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Artículo para Beerderberg Magazine (Septiembre de 2015)

Antes que Hillary Clinton, Victoria Wodhull. Antes que Shyrley Chisholm, también. La primera fue Victoria Woodhull. La primera mujer en presentar su candidatura para la presidencia de los Estados Unidos. En un primer momento, fue conocida como Victoria Claflin Woodhull. Más tarde se la conocería como Victoria Woodhull Martin. Pero… ¿quién es ella? Algunos históricos debaten sobre la veracidad de algunas de sus referencias. Pero su biografía se la debemos a la biógrafa Mary L. Shearer, investigadora de su propia vida. La falta de reconocimiento es aún el precio que tienen que pagar algunas figuras destacadas de la historia, especialmente las mujeres.

Nació el 23 de septiembre de 1838 en Ohio, y falleció el 9 de junio de 1927 en Bredon, Reino Unido. Fue una líder del movimiento por el sufragio femenino en los Estados Unidos, y pudo ver cómo uno de sus sueños se convertía en realidad, ya que las mujeres en Norteamérica consiguieron el derecho a ir a las urnas el 26 de agosto de 1920 cuando gobernaba el demócrata Woodrow Wilson. El sufragio no se regaló, se peleó. Y Woodhull fue una de las mujeres que lo hizo posible. También Woodhull fue una activista por las reformas laborales y apoyaba, lo que llamó, el amor libre. Para ella el amor libre era algo que pudiese ser obvio en nuestro tiempo: tener la libertad para casarse, divorciarse y tener hijos sin que el Gobierno intervenga.

Esta mujer cosechó fortunas hasta en dos ocasiones: una de ellas gracias a su trabajo con la terapia magnética; la de segunda, como corredora de la bolsa de Nueva York ya que, con su hermana, fue la primera mujer que ejecutó una financiera en Wall Street. Y también se convirtieron en las primeras mujeres en fundar un periódico, Woodhull & Claflin’s Weekly, que empezó a publicarse en 1870. En la época, el que mujeres destacaran en las finanzas y en el mundo de los negocios, no era algo convencional. Pronto empezaron a catalogar su actividad con la prostitución, porque la palabra prostitución era un concepto que estaba íntimamente relacionado con la independencia y la determinación. Pero, ¿saben? ¿Quién no lo era en esa época que quisiera destacar por su trabajo y su talento que fuera mujer?

La Woodhull presentó su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos en 1872 por el partido Equal Rights, concretamente el 10 de mayo. Sin embargo, su intento por ser presidenta de los Estados Unidos siempre fue un camino demasiado tortuoso. Si hay algo en común entre Hillary Clinton, Shyrley Chirsholm y ella es la determinación y la insistencia, el creer, además, que puede ser posible. En 1872 no pudo ser. Además, la arrestaron cuando faltaba poco tiempo para las elecciones acusada de publicar un “periódico obsceno”. La propia cabecera de su periódico tenía como objetivo apoyar su candidatura, pero siempre destacaban los contenidos por aquellas cosas que defendía: la educación sexual y la prostitución legal, el voto femenino y el amor libre. Y fue el primer medio de habla inglesa en publicar el Manifiesto Comunista de Karl Marx. También la culparon de que su candidatura no fue del todo “legal” porque no llegaba a la edad mínima permitida: los 35 años. Pero no se han encontrado referentes ni artículos que cuestionen la “legalidad” de su candidatura por su edad. Victoria Woodhull fue puesta en libertad seis meses después, junto a su segundo marido y su hermana, quienes también fueron arrestados acusados por el mismo motivo. No obstante, ya fue demasiado tarde como para poder participar de esos primeros comicios soñados.

Ahora bien, ella no se rindió nunca: volvió a postularse en las elecciones de 1884 y 1892 sin éxito. ¿La causa? Podríamos decir que la traición, o el apoyo irreal cuando crees que las tienes todas contigo. En la última ocasión, aunque la Convención Nacional de Mujeres Sufragistas confirmó su postulación, después repudiaron su nominación. Su defensa a favor del voto femenino le permitió infiltrarse en las filas del poder masculino gracias a sus argumentos y ella sostenía que las mujeres ya tenían derecho a votar, sólo tenían que ejercerlo. Pero aún creyendo tener la razón por defender sus argumentos, fue catalogada de oportunista e impredecible.

