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Publicado en el Blog de El País, Mujeres (26 de julio de 2012)

Un hombre que se sitúa por detrás de una mujer y le tapa los ojos con una cinta negramientras que el ritmo sensual de la kizomba empieza a dominar sus cuerpos. Una mujer que sigue agarrada el paso que él le marca. Se cuelga, literalmente a él. La kizomba los posee, y ellos bailan…

La danza de la kizomba nació en Angola, como tantas y tantas mujeres que hoy luchan por su libertad. Bailan su ritmo, como queriendo salvarse, porque la danza siempre ha sido factor de integración, no de sumisión. Bailan con ellos, pero saben que sólo ellas tienen la llave para conseguir la tan ansiada igualdad. De ellas depende que el lema de su país se haga realidad: “la virtud unida es más fuerte”.

La República de Angola nació en 1975 tras su lucha por la independencia de Portugal. Desde 1979 su presidente ha sido José Eduardo dos Santos, perteneciente al MPLA(Movimiento Popular para la Liberación de Angola). El 31 de agosto es la fecha marcada en el calendario para que se celebren elecciones legislativas en Angola por tercera vez. Tercera vez desde 1975. Unas elecciones donde las mujeres tienen mucho que decir, donde sus voces deberían unirse para el tan ansiado proceso de democratización…

A día de hoy, la discriminación de la mujer sigue siendo un verdadero problema. Afortunadamente, hace años que no se practica la mutilación genital femenina, aunque se reconocieran casos en las zonas cercanas a Moxico (frontera entre la República Democrática del Congo y Zambia). Pero la violencia que perpetran los maridos contra sus mujeres continua siendo el pan de cada día. Sin embargo, el Ministerio de la Familia y Promoción de la Mujer (MINFAMU) no ve irregularidades allá donde se dan casos de violencia intrafamiliar…

En Angola existe legislación nacional a favor de la mujer, como la Ley contra la Violencia Doméstica y la propia Constitución dictada en 2010. Pero no es suficiente cuando se vulnera cada punto dictado. No se “promueve la igualdad entre el hombre y la mujer”(Artículo 21 de la Constitución apartado K); y el hombre y la mujer tampoco “son iguales en el seno de la familia, de la sociedad y del Estado, disfrutando de los mismos derechos y correspondiéndoles los mismos deberes” (Artículo 35 de la Constitución apartado 3). Y… ¿por qué?

Porque carecen de apoyo, carecen de protección y su valor aún se cuestiona. El nivel de alfabetización apenas roza el 30% aproximadamente, la mitad que el nivel del hombre. Y la tasa de fecundidad ronda los 6 hijos, una de las mayores del mundo. Además, la mujer continua siendo discriminada en todo lo relacionado con la herencia, con las propiedades y con la participación en las actividades comerciales. Se encuentran sin derechos y sin protección. Algo que desemboca a una pérdida de los valores, problemas con el sustento económico y profundas crisis en el seno de las familias, según el propio ministerio.

La OMA (Organización de la Mujer Angoleña) es una de las organizaciones más fuertes que luchan cada día por las desigualdades de género en este país y participa en la elaboración de políticas así como en charlas comunitarias sobre la violencia y apoyo a los centros. Pero sin educación, no hay ninguna información que interpretar. Y por tanto se pierde toda comunicación.

Incentivar el voto a mujeres con una tasa de alfabetización de un escaso 30% es promover un voto porque sí cuando el verdadero problema se sitúa en las fronteras del mundo rural. En la provincia de Moxico, la OMA tiene actualmente 86.203 miembros de los cuales 85.603 son militantes del partido que gobierna el país, el mismo que tiene un ministerio que no contempla como irregularidad la violencia intrafamiliar. El mismo gobierno que concentra, cada vez más, el poder en un sólo hombre.

El voto femenino el próximo 31 de agosto debería ir a ritmo de kizomba. Al ritmo de una danza que funcione como verdadero factor de integración, sin cintas que tapen los ojos… Llegará la hora en este país de que hombres y mujeres bailen al mismo tiempo.

