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Publicado en BEZ el 02 de Marzo de 2016

“El futuro pertenece a quiénes creen en la naturaleza de sus sueños”, dijo Eleanor Roosevelt, considerada la primera dama del mundo. Y estas palabras son el origen de inspiración de muchos hombres, pero también de muchas mujeres, más aún por el relevante papel que la esposa del ex presidente Franklin D. Roosevelt jugó en la lucha por la igualdad. Pero… ¿por qué tenemos que conocerla o reconocerla a ella, o a tantas mujeres, por ser la mujer de, la esposa de, la hermana de…? ¿Es que no es la cita de Eleanor Rooselevelt lo suficiente inspiradora y potente como para reconocérsela a ella por su nombre? Realmente sí, pero este sencillo ejemplo sirve de muestra para evidenciar uno de tantos errores que cometemos al citar a mujeres, o al reconocerlas, que han marcado un antes y un después en la historia o que han sido motivo de cambio social.

Me adelanto a decir que las palabras que se dibujarán a continuación, y pido disculpas de antemano a la comunidad científica, son fruto de la experiencia profesional en el campo de la comunicación política y corporativa centrándose especialmente en qué falla el liderazgo femenino o en qué fallamos las mujeres. Fallos que, al fin y al cabo, van alimentando la enfermedad de la desigualdad y de la escasez de oportunidades y que, en la mayoría de los casos, son provocados por nosotras mismas, aunque me duela reconocerlo.

1. Retractarnos

Nos retractamos. Nos desdecimos de aquello en lo que creemos cuando escuchamos la opinión de un hombre, o de varios, o de un grupo de personas liderado la mayoría por hombres. Nos retractamos porque, además, pensamos que es un error lo que estamos diciendo, aunque no lo sea, por no conseguir la aprobación del interlocutor. Nos retractamos cuando queremos hacer algo y con vanas palabras que no nos convencen intentan hacernos que nos alejemos de nuestro objetivo. No estamos convencidas de retractarnos, pero nos retractamos porque no conseguimos la aprobación de quien menos merece que debería dárnosla. Nos retractamos cuando pedimos opinión y no escuchamos lo que querríamos o lo que nos gustaría oír, sobre todo si esa opinión viene de un hombre.

2. Ceder

También solemos ceder más, constantemente, independientemente del cargo que ocupemos. Si el jefe es hombre, no cabe duda de quién cede aunque no lleve la razón. Pero el jefe… ya sabéis, siempre la tiene aunque no la tenga. Cedemos ante peticiones, demandas, solicitudes. Y en muchos casos dejamos de hacer algo importante con nuestras familias o para nosotras mismas para complacer a quién nos pide algo, así sepamos que no es la hora, ni el momento y que no nos conviene.

3. Estar disponibles

Estamos disponibles aunque no lo estemos. Si creemos que no llevamos la razón, que nuestras decisiones no cuentan y que lo que se nos pide es para “ya”, además de ceder, nos ponemos a disposición. Ocurre en muchas ocasiones, en el entorno político y también en corporativo, jugándonos un tiempo que no volverá y un retorno en positivo que no sumará en nuestras vidas profesionales –y mucho menos aún personales-.

4. Aplazar sueños

Ante el miedo de perder el salario de final de mes, sobre todo en el mundo corporativo, se aplazan sueños por no compartirlos con aquellos para los que trabajamos. Existe, además, un riesgo si se comparten esos sueños: i) que aquellos para los que trabajamos piensen que estamos pensando en otras cosas que no es el trabajo del día a día y que, por tanto, estamos perdiendo un tiempo que deberíamos dedicarlo a cumplir los objetivos empresariales marcados por ellos; ii) que aquellos para los que trabajamos se adueñen de la idea bajo la marca que aporta el salario mensual. Cuando se aplazan los sueños, se aplazan las oportunidades. Y la vida… irremediablemente pasa.

5. Inseguridad

Nos sentimos inseguras, o creemos que lo somos, cuando nos retractamos, cedemos contantemente y aceptamos que estamos en el error cuando pedimos opinión en relación a nuestros sueños e ilusiones. Y cuando nos sentimos inseguras, dejamos de dar los pasos que deberíamos dar para avanzar en nuestras vidas profesionales, incluso también personales. Una mujer en política no podría dar el paso si se sintiera insegura. Una emprendedora jamás emprendería si se sintiera insegura. Pero el entorno nunca juega a nuestro favor. Y cortar el hielo a base de argumentos que hagan convencer a los demás no es la mejor estrategia. O no siempre.

