Your address will show here +12 34 56 78

Quito. Ecuador

30 de junio de 2015

 

Mi querida Manuela,

 

No son pocas cosas las que las mujeres de Madrid, que viven Madrid, que viven en Madrid o que tienen un espacio de su vida allá aunque tengan que viajar esporádicamente a miles de kilómetros, te dirían. Te dirían muchas cosas, estoy segura, porque son muchas cosas las que hay que cambiar de un Madrid que parece que despierta de un letargo, o no, veremos, dinos tú, querida Manuela. Y cada mujer, como bien sabes, es un mundo. Un mundo diferente, con sus climas y sus tiempos, con sus montañas y sus mares, con sus bares y sus vidas, con sus hijos o sin ellos. Pero en esta carta, que nace desde lo más profundo de un sentimiento y una necesidad, se centra en aquellas mujeres que estamos solas en Madrid, que vivimos solas en Madrid, que nos movemos solas en Madrid y muchos de los servicios de Madrid ahondan más es una soledad que, en muchas ocasiones, es irremediable.

Somos muchas las mujeres que pagamos un alquiler en Madrid a precio de vida entre manteles bordados en oro. Quizás seamos menos las que con suerte podemos decir que tenemos un trabajo, aunque nuestros sueños, el sentido de la prevención –vamos a seguir haciendo y estudiando por si acaso nos quedamos sin él, sin el trabajo- y ese instinto inaudito de querer cambiar el mundo nos lleve a trabajar más de 24 horas del día. Doy fe de que el día puede tener más de 24 horas. Y si tienes salud pues… es porque tienes una bendita estrella en el culo. Una estrella en el culo que te has ganado a base de trabajar gratis durante años, de vivir y buscar oportunidades en otros países, de demostrar con ahínco aquello que crees que mejor sabes hacer, y a base de ser becario durante años en un momento en el que ser becario indefinido, estoy segura, se planteaban las empresas para que fuese legal. Pero… hay mujeres que no tienen nada, y lo poco que tienen puede ser arrebatado a base de impuestos y malos servicios.

Uno de esos malos servicios, por ponerte un ejemplo mi querida Manuela, es el Servicio de Estacionamiento Regulado (SER). Si pagas alquiler a peso de oro es obvio que evites pagar otro alquiler más para el garaje y tomes la decisión de dejar a tu coche con más de diez años de patitas en la calle. Vas a la oficina del SER, después de empadronarte, registrar el vehículo en el Municipio… etc. –más de un día de trámites que tienes que pedir libres porque como estás sola en Madrid no le puedes pedir a nadie que lo haga, evidentemente, y como funcionan tan bien los servicios de Madrid, cada edificio está en una punta de nuestra maravillosa ciudad-. Nada… todo cerquita, ya sabes Manuela. Una vez gestionado lo previo, pasas a lo secundario: pagas “tu año”, pongamos por ejemplo que empezaste a pagarlo en abril del año pasado y, para variar, y para que no puedas reclamar, no te dan un justificante ni nada que se le parezca donde ponga que es hasta el 25-26 de enero del año 2015. Porque… ¿sabes? Es que la normativa cambia, según los funcionarios del SER, y no les da tiempo a avisar a los ciudadanos –antes, al parecer, el mismo 1 de enero te jodían-. Pues bien, pagas tu año de estacionamiento, te dan el “distintivo” y por cosas de la vida –ja, ja- el distintivo no tiene ni por delante ni por detrás escrita la fecha en la que termina el servicio y en la que está permitido estacionar en la zona concreta según vivas, claro. Tampoco la letra pequeña y tampoco la evidencia de los grandes números que protagonizan el maravilloso distintivo verde. Como el ser humano es de por sí inteligente, creo, o no, pues tú piensas: si he pagado un año y pagué en abril, pues evidentemente mi servicio termina en abril de 2015. ¿No? Pues no.

En esto que vuelves de Barcelona en tren un día cualquiera de enero y con lluvia a las 10 de la noche después de pasar una semana intensa de trabajo y te pasas a ver cómo está el coche que se ha tirado a la intemperie todos esos días soportando la inclemencia del tiempo madrileño. Y ves cómo hay acumuladas 5 multas en tu parabrisas y pegadas contra el cristal, cinco pobres papelitos, de ese mismo día del SER, la letra corrida, todos mojados y a punto de romperse. 5 multas de 90 euros nada menos. El shock que te da en ese momento bajo la lluvia y cargada de bultos es poco más que mearse encima de rabia al sentir que tantos días de trabajo y noches en vela se van a ir por la misma alcantarilla que suena en ese momento al golpe con la lluvia que no cesa. Recoges todas las multas, intentas entender qué ha pasado, subes a casa corriendo, sueltas todo lo que llevas encima, empiezas a sacar los recibos del pago del SER que hiciste en su día y empiezas a buscar una explicación a la par que una respuesta. La respuesta no llega en ese momento. Tampoco al día siguiente. Llamas al 010 y te dicen que llames a la policía al 112. El 112 te da el teléfono de la policía y la policía te da otro número de contacto de una comisaría. Y esa comisaría te remite al 010. Y así… pasa más de una hora. Pero no logras entender por qué te multaron por carencia del distintivo, como rezaban las multas, si el distintivo está pegadito contra el cristal. Y empiezas a sospechar que estuviera caducado, ¿caducado? ¿No era un año?

