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Publicado en El Telégrafo de Ecuador el 28 de enero de 2016

Sorprenden titulares que realzan la idea de que “el sistema capitalista es un fracaso”, como el del Mundo Empresarial argentino para referirse a una declaración del Nobel de Economía, Joseph Stiglitz. Pero entre el titular y lo que realmente dice y piensa este economista hay mucha diferencia, más aún si se profundiza en su obra y en sus investigaciones. Su declaración durante la entrega del doctorado “honoris causa” que le otorgó la Universidad de la República fue: “A mi juicio, un sistema económico que no proporciona bienestar a una parte muy importante en la sociedad es un sistema económico que fracasa”. La sensación de la interpretación del titular es insultantemente diferente a la sensación que provocan sus palabras.

Comunicar la economía no es fácil. Menos aún comunicar datos cuando, además, hay un interés de por medio en la interpretación. El sesgo puede resultar infinito, pero el fracaso institucional puede resultar irrecuperable por pensar que la sociedad ignora. Ser expertos en la temática no es suficiente, porque además se puede correr el riesgo de que no se comprenda la intención de las reflexiones emitidas con un lenguaje técnico que, además, sólo entienden unos pocos y que puede agotar a quienes realmente les interesa. No hay que olvidar que la economía afecta a todo el mundo. De hecho, resulta ser la máxima de sus preocupaciones. Tampoco es fácil informar sobre economía. Una misma información no debe ser tratada de la misma manera en cualquier medio de comunicación, ni para la misma audiencia. Importan las formas para llegar al fondo, porque podemos estar hablando en el mismo idioma pero no en el mismo lenguaje.

A propósito del Foro de Davos de este fin de semana, el bombardeo de información sacude nuestras dudas, que aumentan. Los datos que emiten los medios de comunicación se convierten en un enemigo, así como las declaraciones de aquellos que dicen saber manejar datos que nos inquietan pero que no comprendemos. En este caso, los ciudadanos tenemos varias tareas al respecto: saber qué ese tal Foro, comprender qué han dicho, por qué lo han dicho y, lo más importante, lograr entender en qué afecta a nuestras vidas, dónde, a quiénes en concreto y en qué momento. Nos piden esforzarnos para lograr entender cuando, su tarea de comunicación debe ser el gran reto para tener a la sociedad como aliada.

El 23 de enero de 2015, el Foro de Davos también se celebró en Madrid con un debate organizado por la Global Shapers titulado “Repensando la política: nuevos actores e instrumentos para profundizar la democracia”. Allí, Belén Barreiro, socióloga y Directora de MyWord, apuntó que “La sociedad empobrecida en el mundo digital es una bomba de relojería”. Es posible que la comunicación económica, la de los datos, las matemáticas y los intereses, no tengan como principal objetivo hacerse entender a una sociedad que es cada vez más crítica, más exigente y cada vez más conectada. Pero la transparencia es necesaria en un área, la economía, que se percibe cada vez más lejos de una sociedad que es cada vez más víctima de ella.

La fluidez en el manejo de herramientas de comunicación digital, el empleo del mensaje en el momento oportuno y con los portavoces adecuados, el vocabulario exacto, la gestión del tiempo, la transformación de los datos en conocimiento, el pensamiento visual y la comprensión de las preocupaciones ciudadanas a su nivel más cotidiano son ya elementos indiscutibles para comunicar que dos y dos no resultan ser cuatro. Todo depende. La economía tiene un reto: hacerse entender. Trasladar situaciones económicas que se alejan de la realidad cotidiana es el primer paso para sellar un fracaso político.

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Publicado en BEZ el 26 de Enero de 2016

Creer que se puede alcanzar lo inalcanzable es empezar a romper barreras que se tejen con prejuicios, palabras que te venden sin valor alguno, prohibiciones en el marco de un querer ser y no poder porque te lo impida el vanidoso cuento de lo monetario frente a los sueños que se tiñen imborrables en los corazones de muchas personas. Creer que se puede es el primer paso para convencerse de que será posible. Pero… no todos los pasos suenan de la misma manera bajo el piso. Podemos escuchar tacones en la acera con ritmo, sin gracia y con prisa, zapatillas que cuelgan de un banco y rozan la arena, chanclas en el devenir de un barrio caluroso o la suela de tus pies desnudos trepando las rocas del Pacífico. Y, cada uno de esos pasos, marca la señal de una diferencia y posibilidad económica.