6. Dejar de hacer lo que creemos que hay que hacer

Cuando no conseguimos el apoyo del resto, sencillamente descartamos lo que creemos que hay que hacer. Y esto es fruto de una inseguridad y un temor ante la falta de apoyos cuando se quiere dar el paso. Hay que hacer lo que hay que hacer cuando creemos que es el momento oportuno. Y saber cuando es el momento oportuno es vital para no desaprovecharlo. Es la única manera de avanzar.

7. No reconocerse

Cuando las mujeres no se reconocen, no reconocen su identidad, lo que las mueve a hacer las cosas que deben hacer para sentirse completas y felices, desconocen quiénes las reconocen y desconocen lo que suponen para los demás. No darse importancia y desconocer lo que importas para los demás no es tanto un símbolo de inseguridad como de debilidad. Y la debilidad es el mayor enemigo de las mujeres. Lo ha sido siempre. Y débiles… las mujeres no lo son. Reconocernos es el primer paso para actuar, porque actuar no es una opción es la decisión que debemos tomar.

8. Estar y ser visible

Al no reconocernos, hacemos lo que creemos que hay que hacer para los demás, para la empresa e incluso para la organización de la que formamos parte. Creemos que la visibilidad de aquellos para los que trabajamos es lo correcto, pero… si tú no visibilizas tu talento y lo que mejor sabes hacer, jamás tendrás la oportunidad de que te conozcan, te reconozcan y te sepan valorar. La diferenciación no está en hacer lo que todo el mundo hace, sino saber visibilizar lo que mejor sabes hacer. Y, en este punto, las mujeres tenemos una gran oportunidad así como cientos de organizaciones que apoyen esta iniciativa.

En Lima, Perú, en diciembre del pasado año, presenté una investigación en el marco de la Cumbre de Comunicación política que titulé “Educación para la igualdad, mujeres para la acción política”. Y expuse: El talento no tiene género, que diría May Ferreira. Tampoco la inteligencia (…) Según publican Andrés Santana, Xavier Coller y Susana Aguilar después de una investigación sobre las parlamentarias regionales en España, “distintos estudios coinciden en señalar que, aunque las representantes llegan a un número creciente al legislativo, no desempeñan un papel relevante en las cámaras”. Y este es el principal punto que hay que cambiar. Cuando se llega al poder, no se trata de que lleguen más mujeres para contentar al electorado o incluso para contentar a los hombres del partido político. Se trata de llegar para hacer más política y más política representativa.

La educación es el primer paso para la igualdad, pero también para el impulso de la igualdad de oportunidades y para tratar de evitar problemáticas como las planteadas en relación al crecimiento de las mujeres en los ámbitos de desarrollo público y privado. Reitero también que las TICs son una oportunidad para el empoderamiento y la visibilidad de las acciones de las mujeres en sus ámbitos de dedicación.

Hagamos más y visibilicémoslo. Hagámoslo por nosotras. Hagamos más y mejor, no nos dejemos hacer. Y tengamos la libertad de soñar y alcanzar nuestros sueños. No nos sintamos hatadas por aquello que no nos haga felices. Tengamos la libertad de ser, pensar y decidir qué ser y hasta dónde queremos llegar. El futuro nos pertenecerá si creemos en la naturaleza de nuestros sueños.

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Publicado en El País, blog Mujeres, el 09 de enero de 2014

-Nunca pensé que hubiera buenos ajedrecistas entre las mujeres… Siempre lo creí un juego masculino.

-Pues no es así. Hay muchas con la categoría de gran maestro, sobre todo en la Unión Soviética. Lo que pasa es que pocas llegan a los títulos mundiales.

-¿Por qué?

-(…) No es lo mismo jugar algunas partidas que un torneo o un campeonato mundial: esto exige esfuerzo continuado, concentración extrema y gran estabilidad emocional. A las mujeres, que suelen estar sometidas a altibajos biológicos, mantener esa estabilidad uniforme durante las semanas o meses que dura una competición de alto nivel les cuesta más. Factores como la maternidad, o los ciclos menstruales, pueden romper el equilibrio imprescindible de una prueba extrema de ajedrez. Por eso pocas llegan a tal nivel

-¿Y tú estás de acuerdo?

-Un poco. Sí.

-¿También Irina piensa lo mismo?

-No, en absoluto. Sostiene que no hay ninguna diferencia.

-¿Y tu hijo?

