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“(…)  solo un ciudadano bien informado de los asuntos públicos puede comprometerse con el desarrollo político y social de su país. Sólo un gobierno radicalmente transparente puede ofrecer a los ciudadanos suficientes datos de su gestión como para  que estos puedan opinar y participar con conocimiento de causa y criterio”.

 

ESTAS son las palabras que César Calderón escribió en el libro Otro Gobierno. Unas palabras cada vez más presentes en los ciudadanos de éste país aunque jamás hayan leído este libro ni esta cita en ningún lugar.

Así es, no es lo mismo seguridad que soberbia. Y aunque Soraya Sáenz de Santamaría quiera proyectar seguridad en sus palabras, lo que interpreta la sociedad es una soberbia grandilocuente. Un liderazgo con apetito a más para que sus palabras no sean pisadas. Hoy la veíamos en el Congreso responder con soberbia. Un Gobierno “que informa y reforma, pero, sobre todo, dice la verdad”. Ole. Eso ha respondido al banco de la oposición. Y lo ha dicho con soberbia a pesar de que la prima de riesgo esté en los más de 530 puntos, a pesar de que negó saber la cuantía que el Estado pagará por el banco de los populares y se supiera horas más tarde, a pesar de que callan a Ordoñéz cuando quiere hablar de Bankia, a pesar de que el mismísimo presidente, Mariano Rajoy, haya reconocido los errores de comunicación en su Gobierno…

Soraya tiene apetito y lo muestra ante una sociedad con más apetito aún, pero de hambre, no de poder. La seguridad confidente a Soraya le viene pequeña últimamente al dar la noticia cada viernes de dolores, algo que no controla ni en el tono de su voz, ni en la proyección de su propia imagen. Quién sí se muestra segura es la sociedad. Segura de lo que quiere, segura de que cada vez más va quedando un poco menos. A pesar de que hayamos dejado de soñar, tal como reconocía ayer la filósofa Adela Cortina.

Atrás quedó la Soraya luchadora por el sueño, la joven política con carrera brillante, con un compromiso social y madre primeriza. Su papel en estos tiempos lo está jugando con la soberbia que no le corresponde y no le ha de pertenecer. Y de negro. Sólo la crisis puede reconvertir su comportamiento. Pero en ella está el identificar lo que es la seguridad para afrontar el gravísimo problema que padecemos, o elegir el comerse son soberbia hasta a sus propios electores.

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EL presidente del Gobierno español cree que ya ha hecho sus deberes. Deja la pelota en el tejado europeo. Pero Europa no le dice ni sí ni no, mantiene la respuesta en una incertidumbre estática cual padre que quiere que responda la madre ante la petición atrevida del niño chico.

¿Mariano Rajoy habla con Rubalcaba? Un Rubalcaba que espera pactos y que está haciendo bien sus deberes aunque no hable mucho en clase y pase más bien desapercibido. Dos líderes que dicen mantener el contacto a pesar de que ninguno tiene el número de móvil del otro, tal y como aseguró el líder de los socialistas en la última entrevista en la cadena SER. Raro, pero cierto, aunque según asegura el socialista, esto no suponga ningún inconveniente.

Ayer, Rajoy ofreció un discurso de altura física, mientras que Hollande emitió un discurso de altura política. Ahí quedo la fotografía. Y ahí quedó la diferencia entre ambos a pesar de que sea también ideológica. Al menos, lo que sí quedó fue esa aproximación que tranquiliza.

Del discurso de la austeridad hemos pasado al discurso del crecimiento. Eso es lo que estamos oyendo estos dos últimos días después del batacazo con los datos de la prima de riesgo, y de un banco, Bankia, que ha pedido ayuda a voces hasta que sus cuerdas vocales han dicho basta.  Falta de credibilidad en cuanto a la sostenibilidad de nuestro sistema financiero, falta de mensajes positivos oportunos en cuanto a las posibilidades de España para salir de la crisis, falta de coherencia política entre la Ejecutiva española y una marca España que decrece y decrece…

No hay fiabilidad, no hay fidelidad, no existe la credibilidad. La sociedad continua solicitando su derecho de ser escuchada: crisis social también. No hay presidente que baje a la plaza. Faltan mensajes y falta un discurso creíble a pesar de que se quiera dar un giro hacia lo positivo. Para dar ese giro, tiene que darse el contexto y demostrarlo.

El discurso, sigue sin convencer a España. Y sigue sin convencer a Europa.

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