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EL pasado sábado, 26 de abril, tuve el placer de entregar los premios de literatura en mi tierra y en el Ayuntamiento de Argamasilla de Calatrava. Los protagonistas de la tarde fueron David García Rodríguez por «Honrarás a tu padre», galardonado por el mejor relato local; Rosario Martínez por «Lápidas y berenjenas», galardonada como premio finalista; y Francisco de Paz Tante por «Su tristeza de bronce», ganador del primer premio.

Para mí fue un verdadero placer el que me invitaran y todo un orgullo, por dejarme disfrutar con vecinos y paisanos de esta gran fiesta de la palabra en el marco de los actos para celebrar el Día del Libro. Estar en mi tierra siempre es motivo de alegría. Y más si es para una ocasión como esta.

Pero dejadme que comparta con todos vosotros un sueño que tengo desde bien pequeñita. Porque no viene de ahora el amor que siento por los libros. Siempre he soñado con una casa que tuviera un único espacio. Y en ese espacio, paredes de techo a suelo cubiertas por una librería de madera. Y en ellas, libros, muchos libros… Llevo años y años fijándome en películas en las que salía alguna de esas librerías. Y en las entrevistas de los escritores en periódicos, siempre me fijo en la fotografía porque justo, detrás del entrevistado, siempre aparece una gran biblioteca repleta de libros…

Y es que creo que vivir con la palabra y entre palabras también es vivir soñando en un mundo paralelo, quizás sí, pero que jamás deja de ser real.

LA PALABRA es revolución y respecto, poder e influencia, transformación y cambio.

En mi caso vivo por y para la palabra. Porque como dijo un día Vargas Llosa, “después de la literatura no hay actividad o profesión más apasionante que el periodismo. Ninguna que haga vivir tanto la vida como una permanente aventura, que exponga a quien lo practica a tantas experiencias sobre la condición humana y sus infinitas manifestaciones y ramificaciones, y que eduque mejor y de manera tan vívida sobre las grandezas y miserias de la historia que se va haciendo en nuestro entorno y la levadura que anima la vida de las naciones y los individuos”.

Periodismo para contar, vivir para contarlo, para narrar con más y mejor palabra en un mundo son sed de verdad. Palabras en pos de un mundo mejor que necesita de más y mejor educación. Palabras que construyan, y no nos destruyan. Palabras que nos hagan sentir mejor, que nos permitan avanzar, volar y soñar.

LOS LIBROS transforman nuestras vidas, nos hacen vivir mundos que ni esperamos que existan.

Los libros nos descubren nuestra parte de locura y con cada empezar nuevo nos descubren también otra parte de nosotros.

Con los libros aprendemos y con ellos desaprendemos lo aprendido para volver a aprenderlo.

LEER nos hace libres, volamos al país que imaginamos mientras cruzamos océanos cuando queremos y con quien queramos.

LITERATURA es aprendizaje continuo, historia y cuento.

La literatura nos hace morir para luego resucitar. Resucitar una vez pasadas las horas de un reloj que cree no tener fin, porque es leyendo cuando se pasan las horas infinitas, porque es leyendo cuando uno se da cuenta de cuándo despertar.

Y esto lo sabe siempre el que ESCRIBE en la soledad de sus noches, cincelador de palabras, aventurero pirata o investigador salvaje con ganas de dar cuenta de lo que ocurre ahí fuera. Larga soledad feliz el que escribe pensando, el que escribe soñando. El que lo hace sabiendo lo que sus lectores quieren, hacia dónde quieren soñar o qué quieren descubrir.

Porque escribir es desnudarse un poquito, o mucho, dejar caer la toalla que la cubre a una por completo y abandonarse siempre.

Porque quien escribe, bien lo sabe, vende su alma feliz al tiempo y a la historia.

Porque quien escribe entrega una parte de su vida al mundo.

Hay quien escribe para por fin olvidar, otros para que aquello que se escribe no se olvide jamás.

Quien escribe llora y ama. Y se desgarra con cada palabra suya que queda apuntalada de por vida.

Quien escribe siente y ama, y ama la palabra tanto que sin palabra ya no vive.

Como tantas mujeres que vivieron a medias por no ver jamás su nombre en los libros que escribían por falso o verdadero el mito aquél de… “a las mujeres no las lee nadie…”. Algunas aparecían con nombres de hombres, otras con tan sólo sus iniciales para evitar ser reconocidas. Hoy las mujeres cuentan, cuentan y cuentan…

Elena Poniatowska es la cuarta mujer en recibir un Premio Cervantes y lo que le gusta es contar cosas… contar, contar y contar. Contar es su verbo y no otro.

