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Publicado en BEZ el 10 de Junio de 2017

Después de los atentados de Londres del pasado fin de semana, Theresa May reforzó su discurso y las medidas de seguridad en Gran Bretaña contra el terrorismo, esperando apoyo de la comunidad internacional. «Hay demasiada tolerancia hacia el extremismo en nuestro país», declaraba frente al número 10 de Downing Street. Entre las modificaciones legales emprendidas estuvieron «regular el ciberespacio» y fortalecer a la policía y los servicios de seguridad. Todos los ojos se pusieron sobre ella: varios errores acumulados le podían costar la elección.

Las crisis

La posición que adoptó fue un síntoma de lo que vendría. Capitalizar una crisis nacional a poco de la celebración de las elecciones es algo que ya ha ocurrido en otras ocasiones. Y Theresa May no ha querido perder el tiempo. ¿Sus primeros pasos? Primero, alertas de los dobles atentados, que publicaban todos los medios de comunicación: la policía se convirtió en la primera fuente de información. Segundo, ella misma calificó lo sucedido de «terrible incidente» y asegura que es obra de un «potencial acto de terrorismo». Tercero, la policía vuelve a ser fuente informante y eleva a siete las víctimas mortales. A partir de aquí, protocolo y actuación de crisis gestionando el tiempo, la dosis de información, la autoridad competente, el gabinete de crisis, las decisiones y la portavoz principal. Cualquier error podía costarle a Theresa May la elección, incluido el no coordinar bien la situación con el laborista Sadiq Khan, alcalde de Londres, que apenas apareció en los medios de comunicación y no para de ser criticado por Dondald Trump.

Sin embargo, este suceso tan sólo fue uno más dentro de la cadena de hechos que ya venía aprovechando. Cualquier oportunidad era buena para asentar su postura más extrema. La campaña de Theresa May no ha sido la mejor, lo que viene a demostrar que, una vez más, la mejor campaña de comunicación política no conduce hacia la gobernabilidad. Theresa May radicalizó su discurso y su política fuera de liderazgos femeninos, y emitió propuestas políticas que expulsan a un gran porcentaje de la población británica, cada vez más cosmopolita –y que todavía ella no ha comprendido-.  Theresa May ha perdido porque no ha ganado, mientras que Corbyn, afianzando cada vez más las masas y generando una simpatía que nos recuerda al ex candidato americano Bernie Sanders, ha perdido ganando.

Los errores

 El objetivo: El objetivo principal en una campaña electoral no siempre es ganar e ir a por mayorías. Dependiendo del partido político y de su posición, pueden escoger una estrategia de comunicación que los conduzca hacia una posición concreta. En unas ocasiones nos encontraremos con el deseo de querer, sí, la mayoría absoluta; en otros casos necesitan que, al menos, el adversario no la tenga; en otros ser la llave del gobierno… La obsesión de Theresa May de revalidar la mayoría absoluta, que no ha conseguido, la ha llevado a perder el enfoque de la realidad del país.

El tiempo: Adelantó las elecciones y se equivocó. Si sus encuestas le daban opciones no han previsto que la demoscopia convencional se encuentra en una gran crisis. Y grave. Además, en la medida en que aumenten las publicaciones con la diferencia que los separaba en las encuestas, mayor oportunidad existe para la movilización de aquellos que no aceptan esos datos en las encuestas. Los tiempos en política son la clave para llevar a cabo una serie de acciones que conduzcan hasta la victoria. El contexto puede que sea favorable, pero también puede ocurrir que el adversario no cometa errores y que el propio partido no esté capacitado para actuar rápido y correctamente. Querer no es poder, sobre todo cuando el tiempo no corre a favor.

