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Publicado en El Telégrafo de Ecuador el 16 de febrero de 2016

Puede que surja la curiosidad entre los albores de la lectura acompasada del día a día, o mientras intentas ver con el rabillo del ojo que lo que lee el compañero en el transcurso de un viaje en avión son lo que dicen los ojos de la escritora argentina, romántica pero histórica, Florencia Bonelli. Puede que surja la duda entre el caminar dormido de cualquier mañana en Quito, o en el despertar de una España que cada vez parece estar más dormida. Javier Rodríguez Marcos escribió el 31 de mayo para El País un artículo que se tituló “¿Libros para cambiar el mundo?”. “La oleada de títulos sobre la crisis impulsa el debate sobre la influencia social de los escritores”, escribió. Y es cierto. Pero no sólo es cierto en España y no sólo es cierto ahora. –Y déjenme que sea de las que acentúan sólo cuando toque-.

La influencia de las letras para el cambio social ha sido una constante a lo largo de la historia. Incluso en la literatura ecuatoriana, que nos descubre un tiempo que pasó, que nos hace aprender y aprender a dudar, e incluso nos invita con ahínco a la duda al emplear la metáfora para hitos que son evidencias. La belleza no tiene límites en el arte, por eso es belleza hasta su máxima expresión. Lo que desconoceremos siempre son las intenciones que sólo el autor sabe pero que sólo el lector reconoce, cada cuál para sí mismo, para lo que quiera interpretar, sentir o vivir. Porque un mismo título siempre será un mismo título, pero cada lector leerá un libro diferente bajo un mismo título.

Federico García Lorca es el mayor poeta y de mayor influencia de la Generación del 27 en España. Lo fusilaron, y su muerte siempre será un misterio. En abril del pasado año El Periódico publicaba que “un informe elaborado por la policía de Granada apunta que el poeta fue asesinado por socialista, masón y homosexual”. Ángela Figuera Aymerich fue una escritora de la primera generación de la Postguerra española. Decía que con la poesía no podría transformar la realidad, pero sí podía acompañar a algunos seres humanos. No obstante, podemos encontrar la relación de Ángela Figuera con la censura española y los expedientes de su obra poética publicado por Lucía Montejo Gurruchaga en la UNED. Publicaba en México por la negativa de la censura franquista. Las letras molestaban, como molestaban las letras de Sevetlana Alexiévich, la Premio Nobel de Literatura que buscaba la verdad.

Sara Beatriz Guardia, publica para la Universidad de Santa Cruz de Brasil, el paper de una conferencia titulado “Literatura y escritura femenina en América Latina”. Y dice: “no fue fácil romper el silencio para las escritoras latinoamericanas del siglo XIX, en un clima de intolerancia y hegemonía del discurso masculino. Nos referimos a Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba 1814-1873), Juana Manuela Gorriti (Argentina 1818-1892), María Firmina dos Reis (Brasil 1825-1917), Mercedes Cabello de Carbonera (Perú (1842-1909), Lindaura Anzoátegui (Bolivia 1846-1898), Clorinda Matto de Turner (Perú 1852-1909), y Adela Zamudio (Bolivia 1854-1928). Excluidas y marginadas del sistema de poder, estas escritoras le otorgaron voz a los desvalidos, excluidos, cuestionando las relaciones interraciales y de clase”. E incluimos a la revolucionaria Gioconda Belli. El ansia de expresarse a través de la palabra para hacer una denuncia pública, compartirla, debatirla y demostrarla, siempre ha sido una necesidad. En Latinoamérica, varios autores conformaron un coro bajo el influjo político, como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o José Donoso.

Antonio Tabucchi nos cuenta que Pereira sostiene que su periódico es independiente mientras arde la Europa de los años 30. Y eso… resulta imposible. La literatura influye para el cambio social. Y la política inspira a la literatura. Es y será una manera de expresión y rebeldía. Es la tribuna bella de siembre que nos invita a ver la realidad para expresarnos sólo con lo que nuestros ojos digan.

