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Anoche la casa estaba en silencio. Me encanta disfrutar de esa armonía mientras paseo por ella, mientras cierro cada puerta y la preparo para la noche. Eran aproximadamente las 12 cuando empecé mi ritual literario. Entre palabras impresas me gusta perderme cada noche antes de conciliar el sueño. Es una aventura mágica e intensa que no cambiaría jamás…

 

“Ébano” lo trazó la pluma de Ryszard Kapuscinski (1932-2007), un polaco  dedicado por entero al periodismo y al reporterismo a pesar de haber estudiado arte e historia. Cubrió las guerras del África entre los años 50 y 60 y en este libro cuenta algo más de lo que ocurrió, quizás lo que no cabía en su periódico, en los espacios designados para sus crónicas. Cuenta muchas cosas, muchas. Muchas cosas que no sólo deberían saber aquellos discípulos que lo leen, sino la sociedad entera.

 

Hace poco asistí a un seminario sobre “Defensa y Seguridad”. Allí hablamos del poco conocimiento de la opinión pública acerca de la política internacional, de las guerras que, muchas veces por intereses económicos, no se cuentan. También hablamos de la poca formación periodística que se ofrece, de la escasa especialización. Es por ello quizás, y también por el poco espacio que se ofrece en los medios de comunicación, por lo que existe una brecha en este conocimiento.

 

Anoche, perdiéndome entre las palabras de “Ébano”, caí en la cuenta de algo. Me sorprendió la rotundidad de una página en concreto. Algo que se sabe pero pocas veces le damos importancia. Algún que otro reportaje se ha emitido. Algún que otro documental también. Pero somos ciegos. Hacemos caso omiso. ¿No llegamos a darnos cuenta de la magnitud de la situación sencillamente porque vivimos en “otro mundo”? Estas son parte de las palabras que formaban esa página…

 

“Pues bien, en África los niños llevan años, muchos, mucho tiempo, matando a otro niños, y en masa. A decir verdad, las guerras contemporáneas que se libran en este continente son guerras de niños.

               Allí donde los combates se prolongan desde hace décadas (como en Angola o Sudán), la mayoría de adultos ha muerto hace ya tiempo, por el hambre o las epidemias; quedan los niños, y son ellos los que continúan las guerras. En el sangriento caos que arrasa diferentes países de África, han aparecido decenas de miles de huérfanos, hambrientos y sin techo. Buscan quien los alimente y acoja. Allá donde hay ejército es donde resulta más fácil de encontrar comida, pues los soldados son los que más oportunidades tienen para conseguirla: en estos países, las armas no sólo sirven para combatir, también son un medio de supervivencia, a veces el único que existe.

               Niños solos y abandonados van allí donde se estacionan las tropas, donde hay cuarteles, campamentos y etapas. A fuerza de ayudar y trabajar, acaban formando parte del ejército: son “hijos del regimiento”. Reciben un arma y no tardan en pasar por el bautismo del fuego.”

 

Ryszard Kapuscinski

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Recuerdo mis primeros años de estudiante cuando aún no tenía Internet en el piso en el que vivía. Nos organizábamos nuestros horarios de estudio, las comidas, cuándo hacer la colada y limpiar, cuándo salir y, por supuesto, cuándo ir a casa a visitar a la familia y a l@s amig@s. Pero todo cambia. Las compañeras, los hábitos y las formas de vida, las costumbres e incluso el propio piso. Antes solíamos ver los informativos de la televisión mientras cenábamos. En el descanso, fregábamos los platos (o la “loza”, como bien decía una gallega…). Y después, nos apalancábamos en el sofá para disfrutar de la serie del día. Antes hablábamos más por la casa, se notaba que había vida en ella. Es cierto que no teníamos Internet. Pasábamos más horas en la Universidad para aprovecharlo al máximo ya que prácticamente todos nuestros apuntes estaban (y están) ahí. También la entrega de trabajos y prácticas y las relaciones con el profesorado eran (y son) mediante este soporte digital.

 

Cinco años después todo ha cambiado. Necesitamos Internet, casi casi, 18 de las 24 horas del día para llevar a cabo la carrera, para estar comunicados con los profesores, con los compañeros de clase y de trabajos, con los amigos y con la familia, para poder mantenernos informados de cuanto acontece. Necesitamos Internet para consultar fuentes y tener una visión global de lo que estamos realizando cuando llevamos a cabo nuestros trabajos finales. En esta web 2.0 los servicios han aumentado, se ha convertido en una majestuosa enciclopedia, han aumentado los blogs informativos, los portales de relaciones sociales, la comunicación multimedia, los periódicos digitales. Ahora es una fuente ágil y flexible. Pero con una brecha importante,: el retraso de las telecomunicaciones.

 

Ahora en casa reina el silencio. Mi nueva compañera de piso, que tiene cinco años menos que yo, me manda correos electrónicos cada vez que quiere decirme algo curioso sin importancia, según dice ella, para no molestarme ni distraerme. Cuando es algo importante, rompe esa norma que la ha hecho suya. Aquí apenas se enciende la televisión. Sólo para ver el informativo. Si alguien visita nuestra casa, nos encontrará a cada una aparcadas en nuestra silla, enfrente del escritorio con el ordenador encendido o con un bolígrafo en la mano… Ahora la comunicación entre nosotras se sitúa en la cocina mientras hacemos la comida, o en el pasillo, cuando nos encontramos para despedirnos al salir a la calle…

 

Por eso no me ha sorprendido leer el artículo que publicaba elpaís.com esta mañana: Los españoles ya pasan más tiempo en Internet que viendo la televisión

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La eléctrica española Iberdrola se lleva la palma. Su cuenta de resultados revela que la deuda financiera neta ajustada, contraída durante los últimos nueve meses, asciende a la cantidad de 28.040 millones de euros. Es decir 4.558 millones de euros más con respecto al ejercicio del año anterior. Comparando a Iberdrola con otras empresas del sector energético, ésta demuestra estar en el podio de las empresas con mayor deuda contraída.

 

El sector energético juega un papel muy importante en nuestro país. Y, en este momento, las empresas energéticas cobran especial relevancia debido a la crisis económica en la que estamos inmersos. Por ello, el dato sobre la deuda de nuestras empresas siempre es de especial interés. Y más aún cuando Iberdrola demuestra tasas de deudas muy por encima a sus homólogas energéticas.

 

Según el informe de resultados de la energética española Unión FENOSA, su deuda financiera bruta es de 6.591,6 millones de euros. Nada que ver con la deuda de Iberdrola: son 21.449 millones de euros más los que debe ésta con respecto a Unión FENOSA. No obstante, la empresa que debe menos, a diferencia de estas dos eléctricas analizadas, es Gas Natural. Su deuda financiera neta alcanza la cantidad de 4.938,5 millones de euros. Es decir, 23.102 millones menos que Iberdrola y 1.653,1 millones menos que Unión FENOSA. Sin embargo, Unión FENOSA se situaría en primer lugar según las empresas que menos deuda han contraído con respecto al año anterior: 796,6 millones de euros es la cantidad que debe pagar más según el último ejercicio.

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