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De Cerca

Publicado en Beers & Politics. Número 5. 13 de enero de 2020

La historia de Helen Gahagan Douglas podría iniciarse de manera común y poco novedosa, como casi todas las biografías de mujeres desconocidas que… por arte de magia un día aparecen como medicina para curar nuestra ignorancia. A partir de ahí, decenas de personas empiezan a compartir su historia como si lo último que nos quedase por hacer fuera eso, compartir su historia, como si ella no hubiese existido jamás. No me digáis que no: os sentís las personas más sabias del mundo cuando compartís historias que nunca habíais escuchado…

La historia de Helen Gahagan Douglas podría iniciarse, como digo, de manera común y poco novedosa: fue una pionera estadounidense… tremenda política… actriz, ¡hasta cosechó éxitos!, representó a California en el Congreso estadounidense por el Partido Demócrata… también fue la Reina Malvada en Blancanieves y los siete enanitos… Y todo esto en la primera mitad del siglo XX. ¿Ya os habéis aburrido?

Dejadme que aproveche esta ocasión para compartir el pequeño experimento que hice entre diez personas de mi entorno. “Sin buscarla, decidme si os suena este nombre: Helen Gahagan Douglas”. Ninguna de esas diez personas supo responder quién era. “Douglas” sí les sonaba, porque Douglas en España es la marca de una tienda de cosméticos y droguería, y así me lo trasladaron: “Me suena de ir a comprar”. Douglas, además, era el apellido del marido de Helen. Desde principios de siglo, en España, las “señoras de” no decían ni su nombre.

En palabras de la filósofa Carolin Emcke, “no somos únicamente lo que queremos ser. Somos también lo que los otros hacen de nosotros”. ¿Qué hemos hecho de Helen Gahagan? ¿Qué hemos hecho de la mayoría de las mujeres políticas que abrieron el camino a las demás? Si pensamos desde el punto de vista del liderazgo político, no todo vale, porque no han sido sólo hombres los que han estado, aunque la mayoría de personas que siguen estando y siguen copando los principales puestos de representación sean hombres. La historia se ha convertido en la principal enemiga de las mujeres porque las mujeres políticas son las grandes olvidadas.

Es posible que sobre Victoria Woodhull, Margaret Chase Smith y Shirley Chisholm se haya escrito más en términos políticos que sobre Helen Gahagan. No obstante, su posición política destaca porque su elección convirtió a California en uno de los primeros Estados en elegir a mujeres para la Cámara Baja. Richard Nixon puede que nos suene más, quizás porque fue el 36 y 37 presidente de los Estados Unidos. En Estados Unidos, algunos la recordarán porque en 1950 Gahagan fue derrotada por Nixon en su carrera al Senado. Nixon se refirió a ella como “la mujer rosa”, refiriéndose también a su ropa interior. Pero vamos por partes haciendo un intento por aburriros más, ya sabéis, no quiero que os convirtáis en héroes y heroínas de las redes sociales al compartir esta historia…

El tiempo

Sus viajes a Europa durante los años 30 la toparon con la evidencia de los riesgos del fascismo. Fue miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos entre 1940 y 1944. En 1940 Franklin D. Roosevelt se convertía por tercera vez en presidente por el Partido Demócrata. Esta figura política hay que contextualizarla en el tiempo y también geográficamente, porque su participación política coincide también con el final de la II Guerra Mundial. Estados Unidos fue una de las superpotencias vencedoras, juntos con la Unión Soviética. Después, el mundo fue testigo del desarrollo de la intensa y larga Guerra Fría. En Estados Unidos se inicia una gran revolución cultural y el desarrollo de su industria.

El producto

“Douglas” puede que nos recuerde a un producto actual por ser una tienda de uso habitual en España. No obstante, Helen Gahagan era también un producto político. ¿Por qué? Porque se hizo andando. Fue actriz antes de participar en política. Tuvo focos antes de que los focos se posaran sobre ella como representante pública. La conocían. Tenía seguidores. E influenciaba. Muchas políticas empiezan al revés, teniendo como principal objetivo incorporar en sus acciones estrategias de conocimiento.

Una de las personas más interesantes de esta época no fue el presidente de los Estados Unidos, sino su mujer, Eleanor Rooseveltla primera dama del mundo (1).  Ella escribió en Lo que aprendí viviendo: “¡Ser capaz de llegar a la gente! Esa es una habilidad que los actores adquieren porque deben aprender a calibrar a su público. Helen Gahagan Douglas reconoció que su formación como actriz le había servido mucho en su carrera política. Había aprendido a observar al público para advertir sus reacciones. Cuando se daba cuenta de que no estaba consiguiendo comunicar lo que quería o causar la impresión que esperaba, cambiaba de discurso, si era necesario, y lo expresaba en términos afectivos”. Digamos que la suma de sus días fue la consecuencia de sus decisiones. Dejó “marca”, y no sólo como un producto, de cine o de teatro. Dejó marca en la sociedad y en sus compañeros de partido porque en el contexto internacional en el que se encontraba Estados Unidos, ella utilizó su fama y su astucia para trabajar por los derechos de las mujeres y por los derechos para los afroamericanos y los trabajadores.

