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   Aunque con una hora de retraso, la ministra de Defensa llegó ayer contenta al hospital “Gómez Ulla”. Miembros de los tres ejércitos la esperaban firmes para acompañarla en el recorrido por las nuevas instalaciones que se pondrán en marcha en el Servicio de Urgencias. Unas instalaciones que, a simple vista, parecen imposibles de montar en una hora. Ese es el  tiempo que tardan en poner en marcha este hospital de campaña en caso de catástrofe o ayuda humanitaria tanto en territorio nacional como en el extranjero. Y si así lo requiere la situación, en dos horas está todo listo para intervenir quirúrgicamente a un paciente. Increíble.

 

   Durante la visita, Carme Chacón aprovechó para hablar por videoconferencia a tiempo real con el Hospital Role 2 en la base de apoyo de Herat, Afganistán. Y casi sin preguntar, averiguamos lo que era la telemedicina. Comprobamos su eficacia a través de un simulacro protagonizado por un soldado. La telemedicina es una unidad “que practica medicina a distancia mediante el uso de las telecomunicaciones”. En la videoconferencia no sólo se veían a los doctores desplegados en Afganistán alrededor de una mesa, también se trasmitía a tiempo real la ecografía que le estaban realizando a dicho soldado.

 

   En estos momentos esta unidad presta servicios en Kosovo, Afganistán, Líbano y en varios buques de la Armada. No obstante, también opera en el escenario público ya que en abril de 2007 la Comunidad de Madrid firmó un convenio para que los madrileños civiles se viesen beneficiados de esta unidad. Para que se consiga en el resto de España creo que debemos esperar algún tiempo.

 

   Esta iniciativa se une a la que la ministra ha anunciado recientemente: el despliegue inmediato de un avión patrulla con 90 soldados para proteger a los buques españoles en aguas de Somalia. Ambas  son positivas aunque, según la oposición, no suficientes. Sin embargo, la ministra está contenta: parece que en el hemiciclo graniza para otro lado…

 

Fotografía: Ángela Paloma Mf

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   Los motivos por los que surge una guerra son diversos, dependiendo de las diferencias políticas que mueven a los protagonistas a actuar en un territorio a través del uso de la fuerza y de las armas. Una guerra, por naturaleza en nuestro mundo, es noticia. No obstante, surge una duda: ¿es ético fotografiar el lugar y el momento en el que transcurre la guerra y las consecuencias humanas y materiales arrasadas tras su paso? Dos siglos. Esta pregunta lleva sin contestar dos siglos.

   James Natchwey es fotógrafo de guerra y ganador del World Press Photo. Nació en 1948 y comenzó a trabajar como fotoperiodista en 1981. A pesar de las dificultades y de las enfermedades, que en su cuerpo son ya huellas imborrables, lleva toda una vida entregado a transmitir la realidad y denunciar las injusticias a través de su objetivo, de sus fotografías. En su rostro serio y apagado, un sentimiento: el horror vivido en cada una de las guerras presenciadas.

   Muchos fotógrafos y periodistas trabajan como corresponsales por distintos motivos e intereses. Aún así, yo ensalzo la labor de estas personas. Psicológicamente hay que estar preparado para transmitir todo lo que el objetivo de sus cámaras capta en estos lugares. Hay que estar preparado para exponerse al peligro y al riesgo. En definitiva, por ser capaces de traernos la verdad y no perder la cordura. Para no caer en la locura.

 

   «Lo peor es que, como fotógrafo, me aprovecho de las desgracias ajenas. Esa idea me persigue. Todos los días. Porque sé que si algún día dejo que mi carrera sea más importante que mi compasión, habré vendido mi alma.

La única manera de justificar mi papel es respetando a aquellos que sufren. La medida en la que lo logro, es la medida en la que se me acepta, y en la que yo mismo puedo aceptarme».

JAMES NATCHWEY

Fotógrafo de guerra

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   Hoy iba a hablar de la sentencia que dictó ayer el Tribunal Supremo. Decidió por unanimidad la ilegalización de ANV (Acción Nacionalista Vasca). La ilegalización de un partido independentista que nació en 1930 y cuyos orígenes siempre han sido, y serán, un secreto a voces. Sin embargo, otro tema enjalbega las paredes de mi mente.

 

   Anoche salí del cine de Callao exhausta. Admirada por la película que acababa de ver: “Los girasoles ciegos”. Sentía unas ganas tremendas de verla desde que la vi anunciar. Quizás por los recuerdos que las voces familiares me descubrían siendo niña. Quizás porque, indirectamente, me tocó vivir una parte. O no. Quizás por esta espina que tengo clavada, por esta inquietud de querer averiguarlo todo.

 

   La película en sí tiene una fuerza de incalculable valor. Pero, más allá de su calidad visual y su estética del montaje, el argumento transporta al espectador a una época donde el dolor y el recuerdo llenan el alma de aquellos que se pueden sentir identificados. No hay sangre ni violencia pura pero sí cánticos que reabren heridas. Cánticos que entierran las vidas de aquellos que soñaban con la libertad o, simplemente, con una vida tranquila y justa. Nos transporta a una época donde los literatos románticos y los poetas comunistas acababan siendo tiroteados y sus mujeres mártires, encerradas a cal y canto, asesinadas en las fronteras o viudas negras. ¿Y los hijos? Huérfanos, inocentes sin respuestas. Una época que hoy se quiere ya olvidar pero que solo unos pocos pueden.

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