Se celebró el pasado año en octubre la Reunión anual del Grupo Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en Lima, Perú. Y, en esos días, pudimos leer muchos titulares y hacer muchas lecturas de una situación que arrecia evidente. La recesión en Venezuela, el retroceso en Argentina, la caída de la economía en Brasil y la desaceleración en China riegan de incertidumbre el panorama internacional. Y a esto se suma, por ejemplo, una mayor preocupación en Brasil por tres factores principalmente: la incertidumbre política, la falta de confianza de los inversores y el deterioro político que sufre la actual presidenta, Dilma Rousseff. Además, en medio de esta tormenta, hay que añadir el grito que emite una parte de la sociedad en las redes sociales en Brasil. Grupos que nacen en pos de participar para influir. 2016 se presenta con más dudas que certezas.

Sin embargo, los tecnicismos macroeconómicos sobran cuando el foco lo ponen las personas, cuando sobra cualquier reunión que el común de las personas no sienta o perciba en sus vidas, en sus bolsillos, en sus día a día. Los datos y los números dejan de tener sentido y mueren cuando falta un plato de comida en alguna casa de cualquier país del mundo. No se confundan. El enemigo de Latinoamérica no es el precio petróleo. El gran enemigo de los países latinoamericanos –e incluyo a África en este punto- es la pobreza y la desigualdad. Porque si bien es cierto que la clase media ha aumentado, ahora está en riesgo, y los límites de la desigualdad se profundizan. Hay una fina línea entre la pobreza y la miseria. Y la miseria, sigue siendo, la gran tarea pendiente de los países en desarrollo. Aunque muchos países están apostando por políticas que impulsen la igualdad como principio, y la justicia social como motor, se necesita tiempo, mucho tiempo. Y que la cordura y la inteligencia pesen más que la ideología. Es necesario no cometer el error de imponer estrategias de reacción cuando ya es demasiado tarde… Prepararse no es una opción: es la decisión.

Las crisis de barro, paja y miseria, las de casas sin ventanas construidas bajo el lodo, las de puentes de madera a los lados de los ríos que unen comunidades indígenas y que son, al final, lo que todo lo aguantan, las de familias vendiendo fruta en las medianas de las calles más seguras de las ciudades mientras dejan aparcados a sus hijos de un año a un metro del hilo que forman los coches cuando pasan, las de niños de cuatro y cinco años limpiando botas a señores a los que les sobra el nombre y les falta decencia… Esas crisis, que solo es una, y es la nuestra, la de todos, vivamos donde vivamos, son las crisis que hay que afrontar.

En España y en Europa llevamos lidiando con una crisis casi 10 años. Una crisis injusta provocada por los intereses de unos pocos y alimentada por el egoísmo de quienes no sospechábamos que existían y, por consiguiente, de lo que hacían. Una crisis hija de los errores, más que de los aciertos. Una crisis bancaria a golpe de ladrillo que ha expulsado la dignidad de toda una sociedad. Una crisis que siguen peleando nuestros abuelos y nuestros padres, quiénes ya lo hicieran antaño para que nosotros, sus hijos, gozáramos de derechos y calidad de vida. Y que se ha llevado por delante la credibilidad, la confianza, los principios y los valores de lo bello y de lo humano. Los miles de kilómetros de distancia que separan los países en desarrollo de los países desarrollados subrayan los límites de la pobreza y la miseria.

¿De verdad no somos capaces de salir? ¿De verdad no somos capaces de ayudar a quiénes se quedan sin sus casas, pierden sus trabajos y no tienen qué darles de comer a sus hijos? ¿De verdad no somos capaces de mirar más allá de los intereses individuales para empezar a mirar por los intereses colectivos? ¿De verdad no somos capaces de ver la realidad de otras crisis que banalizan hasta la categoría de chiste la nuestra propia? ¿En qué momento, incluso, dejamos que nuestra propia libertad estuviese en crisis? Creer que se puede es el primer paso para convencerse de que será posible. Pero hay que querer para que esos pasos suenen al mismo ritmo, con la misma fuerza y circulen por el mismo camino. La solidaridad no es una opción, y tampoco es una decisión: se trata de humanidad. Nada es inalcanzable para el que sueña. Y querer es el primer paso que lo hará posible. En nuestro mundo faltan palabras llenas de ideas, y sobran ideas vacías de palabras.

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