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PARA España, los años 30 supusieron un antes y un después en la política. La mujer no toma riendas, pero sí solicita una presencia en lo público donde antes sólo existían lavadoras y cambios de pañales. Puede que los conflictos bélicos hayan fomentado la igualdad entre las relaciones de género –como aseguran muchos investigadores– y, sobre todo, el protagonismo de la mujer en la política.

A lo largo de los años 30 era común la movilización, la creación de agrupaciones de mujeres y feministas, comités nacionales y las corrientes dentro de los partidos. Frente a la amenaza del fascismo, empiezan a surgir de manera más repetida palabras como “paz” y “libertad”. Ese fue el origen de la “guerra en defensa de la democracia”. El “pacifismo realista” no perseguía otra cosa que derrotar al fascismo para conseguir la paz duradera.

Después de escuchar a Andrea Fabra ese “que se jodan” en el Congreso de los Diputados, cabe analizar varios elementos: el tono, el momento, el lugar y la audiencia. ¿Cuánto no ha costado a la mujer luchar porque existiese una diputada en el Congreso? Y la siguiente pregunta, ¿por qué ese lenguaje de jerga tan vulgar y tan impropio de una mujer diferencial –como así se sienten ellos- de un Gobierno que ejecuta con mayoría absoluta? ¿Y por qué muestra tan poca profesionalidad en tamaña cámara y cuando los políticos suponen el tercer problema de los españoles? Andrea Fabra ha decidido seguir al pie de la letra la nueva fórmula popular del I +D + i: Incertidumbre, Desconfianza e Incoherencia.

Han pasado más de 80 años desde que la mujer pudo ser escuchada, desde que intentaba luchar por iniciativas que cambiasen el rumbo de nuestra historia. Lideraron una época, tremenda época. Pero cabe destacar que la Agrupación de Mujeres Antifascistas desarrolló un discurso militarista con un fin concreto: garantizar la paz. ¿Es una incongruencia? Quizás no en el momento en el que estaban jugando la partida: el momento de los fascismos.

Lejos de reírse de los parados o de la oposición, la mujer a lo largo de estos años combatió con el arma de su lenguaje para que aumentara la presencia de candidatas en las listas republicanas, para que pusieran más confianza en ellas y en su posición. Muchas lucharon, claro que sí. “Los hombres combaten en los campos, las mujeres debemos combatir en la ciudad”, aseguraba Victoria Kent.

Ochenta años más tarde, muchas mujeres nos echamos las manos a la cabeza al escuchar a otras mujeres, al ver que lo que representan queda lejos de los interesen de los ciudadanos, lejos de la política que dicen representar, lejos del respeto que se les debe tener. Hay mujeres que no defienden, imponen, que no presentan seguridad frente a lo que creen, sino una soberbia desmesurada que roza la enfermedad del “sobrepoder”.

Ese “que se jodan” se ha oído en la cámara baja porque hubo mujeres que lucharon por la presencia del género femenino en la vida pública. Ese «que se jodan» no suena honesto, ni humilde. Hoy son otras quiénes manchan ese derecho con comportamientos indebidos. El siguiente paso es que mujeres y hombres practiquen el buen ejercicio de la Política dentro de las paredes de esa cámara. Hay millones de personas en España que han perdido toda la confianza y cualquier atisbo de sinceridad en sus voces. Siguen esperando ese mañana eterno…

 

 

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Publicado en el Blog de El País, Mujeres (16 de julio de 2012)

 

“Madre, no esté preocupada ni intranquila por mí, que estoy muy bien. Usted coma, que yo saldré pronto. Además, ya les decía que estoy todo el día en un patio que da mucho el sol y me pondré muy morenita”

Palabras de Dionisia Manzanero, que murió sabiendo que era inocente. Palabras de una chica de veinte años convencida de que el Caudillo no perseguía las ideas, sino que hacía justicia con aquellos que habían cometido crímenes y robos. Y ella no era ni ladrona ni asesina. Sólo tenía ideas. Por eso tenía esperanza de salir con vida de entre las paredes de la cárcel de Ventas. Pero murió, hombro con hombro, con el resto de sus compañeras.

