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Aparece en los periódicos un hombre en quien debemos reparar. Su nombre es Tsutomu Yamaguchi. Sorprendente es la historia que cuenta. Es un superviviente de 1945. En ese año, un ataque estadounidense se cobró la vida de miles de personas. En ese año, la bomba atómica caería sobre Hiroshima y Nagasaki. A Yamaguchi el destino le tenía reservado un momento trágico: vivió en primera persona los atentados de las dos ciudades. Pero, afortundamente, la suerte le ha acompañado a lo largo de toda su vida… Este japonés de 93 años lo cuenta.

Al percatar la experiencia de este sobreviviente, me viene a la cabeza una obra que leí hace algo más de un año. Se titula Hiroshima, valga la redundancia. La tinta corría de la mano de John Hersey que, con palabras sutiles, directas, carentes de un estilo literario dórico, jónico o corintio, narra de manera noticiosa el acontecimiento. Lo narra tal como fue desde la perspectiva, en primera persona, de varios testigos que soportaron tan horrendo espectáculo: cuatro hombres y dos mujeres. Leer estas páginas no sólo suponen una lección de periodismo, también engordan las ansias de conocer, de saber más desde otro punto de vista. Mientras Truman Capote acusó a Hersey de ser “un simple mecanógrafo”, otros periodistas, como Arcadi Espada, calificaron su trabajo como “el mejor reportaje jamás escrito por un americano”. Un mecanógrafo, sí. Y una obra espectacular.

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Muntazer al Zaidi es el nombre del periodista que arrojó sus zapatos al que era presidente en funciones de los Estados Unidos, George Bush, mientras se encontraba en Irak, en el último de sus viajes oficiales. Desde lo ocurrido en diciembre del año pasado, mucho se ha preguntado por este considerado héroe en el mundo islámico. Ya se sabe su condena. Se pasará los próximos tres años en prisión por este suceso.

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Y así fue como pasó… Sus palabras terminaron… Ya pasaron… Se acabaron… Se estaban yendo… Y se fueron. Se estaba terminando un libro. Este libro. Terminó. “Muchas veces me pediste que te contara esos años”.

 

El 20 de septiembre de 2007 conocí personalmente al autor de este libro. Juan Cruz Ruiz. Pero probablemente él ya no se acuerde… Quizás por eso, para que no se le olvide aquello que vive, escribe… Por eso, quizás, Juan recuerda y cuenta esos años, Muchas veces me pediste que te contara esos años, para que no se pierdan en el olvido, ni los borre el aire, ni la brisa de esa isla que tanto quiere…

 

Este libro. Una colección de palabras en párrafos inseparables que quieren perpetuar la vida de un periodista. De un escritor. De un amante. De un vividor. De un padre. De un amigo. ¿Una biografía? Quizás. ¿Una lección de periodismo? Puede. ¿De literatura, poesía, teatro, cine e historia? También. En este libro se descubre la ilusión por los sueños, la preocupación y la amistad, la vocación de un quehacer, la fantasía de la niñez y el trágico miedo de la vejez… Así es… El trágico miedo de la vejez…

 

Y quizás yo, soñadora, leo este libro… Por vocación o por la ternura y la sensible sensación que me evocan sus palabras y su estilo…

 

Sus palabras terminaron… Ya pasaron… Se acabaron. Terminó… Así fue como terminó…

 

“(…) Se salva una carta, una sola, y ésa se lee en silencio, mientras uno va pensando cómo le da la mano al tiempo que nos queda.

Ya tu patria es el tiempo

Ojalá”.

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