Lo que se recuerda

No nos vendrá a la mente una mujer con la palma de la mano izquierda abierta mientras la derecha sujeta un micrófono. Está dando un mitin. Detrás aparece un cartel simple donde se lee bien grande “Elect Douglas”. Tiene una camisa estampada de manga corta. La chaquetita la soporta sobre sus hombros. No hay fuente fiable que nos garantice qué dijo, qué prometió o con quiénes se comprometió. Muchos la recordarán por cómo Nixon la catalogó, de “rosa”. Mary McCarthy y Hannah Arendt ya se quejaban, en la misma época, las críticas que recibían por sus libros o por sus artículos, y las recibían por sus propios colegas. La crítica, siempre así: patriarcal. No os olvidéis: en la medida en la que unas personas ganan derechos, otros creen perder sus privilegios. ¿Cómo reaccionan? Atacando. Lo que se recuerde de ella es todo aquello que se debe superar cuando hablamos de mujeres en la política. Cuando aprendamos un poco más sobre su figura habrá que reconocer que la prensa, un siglo después, sigue siendo crítica y sigue olvidándose de contar qué dijeron porque priorizan el cómo vistieron.

Ya podéis compartir esta historia que, desde la ironía, no he querido dejar de deciros que dependiendo de cómo la compartáis, y cómo la contéis, la estaréis reescribiendo. La historia de la participación de las mujeres en política siempre será la gran deuda pendiente con la sociedad, con las generaciones pasadas, con las presentes y con las futuras.  

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Publicado en El País, blog Mujeres, el 19 de enero de 2017

Sin diálogo, sin capacidad de interpretación, sin sensibilidad emocional… Donald Trump es esa persona que ha demostrado que capitalizando la ira y el odio puede convertirse en presidente de los Estados Unidos. La última rueda de prensa dejaba, aún más en evidencia, su desidia, su falta de liderazgo, su aceptación ante críticas constructivas, su carencia de tolerancia, su falta de comprensión. A muy pocos se les pasa por la cabeza la pregunta de… ¿y si, después de todo, lo hace bien? Nada. Ni un atisbo de incredulidad.

Donald Trump se ríe del mundo mientras Estados Unidos entra en crisis. Una cosa es el tipo de liderazgo que Estados Unidos haya escogido el pasado noviembre para sus próximos cuatro años y otra muy distinta el tipo de liderazgo que le convenga.  Según la bióloga Helen Fisher, la habilidad verbal, la capacidad para interpretar posturas, gestos, expresiones faciales y otros signos no verbales, sensibilidad emocional, empatía, excelente sentido del tacto, del olfato y del oído, paciencia, capacidad para pensar y hacer varias cosas simultáneas, una amplia visión contextual de las cosas (…), talento para crear redes de contacto y para negociar (…), preferencia para cooperar, llegar a consensos y liderar sirviéndose de equipos igualitarios… son capacidades innatas que poseen las mujeres, pero también refleja un estilo de actuación que obvia el próximo presidente de los Estados Unidos. Algo que, jamás se le pasó por alto a Barack Obama.

Durante la campaña electoral, buena parte de la sociedad estadounidense recordaba a Victoria Woodhull, la primera mujer que presentó su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos en 1872 por el partido Equal Rights. Se acordaban de ella siendo conscientes de que Hillary Clinton no fue la primera, pero tampoco la segunda. “He sido más a menudo discriminada por ser mujer que por ser negra”, pronunció Shirley Chisholm el 21 de mayo de 1969 en su discurso al Congreso en Washington. Después, el 25 de enero de 1972 se convirtió en la candidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos. Nunca ganó las primarias. Las tres compartían varias cosas: la capacidad de diálogo, la determinación, la insistencia y la capacidad de alentar: “A todas las niñas: nunca duden de que ustedes son valiosas y poderosas, y que ustedes deben perseguir e ir por sus propios sueños”, dijo Hillary Clinton.

Otra mujer mencionada en plena campaña electoral por muchos de los voluntarios que apoyaban la candidatura de Hillary Clinton era Geraldine Ferraro, la primera mujer en ser candidata a la Vicepresidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata en las presidenciales de 1984. En 1979 ya fue miembro de la Cámara de Representantes por el distrito 9 de Nueva York. Posteriormente, se convirtió en embajadora de los Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. De ella, aún se recuerda su liderazgo y su preparación.

Con Donald Trump, Estados Unidos entra en un periodo de crisis. En una crisis política, en una crisis de liderazgo, en una crisis de valores, en una crisis de derechos. Miles de mujeres llevan preparando desde hace semanas la marcha de Washington el próximo 21 de enero. Con ella, también las marchas gemelas que se celebrarán en otras ciudades del país. No dejen de visualizar la página www.womensmarch.com. El objetivo es claro: rechazo. Porque rechazo es lo que él ha mostrado por más de la mitad de las personas que viven en el país que presidirá. Para muchas mujeres, Donald Trump supone un rechazo al feminismo, un rechazo a los derechos de las mujeres del país y, obviamente, actuando desde el punto de vista más autoritario. De hecho, muchos medios de comunicación, para acentuar la época que se viene, como si durante la campaña electoral no hubiesen sido lo suficientemente claros, empieza a comparar el “trumpismo” (aludiendo al concepto usado por Mar Esquembre) con el “fascismo”.

Los americanos llegaron tarde a comprender que ser mujer no era sinónimo de votar por Hillary Clinton. La era Trump arranca con una crisis que desconocemos si se profundizará con el paso del tiempo. Lo que sí sabemos es que no tendrá vuelta atrás. El activismo femenino dará paso a nuevos liderazgos, a nuevos protagonismos. Donald Trump tiene a la mayoría de mujeres en contra. Sin liderazgo femenino y sin el estilo admirado que un día impulsaron diferentes mujeres en Estados Unidos, arranca un Trump más temido que respetado.

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