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EN muchas ocasiones se es fuerte porque se aprende a serlo, aunque a veces no se consiga… En otras, hay que nacer así para poder sobrevivir. Nino nació fuerte, aunque no lo sepa. Como tantas personas que esperaron y esperaron un regreso que jamás llegaría. Como tantas personas que esperaron a lo largo de los años cuarenta muertos en vida y, otros, muertos en la distancia.

A pesar de la novelesca obra que Almudena Grandes ha dibujado entre palabras de la historia -que es presente- todos podemos reconocer una época que existió, el Franquismo. Y aunque muchos quieran enterrarla, es una época que vive en la esencia de lo que hoy somos. No hay otra explicación.

Nino es el verdadero protagonista de esta historia, que la cuenta en primera persona con una profundidad abrumadora, con giros bellos y delicados que la buena literatura nos ofrece, la de Almudena.

Pero aunque Nino sea el verdadero protagonista de esta historia, permítanme hablar de un género que cobra fuerza en este relato. La mujer.  La mujer líder que espera, que es paciente. De un bando o de otro. La mujer que cría en soledad a sus hijos. La viuda a la que le quitan todo, la huérfana de amor insostenible. La abuela que educa y embellece, la que pasa hambre. La que reprocha al rival sin dudar. La novia, la esposa, la nieta que ama en silencio. La que huye con él. La embarazada que se enfrenta y defiende un amor que ahora es compartido entre el que espera en el monte y el que espera en su vientre. La que besa en mitad del peligro. La que trabaja y resiste. La que se hace más roja que nunca. La huele en la oscuridad de las tinieblas. La que es violada una y otra vez por la peor calaña, ex delincuentes de la Benemérita. La que sólo desespera cuando ve llegar por su casa aún más sangre. La que siente y actúa. La que se fortalece con el miedo y lucha.

Esa mujer que también se ve reflejada entre estas páginas. Son mujeres que penan y sufren. Pero son mujeres que comparten una cualidad: la seguridad. Mujeres civiles y políticas. El lector de Julio Verne admiraba a esas mujeres, convivía con ellas, aprendía de ellas. Las amó. Nino supo aprender de lo mejor de esa época: la valentía…

“En las personas valientes, el miedo es sólo consciencia del peligro (…), pero en los cobardes, es mucho más que ausencia de valor. El miedo también excluye la dignidad, la generosidad, el sentido de la justicia, y llega incluso a perjudicar la inteligencia, porque altera la percepción de la realidad y alarga las sombras de todas las cosas. Las personas cobardes tienen miedo hasta de sí mismas”

El lector de Julio Verne, 2011: pág. 196.

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ESTA fue la novela que presentó el político en la pasada feria del libro de Madrid donde se congregaron no pocas personas en el Retiro. La luz crepuscular, una obra donde conviven la realidad de un momento de la historia y la ficción pasajera que alimentó la mente literaria del socialista cántabro.

Puede que, mientras se leen sus páginas en lugares públicos, como el metro, se dirijan a ti muchas miradas con desgana y desconcierto, e incluso con afán de desprecio. Quizás Joaquín Leguina no ha sabido cultivar o cuidar una reputación que cuesta mucho construir y se destruye en tan sólo milésimas de segundo. Y quizás sea por eso que los valores positivos se pierden en el olvido cuando la gente recuerda al político que formó parte de la historia de la comunidad madrileña.

Cierto es que no se puede estar de acuerdo en muchos aspectos a lo largo del recorrido histórico en el que Leguina hace perder al lector. Y es normal que muchos periodistas y consultores, ¡pero qué digo!; es normal que muchas personas que habitan este país echen de menos entre sus páginas palabras dedicadas a la vocación natural y la honestidad de un político: ¿por qué una persona se hace o se dedica a la política? Es la misma pregunta que un periodista podría hacerse: ¿por qué te hiciste periodista?

Aún así, la narración de la época y el posterior cargo que le tocó vivir a Leguina no tiene desperdicio. Es por ello que algunas citas de interés no pueden resultar indiferentes a nadie:

  • “A fin de sacudirme aquella inoportuna aprensión, recurrí al viejo razonamiento de Heráclito: ‘Mientras yo esté, la muerte no está y, cuando ella esté, ya no estaré yo’”.
  • “Él y su régimen conocían ese instante, el de su cuartelazo, y pretendían eternizarse y eternizarnos en ese preciso minuto. (…) Calles, plazas, hospitales recibieron el nombre de 18 de julio, cuyo santo del día –como nos lo habría de recordar Cela- era San Camilo de Lelis. Un día convertido en eternidad, como sueño de aquella Dictadura que parecía inamovible por disponer de un tiempo propio, de un arcano nacional, fuera del mundo. La historia, su historia, sólo tenía un sentido y disponía de un solo narrador: Francisco Franco”.
  • “(…) tener miedo no equivale a ser un cobarde. Los locos o los irresponsables son quienes pueden darse el lujo de no tener miedo; los demás mortales lo tenemos. Se trata sin embargo, de intentar no dejar que nos paralice. A quien, con el miedo dentro, es capaz de hacer lo que hay que hacer, a quien sabe cumplir con el deber impuesto, se le llama valiente”.
  • “Fue en una de esas sentadas donde conocí a un estudiante de Derecho que no procedía de Madrid, sino de Sevilla. Era un tipo alto, con notable acento andaluz, quien, desmintiendo el tópico, era corto de palabras… pero en hechos largo, como demostraría algunos años después. Se llamaba y se llama, Felipe González Márquez.
  • “Lo subjetivo y lo que uno mismo considera objetivo se retroalimentan poniendo en marcha un mecanismo en el cual confluyen y se mezclan la pasión y la razón, y ambas operan en forma multiplicativa, convirtiéndose en una máquina de autodefensa y, a la vez, en un impulso ofensivo. Quien no haya sentido estas sensaciones en sus carnes desconoce la emoción política”.
  • Baltasar Garzón entró en 1993 como número dos por Madrid en las listas del Psoe y pocos dudaban de que si los socialistas ganaban las elecciones sería nombrado ministro. Cuando, contra pronóstico, el Psoe ganó aquellas elecciones generales, Garzón quedó relegado. Otro juez, Juan Alberto Belloch, le madrugó, convenciendo a Felipe González de que Garzón era una nulidad política. Probablemente Belloch tenía razón, pero si González hubiera nombrado a Baltasar Garzón ministro del Interior (…) se habrían evitado muchos dolores de cabeza… Pero no lo hizo, frustrando las ambiciones de Garzón y dejándolo humillado…”
  • Rodríguez Zapatero no es el primer presidente del Gobierno que fracasa en una negociación con los etarras. Antes lo hicieron Suárez, González y Aznar y, por lo tanto, sería injusto pedirle más cuentas que a sus predecesores, pero lo malo en este caso han sido las grandes esperanzas que él ha depositado en el ‘proceso de paz’”.
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