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Publicado en El Breviario, Club de Lectura y Pensamiento Político

El amor eterno de un libro

Nuestra relación empezó demasiado pronto. Y mi madre, como todas las madres, me avisó, me advirtió, me aconsejó… Pero ya era tarde. Su olor, su tacto… Era irresistible. Me hacía sentir cosas que jamás había sentido antes. Y yo sabía que caería tarde o temprano. Sabía que caería y no lo evité. Mas aún me acerqué. Cómo no hacerlo. Me llamaba sin emitir sonido. Volteaba mi corazón con tan sólo su presencia. Mi respiración se agitaba a medida que me encontraba más tiempo con él. El tiempo… El tiempo entre costuras, las de un libro. Daba igual cómo hacerlo y dónde hacerlo. El metro, la cama, el sofá, el ascensor, ese balancín de mimbre en el que encontrábamos la postura perfecta para mayor placer o entre la espuma blanca que baña el mar de agosto… Daba igual.

Cuanto más tiempo pasaba con él, más me gustaba… Lento, siempre intentaba que fuese lento. Pura ternura. Y sé que me inició demasiado pronto en las letras del pecado. Quizás a los doce años ya me susurraba al oído La Dama de las Camelias y esa historia entró en mi vida sin pedir permiso. Alejandro Dumas se hacía llamar su autor. Poco después me inició en La Fundación, con Antonio Buero Vallejo, en El Buscón, con Francisco de Quevedo, en las Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Sabía yo que oculto entre las verdes hojas suspiraba él… por mí, y yo por él. Más tarde lo volvimos a hacer con las Luces de Bohemia que Ramón de Valle-Inclán preparó para nosotros, ¡incluso nos montamos un Banquete con Platón! Y cuando me contó aquello de Aranmanoth, con Ana María Matute, y de Marianela con Benito Pérez Galdós, pensé que me engañaba… Cuando me descubrió a Lolita, de Vladimir Nabokov, quise morir. No podía ser, me dije, está con otra, o con muchas… El Jardín de las Dudas era mi cabeza en ese momento, como decía Fernando Savater. Pero sabía “unas cuántas cosas precisamente porque renunciaba a saberlo todo”. Y él me lo contó, le creí y volví a caer. Rozó, una vez más, las yemas de mis dedos y no hizo falta pedir más.

Me recordó de nuevo aquel pastiche de La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Y tan sólo hizo falta otro susurro en el silencio eterno de la noche para volver a enamorarme entre La soledad de los números primos, de Paolo Giordano. Aquello me pareció sentirlo como 39 veces la primera vez, de Magda Bandera. Y después vino Antonio Gala de todos los colores con su bastón. No había título que no me contara con la almohada pegada sobre el cabecero. Hubo momentos en los que me aburría y me cansaba… Es cierto, lo reconozco. Pero recuperé el ánimo cuando me dijo, “Allende”. Me contó todo acerca de la Hija de la Fortuna y de la misteriosa Casa de los espíritus, y empecé a verlo todo De amor y de sombra. La suma de los días se hizo llevadera hasta que me trajo El cuaderno de Maya. Viví un trío o una trilogía, yo ya no sé, con La Ciudad de las Bestias, El Reino del Dragón de Oro y El Bosque de los Pigmeos. Y no pude evitarlo, creo que hasta me hizo llorar en La isla bajo el mar.

Muchas veces me pediste que te contara esos años, y él me los contó de la mano de Juan Cruz, como Ojalá Octubre. Ojalá. Y con Octubre llegó Mario Vargas Llosa y La Fiesta del Chivo. No podía creer cuanto me contó de aquella fiesta. Me irrité. Casi me enfurecí. Para consuelo cambió de registro y me hizo llegar la Civilización del espectáculo. Pero finalmente reí con él cuando me contagió la alegría de Inés, de Almudena Grandes. Tanto me gustó aquella vez, que por él me hice convertir en Lector de Julio Verne.

Él sabía de mi intención por contar y mejorar. Contar lo que sucede a nuestro alrededor y mejorar el rumbo de nuestra historia. Lo sabía desde siempre, desde los inicios de nuestra relación cuando siendo niña, y con lazo blanco en el pelo bien planchado, nos íbamos a dar la vuelta al mundo en el Barco de Vapor. Él sabía ya por entonces de mis intenciones. Periodismo y Política. Nunca lo engañé. Política y Periodismo. Ambas se fueron fusionando a lo largo de mi vida sin ser infieles como cuerpos que no desean independizarse del otro tras el acto del amor. Como  pareja opuesta que se atrae irremediable pero irresistiblemente. Por ello iniciamos largos Viajes con Herodoto y Kapuscinski y descubrimos con Jon Sistiaga que Ninguna guerra se parece a otra. A sangre fría quiso contarme lo de Truman Capote y su desliz con John Hersey en Hiroshima. Conmovedor panorama.

Somos ya inseparables. Nuestra relación es larga e intensa. Cada vez que me abro a él, o viceversa, es como hacerlo por primera vez. Volver a respirar con fuerza. Volver a oler. Volver a soñar. Cuando acaba conmigo, me siento vacía. Sola. Y ahora, ¿qué?, siempre me digo. Sin La invención de la soledad de Paul Auster esto que cuento no tendría sentido. ¿Cómo se siente A. entre esas cuatro paredes en Nueva York? Perdido. Insoportablemente perdido. Pero de alguna manera, él me vuelve a embrujar y a hacer sentir con tan sólo un suave murmullo que siempre es mudo. Sabe que tan sólo necesito el roce de una hoja para llegar hacia lo más alto, donde sé que no me pueden alcanzar, pero donde sé que yo sí puedo llegar. Ya no entiendo la erótica sin el poder, como aquella aventura de Marilyn y JFK de François Forester, y ya no entiendo a Los Presidentes sin sus (en) zapatillas, como decía Mª Ángeles López de Celis. Ya no entiendo el arte sin la guerra, como anotó Sun Tzu. No comprendo a Aristóteles sin su Retórica, ni a Cicerón sin su Orador, ni a El Príncipe sin Maquiavelo. En un nuevo volver a empezar me hizo saber que las Palomas de Guerra, de Paul Preston, pueden volar y que las Rojas de Mary Nash existieron. Y creo que Carlos Fuentes nunca se sentó en La silla del Águila para que nos sentásemos el resto.

