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De Cerca

El próximo 26 de abril se celebra en España el Día de la Visibilidad Lésbica. La Junta de Castilla-La Mancha, a través de la Consejería de Igualdad, celebró ayer un acto cargado de contenido en Alcázar de San Juan.

Fue profundo, estructural y lleno de datos sobre la discriminación laboral, legal y social que atraviesa la vida de miles de personas, especialmente cuando se cruzan otras condiciones como el ser mujer, mayor, migrante, o trabajar en contextos de máxima precariedad. No solo mencionamos leyes, sino la necesidad de hacerlas cumplir o las que hoy están amenazadas.

En 2022, en el marco de la investigación que realicé con mujeres líderes una de las conclusiones fue que en la orientación sexual se convierte en un obstáculo más que se suman a los que ya enfrentan por el hecho de ser mujeres. Hay políticas que han sido visibles, como Ada Colau, ex alcaldesa de Barcelona, Claudia López, ex alcaldesa de Bogotá, o Jóhanna Sigurðardóttir, ex primera ministra de Islandia. Pero aún son pocas. Y su presencia no siempre garantiza un cambio estructural, sobre todo cuando el sistema sigue premiando el silencio, la neutralidad o incluso la contradicción. Una contradicción flagrante la representa Alice Weidel, candidata de Alternativa para Alemania (AfD), un partido de extrema derecha que rechaza la inmigración y los derechos de la diversidad, mientras ella misma está casada con una mujer migrante procedente de Sri Lanka y tiene dos hijos. Este tipo de paradojas no son anecdóticas: son síntomas de un sistema que puede instrumentalizar las vidas de mujeres diversas, incluso cuando esas vidas desmienten el discurso político que se defiende.

Entre el 12 y el 15% de las personas que son encuestadas (CIS e Ipsos) se declaran ya no heterosexuales, pero las mujeres siguen sin hacer visible su orientación alrededor de 3 puntos menos que los hombres para proteger sus trabajos, su familia, sus hijos. Eso significa negar sus vidas en vida. Por suerte estos datos van variando (y mejorando) a medida que nos acercamos a las generaciones más jóvenes. El reto es mayúsculo, especialmente porque el liderazgo excepcional de las políticas abarca transformaciones que van más allá de los mal llamados «problemas de las mujeres»: hablamos de transformaciones pendientes en la sanidad, en la vida laboral, en la maternidad, en las polítivas de vivienda, en las políticas de cuidado o en materia de seguridad frente a los delitos de odio.

Gracias a mi tierra, una vez más, por este espacio; a Sara Simón, consejera de Igualdad (y a todo su equipo, en especial a Ignacio de la Iglesia); y a Patricia Benito, concejala de Igualdad de Alcázar de San Juan.

Gracias a las mujeres que compartieron reflexiones y experiencias en el marco de su lucha y su activismo, como Isabel Descals (Red educativa LGTBI+ CCOO) y Mari Carmen García (Asociación PLURAL LGTBI+ Mancha Centro).

Y gracias a Eva Perez Nanclares y LesWorking, nuestra casa común y el motivo por el que yo estaba ahí sentada.

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Quito, la capital de Ecuador, ha convertido entre el 17 y 20 de octubre en la sede de la Conferencia sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible, Habitat III. Esta será la tercera Conferencia desde que Naciones Unidas empezara a convocarlas en 1976. Y sí, se celebra cada 20 años. El objetivo principal es continuar creando redes de compromiso para fortalecer el desarrollo sostenible y la urbanización tanto de áreas rurales, como de espacios urbanos, e impulsar la Nueva Agenda Urbana: el documento final tras la Conferencia.

Repensar las ciudades del futuro haciendo hincapié en el análisis del presente no ha sido ni será tarea fácil. Más aún cuando quedan tantos retos por afrontar. Uno de ellos es el que se refiere a la planificación urbana teniendo en cuenta la perspectiva de género en la vida cotidiana. A día de hoy, se confirma que, todavía, los espacios urbanos están pensados para las necesidades masculinas. Por ello, y aprovechando el foco de las conferencias de Habitat III, es oportuno reflexionar sobre lo que compete a la movilidad femenina, su relación con el transporte urbano y la accesibilidad de las ciudades.

Ciudadanos e inclusión

¿Las ciudades deben estar planificadas para satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos? La respuesta es afirmativa, pero garantizará las necesidades de todos los ciudadanos en tanto que la palabra “ciudadano” lleve inmersa las demandas y necesidades de las mujeres. La primera complejidad que surge es la de definir la palabra ciudadano y es ahora cuando el concepto de ciudadano es examinado desde la inclusión de la mujer en la planificación bajo una perspectiva práctica. Sin embargo, las ciencias sociales empezaron a conectar género y espacio a inicios de 1970.

La investigación de Mercedes Pardo y Jose M. Echavarren, publicada en el volumen III de la revista científica Social and Economic Development mencionan tendencias teóricas de las mujeres y el transporte, donde autores como Pickup en Reino Unido, Coutras en Francia o Massolo en Italia, ponían el foco de su atención en el hecho de que la discriminación de la mujer en los espacios urbanos no sería resuelto solo por el desarrollo de nuevas políticas. Las políticas públicas resultan insuficientes porque nunca hubo voluntad desde los orígenes, y sólo resuelven problemas de contexto y actualidad. Solo resuelven problemas puntuales en un momento determinado. Y las tendencias en relación a la movilidad urbana han puesto un foco de mayor atención al medio ambiente y a la sostenibilidad, que a la perspectiva de trabajar por ciudades más iguales.

Planificación con perspectiva de género

Abrir los ojos ante la perspectiva de género en la vida cotidiana es fundamental, como lo es pensar en el género y en la seguridad ciudadana, y vislumbrar barrios más seguros desde la planificación. La rutina diaria de las mujeres es muy diferente a la de los hombres. Y aquellas personas que viven en áreas rurales, complementan sus vidas con áreas urbanas y viceversa por varias razones, entre ellas el trabajo. Estos hechos justifican la necesidad de tener que moverse y, las mujeres, debido a diferentes hábitos y roles, invierten más tiempo, dinero y recursos a movernos que los hombres a transportarse. Adicional, las mujeres son más vulnerables frente a ataques o robos, exigiendo por ello una revisión en la seguridad de los espacios, iluminación e incluso, de las infraestructura de la propia vía pública.

Si cogemos tres ciudades latinoamericanas al azar, como Medellín, Quito o Lima, descubriremos que el porcentaje de mujeres superan al de hombres. Y, como consecuencia de los procesos de urbanización, hay temas que preocupan seriamente: violencia por desigualdad social, segregación espacial, lucha por la supervivencia en condiciones de pobreza, corrupción y falta de planificación. La perspectiva de género en las ciudades va más allá de las políticas públicas o de reconocer que existen dichos problemas en las ciudades. Ciudades más iguales serán posibles cuando se detecten y analicen problemáticas sociales y culturales entre hombres y mujeres y se atajen de raíz, añadido a invertir en el desarrollo políticas públicas, más efectivas que reales, que impliquen el empoderamiento equitativo en los diferentes grupos. Planificar y modificar el entorno con el objetivo de satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos aún sigue siendo le reto de los gobiernos locales.

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