechar bien ese acceso a la educación. En el año 1900, una mujer estudiaba por cada 15.000 hombres. Entre los años 1919 y 1920 ascendió al 2%. Y poco a poco fueron accediendo a los estudios superiores. Aunque otro factor más las discriminaba: el trabajo.

Como bien apunta la investigadora irlandesa Mary Nash, existe una amnesia profunda en cuanto a la participación política de las mujeres españolas. Esa amnesia es difícil de corregir en un país como España después de la tergiversación de la historia por parte de los historiadores franquistas que deformaron la visión de los movimientos sociales y políticos. Movimientos, como por ejemplo, el de las feministas.

Guerra Civil

La Guerra Civil española se olía en las calles españolas como el estiércol mal usado cuando se esparce. Casi de manera inevitable, a lo largo de los años 30 surgieron agrupaciones de mujeres y feministas alrededor de las corrientes políticas y de los partidos políticos. Frente a la amenaza bélica, empiezan a surgir discursos que llevan implícitos las palabras “paz” y “libertad”. El discurso de las mujeres era ese mismo, emplear palabras en la “guerra de la defensa de la democracia”. Sin embargo, el poder de la palabra negativa era brutal: la Agrupación de Mujeres Antifascistas desarrollaron un discurso militarista con un fin concreto: la garantía de la paz. Parece contradictorio, pero fue así.

Muchas mujeres en la Guerra Civil optaron por un discurso de paz, quizás para tranquilizar su alma o para que no encontraran al hijo o al marido oculto. Muchas mujeres en la Guerra Civil vestían de negro y sangre, por los hijos que le habían matado y que debían enterrar, o por los encarcelados. Ellas tuvieron diferentes papeles en esta guerra, empezando por ser madres protectoras y esposas que esperaban el tiempo que hiciera falta. Pero no se puede generalizar porque no todas eran “rojas”, no todas estaba en la cárcel, y no todas participaron en la vida política.

Hay una obra clave escrita por Paul Preston, el historiador más reconocido por su trabajo acerca de la historia España. Esa obra lleva por título “Palomas de guerra”. Y en ella se narra la historia de cinco mujeres muy diferentes entre sí tanto por la clase social a la que pertenecían como por el país de donde provenían para luchar en España por la causa que cada una defendía. Ellas son Merecedes Sanz-Bachiller, fundadora del Auxilio Social y esposa del fascista Onésimo Redondo; Nan Green, comunista británica que trabajó en la Guerra Civil unida a las Brigadas Internacionales; Priscila Scott-Ellis, hija de Lord Howard de Walden, enfermera en la Guerra Civil apoyando el Ejército Nacionalista; Margarita Nelken, hija de judíos alemanes, parlamentaria socialista en la II República; y Carmen Polo, esposa del dictador español Francisco Franco. Es apasionante navegar por esta obra y descubrir el sentir y el hacer de cada una de estas mujeres en un momento clave como lo fue la Guerra Civil española. A pesar de sus raíces ideológicas, muchas mujeres tenían ese sentido de lo humano, de lo protector, del cuidado, de sentirse útiles y luchar, sufrir y sangrar, costase lo que costase, por una causa. Tal y como narra Paul Preston, “cuatro de estas mujeres, a pesar de sus diferentes nacionalidades, orígenes sociales e ideologías tenían mucho en común. Eran valientes, decididas, inteligentes, independientes y compasivas. En distintas medidas, a todas les dañó la Guerra Civil y sus consecuencias inmediatas y a largo plazo. Como resultado directo de la guerra, dos enviudarían, dos perderían hijos. Dos de ellas se quedarían profundamente traumatizadas por sus experiencias en la línea de frente. El fantasma de la Guerra Civil les acompañaría el resto de sus vidas”. Así es, como esposas y madres, las mujeres quedaron muy afectadas por las luchas políticas de los años 30 y 40, fueran del color que fuesen.