-Está de acuerdo con ella. Dice que es cuestión de actitudes y costumbres. Cree que las cosas cambiarán mucho en los próximos años, en ajedrez como en todo lo demás… Que  están cambiando ya, con la revolución de los jóvenes, la Luna al alcance de la mano, la música, la política y todo eso.

El tango de la guardia vieja. Arturo Pérez-Reverte

 

El debate sobre por qué las mujeres jugamos peor al ajedrez está más que presente ya no sólo en el tablero de juego o en el área de la investigación científica, sino también en la literatura. Tanto es así que, al leer las palabras de la novela de Pérez-Reverte, empezamos a indagar en búsqueda de respuestas que quizás no sean las que calmen toda la inquietud que a muchas mujeres puede suscitarnos.

Leontxo García es periodista, experto en ajedrez y autor del libro Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas. Se encuentra en México, donde es el comentarista en directo para el público e Internet del Torneo Memorial Carlos Torre en su vigésimo quinta edición. Además, aprovecha la oportunidad para presentar su libro en la edición mexicana. Y hasta él llegamos, a pesar de la distancia, con sed de respuestas y empezando con algo sencillo y a su vez complicado. ¿Cómo definirías con una palabra a un buen jugador de ajedrez? Después de pensarlo unos segundos y de reconocer que es algo “dificilísimo”, responde: luchador. ¿Y una mujer? Leontxo, esta vez sí, responde de inmediato: luchadora.

Y continúa cuando se le pregunta por su afirmación de por qué las mujeres juegan peor al ajedrez que los hombres… “Partimos de la base de que es un hecho que, hablando en general, las mujeres juegan peor que los hombres porque, en este momento, entre los 100 mejores del mundo sólo hay una mujer. Hasta la irrupción de las famosas hermanas Polgár, entre los 500 mejores del mundo no había ninguna mujer”. Pero lo cierto es que quien empieza a indagar por el número de mujeres y hombres, se da cuenta de que el número de mujeres que juegan al ajedrez es bastante inferior que en cualquier otro deporte.

“Entonces había algo que yo intuía que era el camino del misterio, el camino de la verdad. Muchos maestros de escuela que habían elegido el ajedrez como herramienta pedagógica en diversos países del mundo, y que por tanto no se conocen entre sí, me decían todos lo mismo casi con las mismas palabras: hasta la pubertad  la diferencia entre niños y niñas tanto en cuanto a interés por el ajedrez como en fuerza de juego es muy pequeña. En cambio, cuando llega la pubertad la mayoría de las niñas huyen despavoridas y la mayoría de los niños siguen jugando». Esto agrandaba aún más el misterio.

Para profundizar más en este tema, Leontxo García tomó como referencia para su obra las investigaciones de Louann Brizendine, quien ha escrito dos libros relacionados con el cerebro. Se trata de El cerebro femenino y El cerebro masculino. “Ella no habla absolutamente para nada de ajedrez. Pero de lo que ella dice yo saco una conclusión: cuando llega la pubertad el cerebro de los niños se llena de testosterona y eso los hace muy competitivos- Estamos generalizando, obviamente no todos los niños y todas las niñas son iguales, pero en general, los niños se marcan un objetivo muy importante para ellos: ser mejores en algo. En cambio, a la misma edad, el cerebro de las niñas se llena de progesterona y eso las incita prioritariamente a ampliar sus redes sociales, sus contactos humanos, pero no suelen estar especialmente interesadas a esa edad en ser las mejores en algo”.

Estas reflexiones nos conducen a pensar que, como en la música o en la política, la participación femenina en el ajedrez podría no tratarse únicamente de ciencia, sino también de oportunidades. ¿En algún momento, con la ayuda de los hombres, de la sociedad en general, podrá haber más mujeres y jugar tan bien como los hombres? “En principio lo considero posible. Cuando llega la edad universitaria, muchas mujeres sí se vuelven competitivas, pero ya es tarde para el alto rendimiento deportivo en ajedrez (aparte de que están muy ocupadas con sus estudios). Mi conclusión provisional es que las mujeres están tan capacitadas o más que los hombres para jugar bien al ajedrez pero, dejando aparte factores educativos y sociales, en la edad crítica les interesan más otras cosas.

Nos faltaría por aclarar si el factor hormonal es definitivo o no. Un argumento para pensar que no es definitivo es el de las hermanas Polgár. Las hermanas Polgár son húngaras. Nunca fueron al colegio, excepto para los exámenes, porque sus padres, ambos pedagogos, decidieron hacer un experimento con ellas con dos objetivos: 1) demostrar que los genios no nacen genios sino que se hacen con el trabajo y 2) demostrar que las mujeres pueden jugar al ajedrez tan bien como los hombres. Para ello las educaron en casa con el ajedrez como asignatura. Los resultados son «muy impresionantes y muy positivos tanto desde el punto de vista del ajedrez como desde el punto de vista humano”.

