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El día de Cataluña o, como allí se conoce, la Diada Nacional de Catalunya, se viste de fiesta cada 11 de septiembre. A lo largo de este día se quiere conmemorar la caía de Barcelona bajo la sombra de las tropas borbónicas. Una fiesta que lleva celebrándose desde 1714. Sin embargo, este año tanto el Gobierno de la Generalitat como diversas personalidades de la política catalana, han estado un tanto incómodos por los ciudadanos presentes durante la celebración: la polémica financiación y el independentismo más radical  fueron los temas que pintaron el día de un gris tirando a oscuro. Además, la misma tarde del pasado jueves, unos manifestantes independentistas se hicieron notar al quemar fotografías de los reyes y banderas de España y Francia.

Afortunadamente, la Casa Real no tiene de qué preocuparse. La justicia ya ha tomado las riendas en el asunto  tal y cómo ha ocurrido otras veces en las que las fotografías reales han sido prendidas.  Ahora, la Fiscalía de la Audiencia Nacional ha pedido a la Consejería de Interior de la Generalitat que le facilite urgentemente un informe sobre los altercados y sobre las actuaciones de los Mossos d´Esquadra en los incidentes.

Pero, al parecer, la justicia no ha tenido que mediar sólo con los reyes de España. También con los Duques de Palma. El sábado 13 septiembre, un hombre lanzó a la residencia de la Infanta Cristina en Barcelona una garrafa con tres litros de líquido inflamable y, seguidamente,  lanzó un “cóctel molotov”. El acto ocasionó daños leves y el presunto culpable fue detenido. Ayer a medio día, el juez de la localidad barcelonesa de Mataró envió a prisión provisional al autor de los hechos por un delito “contra la Corona”, otro por “incendio con peligro” y otro por “atentado contra la autoridad”.

Esperemos que, en un futuro, la justicia actúe tan rápidamente para cuestiones que nos involucran directamente a todos y cuyas consecuencias tienen una gravedad irreversible.

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   Apenas era yo una adolescente cuando empecé a leer a Isabel Allende. A esta gran chilena desconocida entonces que me entusiasmaba con su lectura. El primer libro que leí fue “La casa de los espíritus” y quedé rápidamente prendida de sus palabras. Como casi todos, me lo regaló mi madre, quien después de muchos años de costura ha cambiado el bordado de las mantelerías por una colección de hojas impresas que la transportan a aventuras insospechadas. – Hijita, yo creo que Isabel es tan tonta como yo porque la entiendo estupendamente – me dice cada vez que termina de leerse alguna novela suya.

 

   Creo que como “La casa de los espíritus” e “Inés del alma mía” ninguno. Sin embargo, ahora he terminado de leer “La suma de los días”. Este libro es una pequeña biografía de su vida. Unas páginas que nos acercan más a ella, a su fortaleza, y que nos hacen entender porqué las heroínas de sus páginas albergan tanta valentía. Un amigo me preguntó que por qué me estaba gustando tanto el libro. Yo le contesté que no es que me estuviese gustando sino que encontraba tranquilidad entre sus párrafos. Isabel tiene una vida complicada, compleja y curiosa y, al compararla con la nuestra, hace que nuestros problemas cotidianos se hagan diminutos e insignificantes.

 

   Esta periodista y escritora ha tenido que vivir la represión de un país en dictadura, Chile. Hoy, esta californiana es hija, amante, mujer, madre, divorciada, abuela y amiga. Ha sido y es el amuleto de su familia, la cual permanece unida: ha hecho grandes esfuerzos por mantener cerca de ella a su “tribu”. Madrastra de hijos hundidos en el pozo de las drogas. Y también madre coraje por soportar la enfermedad de su hija Paula y tras ella, su muerte. Pocas personas conocen su pasado porque, como yo hasta hace unos días, no habíamos leído nada acerca de su biografía. No obstante, siempre me he preguntado de dónde emanaba esa magia, esa espiritualidad y ese misticismo que transmiten sus palabras. Ahora ya lo sé. Y me parece fascinante.

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