Como escribe la investigadora Mary Nash en su obra “Rojas, las mujeres republicanas en la Guerra Civil”, las mujeres encarnaban la lucha por la supervivencia porque su responsabilidad fundamental era proteger y mantener a sus familias en medio del hambre, del racionamiento, de las colas interminables, la escasez de alimentos, deficiencias sanitarias e higiénicas, los bombardeos constantes, los excrementos en los búnkeres… No hay que olvidar que los hombres fueron llamados al frente al estallar la guerra, por lo que las mujeres asumieron la responsabilidad del hombre al mantener a sus familias, al sustentarlas y protegerlas. Fue así como la mujer tomo parte en su lucha propia y se convirtió autónoma y autosuficiente al carecer de marido. Eran mujeres independientes. Las mujeres buscaron sus propios medios de subsistencia y sus propios recursos para sobrevivir. Se desarrollaron sus capacidades de liderazgo en medio del sufrimiento y la pérdida. En medio de tener que parir a sus hijos en soledad en medios de las granadas que explotaban a cada paso. ¿No es eso fortaleza?

Otra mujer que cabe destacar es la desconocida Leonor Serrano Pablo. Esta mujer nació en Castilla – La Mancha, la tierra de Don Quijote. Una mujer que significó un antes y un después en la educación española al traernos desde Italia, e implementar, el método Montessori. Este método consiste en que los niños preescolares iniciaran su formación de tal manera que, con el inicio antes de la educación, las mujeres pudiesen escapar de las cuatro paredes de la casa que la tenían esclavizada para empezar a conciliar una vida familiar y laboral. Leonor Serrano era feminista y también defendió el pecado mortal de Clara Campoamor, el voto femenino. Esta pedagoga, abogada y escritora tuvo que exiliarse en plena Guerra Civil con el marido y el hijo muertos. Tras la guerra volvió a Madrid habiendo perdido su sueldo y su puesto. Murió en 1942 antes de que la condenaran haciendo lo que mejor sabía hacer: educar.

Después de la guerra, la dictadura de Franco

Un nuevo ciclo empezaba para la mujer después de la Guerra aunque, con el Franquismo, derechos que se habían conseguido a lo largo de la II República, les fueron arrebatados. Sin embargo, un sentimiento se gestó en ellas porque jugaron “un papel decisivo en la resistencia civil al fascismo. La experiencia de sobrevivir a la guerra dio una nueva dimensión a los roles clásicos de madre y ama de casa”, dice Mary Nash. Hablamos de una dimensión colectiva y visión “proveedora”. Las actividades femeninas estaba enfocadas hacia la mejora sociocultural y al desarrollo de oportunidades.

Paul Preston inicia su capítulo para hablar de Margarita Nelken de la siguiente manera: “A principios de 1939 Barcelona era una ciudad que reventaba por los cuatros costados de refugiados hambrientos de toda España. Su respiro ante la persecución implacable de las tropas del general Franco no dudaría mucho. El purgatorio estaba a punto de convertirse en infierno. Cuando el 23 de enero llegó la noticia de que los nacionales habían llegado al río Llobregat, a tan sólo unos kilómetros al sur de la ciudad, se inició un éxodo colosal. Una multitud aterrorizada de cientos de miles de mujeres, niños, ancianos y soldados derrotados emprendieron un viaje largo y difícil hacia Francia”. No todos lograron llegar. Y no todos lograron llegar vivos. Aquellas personas que lo lograron, y cuyo cabeza de familia militaba en algún partido, como el Partido Comunista, tuvieron un papel fundamental. Mientras el marido se jugaba la vida tras la guerra saltando la frontera entre España y Francia, siendo “enlace” para organizar de nuevo al partido y evitar que Franco estuviese mucho tiempo en el poder, las mujeres se quedaban en Francia creando sus propios negocios, pariendo a sus propios hijos y sustentando económicamente a la familia. Se ayudaban unas a las otras mientras ellos estaban en el monte esquivando las balas de los Guardias Civiles.