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Publicado en El Breviario, Club de Lectura y Pensamiento Político

El amor eterno de un libro

Nuestra relación empezó demasiado pronto. Y mi madre, como todas las madres, me avisó, me advirtió, me aconsejó… Pero ya era tarde. Su olor, su tacto… Era irresistible. Me hacía sentir cosas que jamás había sentido antes. Y yo sabía que caería tarde o temprano. Sabía que caería y no lo evité. Mas aún me acerqué. Cómo no hacerlo. Me llamaba sin emitir sonido. Volteaba mi corazón con tan sólo su presencia. Mi respiración se agitaba a medida que me encontraba más tiempo con él. El tiempo… El tiempo entre costuras, las de un libro. Daba igual cómo hacerlo y dónde hacerlo. El metro, la cama, el sofá, el ascensor, ese balancín de mimbre en el que encontrábamos la postura perfecta para mayor placer o entre la espuma blanca que baña el mar de agosto… Daba igual.

Cuanto más tiempo pasaba con él, más me gustaba… Lento, siempre intentaba que fuese lento. Pura ternura. Y sé que me inició demasiado pronto en las letras del pecado. Quizás a los doce años ya me susurraba al oído La Dama de las Camelias y esa historia entró en mi vida sin pedir permiso. Alejandro Dumas se hacía llamar su autor. Poco después me inició en La Fundación, con Antonio Buero Vallejo, en El Buscón, con Francisco de Quevedo, en las Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Sabía yo que oculto entre las verdes hojas suspiraba él… por mí, y yo por él. Más tarde lo volvimos a hacer con las Luces de Bohemia que Ramón de Valle-Inclán preparó para nosotros, ¡incluso nos montamos un Banquete con Platón! Y cuando me contó aquello de Aranmanoth, con Ana María Matute, y de Marianela con Benito Pérez Galdós, pensé que me engañaba… Cuando me descubrió a Lolita, de Vladimir Nabokov, quise morir. No podía ser, me dije, está con otra, o con muchas… El Jardín de las Dudas era mi cabeza en ese momento, como decía Fernando Savater. Pero sabía “unas cuántas cosas precisamente porque renunciaba a saberlo todo”. Y él me lo contó, le creí y volví a caer. Rozó, una vez más, las yemas de mis dedos y no hizo falta pedir más.

Me recordó de nuevo aquel pastiche de La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza. Y tan sólo hizo falta otro susurro en el silencio eterno de la noche para volver a enamorarme entre La soledad de los números primos, de Paolo Giordano. Aquello me pareció sentirlo como 39 veces la primera vez, de Magda Bandera. Y después vino Antonio Gala de todos los colores con su bastón. No había título que no me contara con la almohada pegada sobre el cabecero. Hubo momentos en los que me aburría y me cansaba… Es cierto, lo reconozco. Pero recuperé el ánimo cuando me dijo, “Allende”. Me contó todo acerca de la Hija de la Fortuna y de la misteriosa Casa de los espíritus, y empecé a verlo todo De amor y de sombra. La suma de los días se hizo llevadera hasta que me trajo El cuaderno de Maya. Viví un trío o una trilogía, yo ya no sé, con La Ciudad de las Bestias, El Reino del Dragón de Oro y El Bosque de los Pigmeos. Y no pude evitarlo, creo que hasta me hizo llorar en La isla bajo el mar.

Muchas veces me pediste que te contara esos años, y él me los contó de la mano de Juan Cruz, como Ojalá Octubre. Ojalá. Y con Octubre llegó Mario Vargas Llosa y La Fiesta del Chivo. No podía creer cuanto me contó de aquella fiesta. Me irrité. Casi me enfurecí. Para consuelo cambió de registro y me hizo llegar la Civilización del espectáculo. Pero finalmente reí con él cuando me contagió la alegría de Inés, de Almudena Grandes. Tanto me gustó aquella vez, que por él me hice convertir en Lector de Julio Verne.

Él sabía de mi intención por contar y mejorar. Contar lo que sucede a nuestro alrededor y mejorar el rumbo de nuestra historia. Lo sabía desde siempre, desde los inicios de nuestra relación cuando siendo niña, y con lazo blanco en el pelo bien planchado, nos íbamos a dar la vuelta al mundo en el Barco de Vapor. Él sabía ya por entonces de mis intenciones. Periodismo y Política. Nunca lo engañé. Política y Periodismo. Ambas se fueron fusionando a lo largo de mi vida sin ser infieles como cuerpos que no desean independizarse del otro tras el acto del amor. Como  pareja opuesta que se atrae irremediable pero irresistiblemente. Por ello iniciamos largos Viajes con Herodoto y Kapuscinski y descubrimos con Jon Sistiaga que Ninguna guerra se parece a otra. A sangre fría quiso contarme lo de Truman Capote y su desliz con John Hersey en Hiroshima. Conmovedor panorama.