Victoria se casó tres veces. La primera a los 15 años, con un médico de Ohio, Canning Woodhull, que la atendió puntualmente como consecuencia de una enfermedad y a petición de sus padres. De su primer matrimonio tuvo dos hijos Byron y Zulu Maude. Pero descubrió que su marido era un mujeriego y un alcohólico y se divorció al poco del nacimiento de sus hijos. Su segundo esposo fue el coronel James Blood, con quien fue arrestado en 1872 en su primera apuesta por ser presidenta de los Estados Unidos. Su tercer marido fue con el banquero John Biddulph Martin, quien asistió a unas de sus conferencias cuando ella decidió partir a Inglaterra a iniciar una nueva vida. Allí se convirtió definitivamente en Victoria Martin.

Posiblemente, entendiendo su vida y quienes la acompañaron a lo largo de ella, podamos entender su motivo de defensa continua. En 1871 en un discurso en Nueva York, la Woodhull dijo claramente lo que opinaba sobre el amor libre: “Sí, creo en el amor libre. Tengo un derecho inalienable, constitucional y natural a amar a quien yo quiera, por el tiempo que pueda; a cambiar ese amor todos los días si así lo deseo, y ninguna persona ni ley está autorizada a interferir en ese derecho”. Nos faltan datos para saber qué la llevó a tomar la determinación de casarse con su primer marido y a mantener su apellido. Pero lo que sí se puede descifrar es que, a partir de aquel episodio, Victoria tuvo una tarea mucho más social y justa en pos de los derechos que la de ser madre y ama de casa. El mismo partido por el que se presentó tenía la gran esperanza de conciliar a los sufragistas con los activistas de los derechos civiles afroamericanos.

Woodhull defendía la igualdad de derechos y creía que estaba “destinada” por “profecías” a ser presidenta de los Estados Unidos. Chisholm fue la primera mujer, y negra, que se presentó a unas primarias por el partido demócrata en 1969: había muchos derechos sociales que defender, “y la gente me quería”, dijo. Y Clinton ha empezado su carrera, también por el partido demócrata, porque está convencida de que Estados Unidos necesita un defensor, en este caso defensora. Y ella cree ser esa defensora. Quizás, esta vez, gane la defensa, esa palabra movilizadora que han protagonizado las tres mujeres que han querido ser Presidentas de los Estados Unidos. A la tercera… ¿la vencida?

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Publicado en El Telégrafo (4 de julio de 2015)

Captura001317«Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba». Con estas palabras arranca el Papa Francisco su segunda encíclica titulada «Laudato si’» («Loado seas» en su traducción) y aludiendo directamente al Cántico de las criaturas: Fonti Francescane. No es de extrañar que Francisco I haya escogido estas palabras porque, donde unos ven un reconocimiento a la ecología, otros podemos ver un gran mensaje en torno a un tema con una personalidad propia y sin olvidar… a esa gran olvidada: la mujer. Y es, justamente, en ese arranque donde empieza a hablar de «hermana», «madre bella», «madre tierra»… refiriéndose a la Tierra, a la naturaleza. Todas mujeres, todas femeninas. La comunicación de su mensaje, ¿en femenino?

Si buscamos en el propio texto de la encíclica la palabra «mujer» como tal, encontramos tan sólo dos referencias. La primera relacionada con «el hombre y la mujer del mundo posmoderno» que «corren el riesgo permanente de volverse profundamente individualistas». La segunda, se refiere a «María, la madre que cuidó a Jesús» y que «ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido». Y sigue: Es la «Mujer “vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”». En la primera, el uso de la palabra mujer, más allá del sentido del texto y el mensaje en relación a las consecuencias de un posmodernismo, es la huida de la palabra hombre como genérico, situando la mujer en el lugar que le corresponde, quizás. En la segunda alude a la madre de Dios, que aparece como fiel protectora y Francisco I invita a que le pidamos a ella, a una mujer, «a que miremos este mundo con ojos más sabios».

En septiembre de 2013, la pregunta que se hacía algún que otro medio de comunicación incitado por las opiniones vertidas del Papa era… ¿una mujer cardenal? El reto de la igualdad es un hecho, también en la Iglesia porque «la Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer», según sus palabras. No es broma: el Papa no sólo sorprende ya con su liderazgo o con sus opiniones, también con sus reflexiones frente a grandes diferencias sociales que son secretos a voces. No es capricho el reconocimiento de la mujer: es justicia y sentido común.

