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Publicado en El Telégrafo (4 de julio de 2015)

Captura001317«Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba». Con estas palabras arranca el Papa Francisco su segunda encíclica titulada «Laudato si’» («Loado seas» en su traducción) y aludiendo directamente al Cántico de las criaturas: Fonti Francescane. No es de extrañar que Francisco I haya escogido estas palabras porque, donde unos ven un reconocimiento a la ecología, otros podemos ver un gran mensaje en torno a un tema con una personalidad propia y sin olvidar… a esa gran olvidada: la mujer. Y es, justamente, en ese arranque donde empieza a hablar de «hermana», «madre bella», «madre tierra»… refiriéndose a la Tierra, a la naturaleza. Todas mujeres, todas femeninas. La comunicación de su mensaje, ¿en femenino?

Si buscamos en el propio texto de la encíclica la palabra «mujer» como tal, encontramos tan sólo dos referencias. La primera relacionada con «el hombre y la mujer del mundo posmoderno» que «corren el riesgo permanente de volverse profundamente individualistas». La segunda, se refiere a «María, la madre que cuidó a Jesús» y que «ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido». Y sigue: Es la «Mujer “vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”». En la primera, el uso de la palabra mujer, más allá del sentido del texto y el mensaje en relación a las consecuencias de un posmodernismo, es la huida de la palabra hombre como genérico, situando la mujer en el lugar que le corresponde, quizás. En la segunda alude a la madre de Dios, que aparece como fiel protectora y Francisco I invita a que le pidamos a ella, a una mujer, «a que miremos este mundo con ojos más sabios».

En septiembre de 2013, la pregunta que se hacía algún que otro medio de comunicación incitado por las opiniones vertidas del Papa era… ¿una mujer cardenal? El reto de la igualdad es un hecho, también en la Iglesia porque «la Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer», según sus palabras. No es broma: el Papa no sólo sorprende ya con su liderazgo o con sus opiniones, también con sus reflexiones frente a grandes diferencias sociales que son secretos a voces. No es capricho el reconocimiento de la mujer: es justicia y sentido común.

El papel de la mujer en la Iglesia católica es diverso y variado, y son muchas las mujeres que han trascendido el catolicismo dando ejemplo de vida y obra como Santa Teresa de Jesús, Teresa de Calcuta o Santa Ángela de la Cruz. En febrero de 2014, el Papa Francisco afirmó que, las monjas, «son grandes mujeres y pilar de la Iglesia» y advirtió: «¿Qué sucedería si no hubiera monjas? ¿Si no hubiera monjas en los hospitales, en las misiones, en la caridad? (…) ¡Son grandes estas mujeres!».

En otro rol, están aquellas mujeres que, sin ser monjas, su papel es imprescindible en la Iglesia, pero también en la sociedad, principalmente por su gesto voluntario y desinteresado. Son muchas las que, solas, van a misa. No obstante, también hay otras mujeres valientes que se han atrevido a poner encima de la mesa el debate de la eliminación del celibato. En mayo de 2014, 26 mujeres enamoradas de sacerdotes escribían al Papa Francisco con el fin de poner fin a la indefinida discusión sobre el celibato sacerdotal. No son «rivales de Dios» como se las llama, sino mujeres enamoradas de unos hombres que también las aman, víctimas de un amor prohibido cuyo trato no se ajusta con la realidad, por anquilosado. Qué contradictorio, ¿no?, aquello de esconder el sentimiento que más propaga la Iglesia Católica: el amor. Porque cuando el amor triunfa, triunfa en contextos de igualdad.

El Papa Francisco sufre cuando ve a las «mujeres en la Iglesia sólo como servidumbre». Así lo expuso en la convención celebrada con motivo de los 25 años de la carta apostólica de Juan Pablo II  sobre la mujer, Mulieris Dignitatem. Pero… La condición de siervo nunca fue un don porque nunca fue un don el tener coartada la libertad. ¿Podemos advertir un interés por el reconocimiento del papel de la mujer en la Iglesia? Podemos. O esperamos poderlo advertir. Aunque seamos capaces de notar signos en favor de la mujer como metáfora incluso en aquellas palabras que el Papa más quiere subrayar, como naturaleza o Tierra en su encíclica, la gran esperanza de miles y miles de personas es la ruptura por completo del contexto machista que ha rodeado siempre a la Iglesia Católica. Somos testigos de que el Papa ha revolucionado los estilos de liderazgo y que sus opiniones revolucionarias van más allá de la religión. El gran reto está en pasar de las opiniones a las realidades, de las ilusiones a los hechos, del discurso a las verdaderas oportunidades. La devaluación del género femenino nunca fue una opción. Tampoco una opción que se pudiese permitir la Iglesia Católica. ¿Y si la palabra en femenino de Francisco I fuese la palabra igualdad?