Al día siguiente te levantas temprano y coges el coche para llevarlo a 250 kilómetros a casa de tus padres, lejos de la mano inclemente del SER y donde no te lo pueden multar más, lejos de la mano amenazante de quienes ponen multas como si no hubiese un mañana. Y digo yo… si el coche sigue en el mismo lugar y lo han multado más de una vez, ¿no han pensado que no sigue ahí por capricho? ¿No han pensado que quizás el dueño no esté? ¿Y si el dueño ha muerto? Pues pagan los herederos –me dijo un día un funcionario sin coger aire siquiera… Como es lógico, si esa mujer hubiera estado acompañada o hubiese alguien cerca, el coche se retira de inmediato. Como no es el caso y nadie te puede avisar, ni siquiera el propio Ayuntamiento al que le pagas un servicio, pues te han jodido viva.

¿Y qué hace una mujer cuando lo único que tiene es el trabajo por el que luchar? Pues se informa en la página de Madrid, después de estar más de una hora navegando y dar con una dirección donde preguntar después de pedir una cita previa, que en ningún caso es inmediata así tengas una urgencia. Y vuelves a pedir permiso a tu jefe para perder un día más de tu tiempo, de tu vida y para perder del todo la paciencia. Y vas a la calle Albarracín, 33, Planta Baja 28037 Madrid, en metro claro, parada García Noblejas –recuerda que tu coche está en casa de tus padres-. ¿Y qué te dice el funcionario? Que pagues. ¿Pero por qué? Porque el distintivo era hasta el 25 de enero y está caducado, lo ponga el distintivo, o no, lo ponga el justificante que te dieran al pagar, o no lo ponga. No lo ponía ni el distintivo ni el justificante. Y, evidentemente, el Ayuntamiento de Madrid no tiene ninguna obligación de informarte, ni de avisarte. Te jodiste. Que pagues de inmediato porque pagarás la mitad de lo multado, sobre todo en el caso de que en breve tengas que saltar el charco e ir Lationamérica por trabajo, lejos de tu vida y tu familia, para luchar por tu trabajo, para vivir tu trabajo y tus sueños, para defender tu trabajo y seguir viviendo de él. ¿Y el Contencioso? Ja, ja. El Contencioso te responderá en dos semanas con una carta a tu domicilio y, de no responder, pierdes. Y, si pierdes, te toca pagar los gastos jurídicos más las multas enteras, porque ya habrá pasado el plazo para que te las puedan reducir a la mitad. ¿Y cómo vas a responder a las cartas que lleguen a tu domicilio si estás sola y no vas a estar, si nadie va a coger las cartas, si nadie va a responder a las cartas?  Y pagas. Pagas aun teniendo las pruebas de que el Ayuntamiento de Madrid está en el error. Es más, una semana después llega otra multa a casa, y ya van seis, por lo mismo. Esta última, quizás, se escurriría del cristal del coche. Y vuelves a pedir un día más a tu jefe para ir a la calle Albarracín a pedir explicaciones y por qué unas multas son por “caducidad” y otras por “carencia del distintivo” en el coche, ¡si son del mismo día y en el mismo coche! Las de caducidad eran de menos importe (60 euros, no 90) y el distintivo, según los datos de la última tecnología del Ayuntamiento de Madrid, estaba caducado, pero pegado en el cristal. ¡Señor bendito, cuánta incompetencia! ¿A quién reclamas esto? Y como no puedes reclamar porque no vas a estar en tu casa, porque te tienes que ir a trabajar al Nuevo Mundo en dos días, a ganar dinero para sostenerte pero también para pagar las multas de un Madrid torpe, sangrante e incompetente pues no te queda otro remedio que pagar. Pagar, sentirte como una puta en cama ajena, y huir.

Mi querida Manuela, te escribo estas palabras desde la mitad del mundo y añorando un Madrid al que volveré, te escribo para decirte que las mujeres solas de Madrid nos sentimos solas. Y no es lo mismo estar sola que sentirse sola. Solas porque no hay un municipio que nos ampare, que nos ayude y que nos sirva, así paguemos los servicios. Hay mujeres que no tienen nada. Otras que solo tenemos nuestro trabajo cuyos beneficios vemos que acaban en una injusta, incompetente e inútil administración. Solas aquellas que vivimos para trabajar, sobrevivir y seguir soñando. Servicios que no se adecúan con una parte de la población, trámites absurdos que te hacen perder el tiempo y la paciencia: maldita burrocracia.  Acabemos con ello, por favor. Se necesitan políticas para mujeres, para las nuevas mujeres Madrid, de este Madrid. Te necesitamos.

Dice Marcela Serrano en su obra El albergue de las mujeres tristes que “las mujeres económicamente autónomas y con vida propia estamos cada día más solas”. Y es verdad.

El problema que expongo aquí, hasta con cierta ironía (creo y espero haber inspirado a mi admirada Eva Hache), es real pero absurdo quizás con el hambre y la muerte en vida que experimentan otras mujeres cada día. Porque hay otras mujeres que no son autónomas, que no tienen vida propia, que no tienen nada, que mueren un poquito cada día y que están solas. Solas. Las mujeres que vivimos solas en Madrid nos sentimos solas, mi querida Manuela.

Ayúdenos. Ayudémoslas. Ayudémonos.

 

Ángela Paloma Martín

0