El papel de la mujer en la Iglesia católica es diverso y variado, y son muchas las mujeres que han trascendido el catolicismo dando ejemplo de vida y obra como Santa Teresa de Jesús, Teresa de Calcuta o Santa Ángela de la Cruz. En febrero de 2014, el Papa Francisco afirmó que, las monjas, «son grandes mujeres y pilar de la Iglesia» y advirtió: «¿Qué sucedería si no hubiera monjas? ¿Si no hubiera monjas en los hospitales, en las misiones, en la caridad? (…) ¡Son grandes estas mujeres!».

En otro rol, están aquellas mujeres que, sin ser monjas, su papel es imprescindible en la Iglesia, pero también en la sociedad, principalmente por su gesto voluntario y desinteresado. Son muchas las que, solas, van a misa. No obstante, también hay otras mujeres valientes que se han atrevido a poner encima de la mesa el debate de la eliminación del celibato. En mayo de 2014, 26 mujeres enamoradas de sacerdotes escribían al Papa Francisco con el fin de poner fin a la indefinida discusión sobre el celibato sacerdotal. No son «rivales de Dios» como se las llama, sino mujeres enamoradas de unos hombres que también las aman, víctimas de un amor prohibido cuyo trato no se ajusta con la realidad, por anquilosado. Qué contradictorio, ¿no?, aquello de esconder el sentimiento que más propaga la Iglesia Católica: el amor. Porque cuando el amor triunfa, triunfa en contextos de igualdad.

El Papa Francisco sufre cuando ve a las «mujeres en la Iglesia sólo como servidumbre». Así lo expuso en la convención celebrada con motivo de los 25 años de la carta apostólica de Juan Pablo II  sobre la mujer, Mulieris Dignitatem. Pero… La condición de siervo nunca fue un don porque nunca fue un don el tener coartada la libertad. ¿Podemos advertir un interés por el reconocimiento del papel de la mujer en la Iglesia? Podemos. O esperamos poderlo advertir. Aunque seamos capaces de notar signos en favor de la mujer como metáfora incluso en aquellas palabras que el Papa más quiere subrayar, como naturaleza o Tierra en su encíclica, la gran esperanza de miles y miles de personas es la ruptura por completo del contexto machista que ha rodeado siempre a la Iglesia Católica. Somos testigos de que el Papa ha revolucionado los estilos de liderazgo y que sus opiniones revolucionarias van más allá de la religión. El gran reto está en pasar de las opiniones a las realidades, de las ilusiones a los hechos, del discurso a las verdaderas oportunidades. La devaluación del género femenino nunca fue una opción. Tampoco una opción que se pudiese permitir la Iglesia Católica. ¿Y si la palabra en femenino de Francisco I fuese la palabra igualdad?

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Publicado en El País, blog Mujeres, el 08 de Marzo de 2015

La historia de las mujeres se escribe con el tinte de la valentía. Sólo con esfuerzo y aliento se puede seguir escribiendo, letra a letra, paso a paso. Y en cada espacio de cada párrafo pararse a coger aliento. Porque sólo escribiendo, incluso, se puede llegar a hacer historia. Sin embargo, hay muchas mujeres que no quieren hacer historia, tan sólo quieren seguir siendo lo que son, mujeres. Pero mujeres en igualdad de derechos y oportunidades. Mujeres parte de una sociedad que las necesita, porque sin la mujer no sería sociedad. Porque el futuro como el presente es con las mujeres. Y con las mujeres ha sido siempre, pero con la diferencia del reconocimiento merecido. Queremos ser mujeres sin ser las primeras víctimas de una crisis. Queremos ser mujeres con un salario equitativo al del hombre. Queremos ser mujeres en igualdad de condiciones y oportunidades. Queremos ser mujeres sin machismo ni violencia. Queremos ser mujeres valientes y seguras. Queremos seguir siendo lo que somos, mujeres. Mujeres con roles indispensables, mujeres libres, mujeres capaces, mujeres. No queremos ser más, no se confundan. Queremos construir, junto a los hombres, un futuro mejor para nuestras familias, para las sociedades, para nosotros mismos. Queremos lo justo, lo indispensable, la mitad de todo. Queremos, sencillamente, crecer y crecer juntos, todos. Y ser felices, como decía Pepe Mújica, ser felices.

