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Publicado en Sesión De Control (12 de abril de 2013)

Se echa de menos más diálogo, más escucha, más respeto y una profunda reforma de la Administración

Parece utópico pensar que un día empiecen a cambiar las cosas, que los partidos políticos lleguen a acuerdos que sumen, no que resten, que hablen en el mismo idioma y no siempre lo hagan al mismo tiempo, para que se les entienda. Que salgan a la calle y se conviertan en verdaderos periodistas entrevistando a cada ciudadano, preocupándose siempre por lo que más les preocupa a ellos.

Parece utópico pensar que los políticos del hoy y del mañana se conviertan en políticos por vocación mirando hacia el futuro, pero aprendiendo de los políticos del pasado. Como dice el asesor de comunicación, Antoni Gutiérrez-Rubí, “si quieres ser moderno, hay que leer a los clásicos”. Qué bonito sería si todas aquellas personas que se dedican a la política en activo empezaran a escuchar –de verdad- para crear tendencias que alimenten esta democracia enferma que tiene hambre y sed.

El diputado César Ramos ha publicado un libro titulado#DemocraciaHacker‘. Un libro que lejos está de hablar de tecnología y tecnicismos, y sí tiene mucho que ver con dar más poder a los ciudadanos. Habla de pasión, pero de pasión por cambiar las cosas. Quizás Ramos hubiese acertado más con esta palabra al titular el libro: pasión. Porque la pasión la entienden todos los ciudadanos, no sólo unos pocos. Pasión por debatir, por crear modelos nuevos, por crear, evolucionar, aportar y adaptar la política del hoy al ritmo de la sociedad. Este libro no habla de partidos políticos, y sí de ideas y de gente, de nuevos formatos y nuevas tendencias, las que ya están en la calle y son usadas por todos.

 Hablamos del lenguaje

Decía el periodista y escritor Juan Cruz Ruíz, que en Santa Cruz de Tenerife, en la época en la que él empezaba a escribir, empezaron a prohibir algunas de las palabras propias de la isla, aunque fuesen las utilizadas durante años por todos los vecinos. Los guanches ya habían desaparecido, pero no así su arraigada cultura. Hasta tal punto de que las autoridades prohibieron también emplear la palabra “guagua”, al referirse a los autobuses, y la cambiaron por “bus”. En Santa Cruz donde vas ves “bus”, dice Juan irónico.

No se trata de un prohibir o un cambiar. La política tiene su propio discurso o su propio lenguaje. Si no se entiende a la gente de la calle, las palabras que emplean, las expresiones que usan, qué piden y cómo lo piden, los políticos cada vez más se irán separando de aquellos a los que representan. Y luego será más complicado pedirles el voto, porque, sencillamente, los ciudadanos no entenderán la lengua que escuchan cuando se les pida algo.

 Hablamos de las formas

Hablamos de formas y de formatos. Hay reticencias en cuanto a la palabra ‘cambio’. Pero esta palabra también está en nuestro vocabulario. Para cambiar las cosas es necesario que el cambio empiece por nosotros mismos. No hay otra manera de hacerlo. Y aceptarlo.

Si las estructuras de los partidos políticos no entienden en qué contexto se mueven, hay que cambiarlas. Si el formato en el que se presenta hoy en día en el Congreso de los Diputados no funciona, hay que buscar la fórmula adecuada de participación. Como bien pregunta César Ramos, ¿quién no se aburre en un Pleno?

Nuestras instituciones políticas tampoco pasan por el mejor momento ni por la mejor valoración. No se trata de acumular el máximo número de formularios en los Ministerios, como apuntan los políticos, sino de acumular el máximo de problemas resueltos. Hay que ir pensando en un nuevo modelo de Administración, desde el Gobierno hasta la Corona.

La foto en Génova con todos los periodistas dirigidos hacia una pantalla de plasma y un atril muestra claramente la gravedad de la enfermedad del sistema. ¿A qué tiene miedo el Gobierno? Ese tipo de comunicación empeora la cosas, no ayuda a mejorarlas. Y con la Familia Real ocurre exactamente lo mismo: crisis reputacional, falta de credibilidad, deficiencia de su acción… van cayendo uno tras otro… Es la primera vez que se pregunta la ciudadanía seriamente para qué sirve un Rey, qué hace, en qué beneficia a España…

Si todo lo malo sale, ¿dónde está lo bueno? ¿No hay que empezar a replantearse también esto?

 Y… ¿cómo lo hacemos?

Sabemos lo que queremos pero, ¿sabemos cómo cambiar las cosas? Esta sería sin duda la gran pregunta. Ahora bien, todo pasa por una intención. Y esa intención existe.

Somos conscientes de que el sistema tiene una carencia fundamental. Y nos hemos dado cuenta de esa carencia debido a la crisis actual: económica, política y social. Todos los cambios empiezan por una revolución. España está viviendo la suya propia. Sabemos lo que ocurre. Pero este es el primer debate para llegar a un acuerdo común.

