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LOS hombres también lloran, no cabe duda. Y en política, el llanto, también es política. Porque la política también atiende a emociones. Y las emociones cuentan, como los sentimientos, en comunicación política. ¿Y por qué? Porque hay que dirigirse a un target específico: el electorado. Y para las elecciones legislativas de Estados Unidos, no cabe duda de que el llanto del republicano John Boehner caló a ese público al que se dirigía, a su propio target.

El que se ha convertido el tercer hombre más poderoso de EEUU ese “próximo presidente  de la Cámara de Representantes” rompió a llorar, así es, a llorar. Y lo hizo en su discurso al anunciar la victoria de los republicanos justamente cuando afirmó que toda su vida ha estado “persiguiendo el sueño americano”.

¡Bingo! Ese fue su relato político. Un hombre con casi 62 años, líder de la minoría republicana, nacido en Ohio y trabajador de conserje para poder pagarse los estudios universitarios. El segundo de doce hermanos escogió como mentor a un ultraconservador, Newt Gingrich.

Muchos políticos utilizan el llanto como estrategia política en momentos determinantes y decisivos, como puede ser en campaña electoral. Otros no. Pero el llanto es inevitablemente un acto natural, una respuesta de nuestro organismo ante acontecimientos extraordinarios que suceden puntualmente. Llorar es una respuesta emocional, para bien o para mal. Boehner, con la voz entrecortada y mostrando su más sincera personalidad, lloró mientras “perseguía el sueño americano”. Y ese llanto, también despierta pasiones entre sus votantes, claro que sí, con todos aquellos con los que conecta y con los que ha logrado, a lo largo de la campaña, identificarse.

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