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ESTA mañana, Carles Francino mencionaba, en la cadena SER, el último discurso de Obama como de filosófico más que político. Quizás la intervención en Libia sea una intervención política, sea una intervención dura y arriesgada, ardua y posiblemente en muchos sentidos incomprensible. Pero lo cierto es que ese país está viviendo una situación insostenible donde un líder no se baja de su pedestal. Y no se baja porque se siente seguro: tiene el tesoro que todos quieren. Sin embargo, en muchas ocasiones es mejor escoger la estrategia oportuna a escoger la estrategia de siempre. Es mejor dar discursos de valores, discursos filosóficos más que políticos y cargados de ideas que no llevan a ningún sitio.

Libia no es vital para Estados Unidos, como no es vital para muchos otros países. Pero Estados Unidos tiene y siente la necesidad de intervenir no sólo por cuestiones políticas. El gigante americano no ve necesario la intervención cada vez que a un país le vaya mal, pero sí lo ve pertinente siempre y cuando el rumbo de las cosas puedan cambiar significativamente. ¿Qué hay detrás de estas palabras? Puede que muchos intereses no sólo con Libia. Pero en vez de rebuscar en el infinito de las interpretaciones, lo cierto es que ese discurso filosófico coherente y realista responde no a la estrategia de siempre, sino a la oportuna.

El periodista Jon Sistiaga decía, en su libro «Ninguna guerra se parece a otra», que la guerra de Irak fue, posiblemente, la guerra mejor contada. Una guerra que costó miles de vidas. Pero Obama descarta de nuevo una estrategia así. El liderazgo norteamericano tiene sus límites: «El liderazgo norteamericano no es cuestión de ir solos y asumir todos los riesgos. El verdadero liderazgo es crear las condiciones y las coaliciones que permitan que otros den también un paso adelante».

Y a este respecto, quien mejor podría hablar de la filosofía para la política es Antoni Gutiérrez-Rubí en su libro «Filopolítica».

 

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“Pero qué hija de puta es la vida!, pensé para mí. Estaba más sólo que nunca, más desamparado y más triste que nunca. Doce horas antes un carro de combate norteamericano había disparado un obús contra el hotel Palestina y había impactado junto a nuestra habitación, matando a mi compañero y amigo José Couso”. Con esta frase comienza el periodista Jon Sistiaga a narrar este libro. El momento más trágico de su vida como reportero de guerra. El que era redactor de la cadena de televisión Telecinco, fue a cubrir, según los medios de comunicación, la que sería la guerra mejor contada: la guerra de Irak. El operador de cámara que lo acompañaba, José Couso, murió en el hotel  Palestina, en Bagdad, lugar donde la prensa estaba alojada después de que el ejército norteamericano atacara dicho lugar. En este bestseller editado en 2004, Jon Sistiaga narra no sólo el acontecimiento de los trágicos momentos, también toda una experiencia como reportero de guerra en distintos países donde, en los conflictos, la prensa se convierte en el peor enemigo.

Tras esta colección de comas y puntos seguidos, descubrimos las distintas facetas de un periodismo que cada vez está menos protegido y valorado: el periodista se convierte en arma, “el cuarto poder”. Jon Sistiaga nos descubre tras sus palabras lo sucedido antes y durante la guerra de Irak. Pero también nos traslada a otros países para explicarnos  los distintos géneros a la hora de informar sobre un país en conflicto. Nos revela la realidad de la censura informativa y las dificultades que sobrepasan para que, el espectador, desde casa, pueda ejercer ese derecho a ser informado, ese derecho a saber lo que ocurre en otros puntos del mundo.

Periodistas de televisión, de prensa, de radio, de agencia, empotrados, operadores de cámara, fotógrafos… Todos son iguales ante los ojos de la guerra. Todos, a pesar de la competitividad existente entre los grandes negocios mediáticos, se apoyan y se ayudan en situaciones de conflicto. Son periodistas, sí, pero también compañeros y amigos.

No obstante, no todo es periodismo y censura en una guerra. Sistiaga nos explica la propaganda política que invade los países en conflicto, que invade los países donde los regímenes controlan todo poder existente. Emplean las herramientas oportunas de los medios de comunicación y, sobre todo, se aprovechan de la ignorancia de la ciudadanía para imponer el miedo religioso por antonomasia. Esta es la estrategia perfecta a seguir por este tipo de países.

La crudeza de la profesión y de la realidad invaden las páginas de este libro cuando Jon Sistiaga relata el fatídico accidente que sufrió José Couso aquel 8 de abril de 2003. Y sobre todo, las dificultades por las que tuvo que pasar para transportar el cuerpo de su compañero hasta España. Sin pelos en la lengua, expone y critica negativamente el comportamiento del Gobierno de España, liderado por José María Aznar en el mismo momento en el que ocurrieron los hechos.

Este libro detalla cómo se ejercer el periodismo en situaciones de guerra y, desgraciadamente, en ocasiones, cómo suceden hechos que nunca esperamos que ocurran: “El sargento Gibson recibió la orden de abrir fuego. Colocó una granada hueca, sin explosivo, en el disparador del cañón. (…) En el suelo, boca arriba, como un bulto deslabazado, estaba el cuerpo de José. (…) Me puse a la altura de sus ojos. Las gafas habían saltado por algún lugar de la habitación. ‘Ha sido el tanque – me dijo -, ha sido el tanque’. (…) Ya no solté su mano fría hasta que la puta máquina dejó de pitar”.

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