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VIERNES noche. Conducía por las calles, concentrada. Aparcó el coche justo enfrente de casa. Gira la llave, desconecta el motor de arranque. Recoge sus cosas y sube a casa. Librarse de las cosas que llevaba encima era su prioridad, pero sonó el teléfono.

–       ¿Has visto lo que ha pasado en los aeropuertos?

–       Ummm… No, acabo de llegar a casa. Aún no he encendido la televisión y esta tarde no he podido leer ningún medio…

–       ¡Los controladores se han puesto en huelga masiva y todos los aeropuertos están parados!

–       ¿Todos?

–       Sí, ¡toda España!

–       Sí, sí. Lo estoy viendo ahora mismo en la televisión. Acabo de encenderla

–       ¡He cogido el último avión en Barcelona! ¡Antes de que pasara! Poquito ha faltado para que no llegase a Madrid…

  • Primera impresión, primer pensamiento: -Ufff… A Zapatero esto no le conviene… Paso A: creación de gabinete de comunicación y gestión de crisis.

Sábado, 8:00 AM. “El Gobierno piensa comunicar el Estado de alarma si la situación no se controla”. Se pasó, prácticamente, todo el día conduciendo hasta llegar a su destino. La única conversación que escuchaba era la de la radio: noticias, comentarios, comentarios y noticias, mesas de debate, llamadas telefónica de oyentes; la historia narrada de viva voz por los periodistas que se iban turnando en sus puestos de trabajo para “dar lo último” de una situación aparentemente ingobernable, de una desesperación incontrolada.

  • Estado de alarma: “es un régimen excepcional que se declara para asegurar el restablecimiento de la normalidad de los poderes en una sociedad democrática”.
  • Estado de alarma: la primera vez que sucede en la democracia de España.

Sábado noche, 22:00 PM. Segunda impresión: Rubalcaba sale y comunica. Salgado sale y comunica. Blanco sale y comunica. AENA sale y comunica. ¿Y dónde está Zapatero? Mal, Zapatero no sale. Pero lejos de venirle mal, lo está reforzando: la gente afectada, miles de víctimas en contra de los controladores; el Gobierno, criticando la actuación de los controladores y respondiendo con mano dura; el PP, en contra de los controladores (y Granados apoyando la gestión del Gobierno).

  • Consecuencias: millones de euros perdidos en una situación económica nacional de declive, miles de personas desesperadas víctimas de las falsas bajas masivas de un colectivo que, a priori, no tiene por qué quejarse cuando hay más de cuatro millones de parados en este país quejándose, pero aguantando la situación y luchando, como pueden, por sobrevivir. ¿Qué pasaría si ellos se levantasen y empezasen a arremeter con todo lo que encuentran a su paso? ¿Habría ejército suficiente para pararlo?
  • Pregunta: Ahora, ¿qué pasará con los controladores? ¿Serán despedidos? ¿Se tomarán medidas como la que tomó Reagan en su día?

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ALLÍ estuvo el ex presidente Aznar el pasado 18 de agosto, en Melilla, donde el caos se hizo con esa tierra española que aún en pleno siglo XXI es cuestionada. Y mientras el Gobierno español se mantenía «prudente» porque así lo decidieron, José María Aznar visitó la tan mediática zona como un «ciudadano más». Pero Aznar no es un ciudadano más. No. Un ciudadano más no planifica un viaje a una zona debatida por ese conflicto momentáneo ni llama a los medios de comunicación. No. Aznar es el ex presidente del Gobierno. Y como tal, habló. Y habló no como un ciudadano más: cuestiónó que el futuro de Melilla depende de que «se pase de la política entre el acoso y la dejadez, a una política de seriedad y decisión».

Y mientras se decidía si hablaría Rubalcaba o Moratinos, Blanco contestó a las palabras del ex presidente calificando la visita como de «deslealtad al Gobierno». Esto demuestra, una vez más, que si uno no comunica, controlando así la situación, otros lo harán por ti desbordándola por completo. Después, quizás, ya sea demasiado tarde…

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Dicen que toda persona que parte de su tierra vuelve algún día… El presidente  del Congreso, José Bono, suele hacerlo habitualmente. Suele regresar al pueblo en el que nació, Salobre, a su tierra manchega, seca y basta, a Albacete. Ha sido allí donde ha recibido a los medios de comunicación que le suelen acompañar durante el curso político en el Congreso de los Diputados. Contento estaba de enseñar a sus compañeros las calles por donde corría y el río donde su “madre bajaba a lavar hasta que crecieron las zarzas”.

Los periodistas, sedientos de sacarle información que contar, lo han seguido hasta su casa, la de toda la vida. Pero José Bono no quería «dar titulares». Él quería contar otras cosas: anécdotas infantiles, los nuevos proyectos que se están realizando en su pueblo, el cómo y el por qué de las placas en su casa… «Transparencia democrática», ha dicho una y otra vez…

Pero como político que es y se siente, le ha sido imposible mantenerse al margen de los últimos acontecimientos, como por ejemplo, la hipotética subida de impuestos anunciada por el ministro de Fomento, José Blanco: “No he oído a la ministra de Economía y vicepresidenta segunda del Gobierno, que es la que tiene encargados estos menesteres de los impuestos, hablar al respecto. Más bien se trata de opiniones y reflexiones, como ha dicho el propio Pepe Blanco, que no eran propuestas definidas y concretas. Por tanto, resultaría muy imprudente que yo me pronunciase al respecto. Simplemente les diría que los impuestos los ha de aprobar el Parlamento, que no hay ninguna norma que haya entrado ni ningún proyecto de Ley en esa dirección”.

También ha sido inevitable preguntarle por la denuncia que la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, ha hecho sobre las supuestas escuchas ilegales a dirigentes del PP. Esto es lo que Bono respondía al respecto: “en España no se escucha ilícitamente a nadie, porque todas las escuchas son las que ordenan los jueces habitualmente para escuchar a los malos, es decir, a los asesinos, a los terroristas, a sus cómplices…”.

Durante sus vacaciones, José Bono ha sido testigo de la vida veraniega de sus vecinos manchegos. Según sus declaraciones, parece haber percibido las necesidades de éstos y asegura que lo que la gente quiere es que “las cosas se mejoren en el ámbito de la economía, y que el Gobierno ayude a quien más lo necesita, pero no por ningún tipo de odio social como alguien podría sugerir”. Así es la vida en su pueblos (y en todos los pueblos me atrevería a decir): ven la televisión, leen los periódicos, “si es que los leen”, y los dejan si alguien “les invita a una partida de dominó”. Sus palabras podrían ser interpretadas para cualquier ciudadano que viva en España. Sin embargo y, a pesar del deseo de los españoles, esta afirmación del presidente del Congreso, parece no llegar nunca…

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