Las hermanas Polgár, según Leontxo García, son “la gran revolución”, así habla de ellas en el capítulo dos de su libro y cuenta con detalle la proeza de tal experimento. “Esto indicaría que, si en el entorno de una niña desde que es muy pequeña el ajedrez forma parte natural de ella, pues entonces sí puede llegar a un rendimiento igual al de los hombres”.

Pero también es cierto que todo lo que cuenta Leontxo está muy ligado a lo que conocemos hasta ahora del cerebro humano, “que más bien es poco”. Y continúa: “Los neurólogos dicen que los próximos 10 o 15 años probablemente va a haber un enorme progreso en ese conocimiento. Digo esto porque aún no sabemos hasta qué punto tiene mucho sentido, o poco, o ninguno la teoría de los hemisferios cerebrales según la cual los hombres tenemos más desarrollado uno de los hemisferios y las mujeres precisamente el contrario. Lo cual querría decir, si eso es cierto, que los hombres estamos más dotados para algunas actividades y las mujeres más para otras. Cuando sepamos lo suficiente del cerebro humano, sí podremos determinar que las cualidades necesarias para jugar bien al ajedrez dependen más de un hemisferio que de otro. Ahí tendríamos una explicación bastante clara. Pero todo esto, ahora mismo, está un poco en nebulosa… porque no se puede afirmar categóricamente casi nada”.

Sobre la educación de género, Louann Brizendine afirma, en El cerebro femenino, que “la naturaleza, ciertamente, es la que interviene con más fuerza para lanzar comportamientos específicamente sexuales, pero la experiencia, la práctica y la interacción con las demás personas puede modificar las neuronas y el cableado cerebral. Si uno quiere tocar el piano, tiene que practicar. Cada vez que practicas, tu cerebro asigna más neuronas a esa actividad, hasta que finalmente has creado nuevos circuitos entre esas neuronas de modo que, cuando te sientas en el banco, tocar es ya una segunda naturaleza”. Y añade: “Los científicos siguen sin saber exactamente hasta qué punto puede reformarse el cerebro que nos dio la naturaleza. Va contra la naturaleza de la intuición, pero algunos estudios muestran que los cerebro del hombre y la mujer tienen distinta susceptibilidad genética a las influencias ambientales”.

Llegados a este punto, una de las palabras que puede aparecer con fuerza podría ser la palabra “inteligencia”. ¿Son los jugadores de ajedrez, mujeres y hombres, más inteligentes? El periodista, en su libro, es de los que defienden que “ambos sexos nacen con el mismo potencial intelectual, pero diversas circunstancias socioculturales van marcando diferencias desde la niñez, que se acrecientan en la edad adulta; por tanto, la escasez de mujeres que se dediquen profesionalmente a los citados ámbitos se debe a las tendencias sociales –o, directamente, a la discriminación sexual- imperantes en muchos países”.

Pero añade otra pregunta: “¿Cuánto es genético y cuánto es adquirido? Esa es otra de las grandes incógnitas con mayúsculas, no sólo aplicable al ajedrez, sino también a todo. Se ha descubierto en varios estudios que hay sensibles diferencias entre ambos cerebros. No solamente en que los ajedrecistas utilizamos parte del cerebro que otras personas utilizan mucho menos que nosotros. Sino que también lo más sorprendente para mí es que los ajedrecistas desarrollamos una especie de habilidad especial que nos permite reducir al funcionamiento mínimo imprescindible, la parte del cerebro que se encarga de las cuestiones básicas, como respirar o mantener el equilibrio cuando te mueves” para concentrar la mayor parte de la energía en lo que hacen: jugar al ajedrez.

A pesar de que hay menos mujeres que juegan al ajedrez, existe una discriminación positiva en cuanto a la participación: “Las mujeres pueden elegir entre torneos femeninos o mixtos, siempre que acrediten la categoría mínima que puede exigirse para participar en cualquier competición, pero los hombres no pueden jugar en torneos de mujeres”, aclara Leontxo García en su libro. E ilustra esta afirmación con el ejemplo de lo que ocurrió en España a finales del siglo XX, “cuando el Defensor del Pueblo, instado por eurodiputados socialistas, sostenía que las mujeres estaban discriminadas en el ajedrez. El asunto tuvo eco periodístico, y se puso muy serio. Tanto, que la Federación Española de Ajedrez (FEDA) emitió esta circular, en la que explica que las competiciones femeninas desaparecerán desde 2002”.