-¿Sabe que ha sido una inspiración  para una generación  de mujeres mexicanas periodistas? Le preguntaron (artículo de El País).  Y respondió: “No, fíjate.  Qué bueno. Que haya más mujeres que quieran contar cosas. Nos falta muchísimo por contar”.

Mucho por contar.

Por escribir.

Por construir.

Qué curioso. Yo nací mujer entre autobuses. Nunca entre libros, ni palabras, ni puntos seguidos. De hecho mis padres han tenido que modificar esa habitación pequeña de Argamasilla que me pedí para perderme con mi soledad entre libros porque las estanterías llegaron a desbordarse.

Nací entre autobuses, sí. Pero yo creo que no hay diferencias entre el mundo en el que se desenvuelve mi familia y el mío.

De hecho creo que nos dedicamos a lo mismo.

Ellos cogen un autobús para viajar.

Yo cojo un libro para hacer lo mismo.

Escribo, leo y verso mientras viajo.

Hay personas que nacimos con la palabra en la boca para hacerla volar.

Para reducir la ignorancia social.

Para empoderar al pueblo.

Y aquellos que escribimos, sentimos, porque no podemos escribir sin sentimiento, y cuando nos leen creemos ser capaces de acariciar lo que sienten otros.

Escribir, sencillamente escribir sabiendo que la inquietud por hacerlo nunca tendrá descanso.

Escribimos por amor, leemos por placer. Soñamos para estar vivos y despiertos.

Y a pesar de lo que auguran los tiempos, las ventas, los dijes y los diretes del mercado, escribamos, dediquémonos a aquello que más nos gusta, que más nos evoca, que más nos apasiona… Sintamos para hacer sentir…

Por que como dijo la primera dama del mundo, Eleanor Roosevelt, “El futuro pertenece a quienes creen en la naturaleza de sus sueños”.

Y si a este mundo le falta piel, sentimiento y humanismo, escribamos.

Muchas felicidades a los premiados.

Y gracias por último, y de nuevo, a Jacinta Monroy, Jose Antonio Molina y muy especialmente también a quienes cuidan en nuestro pueblo parte de la cultura que nos une: Javi Lozano (Librería Delfos) y Antonia García Huertas (Biblioteca).

 

 

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Comparto la entrevista que la periodista Carolina Góngora me hizo para By Women sobre el libro «Se llamaba Alfredo… Las claves de una derrota electoral inevitable». Siempre es un placer compartir con ella ratitos de café para charlar sobre política, mujeres y campañas electorales.

 

 

Por Carolina Góngora

Decidió escribir sobre la derrota. Como periodista sintió que debía recomponer esa campaña electoral y hacer algo por la sociedad, independientemente de su ideología. “Creí que había un gran vacío informativo, que no estaba todo dicho y que era un gran rompecabezas inconcluso” explica Ángela Paloma Martín, autora del libro ‘Se llamaba Alfredo’, con el que “pretende ofrecer las respuestas que en su día no se dieron”.

La ganadora de Victory Awards 2013 y editora de la revista de comunicación política ‘Campaigns & Elections’ cree que las derrotas pueden aportar mucho: “Sirven para analizarlas, para aprender de ellas y para que los mismos errores no se vuelvan a cometer”. Así no dudó en profundizar en la del PSOE de 2011, la decisiva. “No sólo no consiguieron su objetivo, sino que lograron los peores resultados de la historia socialista y no consiguieron la confianza de aquellos más de cuatro millones de personas que en el pasado sí confiaron en ellos”, cuenta la periodista con un ejemplar entre sus manos.

En este primer libro, que lleva dos ediciones en tan solo 5 meses de existencia, reflexiona sobre cada pata de la última campaña electoral de los socialistas. Disecciona cada paso que dieron en sus comunicados, en sus discursos, en los mensajes de las redes sociales, en cada parada de su campaña y cómo la sucesión de situaciones negativas fue mermando la seguridad de algunos. El candidato, sin embargo, se refleja firme, luchador y con ganas de sobreponerse. Y es que “hasta el día de las elecciones, nada está ganado o perdido de antemano”. Como dice la experta en comunicación política “la estrategia de una campaña hay que diseñarla en base a un diagnóstico previo, a análisis cuantitativos y cualitativos porque todo hay que analizarlo en todo momento, hasta el final de la campaña”.

Así, la autora revela un gran esfuerzo de todo el equipo por mejorar las estadísticas que les posicionaban como perdedores. En muchas ocasiones, no se siguió la estrategia marcada al pie de la letra. “A veces se actuó por impulso, no tanto por los nervios sino por los factores ajenos de la actualidad que irremediablemente afectaban a la campaña, al candidato y al partido, e incluso nuevas encuestas con resultados que quizás no esperaban”, dice Ángela Paloma, quien cree la movilización en las redes sociales es vital.