Ciertamente, si lo que queremos es contar y mejorar, Los cínicos no sirven para este oficio.

Mi madre acepta ya con toda naturalidad nuestra relación, porque hace no muchos años empezó la suya propia. Oye, está encantada.

Él ha marcado mi vida. Y sabemos que nuestro amor es eterno hasta que la torpeza de la vista por la edad que no perdona nublen sus escritos. Sus palabras primerizas, que para mi edad eran pecados absolutos, han moldeado a esta que escribe. Mi manera de pensar, sentir, ver y contar es fruto de tantos juegos de pasión con él. Él cogió las riendas. Yo sólo me deje llevar…

Pero ahora… Ahora me toca a mí. Siempre se mostró ante mí discretamente escrito, como si lo que ocultaba en tinta entre su pecho no calase en mí con la suficiente fuerza. Sin embargo sabía que todo me llegaba al corazón. Me llenó de historias, citas, aventuras y circunstancias, muchas de ellas obvias y ocultas en este relato porque fueron muchas veces las que lo hicimos y que aquí no cuento. Muchas historias que compartimos y reflexionamos hasta la locura que hoy llenan ya varias estanterías de mi vida.

Ahora es mi turno. Me desnudaré despacio tímida frente a él. Aunque tan sólo lo hagamos por una vez a mi manera, sensual, más que sexual. No puede ser de otra manera. Por favor, al menos una vez a mi manera dominaré yo. Lo escribiré, le contaré, le susurraré con jadeos entre silencios… Envolveré todo su cuerpo de palabras, pintaré colores de experiencia en cada línea… Porque ahora… ahora es mi turno.

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Publicado en el Blog de El País, Mujeres (19 de octubre de 2012)

Curioso es que existan monumentos que homenajean a grandes luchadores y conquistadores, grandes guerreros y reyes. Pero pocas veces se acuerdan del papel de las mujeres en las conquistas y en las guerras. ¿Existieron?

“Las hazañas de Inés Suárez, mencionadas por los cronistas de su época, fueron casi olvidadas por los historiadores durante más de cuatrocientos años”, escribió Isabel Allende a modo de introducción en su novelaInés el alma mía. Y cuánta razón tenía.

Inés Suárez (1507-1580), mujer extremeña del siglo XVI que decidió embarcarse rumbo hacia ese nuevo mundo donde se depositaron tantas y tantas esperanzas. Hacia allí partió, tras su marido Juan de Málaga, para conocer que se había convertido en una mujer viuda. En Cuzco, conoció a Pedro de Valdivia, el gran Pedro de Valdivia, maestro de campo de Francisco Pizarro. Y junto a él no sólo conocería la pasión y el amor, sino también el sabor de la conquista.

La valentía no sólo es una intención. E Inés Suárez lo demostró al participar en las expediciones por territorio chileno y en la fundación de Santiago de Nueva Extremadura, hoy Santiago de Chile. Porque los guerreros no luchan solos. Y no todos son hombres. Hay mujeres que los acompañan, deciden, les cosen las heridas, los cuidan, les dan de comer, montan a caballo como ellos y empuñan las armas.

Inés Suárez destacó por su valentía y su ímpetu, pero la historia cuenta también que por su crueldad tras el asalto a Santiago dirigido por Michimalonco en 1541: hizo decapitar aQuilicanta junto a siete indígenas prisioneros para asustar a los atacantes.

Ocho años después, Pedro de Valdivia entregó finalmente a Inés en matrimonio a Rodrigo de Quiroga e hizo traer a su mujer a América. Todo para cumplir la sentencia de un juicio en el que lo acusaron, entre otras cosas, de mantener una relación fuera del matrimonio. Tras este matrimonio, se dice que Inés y Rodrigo vivieron en la calma de ese Santiago…

Más de 400 años después, la comuna de Santiago ha cambiado mucho… La lucha que hoy existe es para hacerse no con la conquista de ningún territorio, sino con la conquista de la confianza de los ciudadanos que allí habitan. El próximo 28 de octubre se celebran elecciones. Pablo Zalaquett y Calorina Tohá se disputan la alcaldía. Ya no hay caballos ni lanzas, aunque quede el origen y recuerdo de la historia. Hay líderes que pretenden mejorar la calidad de vida de sus vecinos, de todos: de los jóvenes, que cada día salen a las calles para pedir más educación; de las mujeres, que cada día solicitan más igualdad; de los mayores, que necesitan escuchar, ver y comprobar. Ese debería ser el objetivo de su candidatura.

Ya no se recuerda a Pedro. Y tampoco a Inés. Ese Santiago chiquito creció. Los grandes monumentos que homenajean a los hombres son sólo símbolos. Hoy se sueña con hechos. Las elecciones dan paso al papel de la democracia. Una democracia que, quizás, le habría gustado ver a Inés en su Santiago.

 

Imagen de la portada del libro de Isabel Allende Inés del alma mía

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