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Recuerdo que decidí hacerlo. Decidí hacerlo porque necesitaba hacerlo.

Recuerdo que se lo dije a un periodista ecuatoriano: lo voy a hacer, ¿qué opinas? Opinó y me animó. Me dijo, dale. Eso sería maravilloso.

Recuerdo que necesitaba editor, pero también la aprobación y la crítica de más personas. Me presenté en su despacho. En el despacho de ese escritor. Le dije, esto voy a hacer por esto, por esto y por esto. Y lo voy a hacer así, así y así. Me miró como diciendo madre mía y ahora qué le digo. Lo dijo, me gustó lo que dijo. Me gustó que me enseñara a lo largo de estos largos meses. Me gustó que me recomendara tanto y tanta literatura. Ya no se ha ido.

Recuerdo que sentí que debía empezar a escribir una noche. Eso tienes que sentirlo. El día había sido largo y duro de trabajo. Llegué tarde a ese departamento de Quito que tanto me gustaba. Mi casa. Me puse el pijama, cogí el ordenador y me senté en la cama. Y cuando sientes que debes escribir es porque todo fluye, no piensas, escribes, no reflexionas, escribes, no paras, escribes.

Recuerdo que empecé a escribir esa noche, la del 14 de julio de 2015. Terminé una primera parte. Estaba feliz, satisfecha. Sentía esa sensación que se siente después de terminar el siguiente punto y seguido. Feliz. Plena. Llena. Es indescriptible. Es sentirse a flote, encima de una nube que puedes llevar sólo por impulso según vayan transcurriendo el tiempo y las palabras.

Recuerdo que primero quise llamarla “Cartas desde la Mitad del Mundo”. Pero fue inevitable viajar a Praga.

Después todo fue ocurriendo. El tiempo, los hechos, los países, las experiencias y los sentimientos.

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