Somos ya inseparables. Nuestra relación es larga e intensa. Cada vez que me abro a él, o viceversa, es como hacerlo por primera vez. Volver a respirar con fuerza. Volver a oler. Volver a soñar. Cuando acaba conmigo, me siento vacía. Sola. Y ahora, ¿qué?, siempre me digo. Sin La invención de la soledad de Paul Auster esto que cuento no tendría sentido. ¿Cómo se siente A. entre esas cuatro paredes en Nueva York? Perdido. Insoportablemente perdido. Pero de alguna manera, él me vuelve a embrujar y a hacer sentir con tan sólo un suave murmullo que siempre es mudo. Sabe que tan sólo necesito el roce de una hoja para llegar hacia lo más alto, donde sé que no me pueden alcanzar, pero donde sé que yo sí puedo llegar. Ya no entiendo la erótica sin el poder, como aquella aventura de Marilyn y JFK de François Forester, y ya no entiendo a Los Presidentes sin sus (en) zapatillas, como decía Mª Ángeles López de Celis. Ya no entiendo el arte sin la guerra, como anotó Sun Tzu. No comprendo a Aristóteles sin su Retórica, ni a Cicerón sin su Orador, ni a El Príncipe sin Maquiavelo. En un nuevo volver a empezar me hizo saber que las Palomas de Guerra, de Paul Preston, pueden volar y que las Rojas de Mary Nash existieron. Y creo que Carlos Fuentes nunca se sentó en La silla del Águila para que nos sentásemos el resto.

Ciertamente, si lo que queremos es contar y mejorar, Los cínicos no sirven para este oficio.

Mi madre acepta ya con toda naturalidad nuestra relación, porque hace no muchos años empezó la suya propia. Oye, está encantada.

Él ha marcado mi vida. Y sabemos que nuestro amor es eterno hasta que la torpeza de la vista por la edad que no perdona nublen sus escritos. Sus palabras primerizas, que para mi edad eran pecados absolutos, han moldeado a esta que escribe. Mi manera de pensar, sentir, ver y contar es fruto de tantos juegos de pasión con él. Él cogió las riendas. Yo sólo me deje llevar…

Pero ahora… Ahora me toca a mí. Siempre se mostró ante mí discretamente escrito, como si lo que ocultaba en tinta entre su pecho no calase en mí con la suficiente fuerza. Sin embargo sabía que todo me llegaba al corazón. Me llenó de historias, citas, aventuras y circunstancias, muchas de ellas obvias y ocultas en este relato porque fueron muchas veces las que lo hicimos y que aquí no cuento. Muchas historias que compartimos y reflexionamos hasta la locura que hoy llenan ya varias estanterías de mi vida.

Ahora es mi turno. Me desnudaré despacio tímida frente a él. Aunque tan sólo lo hagamos por una vez a mi manera, sensual, más que sexual. No puede ser de otra manera. Por favor, al menos una vez a mi manera dominaré yo. Lo escribiré, le contaré, le susurraré con jadeos entre silencios… Envolveré todo su cuerpo de palabras, pintaré colores de experiencia en cada línea… Porque ahora… ahora es mi turno.

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MUCHAS veces, cuando estamos leyendo, andando por la calle, viajando en coche, en autobús, vemos frases, palabras que nos dicen algo y que son capaces de activar un botón de nuestro cerebro. Esas palabras colocadas de manera ordenada tal que forman un conjunto de sentidos, entran por nuestros ojos y paralizan nuestra mente para hacerla reflexionar. A mi me ocurre con las citas que rescato de libros, de los periódicos, hasta del mismo sitio en el que me encuentro trabajando ahora mismo…

Quiero abrir este espacio de citas, para que no se pierdan en la memoria ni se queden grabadas momentáneamente en unas hojas que, con el paso del tiempo, perderán su valor dando paso al desconocido mundo digital. Quiero abrir este espacio porque las citas son algo más que letras con espacios: nos hacen ver las cosas desde otro punto de vista, incluso para aquellos que nos dedicamos al periodismo y la política.

Es por eso que las quiero compartir, componiendo poco a poco una colección de palabras con sentido, profundas, que nos hagan pararnos un instante para hacernos reflexionar. Sencillamente, para hacernos disfrutar…

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