En la pasada presentación de ‘#DemocraciaHacker’, estuvieron presentes en el acto varias personas de distintos partidos políticos. Y si bien no estaban de acuerdo en todo, sí llegaron a puntos en común. Debatieron, hablaron, comentaron, se daban la razón y no, sonreían y asentían. Qué bonito sería que ocurriera lo mismo en el Congreso de los Diputados.

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MUCHOS de aquellos que nos dedicamos al mundo de la información, nos dedicamos por vocación. Y esa vocación, desgraciadamente, no se ve reflejada en otras profesiones. Reducir la ignorancia ciudadana a partir de información veraz es, creedme, vocacional. Y cuando a una sociedad, a una ciudadanía, le amputas de ese valor educativo, formativo e informativo, lo haces más ignorante y con ello más vulnerable para poder manipularlo. El poder hace ignorantes y lo aprovecha para manipular. Lo ha hecho durante años. Y siglos. Y sigue.

Mi herramienta es la palabra. Con ella cuento, narro, informo, comunico, asesoro y analizo. Decidí vivir de ella porque a ella me rindo y a ella sirvo. Y es la palabra la que me incita a escribir este post dedicado a la mala educación: la que ahora nos imponen y que poco tiene que ver con un film de Pedro Almódovar. Recuerdo cómo mi madre lloraba cuando entró a la Universidad de Navarra y vio donde su hija estaba estudiando el Master de Comunicación Política. Ese día lloraba porque no se creía que ella, una autónoma conductora de autobuses, junto con mi padre, también autónomo conductor, y junto con mi trabajo de años y años, y beca tras beca, pudiésemos haber ahorrado como para poder continuar con mi formación y mis estudios. A Washington no llegó porque, entre otras cosas, jamás ha tenido la oportunidad de coger un avión. Junto con mis sueños, también iban los suyos, los de mis padres… Pero… ¿tendrán mis sobrinos las mismas oportunidades? Ojalá Octubre, como decía Juan Cruz

Mientras Rajoy pide unos pocos euros, muchos jóvenes que quieran tener acceso a la Universidad, no podrán. Vivimos en un cuentagotas en el que cada céntimo es recogido del suelo si vemos que alguno ronda la acera. Reducir las universidades supone «quitar educación» y reducir oportunidades. Que las tasas sean 540 euros más no sólo supone un esfuerzo, supone que no sólo cuentan con el coste de los créditos, hay que pensar también en el material diario, fotocopias, libros, transporte (y más aún si se vive fuera de la comunidad), transporte que ha subido un 11% en la Comunidad de Madrid, comida, vestirse, el vivir el día a día y el alquiler (más gastos) para aquellos que viven fuera de sus poblaciones. No son 540 euros, es todo lo demás…

Esos 540 euros más se suman a los impuestos, a la reforma en Sanidad, a la subida del transporte, al aumento de la cesta de la compra, al aumento del gasoil, de las facturas… Pero, cuando seamos todos ignorantes nos harán ver que lo que eran impuestos, eran apuestas; que lo que eran recortes eran reformas; que lo que era apretarse el cinturón, era estilizar la figura… Y nos convencerán. Pasaremos de la mala educación, a la mala comunicación. Hasta que llegue un punto en el que a todos nos falte el aire suficiente como para aportar más palabras que ayuden a incentivar nuestra economía, y ya no podamos gritar más eso de… “señores, no nos hagan más pobres ni nos traten como a ignorantes”.

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OCTUBRE. Estamos en este mes donde muchos piden o desean para que ocurra un milagro el próximo mes de mayo, como Juan Cruz en ese libro que escribió “Ojalá octubre”. Y ojalá que sea… Mientras tanto, los partidos políticos se ponen las pilas. Y no sólo a nivel autonómico, también municipal. Porque muchos son los partidos locales que existen sin ideología política y que existen por el mero hecho de defender unos intereses acordes a las necesidades de esa ciudadanía a la que representan. Pero pocos son conocidos por sus conciudadanos y a pocos les interesan que los representen por desconfianza o porque sienten, y repito lo de sienten (porque en política la emoción cuenta, y mucho), que no van ganar. Y que, como no van a ganar… ¿para qué votarles?

En este tiempo, también los partidos locales ponen en marcha las locomotoras en España para hacerse un hueco en los ayuntamientos. Y… ¿cuál es el objetivo que persiguen?: ¿ganar las elecciones municipales? ¿ser partido bisagra? ¿que se cumplan unos intereses incumplidos en la anterior legislatura? Ahí está la clave de la cuestión, estudiar cuál es el objetivo para maquinar un plan de comunicación política acorde a sus necesidades, porque, aunque sean partidos locales desconocidos, estos, como los grandes, también necesitan una estrategia política.

¡Camarero! ¡Póngame un plan de comunicación para este partido!

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