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Entrevista a Oliva Acosta

 

Publicado en el Blog de El País, Mujeres (31 de enero de 2013)

Sólo puedo hablar desde la emoción, dice Oliva Acosta cuando nos cuenta la experiencia vivida para dar a luz a este documental. Las Constituyentes es algo más que una colección de imágenes y testimonios. Es la experiencia soñada que vivieron 27 mujeres en 1977 en España: historias inéditas para escuchar, para reflexionar y para aprender. Oliva Acosta tiene razón cuando dice que ellas, las constituyentes, traen un “discurso político construido a través de la voluntad de país, a través del corazón, hablando desde el corazón de la política y a través de la emoción”. Ellas nos enseñan a mirar la “pasión por el servicio al país”. Seguían teniendo la misma pasión, incluso, después de haber pisado la cárcel…

Las Constituyentes representan la mirada de las mujeres en plena transición española, nos dice Oliva. Nos cuentan cómo fue el camino hacia la conquista de un sueño. Porque hasta el camino de la conquista está lleno de casualidades:  muchas no llegaron a ser diputadas o senadoras por elección, sino por casualidad.  ¿Eran ingenuas? No: eran mujeres y mujeres que creían que se podían hacer las cosas en una determinada dirección con sólo quererlo. Lucharon en un ring de hombres de negro y corbata.

Desgraciadamente, como cuenta De la Cuadra“las dificultades de las mujeres en 1977 para figurar en las listas electorales son muy similares a las de hoy, 36 años después, a pesar de lo legislado sobre paridad, los hombres figuran en los primeros puestos”.

¿Hay vocación hoy de servicio a la sociedad? ¿Hay pasión de servicio al país como la había entonces? La respuesta es no. Carmen Calvo, en el documental, dijo que “o la política se feminiza, o no va a creer nadie en la política”. Además de más mujeres, hace falta más pasión, más vocación, más miradas en torno a la igualdad y más temas en la agenda que realmente interesen a las mujeres… Si ellas nos enseñaron a mirar la pasión por el servicio al país, ¿no deberíamos aprender más de ellas?

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Publicado en el Blog de El País, Mujeres (16 de julio de 2012)

 

“Madre, no esté preocupada ni intranquila por mí, que estoy muy bien. Usted coma, que yo saldré pronto. Además, ya les decía que estoy todo el día en un patio que da mucho el sol y me pondré muy morenita”

Palabras de Dionisia Manzanero, que murió sabiendo que era inocente. Palabras de una chica de veinte años convencida de que el Caudillo no perseguía las ideas, sino que hacía justicia con aquellos que habían cometido crímenes y robos. Y ella no era ni ladrona ni asesina. Sólo tenía ideas. Por eso tenía esperanza de salir con vida de entre las paredes de la cárcel de Ventas. Pero murió, hombro con hombro, con el resto de sus compañeras.

Carlos Fonseca documentó en su obra la historia más conmovedora de la Guerra Civil: la historia de Las Trece Rosas Rojas. Y en esa obra, once cartas que analizamos de tres de las rosas: Dionisia Manzanero, Julia Conesa y Blanca Brisac. Son palabras desde la cárcel que dicen más que su propio mensaje, hablan por sí solas si las estudiamos con detenimiento. Es tinta arrojada sobre papeles que eran regalos al llegar a sus destinatarios. Luz en un túnel oscuro. Vida ante la inminente amenaza de la muerte.

Las cartas de las rosas estaban cargadas de sentimientos donde no se olvidaban hacérselos llegar a una persona en concreto, una protagonista principal: sus madres. Porque hasta Blanca, al escribir a su hijo Quique, no se olvida de que su madre, Cuca, sería el pilar que educara a su hijo. Transmitían palabras de tranquilidad y de ilusión, de ánimo. Y siempre sus madres entre sus palabras y su preocupación porque comiesen, porque mantuviesen el ánimo altivo. Porque, desde fuera, siguieran luchando por ellas.

Dionisia Manzanero escribía y escribía pidiendo ropa limpia, tarea para la costura, algún arreglo en algún vestido demasiado ajustado… Quería vivir. Y así lo plasmaba entre sus palabras. Animosa, escribía cartas pero más largas eran cuando por fin ella recibía la de su familia o después de la comunicación. Maquillaba la realidad para hacer ver un imposible en aquellos tiempos. Se comió el rencor y el odio. Se comió la venganza hasta el final de sus días. Porque ella quería estar bien y que la viesen bien. Salud para un mañana que no volvería. Quería que su madre estuviese bien y padre, también. Hasta 24 veces han repetido la palabra bien las rosas en sus cartas. 24 veces…

 Siempre pensaban en sus familias antes que en ellas. Su preocupación era saber cómo estaba el resto… Julia así lo plasmaba aunque se advierta entre sus líneas la descomposición que sentía al saber que iba a morir. “Muchos ánimos”  -decía- “que yo no dejo de reír y de cantar”, pero… “hacer todo lo que sea por mí, pues como podéis comprender todos, que soy necesaria para ayudar a mamá a trabajar. Mamá, irás junto con las madres de mis amigas, o sea, con Adelina García y Julia Vellisca, pues no separarse y hacer todo lo que podáis las tres juntas, todo por nosotras, e ir a las Salesas y mirar la tablilla de penados, pues como podéis comprender, somos inocentes de todo, yo os lo aseguro”. Súplica: estoy bien, pero haced algo por nosotras….

Escribían palabras de cariño, palabras de amor, de bien y del querer. Y enviaban besos. Millones de besos. Y abrazos. Ninguna expresión negativa entre sus pensamientos en papel. Pero sí de orgullo: “con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar”. Decía Julia, aquella que no quería que su nombre se borrase en la historia.

No lloréis decían una y otra vez las rosas, no lloréis…

Blanca Brisac, hasta en la carta que le anunciaba el camino de la muerte a su hijo Enrique, lo quiso educar con la base férrea del amor para que los actos que lo acompañasen a lo largo de su vida estuvieran relacionados con el cariño y la inocencia que caracterizaba a sus padres.

Las cartas de las rosas comunicaban pasión hacia sus seres queridos, hacia sus familias, hacia sus hermanas y hermanos, a sus tíos, a sus novios… a nadie se les olvidaba hacer llegar su mensaje. Combatían el miedo con la lejana ayuda de su gente sin transmitir que lo sentían. Tapaban con niebla el sufrimiento y la realidad absorta que las embargaba en una infancia que no les correspondía.

Y serenas, aún sabiendo que eran inocentes, aún sabiendo que el futuro de las personas que más querían estaría marcado por el dolor de su ausencia, escribieron palabras de amor camino de la muerte.

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