El discurso: El voto duro seguirá siendo duro, pero rara vez aumenta, mientras que el voto descontento e indeciso puede aumentar con mayor probabilidad, más aún con la campaña que ha realizado Jeremy Corbyn y la movilización de las bases. Esto, que parece obvio, lo ha pasado por alto May y ha creído que radicalizando su imagen (vean sus fotos de campaña) los convencidos aumentarían. Pero no, los convencidos se han convencido más. Y los que no estaban del todo convencidos, se han marchado. Pensó que fortaleciendo su argumento a favor del Brexit para preparar el terreno de la negociación, se afianzaría: pero no. La imagen de despiadada que ha proyectado la ha alejado de su objetivo. Tampoco le ha funcionado inyectar más miedo: inflexibilidad con la inmigración, más impuestos, más regulación, más presión, más amenazas… «Lo que no es justo es traer trabajadores del extranjero y no formar a nuestra propia gente para que puedan hacer esos trabajos», es una de las perlas que nos ha regalado.

La incertidumbre: May quiere gobernar en minoría con los unionistas norirlandeses, aunque Jeremy Corbyn haya pedido su dimisión. No será fácil. De ser más fuertes han pasado a ser más débiles generando una nueva crisis que repercute a Europa. May profundiza la incertidumbre sobre su liderazgo, sobre el país y sobre Europa, mientras los laboristas se abren paso en mitad de una crisis que sólo ella ha generado.

Decía Margaret Thatcher que «la misión de los políticos no es la de gustar a todo el mundo». Parece que de «La Dama de Hierro» hemos pasado a «La Dama de Acero».

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Publicado en BEZ el 19 de Noviembre de 2015

El “No a la guerra” es unánime en el mundo y en la historia. El “No a la guerra” suena en la misma lengua en todos los países del mundo. El “No a la guerra” no entiende de fronteras, todo es un mismo mundo. Los ciudadanos castigan a sus representantes políticos por defender crímenes contra la humanidad no justificados, cuando son ellos, sus políticos, los que deciden cuándo otros deben morir.

13 de noviembre de 2015

Atentado en París. Más de 120 muertos. El grupo terrorista Estado Islámico (ISIS) reconoce la autoría del horror. François Hollande dijo que Francia no iba a tener piedad, y no la tuvo. 48 horas después de la matanza, Francia bombardeó Raqqa, capital del Estado Islámico. Y ante la sangre derramada, movilizaciones unánimes de solidaridad con Francia. No obstante, la movilización social por el ataque Francés ha tenido tres momentos. Un primer momento de repulsa y asco hacia los terroristas y hacia la muerte provocada por un ataque contra la humanidad. Voces unánimes se oían a favor de Francia. Coros visuales se veían en las redes sociales mientras la bandera francesa ondeaba la red. Del 14 al 15 de noviembre, una segunda reacción surge. Surge cuando se empieza a tener más información sobre el bombardeo en septiembre de los aviones franceses en el cielo de Siria y en suelo musulmán. El #TodosSomosParís se calma. Ya nadie se pone la bandera francesa en el perfil. Tampoco la siria. Ahora, ya, la tercera respuesta ciudadana es en contra de la guerra y la muerte, a favor de la paz. Así nos movilizamos.

La guerra despierta emociones y sensaciones, a favor y en contra. Pero ante todo despierta opiniones. Cuando las decisiones políticas no concuerdan con el sentir mayoritario de la ciudadanía, la ciudadanía empieza a tomar decisiones y empieza a posicionarse. Estar a favor de la paz es una posición. Estar en contra de la decisión de Hollande de bombardear Raqqa es otra posición. Muchos creen que ha caído en la trampa de los terroristas al responder ante un “crimen de guerra” con más guerra. Mientras la popularidad del presidente francés sigue hundiéndose, hay quien está echando cuentas al coste de la guerra en un momento de recortes sociales. Las elecciones serán en 2017. Y la sociedad francesa ya ha empezado a hablar llorando a sus muertos.