Carlos Fonseca documentó en su obra la historia más conmovedora de la Guerra Civil: la historia de Las Trece Rosas Rojas. Y en esa obra, once cartas que analizamos de tres de las rosas: Dionisia Manzanero, Julia Conesa y Blanca Brisac. Son palabras desde la cárcel que dicen más que su propio mensaje, hablan por sí solas si las estudiamos con detenimiento. Es tinta arrojada sobre papeles que eran regalos al llegar a sus destinatarios. Luz en un túnel oscuro. Vida ante la inminente amenaza de la muerte.

Las cartas de las rosas estaban cargadas de sentimientos donde no se olvidaban hacérselos llegar a una persona en concreto, una protagonista principal: sus madres. Porque hasta Blanca, al escribir a su hijo Quique, no se olvida de que su madre, Cuca, sería el pilar que educara a su hijo. Transmitían palabras de tranquilidad y de ilusión, de ánimo. Y siempre sus madres entre sus palabras y su preocupación porque comiesen, porque mantuviesen el ánimo altivo. Porque, desde fuera, siguieran luchando por ellas.

Dionisia Manzanero escribía y escribía pidiendo ropa limpia, tarea para la costura, algún arreglo en algún vestido demasiado ajustado… Quería vivir. Y así lo plasmaba entre sus palabras. Animosa, escribía cartas pero más largas eran cuando por fin ella recibía la de su familia o después de la comunicación. Maquillaba la realidad para hacer ver un imposible en aquellos tiempos. Se comió el rencor y el odio. Se comió la venganza hasta el final de sus días. Porque ella quería estar bien y que la viesen bien. Salud para un mañana que no volvería. Quería que su madre estuviese bien y padre, también. Hasta 24 veces han repetido la palabra bien las rosas en sus cartas. 24 veces…

 Siempre pensaban en sus familias antes que en ellas. Su preocupación era saber cómo estaba el resto… Julia así lo plasmaba aunque se advierta entre sus líneas la descomposición que sentía al saber que iba a morir. “Muchos ánimos”  -decía- “que yo no dejo de reír y de cantar”, pero… “hacer todo lo que sea por mí, pues como podéis comprender todos, que soy necesaria para ayudar a mamá a trabajar. Mamá, irás junto con las madres de mis amigas, o sea, con Adelina García y Julia Vellisca, pues no separarse y hacer todo lo que podáis las tres juntas, todo por nosotras, e ir a las Salesas y mirar la tablilla de penados, pues como podéis comprender, somos inocentes de todo, yo os lo aseguro”. Súplica: estoy bien, pero haced algo por nosotras….

Escribían palabras de cariño, palabras de amor, de bien y del querer. Y enviaban besos. Millones de besos. Y abrazos. Ninguna expresión negativa entre sus pensamientos en papel. Pero sí de orgullo: “con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar”. Decía Julia, aquella que no quería que su nombre se borrase en la historia.

No lloréis decían una y otra vez las rosas, no lloréis…

Blanca Brisac, hasta en la carta que le anunciaba el camino de la muerte a su hijo Enrique, lo quiso educar con la base férrea del amor para que los actos que lo acompañasen a lo largo de su vida estuvieran relacionados con el cariño y la inocencia que caracterizaba a sus padres.

Las cartas de las rosas comunicaban pasión hacia sus seres queridos, hacia sus familias, hacia sus hermanas y hermanos, a sus tíos, a sus novios… a nadie se les olvidaba hacer llegar su mensaje. Combatían el miedo con la lejana ayuda de su gente sin transmitir que lo sentían. Tapaban con niebla el sufrimiento y la realidad absorta que las embargaba en una infancia que no les correspondía.

Y serenas, aún sabiendo que eran inocentes, aún sabiendo que el futuro de las personas que más querían estaría marcado por el dolor de su ausencia, escribieron palabras de amor camino de la muerte.

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