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LLEVABA mucho tiempo con ganas de escribir este post… Y los motivos que han hecho brotar las palabras que vais a leer a continuación han sido las primeras 48 horas que he pasado en este país desde que volví de Inglaterra. A pesar de que marché en agosto y he venido de manera intermitente a España para colaborar haciendo lo que amo y así aprovechar las escasas oportunidades que van surgiendo aunque sean dos semanas, lo cierto es que de colaborar de manera intermitente no se come… Por mucho que se trabaje y por mucho que se colabore. En primer lugar porque no es un salario que de una estabilidad. Y en segundo lugar porque el 80% de las colaboraciones son gratuitas: dan experiencia, dan visibilidad, pero no dinero, ese es el trato.

La formación a muchos nos ha costado demasiado no sólo en términos económicos, sino mucho mucho esfuerzo dejando atrás a personas que adoras y que son tu vida. Arriesgamos el estar lejos de nuestras familias y de nuestros amigos, y tristemente también arriesgamos nuestra vida personal. Muchos años de estudios para conseguir las mejores notas y tardar el menos tiempo posible porque tus padres son ya mayores y el tiempo corre en tu contra. Muchos años trabajando al mismo tiempo incluso combinando becas y trabajando de madrugada mientras estás en clase todo el día… Exámenes para pasar al Máster de tus sueños… Retos y más retos porque piensas que tras ellos está tu futuro… Esperas y esperas… Y tras esa espera llega el momento de decidir y de preguntarte, ¿qué sigo haciendo aquí?

En Londres he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas. Muchas. Pero me quedo con el sector femenino, mi área, mi especialización y mi motivo también. Cientos de mujeres que marchan de sus países persiguiendo sus sueños, malcomiendo y como decía Montse Veloso, rubia gallega y soñadora, “contando las monedas para ver si puedes tomarte un café”. Pero contamos las monedas también incluso para saber si nos llega para lavar la ropa…

En todas las partes del mundo podemos encontrar a miles de españoles que huyen de su país por carecer de oportunidades. Un país rico en capital humano, rico en vida, cultura y materia prima, rico en sectores y en gente. Pero que se está hundiendo con esta crisis económica. El capital humano se va de España, sí el mejor. La generación más preparada pero también la más humillada. Ya no somos una oportunidad para las empresas españolas sino una amenaza continua porque pueden pensar, aquellos que nos entrevistan, que vamos a quitarles el puesto… ¿Dónde vamos con algo más de 20 años, dos carreras, másteres, pensamiento de doctorado y más de 5 años de experiencia? Además de a la cola del INEM, nos vamos de España.

El nuevo Gobierno, o quién esté por la labor si se desea con saña, debería replantear una estrategia para volver a recuperar a todos los que estamos pensando en marchar de nuevo en este año 2012. Las estadísticas no muestran con acierto cuántos jóvenes y cuántas familias están probando suerte en otros países. Tampoco cuántas mujeres, aquellas que si encuentran su lugar en otro país acabarán por tener a su familia allá, la próxima población activa, como ocurrió en la época de vacas flacas cuando nos convertimos en emigrantes hacia Latinoamérica. En nuestra época no hay ya ni vacas, por eso vamos a buscarlas a otros lugares aún sabiendo que nos enfrentamos a otro idioma, tenemos que vivir en casas que no son la nuestra, convivimos con personas que no conocemos, y nos intentamos tapar las manos por el frío, sí, esas que nos llevamos: una delante y otra detrás. 

Tal y como aparece en el reportaje de El País, “quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país”. Me quedo con la última parte: la ceguera de nuestro país. Así es, exiliados. Nunca olvidaré el llanto de una ingeniera en España pero ayudante de chef en Londres al llegar a casa. No olvidaré nunca las lágrimas de una diseñadora y modelo con marca propia en España, pero cuidadora de un niño en Londres cuando la echaron porque los padres decidieron llevar al niño a un colegio. Nunca olvidaré las palabras lacrimosas de una trabajadora social afirmando día tras día con tristeza “este no es nuestro lugar…” Nunca olvidaré el rostro amargo de ninguna mujer que he conocido y que hoy sigue luchando por sus sueños lejos de sus casas, lejos de sus familias y de sus parejas olvidándose de cómo un día vivieron… Pero si hay algo de lo que no se olvidan es de quiénes son y de cuáles son sus sueños…

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