15 de febrero de 2003

Personas de 800 ciudades del mundo salieron a la calle a protestar ante la decisión de Estados Unidos de invadir Irak. Según la BBC, se pudieron haber congregado, en contra de la decisión norteamericana, entre 6 y 10 millones de personas. El “No a la guerra” fue un grito unánime mundial, una de las manifestaciones globales más grande de la historia. Un solo cartel negro con letras rojas y en mayúsculas colgaba de paredes de instituciones públicas, patios universitarios y despachos de profesores. Según escribió Julián Santamaría, el rechazo a la guerra en Europa era de un 75-90%. España, en aquel momento, formaba parte del Consejo de Seguridad de la ONU y Aznar protagonizó la famosa foto del trío de las Azores donde Estados Unidos, Gran Bretaña y España acordaron el ultimátum a Irak argumentando que poseía armas de destrucción masiva. El 4 de marzo de 2003 el Congreso de los Diputados aprobó la proposición de Aznar sobre Irak con el apoyo de los populares. Se invadió Irak entre marzo y mayo de 2003. La popularidad de José María Aznar como presidente de España cayó estrepitosamente. La sociedad despertó ante la guerra y emitió un “no” rotundo al que él hizo oídos sordos.

El 11M es ya un símbolo en España. El 11 de marzo de 2004 fallecieron 193 personas y casi 2000 resultaron heridas en Madrid. Los terroristas yihadistas hicieron estallar 10 explosiones en cuatro trenes diferentes de la red de Cercanías de Madrid. La sociedad española lloró a sus muertos en las calles entre la lluvia y el frío. Y después continuó en las calles para exigir la verdad a su Gobierno. ¿Quiénes fueron los responsables? El Gobierno del Partido Popular actuó torpe, sin asumir responsabilidades, sin escuchar a la sociedad que imploraba. Y ante la inmovilidad política, España se movió. El sms y el “pásalo” se convirtieron en la mayor campaña viral en aquel momento. El 14 de marzo de 2004 el PSOE ganó las elecciones. El voto útil fue el protagonista. El 19 de abril de 2004, el presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció la retirada de las tropas españolas de Irak.

1 de mayo de 2003. Tony Blair pierde las elecciones municipales en Gran Bretaña. El mal de Aznar fue contagioso. El “no” del pueblo británico hizo inevitable el desgaste político. Y en septiembre de 2003, Blair vuelve a ser derrotado en la primera elección parcial de la legislatura. Lo acaecido en Irak demuestra que la negación a la escucha ciudadana tiene un coste electoral altísimo. El primer paso para tomar la decisión acertada en política, y gestionar con éxito la comunicación, es escuchar a la ciudadanía, sus demandas, sus necesidades y su grito unánime frente a las injusticias. Gerhard Schröder, el que fuera canciller alemán entre 1998 y 2005, lideró la oposición en Europa contra la guerra de Irak y la condenó públicamente. Esto ocasionó una crisis diplomática que cerró Schröder con Bush en 2005. Tanto fue así que Estados Unidos lo pudo haber espiado al oponerse a la guerra. Sin embargo, su postura frente a Irak le permitió subir en las encuestas.

26-29 de agosto de 1968

Acaban de asesinar a Robert Kennedy en Estados Unidos mientras movilizaciones en todo el mundo seguían sucediéndose contra la Guerra de Vietnam. En esos días se celebraba la Convención Nacional del Partido Demócrata. La influencia de la guerra en la Convención fue inevitable. Los demócratas con posibilidades eran Eugene McCarthy y Hubert H. Humphrey. McCarthy fue un pacifista que se mostró opositor a la Guerra de Vietnam. Su posición inamovible llegó a que Estados Unidos volviese a evaluar su papel en Vietnam. Fuentes confirman que falleció mientras dormía a los 89 años. Humphrey, quien era vicepresidente del Gobierno de Lyndon B. Johnson en ese momento, recuperó impulso como candidato del Partido Demócrata en las elecciones de 1968 cuando Johnson anunció un cese en los bombardeo en Vietnam.

