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SÍ, este es un post más de los muchos que se han publicado. Y puede que sí, que finalmente acabe en el cementerio de artículos olvidados en cuanto al tema catalán y taurino se refiere. Y, aún sabiéndolo, no detengo el rumbo que ya han tomado estas palabras… Eso sí, os pido un favor: olvidémonos del toro, de los “antitaurinos”, de las asociaciones, de Cataluña, del Estatut… Olvidémonos de todo y centrémonos en el torero, que no en el toreo, en la figura y persona humana que se adentra al ruedo…

Hablando la semana pasada con el que considero un sabio de muchas cosas, me di cuenta de un debate, desde el punto de vista humano, que España ha pasado por alto debatir. Y plantearé una pregunta desde la sencillez, porque hasta lo sencillo es válido,  como más o menos él la planteaba:

  • Cuando una persona “de la calle” se declara en huelga de hambre con el fin de luchar en pos de una causa para él/ella justa, el Estado no interviene. No le prohíbe no comer, ni lo sanciona, ni le ofrece cobertura sanitaria.
  • Ahora bien, cuando un preso de declara en huelga de hambre, el Estado interviene ¡y de qué manera! no sólo en cobertura sanitaria, sino gestionando también la comunicación en los medios de masas.
  • Entonces… ¿Por qué el Estado, y en concreto las Comunidades Autónomas, partícipes, no únicos, de la organización de las corridas de toros, dejan que un hombre arriesgue su vida en el ruedo sabiendo que el mayor peligro que corre es la muerte? ¿Por qué no intervienen en este caso?

Ahí queda, como tantas otras cuestiones sin responder…

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