En una campaña, cada día se plantea de diferente forma pero sin modificar un ápice el mensaje. El partido socialista calificó el mitin de Burgos como el mejor y fue, precisamente, el más improvisado. “Se subió a una caja mientras cientos de personas lo escuchaban atentos. Fue natural”, opina la periodista, convencida de que la emoción fue la base de muchos de los discursos del socialista.

Hablar de crisis de liderazgo de Rubalcaba no es un tema que Ángela Paloma crea que está claro actualmente. Lo que sí ha podido observar es que tras la Conferencia Política del PSOE, el protagonista de su libro mostró un carácter desconocido y renovado. “Sin duda, el proceso de primarias que está impulsando el partido en estos momentos será el que legitime su liderazgo o bien el de una nueva persona”, opina la autora.

Sea o no sea el próximo candidato socialista a la presidencia y ganen o no las elecciones, Ángela Paloma Martín le define como “resistente”. Una cualidad que comparte ella misma. Su carácter humilde y sensible se deja ver en cada instante de conversación con ella. Tanto que en la presentación de su libro en Madrid, se emocionó al recordar el esfuerzo de sus padres por lograr que su hija fuera lo que es ahora: una gran profesional con una capacidad de trabajo asombrosa

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Publicado en El Breviario, Club de Lectura y Pensamiento Político

El amor eterno de un libro

Nuestra relación empezó demasiado pronto. Y mi madre, como todas las madres, me avisó, me advirtió, me aconsejó… Pero ya era tarde. Su olor, su tacto… Era irresistible. Me hacía sentir cosas que jamás había sentido antes. Y yo sabía que caería tarde o temprano. Sabía que caería y no lo evité. Mas aún me acerqué. Cómo no hacerlo. Me llamaba sin emitir sonido. Volteaba mi corazón con tan sólo su presencia. Mi respiración se agitaba a medida que me encontraba más tiempo con él. El tiempo… El tiempo entre costuras, las de un libro. Daba igual cómo hacerlo y dónde hacerlo. El metro, la cama, el sofá, el ascensor, ese balancín de mimbre en el que encontrábamos la postura perfecta para mayor placer o entre la espuma blanca que baña el mar de agosto… Daba igual.

Cuanto más tiempo pasaba con él, más me gustaba… Lento, siempre intentaba que fuese lento. Pura ternura. Y sé que me inició demasiado pronto en las letras del pecado. Quizás a los doce años ya me susurraba al oído La Dama de las Camelias y esa historia entró en mi vida sin pedir permiso. Alejandro Dumas se hacía llamar su autor. Poco después me inició en La Fundación, con Antonio Buero Vallejo, en El Buscón, con Francisco de Quevedo, en las Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Sabía yo que oculto entre las verdes hojas suspiraba él… por mí, y yo por él. Más tarde lo volvimos a hacer con las Luces de Bohemia que Ramón de Valle-Inclán preparó para nosotros, ¡incluso nos montamos un Banquete con Platón! Y cuando me contó aquello de Aranmanoth, con Ana María Matute, y de Marianela con Benito Pérez Galdós, pensé que me engañaba… Cuando me descubrió a Lolita, de Vladimir Nabokov, quise morir. No podía ser, me dije, está con otra, o con muchas… El Jardín de las Dudas era mi cabeza en ese momento, como decía Fernando Savater. Pero sabía “unas cuántas cosas precisamente porque renunciaba a saberlo todo”. Y él me lo contó, le creí y volví a caer. Rozó, una vez más, las yemas de mis dedos y no hizo falta pedir más.

Me recordó de nuevo aquel pastiche de La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Y tan sólo hizo falta otro susurro en el silencio eterno de la noche para volver a enamorarme entre La soledad de los números primos, de Paolo Giordano. Aquello me pareció sentirlo como 39 veces la primera vez, de Magda Bandera. Y después vino Antonio Gala de todos los colores con su bastón. No había título que no me contara con la almohada pegada sobre el cabecero. Hubo momentos en los que me aburría y me cansaba… Es cierto, lo reconozco. Pero recuperé el ánimo cuando me dijo, “Allende”. Me contó todo acerca de la Hija de la Fortuna y de la misteriosa Casa de los espíritus, y empecé a verlo todo De amor y de sombra. La suma de los días se hizo llevadera hasta que me trajo El cuaderno de Maya. Viví un trío o una trilogía, yo ya no sé, con La Ciudad de las Bestias, El Reino del Dragón de Oro y El Bosque de los Pigmeos. Y no pude evitarlo, creo que hasta me hizo llorar en La isla bajo el mar.

