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Café de Oriente fue una revista que creé hace un año. Pretendía ser una publicación mensual y local, un proyecto para una asignatura en concreto de la carrera de Periodismo. Tres números se editaron con muchísimas ilusión. Tres números que hoy guardo impresos como oro en paño, como suelen decir en mi pueblo. Se escribieron en ella artículos totalmente informativos que cubrían diversas temáticas formando parte de las distintas secciones. Hoy expongo el editorial que redacté en el último número de Café de Oriente

Café de Oriente. Así titulé a esta revista hace dos meses. Café de Oriente. Me gusta el título. A decir verdad, me encanta. Nació de este sentimiento que me persigue día y noche, el que habita en mi corazón desde que mi persona conoció lo que es el periodismo. Este sentimiento que se indigna cuando percibe que la población, ignorante por carecer de información, es manipulada por gobiernos totalitarios que ejercen  en el gentío un cruel poder.   Así también vivió España, oprimida, ignorante, manipulada, desconocedora de todo cuanto acontecía, engañada. Ni los periódicos eran ya periódicos. Ni la radio era ya la radio. Ni qué decir de la televisión en blanco y negro. Pero esto ocurrió mucho más tarde…

   Analfabeta. En España los niveles de población analfabeta siempre han sido muy elevados. Sin embargo, el pueblo siempre ha sido curioso. Siempre ha querido saber qué ocurría a su alrededor. Así mismo, aquel que sabía leer, un obrero en la obra o un minero en la mina, era el encargado de emitir las noticias de la prensa en voz alta, de transmitir lo que la radio contaba.  Era en las tabernas, en los cafés, donde la gente se reunía para comentar los sucesos del día, para escuchar de boca de quién sabía aquello que el gobierno no quería transmitir a su pueblo. Rondaban los siglos XVIII y XIX. Rondaban los inicios de la prensa clandestina. Rondaban los inicios de los sindicatos y de los partidos socialistas. Nacía entonces un sentimiento en los corazones del pueblo: querían dejar de estar sometidos, querían dejar de ser engañados. Luchaban en contra de la propaganda fascista, en contra de la opresión. Soñaban con conocer para luchar por su libertad. A partir de aquí comienza nuestra historia. La europea. La española.

   El Café de Oriente es pura historia, pura magia. Es una cafetería que se encuentra en la Plaza de Oriente, frente al Palacio Real de Madrid. Nada más entrar se tiene la sensación de vivir en la época en la cual se gestó la prensa clandestina. Su decoración conserva los rasgos bohemios del romántico pero exaltado siglo XIX. Me transporto a un sueño cuando me siento en sus sillas de madera y, tomando café, comienzo a leer.

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Las calles de Madrid se tiñen de sangre

Á. P. Martín Fdez – Madrid

A los franceses no les es suficiente con obligar a Carlos IV y Fernando VII a abdicar en Bayona. Tampoco con imponerse en tierras españolas y subir al trono al hermano títere de Napoleón, José Bonaparte. Ahora, el cuñadísimo Murat quiere trasladar a los hijos de nuestro Rey, María Luis, Reina de Eturia y al infante Francisco de Paula hasta el agujero francés en el que han metido a su padre.

“¡Que nos lo llevan!”. Ese era el grito del gentío madrileño al mismo tiempo que se congregaban a primera hora ante el Palacio Real. Al ver que los soldados se llevaban al infante, los ciudadanos han comenzado un levantamiento popular espontáneo y han intentado asaltar la propiedad Real.

Murat, cuñado de Napoleón y noble militar al mando en Madrid, ha ordenado a la Guardia Imperial de palacio que luchara con artillería contra la muchedumbre exaltada. A los madrileños, indignados por la salida de los hijos del Rey, les ha unido el sentimiento de vengar a sus muertos, asesinados a manos de los franceses, y de deshacerse de los mamelucos y de los lanceros napoleónicos. El levantamiento pronto se ha extendido a todos los rincones de Madrid, protagonizando las luchas callejeras más sangrientas en la Puerta del Sol, en la Puerta de Toledo y en el Parque de Artillería de Monteleón. Sólo dos artilleros españoles del parque han desobedecido las órdenes del capitán general Javier Negrete y se han unido a la insurrección: los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde.

Esta misma tarde, Murat ha proclamado una victoria inexistente ante una población débil, herida, muerta. Pero audaz. La jornada ha finalizado con el fusilamiento de inocentes madrileños en el Salón del Padro y en los campos de La Moncloa.

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QUIZÁS, la primera impresión sea de sencillez. Puede ser que el Palacio Real de El Pardo no sea tan majestuoso por fuera como lo puedan ser otros palacios reales. Sin embargo, alberga en su interior una rica cultura histórica fruto del capricho de los reyes que gobernaron esta España a lo largo de los siglos desde el XVI. 

 

El Palacio de El Pardo fue construido en el siglo del renacimiento y se ha ido ampliando en los siglos posteriores. “Dos partes bien diferenciadas tiene”, decía la guía que nos acompañó en este viaje en el tiempo: la construcción del siglo XVI y la posterior del XIX. Austrias y Borbones. Borbones y Austrias. Pasar por cada una de las salas, galerías o habitaciones es perderse entre cortinas de seda, tapices españoles y flamencos, frescos, pinturas, lienzos y relojes de historia. Es viajar y transportarse hacia una reunión de gobierno, una comida diplomática, una cacería real o una fiesta aristocrática. Contemplar el decorado es dejarse llevar por los siglos de la historia y ser testigo de lo que puedo ser un día, de lo que fue un día la vida cotidiana es esta residencia de paso Real.

 

Francisco Franco, de alguna manera, también quiso asignarse sangre azul. Él se alojó de manera intermitente en este Palacio: tenía su propio despacho, reutilizando los muebles de caoba de la realeza; celebraba la comida familiar en el comedor Real; utilizaba el teatro como sala de cine; las reuniones de Gobierno se celebraban en una sala de consejos del siglo XVI decorada con multitud de espejos y con sillas renacentistas tapizadas en granate. Nada de encender las velas ni las chimeneas, calefacción central en todo el palacio para el generalísimo; y donde antes había un vestidor, ahora se hallan unas vitrinas y, en ellas, una colección de uniformes del dictador. No faltan su transistor, su tocadiscos ni el televisor de la época. El baño, remodelado en el año 72, y, a pesar de su vieja reforma, bien parece un baño de lujo de un hotel de cinco estrellas. Y en su rincón del descanso, no encontraremos una cama de matrimonio, sino dos sencillas y pequeñas camas de 90 cm para él y su esposa separadas al milímetro. Y para un encuentro íntimo con Dios, no falta una pequeña capilla de reposo espiritual.

 

Antes, zona de descanso para la realeza cuando terminaba su jornada de cacería. Hoy, el Palacio Real de El Pardo se usa como residencia para los jefes de Estado extranjeros que vienen de visita oficial a España. Hoy, para aquellos que desean transportarse en el tiempo y en la historia, El Pardo, también abre sus puertas…

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