 

*Gracias a Santiago Castelo, amigo y brillante compañero, inspirador de buena parte de estas líneas.

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Publicado en El País, blog Mujeres, el 09 de abril de 2013

En política, si quieren que se diga algo, pídanselo a un hombre. Si quieren que algo se haga, pídanselo a una mujer”. (1982)

Adiós para siempre a la Dama de Hierro. Una mujer que nació con críticas y murió tal como nació, con críticas. Margaret Thatcher desafió a la política de pantalones y corbatas y por eso pasará a la historia. Por hacer precisamente eso, historia. Su medicina fue amarga, sí, demasiado quizás para el mundo al que se atrevía a desafiar. Y pagó con creces esa medicina amarga con el paso de los años… El enemigo estaba dentro, como ella decía, pero no eran los mineros que hicieron de una huelga el conflicto industrial más largo de la historia del sindicalismo en Gran Bretaña. Esa medicina, años después, se volvió contra ella misma.

Thatcher era mujer, y también política. Admirada, y criticada al mismo tiempo, por su valor y su liderazgo. Por una tenacidad impresa en la sangre de sus venas, la misma que la hacía moverse en un terreno de arenas movedizas que le plantaba cara con saña cada día.Me encanta discutir. Me encanta debatir. No espero de nadie que simplemente se siente aquí y esté de acuerdo conmigo, ese no es su trabajo.” Eso dijo en 1980, palabras sin duda de una persona que sabía lo que quería. Palabras con vida propia. Hoy en día, 33 años después, quien discuta, quien debata y quien no esté de acuerdo con su líder, y se lo haga saber, dentro de los muros inamovibles que estructuran un partido político, probablemente va a la calle. Ese es el riesgo que se puede llegar a correr. Y 33 años antes, Thatcher sabía lo que quería, cuando lo quería y por eso lo hacía.

Fue la primera ministra del Reino Unido desde 1979 hasta 1990. Y de momento la única que ha ocupado un puesto de tamaña envergadura en su país. Conservadora, sí. Con carácter, sí. Decidida, sí. Y solitaria. Solitaria hasta en Europa, dónde emitía un discurso común e individualista al mismo: yo contigo, pero tú sin mi. Ante todo, Margaret Thatcher era mujer. Una mujer que opinaba que los premios que ganaba no eran casualidad, sino merecidos. Eso es seguridad. Y una mujer que supo frenar una caída económica en su país, una recesión y el alto desempleo haciendo historia pero… y aquí viene la medicina amarga… a costa de privatizar empresas públicas, desregular al sector financiero y quitando poder a los sindicatos, o lo que es lo mismo, quitando poder a lo único a lo que los trabajadores podían agarrarse.

Muchos opinan que el vicio que hace a los hombres enfermar de poder y de ambición también la enfermó a ella. Sin embargo, recuperó la actividad económica en su país y salió victoriosa de la Guerra de las Malvinas. Hechos que la hicieron alzarse de nuevo al poder en 1983. En Gran Bretaña, gobernó una mujer en medio de un conservadurismo notable. Ganó una guerra en femenino que empezaron otros. Como puede ocurrir en España también. No es de extrañar que los españoles tengan una mujer conservadora al frente de una presidencia, ganando de este modo una guerra que no empezaron y que no les pertenecía. Cuando la izquierda duerme, otros están despiertos. Margaret Thatcher la ganó porque se hizo oír y respetar. Y no faltó ese factor determinante en la carrera de cualquier líder: la seguridad.

Con 87 años, ha muerto un mito que ha sido criticada por muchos y odiada por otros tantos. Pero, sin duda, una mujer que supo cómo tirar el muro infranqueable de los límites entre la mujer y la política. Ella quiso y pudo. Vestida con falda y desde un pedestal masculino. Y por eso pasará a la historia.

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