Muchas veces me pediste que te contara esos años, y él me los contó de la mano de Juan Cruz, como Ojalá Octubre. Ojalá. Y con Octubre llegó Mario Vargas Llosa y La Fiesta del Chivo. No podía creer cuanto me contó de aquella fiesta. Me irrité. Casi me enfurecí. Para consuelo cambió de registro y me hizo llegar la Civilización del espectáculo. Pero finalmente reí con él cuando me contagió la alegría de Inés, de Almudena Grandes. Tanto me gustó aquella vez, que por él me hice convertir en Lector de Julio Verne.

Él sabía de mi intención por contar y mejorar. Contar lo que sucede a nuestro alrededor y mejorar el rumbo de nuestra historia. Lo sabía desde siempre, desde los inicios de nuestra relación cuando siendo niña, y con lazo blanco en el pelo bien planchado, nos íbamos a dar la vuelta al mundo en el Barco de Vapor. Él sabía ya por entonces de mis intenciones. Periodismo y Política. Nunca lo engañé. Política y Periodismo. Ambas se fueron fusionando a lo largo de mi vida sin ser infieles como cuerpos que no desean independizarse del otro tras el acto del amor. Como  pareja opuesta que se atrae irremediable pero irresistiblemente. Por ello iniciamos largos Viajes con Herodoto y Kapuscinski y descubrimos con Jon Sistiaga que Ninguna guerra se parece a otra. A sangre fría quiso contarme lo de Truman Capote y su desliz con John Hersey en Hiroshima. Conmovedor panorama.

Somos ya inseparables. Nuestra relación es larga e intensa. Cada vez que me abro a él, o viceversa, es como hacerlo por primera vez. Volver a respirar con fuerza. Volver a oler. Volver a soñar. Cuando acaba conmigo, me siento vacía. Sola. Y ahora, ¿qué?, siempre me digo. Sin La invención de la soledad de Paul Auster esto que cuento no tendría sentido. ¿Cómo se siente A. entre esas cuatro paredes en Nueva York? Perdido. Insoportablemente perdido. Pero de alguna manera, él me vuelve a embrujar y a hacer sentir con tan sólo un suave murmullo que siempre es mudo. Sabe que tan sólo necesito el roce de una hoja para llegar hacia lo más alto, donde sé que no me pueden alcanzar, pero donde sé que yo sí puedo llegar. Ya no entiendo la erótica sin el poder, como aquella aventura de Marilyn y JFK de François Forester, y ya no entiendo a Los Presidentes sin sus (en) zapatillas, como decía Mª Ángeles López de Celis. Ya no entiendo el arte sin la guerra, como anotó Sun Tzu. No comprendo a Aristóteles sin su Retórica, ni a Cicerón sin su Orador, ni a El Príncipe sin Maquiavelo. En un nuevo volver a empezar me hizo saber que las Palomas de Guerra, de Paul Preston, pueden volar y que las Rojas de Mary Nash existieron. Y creo que Carlos Fuentes nunca se sentó en La silla del Águila para que nos sentásemos el resto.

Ciertamente, si lo que queremos es contar y mejorar, Los cínicos no sirven para este oficio.

Mi madre acepta ya con toda naturalidad nuestra relación, porque hace no muchos años empezó la suya propia. Oye, está encantada.

Él ha marcado mi vida. Y sabemos que nuestro amor es eterno hasta que la torpeza de la vista por la edad que no perdona nublen sus escritos. Sus palabras primerizas, que para mi edad eran pecados absolutos, han moldeado a esta que escribe. Mi manera de pensar, sentir, ver y contar es fruto de tantos juegos de pasión con él. Él cogió las riendas. Yo sólo me deje llevar…

Pero ahora… Ahora me toca a mí. Siempre se mostró ante mí discretamente escrito, como si lo que ocultaba en tinta entre su pecho no calase en mí con la suficiente fuerza. Sin embargo sabía que todo me llegaba al corazón. Me llenó de historias, citas, aventuras y circunstancias, muchas de ellas obvias y ocultas en este relato porque fueron muchas veces las que lo hicimos y que aquí no cuento. Muchas historias que compartimos y reflexionamos hasta la locura que hoy llenan ya varias estanterías de mi vida.

Ahora es mi turno. Me desnudaré despacio tímida frente a él. Aunque tan sólo lo hagamos por una vez a mi manera, sensual, más que sexual. No puede ser de otra manera. Por favor, al menos una vez a mi manera dominaré yo. Lo escribiré, le contaré, le susurraré con jadeos entre silencios… Envolveré todo su cuerpo de palabras, pintaré colores de experiencia en cada línea… Porque ahora… ahora es mi turno.

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