Qué curioso. Algo aparentemente tan sencillo todavía es una brecha internacional. El mundo avanza, sí, pero muy despacio. Y aunque todo el mundo sea consciente de ello, todavía el Día Internacional de la Mujer sigue siendo una fecha del calendario ineludible donde ONU Mujeres pone el acento especialmente. Este año se hace un firme llamado a la Campaña de Beijing+20: “Empoderando a las mujeres, empoderando a la humanidad: ¡imagínalo!”. ¿Cómo sería un planeta 50-50 en 2030? No lo sabemos, pero sería el deseable no en 2030, aunque se marque una fecha, sino ahora, ya. Y aunque sabemos que el camino es complicado, alguien tuvo que andarlo primero. Nada de lo que ahora tenemos hubiese sido posible sin la inspiración y los pasos marcados de otras muchas mujeres que dijeron “no”, a tiempo, para empezar a marcar el sendero de la justicia. No a seguir siendo sumisas. No a la desigualdad. No a sólo aceptar. No a la violencia machista. No a cobrar un salario desigual. No a ser simplemente ayudantes. No a ser inferior. No a ser débil. Decir no, a tiempo, es empezar a decir sí a todo lo demás. Decir no, a tiempo, es empezar a ser heroínas y héroes de un tiempo presente para construir más y mejores sociedades: la del conocimiento, la de la igualdad, la de la educación, la de la sanidad, la de la política, la de todos.

Y alcanzar ese 50-50 sólo depende de nosotros mismos, de desearlo, de creer que se puede y se debe hacer. Inspirarse en otras mujeres es el primer paso porque como decía Marie Curie, “en la vida no hay nada que temer, sólo que entender”. Entendamos, comprendamos, escuchemos. Y hagamos. Además, sabemos, porque nos lo dijo bien Soledad Gallego Díaz, que “para combatir el antisemitismo no hace falta ser judío, como para luchar contra el racismo no hace falta ser negro. Lamentablemente, a veces, parece que para combatir la discriminación de la mujer hace falta ser mujer”. Pero esta batalla hacia el 50-50 no es sólo de mujeres, es una batalla social, donde debemos participar todos y todas. “Luchar en defensa de los derechos de las mujeres es luchar por los derechos de todos nosotros”, escribió un día Miguel Focart. Un hombre, sí, feminista. Gracias. Quien crea que esto es únicamente tarea nuestra se equivoca. Podremos ser heroínas, pero no de un mundo paralelo al real.

Yo, como Emma Goldman, si no puedo bailar, no quiero estar en esta revolución. Quiero bailar y quiero ganar la revolución. Y, ojo, Rigoberta Menchú lo tenía claro: “una mujer con imaginación es una mujer que no sólo sabe proyectar la vida de una familia, la de una sociedad, sino también el futuro de un milenio”. ¿Te animas? Puede que estemos “tan condicionados por los valores masculinos, que hemos cometido el error de emularlos al precio de nuestro propio feminismo”, como advertía Petra Karin Kelly, pero siempre estamos a tiempo de aprender de los errores y de reconducir nuestros propios objetivos. Una bala quiso destrozar a Malala Yousafzai el habla y su sonrisa. Los pecados que cometió fueron dos: ser mujer y querer ir a la escuela. “Nada ha cambiado en mi vida excepto esto” –dijo- “la debilidad, el miedo y la falta de esperanza murieron. La fuerza, el poder y el ánimo nacieron”.

¿Cuántas mujeres no sienten debilidad y miedo hacia sus maltratadores? ¿Cuántas no sienten falta de esperanza ante a las oportunidades que no llegan, ante a la discriminación, ante a la desigualdad? Recuerden también las palabas de Malala: “un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo. La educación es la única solución”.

¿Saben? La educación es el primer paso hacia la igualdad. Los parches mal puestos de mala calidad por hombres para acallar las demandas de las mujeres son pasos hacia sus propios intereses, es decir, hacia ninguna parte.

Un maestro puede enseñar a un niño con un libro y un lápiz a escribir la historia de las mujeres, la de la humanidad. Y esa historia titulada “Igualdad» puede cambiar el mundo.

 

 

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