Muchas mujeres no tuvieron la suerte de poder exiliar. Por “rojas” las castigaban, las torturaban física y psicológicamente. Las purgaban con aceite de ricino para eliminar “todo lo malo que llevaran dentro”, las rapaban al cero y les prohibían ir de luto en el caso de que hubiese muerto algún familiar. Los juicios de posguerra eran crueles y carentes de argumentos. La historia más conmovedora en España es la que lleva por título “Las trece rosas rojas”. Los asesinatos se sucedían como el rezo del pan nuestro de cada día. “Prefiero morir de pie que vivir de rodillas”, dio la dirigente comunista Dolores Ibarruri “Pasionaria”. Muchas murieron debido a las torturas inhumanas trasladadas del nazismo alemán para hacerlas hablar y delatar así a sus parejas. En posguerra, “Toda España era una cárcel”, como la obra escrita por los periodistas Rodolfo y  Daniel Serrano. Pero esta es otra historia…

Mujeres y políticas

Tres épocas, tres décadas y muchas más después de posguerra. Sin embargo, entre los años 30 y los 50, en España se vive una intensa revolución en lo que se refiere a la participación de la mujer en la vida política. Un ciclo que he decidido llamar “triangular” en mi tesis doctoral con una connotación bestial: (i) II República y el acceso de la mujer a la política, derechos, participación y lucha por las libertades; (ii) Guerra Civil y la mujer sumisa, freno contundente a la participación femenina, pero al mismo tiempo el nacimiento de un sentimiento y de unos roles desconocidos hasta la fecha como consecuencia de la guerra; (iii) y posguerra, el desarrollo de esos roles y la lucha de nuevo por las libertades de la mujer al darse cuenta de que es un elemento activo y clave en la sociedad de hoy, tiene voz y voto. Las mujeres se dieron cuenta de que ellas son importantes, son capaces y están cualificadas para participar en política porque tienen mucho que decir. Sentían y sienten que sus voces tenían y tienen que oírse. Sin este papel que entonces se jugó, sin estas mujeres que “sangraron”, las políticas españolas tal como las conocemos hoy no existirían.

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ESTA fue la novela que presentó el político en la pasada feria del libro de Madrid donde se congregaron no pocas personas en el Retiro. La luz crepuscular, una obra donde conviven la realidad de un momento de la historia y la ficción pasajera que alimentó la mente literaria del socialista cántabro.

Puede que, mientras se leen sus páginas en lugares públicos, como el metro, se dirijan a ti muchas miradas con desgana y desconcierto, e incluso con afán de desprecio. Quizás Joaquín Leguina no ha sabido cultivar o cuidar una reputación que cuesta mucho construir y se destruye en tan sólo milésimas de segundo. Y quizás sea por eso que los valores positivos se pierden en el olvido cuando la gente recuerda al político que formó parte de la historia de la comunidad madrileña.

Cierto es que no se puede estar de acuerdo en muchos aspectos a lo largo del recorrido histórico en el que Leguina hace perder al lector. Y es normal que muchos periodistas y consultores, ¡pero qué digo!; es normal que muchas personas que habitan este país echen de menos entre sus páginas palabras dedicadas a la vocación natural y la honestidad de un político: ¿por qué una persona se hace o se dedica a la política? Es la misma pregunta que un periodista podría hacerse: ¿por qué te hiciste periodista?

Aún así, la narración de la época y el posterior cargo que le tocó vivir a Leguina no tiene desperdicio. Es por ello que algunas citas de interés no pueden resultar indiferentes a nadie:

  • “A fin de sacudirme aquella inoportuna aprensión, recurrí al viejo razonamiento de Heráclito: ‘Mientras yo esté, la muerte no está y, cuando ella esté, ya no estaré yo’”.
  • “Él y su régimen conocían ese instante, el de su cuartelazo, y pretendían eternizarse y eternizarnos en ese preciso minuto. (…) Calles, plazas, hospitales recibieron el nombre de 18 de julio, cuyo santo del día –como nos lo habría de recordar Cela- era San Camilo de Lelis. Un día convertido en eternidad, como sueño de aquella Dictadura que parecía inamovible por disponer de un tiempo propio, de un arcano nacional, fuera del mundo. La historia, su historia, sólo tenía un sentido y disponía de un solo narrador: Francisco Franco”.
  • “(…) tener miedo no equivale a ser un cobarde. Los locos o los irresponsables son quienes pueden darse el lujo de no tener miedo; los demás mortales lo tenemos. Se trata sin embargo, de intentar no dejar que nos paralice. A quien, con el miedo dentro, es capaz de hacer lo que hay que hacer, a quien sabe cumplir con el deber impuesto, se le llama valiente”.
  • “Fue en una de esas sentadas donde conocí a un estudiante de Derecho que no procedía de Madrid, sino de Sevilla. Era un tipo alto, con notable acento andaluz, quien, desmintiendo el tópico, era corto de palabras… pero en hechos largo, como demostraría algunos años después. Se llamaba y se llama, Felipe González Márquez.
  • “Lo subjetivo y lo que uno mismo considera objetivo se retroalimentan poniendo en marcha un mecanismo en el cual confluyen y se mezclan la pasión y la razón, y ambas operan en forma multiplicativa, convirtiéndose en una máquina de autodefensa y, a la vez, en un impulso ofensivo. Quien no haya sentido estas sensaciones en sus carnes desconoce la emoción política”.
  • Baltasar Garzón entró en 1993 como número dos por Madrid en las listas del Psoe y pocos dudaban de que si los socialistas ganaban las elecciones sería nombrado ministro. Cuando, contra pronóstico, el Psoe ganó aquellas elecciones generales, Garzón quedó relegado. Otro juez, Juan Alberto Belloch, le madrugó, convenciendo a Felipe González de que Garzón era una nulidad política. Probablemente Belloch tenía razón, pero si González hubiera nombrado a Baltasar Garzón ministro del Interior (…) se habrían evitado muchos dolores de cabeza… Pero no lo hizo, frustrando las ambiciones de Garzón y dejándolo humillado…”
  • Rodríguez Zapatero no es el primer presidente del Gobierno que fracasa en una negociación con los etarras. Antes lo hicieron Suárez, González y Aznar y, por lo tanto, sería injusto pedirle más cuentas que a sus predecesores, pero lo malo en este caso han sido las grandes esperanzas que él ha depositado en el ‘proceso de paz’”.
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QUIZÁS, la primera impresión sea de sencillez. Puede ser que el Palacio Real de El Pardo no sea tan majestuoso por fuera como lo puedan ser otros palacios reales. Sin embargo, alberga en su interior una rica cultura histórica fruto del capricho de los reyes que gobernaron esta España a lo largo de los siglos desde el XVI. 

 

El Palacio de El Pardo fue construido en el siglo del renacimiento y se ha ido ampliando en los siglos posteriores. “Dos partes bien diferenciadas tiene”, decía la guía que nos acompañó en este viaje en el tiempo: la construcción del siglo XVI y la posterior del XIX. Austrias y Borbones. Borbones y Austrias. Pasar por cada una de las salas, galerías o habitaciones es perderse entre cortinas de seda, tapices españoles y flamencos, frescos, pinturas, lienzos y relojes de historia. Es viajar y transportarse hacia una reunión de gobierno, una comida diplomática, una cacería real o una fiesta aristocrática. Contemplar el decorado es dejarse llevar por los siglos de la historia y ser testigo de lo que puedo ser un día, de lo que fue un día la vida cotidiana es esta residencia de paso Real.

 

Francisco Franco, de alguna manera, también quiso asignarse sangre azul. Él se alojó de manera intermitente en este Palacio: tenía su propio despacho, reutilizando los muebles de caoba de la realeza; celebraba la comida familiar en el comedor Real; utilizaba el teatro como sala de cine; las reuniones de Gobierno se celebraban en una sala de consejos del siglo XVI decorada con multitud de espejos y con sillas renacentistas tapizadas en granate. Nada de encender las velas ni las chimeneas, calefacción central en todo el palacio para el generalísimo; y donde antes había un vestidor, ahora se hallan unas vitrinas y, en ellas, una colección de uniformes del dictador. No faltan su transistor, su tocadiscos ni el televisor de la época. El baño, remodelado en el año 72, y, a pesar de su vieja reforma, bien parece un baño de lujo de un hotel de cinco estrellas. Y en su rincón del descanso, no encontraremos una cama de matrimonio, sino dos sencillas y pequeñas camas de 90 cm para él y su esposa separadas al milímetro. Y para un encuentro íntimo con Dios, no falta una pequeña capilla de reposo espiritual.

 

Antes, zona de descanso para la realeza cuando terminaba su jornada de cacería. Hoy, el Palacio Real de El Pardo se usa como residencia para los jefes de Estado extranjeros que vienen de visita oficial a España. Hoy, para aquellos que desean transportarse en el tiempo y en la historia, El Pardo, también abre sus puertas…

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