Las jugadoras femeninas pronto se opusieron. Como escribe el periodista, “Julia Codina, de 13 años, era una de las promesas del ajedrez femenino español. Y firmaba esta opinión: eliminar las pruebas femeninas sería ahogar a una minoría. Al igual que Luxemburgo, por ejemplo, no podrá tener nunca tantas atletas de élite como Francia, las mujeres ajedrecistas tienen posibilidades remotas de ocupar los primeros puestos. Eso provocará una desmotivación general. Lo que va a desaparecer no es sólo el ajedrez femenino, sino la mujer ajedrecista”.

Imágenes: las tres hermanas Polgár: Susan, Judit y Sofia, de Chessdom: Polgár Chess Festival 2012. Y Leontxo García, por Cristóbal Manuel

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NO es de extrañar que una de las palabras más repetida en el discurso del Estado de la Unión de Barack Obama, el pasado 25 de enero, haya sido “Unidos”. Los Estados Unidos de América, sí, pero Unidos. Y así arrancó Obama su campaña electoral también, aludiendo a un potencial target que tiene la llave: las clases medias (y en plural). En ese discurso, el que se espera a nivel internacional con expectación días antes, el emitido por ese artista de la oratoria, varias puntos que me parecen que son interesantes…

  • Arranca con Defensa. Atiende a la conexión con emoción, empieza con esos compañeros que lucharon en Irak, de esos miles que dieron su vida y de ese millón que peleó. Héroes los llama. Utiliza la palabra Héroes.
  • Y continúa lo que para él fue un éxito: la muerte de Osama bin Laden, una persona que, con su desaparición, dejó de ser amenaza para su país (y para el resto).
  • Enlaza la educación con el empleo, y el empleo con la energía. Bien enlazado y bien discurrida la segunda idea a lo largo del discurso, porque empleos (que no empleo), empresas (que no empresa) y energía han sido las tres palabras, tras “Unidos” que más se han repetido en este discurso.
  • Storytelling para justificar una situación de crisis, “de esta se sale porque…”: “Mi abuelo, que era veterano del ejército de Patton, tuvo la oportunidad de estudiar en la universidad bajo la ley de reajuste de los soldados conocida como GI Bill.  Mi abuela, que trabajó en una fábrica de bombarderos, fue parte de la fuerza laboral que produjo los mejores productos del mundo”.
  • ¿Por qué promete? Para mantener viva esa promesa, para decir que no están en juego los valores Demócratas y Repúblicanos, sino los estadounienses. Y a eso se le llama unidad (“Unidos”).
  • Empleo de palabras e ideas positivas: optimismo, triunfo, éxito, oportunidad justa, valores, apostar…
  • Convencimiento de una misma idea a lo largo del discurso para ofrecer una alternativa: “No, no regresaremos a una economía debilitada por la exportación de los trabajos, deudas incobrables, y ganancias financieras ficticias.  Esta noche, quiero hablar sobre cómo vamos adelante y presentar un plan específico para una economía construida para perdurar (…)”.
  • Más ejemplos aludiendo al storytelling:Jackie Bray es madre soltera de North Carolina que perdió su empleo como mecánica.  Entonces Siemens abrió una fábrica de turbinas”.
  • Eje central discursivo: empleo, economía, educación, jóvenes, oportunidades…
  • Preguntas: Obama siempre pregunta al rezar un discurso intentando formar parte a un público a sabiendas de que a veces este no puede participar: ¿Pueden culparles por sentir algo de cinismo?
  • Y cierra con un final también de unidad: «Cada vez que veo esa bandera, me acuerdo que nuestros destinos están cosidos el uno al otro, como aquellas cincuenta estrellas y esas trece franjas. Nadie construyó este país por cuenta propia. Tenemos un gran país porque juntos lo construimos. Tenemos una gran nación porque trabajamos en equipo. Nuestra patria es grande porque nos cuidamos las espaldas mutuamente. Y si nos aferramos a esta verdad, en este momento de sufrimiento, no hay desafío demasiado grande ni misión demasiado difícil. Mientras compartamos el mismo propósito, mientras mantengamos una resolución común, nuestra trayectoria será hacia adelante, nuestro futuro será brillante y fuerte será siempre el estado de nuestra unión».
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