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Publicado en Sesión De Control (15 de febrero de 2013)

Un discurso anticlerical ha imperado en el ambiente a lo largo de estos últimos años. Luchar en contra de él no es una tarea fácil y Benedicto XVI lo sabe: “Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras”. Este será uno de los retos del próximo Papa.

Vista de la Plaza de San Pedro en el Vaticano (Fuente: Wikipedia)

Nadie ha discutido a través de los años el poder del clero a nivel político y social, y las relaciones que tenían con las monarquías. Sin embargo, siempre ha habido fuerzas que han intentado derribarlo. Existieron herramientas que tumbasen su autoridad o la tarea política que desempeñaban. Muchos, al intentarlo, pagaron con su vida.

Pero ha habido estrategias políticas a partir de la emisión de discursos que lo han intentado. El discurso anticlerical de la II República en España, por ejemplo, fue una estrategia contra la monarquía, el castigo que debía sufrir por el desastre colonial. Los republicanos encontraron en el anticlericalismo un motivo de posicionamiento y, por lo tanto, empezaron a emitir el “lastre que representaba la Iglesia para el resurgir de España como nación”, tal como demuestra la investigadora Mª Pilar Salomón Chéliz.

La II República, punto de fricción anticlericalista

Pocas semanas después de la II República, la prensa más radical ensombrecía sus páginas con la amenaza que suponía la Iglesia para la nueva nación que se levantaba. Tal cual cuenta Salomón en su estudio:

La Monarquía no respondía a las necesidades de la patria, víctima de los malos gobiernos; sólo la República, encarnación del pueblo y conocedora de sus problemas, garantizaría el resurgiemiento de España y la salida de la crisis en que la había sumido la Monarquía. El momento parecía oportuno, pues, para tratar de movilizar la conciencia nacional de los españoles a favor de un cambio de régimen

Los republicanos achacaban en la prensa que la decadencia de España sólo era culpa de la Iglesia. Además, también advertían de lo que podían sufrir los niños si se educaban en manos clericales: “Les acusaban de fanatizar a los niños, de volverlos carlistas, de afeminarlos y de convertirles en cobardes y enemigos del pueblo en que habían nacido”, dice Salomón. No podían consentir que los “ministros de la Iglesia” fuesen los mismos ministros que gobernaban España.

Y llegó Benedicto XVI

Después de una II República, vino una Guerra Civil y, con ella, y una larga dictadura, un discurso totalmente clerical. Después vino la ansiada democracia a España y la libertad de pensamiento. Según el último barómetro del CIS de enero, los españoles son católicos en un 73,1% de los casos. Muy católicos, sí, pero con otras cosas que hacer antes que ir a misa. El 58,5% de los españoles casi nunca va. Y tan sólo el 2,2% de la población va varias veces a la semana.

En el año 2010 el Papa visitó España y Barcelona se engalanó para recibirlo defendiendo la laicidad. Como declararon algunos, les pareció “una vergüenza que se destine dinero público a sufragar la visita del jefe de un Estado totalitario”.

Desde julio a noviembre de 2010, la plataforma ‘Jo no t’espero’ trabajó para unir a 10.000 personas en la plaza de Sant Jaume. Lo más destacado quizás, por la repercusión en medios de comunicación, fue el “beso colectivo” por parte del colectivo homosexual: “Morreos para recibir al Papa”, titularon los medios. Esto que ocurrió en Barcelona también fue un discurso anticlerical, pero adaptado a los canales y a los medios del siglo XXI: movilizaciones a través de las redes sociales, activismo, artivismo…

Después llegó la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid en agosto de 2011: de nuevo la representatividad católica entre los más jóvenes. Y, como colofón, la inesperada renuncia de Benedicto XVI. El representante de Dios en la tierra no puede más. Está vencido por la salud, por el Vaticano, por la filtración de sus documentos privados, por la incapacidad para luchar contra la pederastia que durante años se ha ocultado.

El 28 de febrero a las 20:00 horas, Roma quedará huérfana. Veremos cómo será el discurso del nuevo Papa.

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