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Publicado en Sesión De Control (1 de mayo de 2013)

El Gobierno ha ocultado las consecuencias reales de la reforma laboral. Se empeña en defenderla como una herramienta de creación de empleo, pero la realidad es más tozuda. Todo esto tiene, también, consecuencias nefastas en la comunicación del ejecutivo.

Si ahora mismo fuera tiempo de campaña electoral, todos los partidos políticos tendrían una estrategia definida en función de los resultados de un diagnóstico previo. Y, por tanto, ya tendrían un objetivo y un mensaje para dirigirse a su público objetivo: el público que necesitarían para ganar las elecciones. Hablamos del ‘target’ principal de campaña. Si ahora se celebrase una campaña electoral, todos los partidos políticos necesitarían un discurso movilizador, emotivo, creíble, certero, clave y breve para activar el voto de un electorado fundamental: los hijos de la crisis.

¿Y quiénes son los hijos de la crisis? No son solamente los jóvenes recién titulados que han tenido que coger las maletas y montarse en un avión abandonando España. No. Muchos sociólogos estarán de acuerdo en que los hijos de la crisis empiezan desde los pequeños que, seguramente, votarán en las próximas elecciones, pasando por sus padres -que en algunos casos estarán en paro-, esos hermanos que ya se habrán marchado, y esos abuelos que intentan ayudar, con o sin mucho éxito, al resto de la familia. Los hijos de la crisis no son solamente un porcentaje de la población, sino todas las personas que se han visto afectadas por el hecho irrefutable de la pésima gestión de aquellos que más tienen.

Una reforma para.. ¿crear empleo?

La Reforma Laboral vigente se aprobó tras la reunión del Consejo de Ministros el 10 de febrero de 2012 mediante un Decreto Ley. Según el discurso del Gobierno del Partido Popular, esta reforma pretendía “facilitar la contratación, con especial atención a los jóvenes y a los parados de larga duración, potenciar los contrato indefinidos frente a los temporales y que el despido del último recurso de las empresas en crisis”. Después de la lectura de la reforma y de escuchar el discurso de la ministra Fátima Báñez, los expertos coincidieron en que esta reforma no generaría empleo, sino que lo destruiría. El Gobierno se olvidó de comunicar en su discurso la letra pequeña, algo que, a la larga, genera contradicción en la comunicación y aumenta la desconfianza hacia quien emite el mensaje.

El texto en El País de Alfonso Prieto y Antonio González titulado “Una reforma… para destruir empleo” es una radiografía de esa letra pequeña que el Gobierno jamás llegó a comunicar, ni a los hijos de la crisis, ni al 70% de su fiel electorado. Jamás dijeron que esta reforma promueve el despido, no la contratación. Se rebajan las indemnizaciones por despido de todos los trabajadores con contrato indefinido, se facilita el despido por causas económicas, se facilitan los despidos colectivos, se pueden crear contratos indefinidos con un periodo de prueba de un año en el que si te despiden, no estás sujeto a indemnizaciones… Una larga lista de argumentos que evitaron en todo momento incluir en el discurso.

Crear empleo, crear empleo, crear…

La repetición es un recurso lingüístico que funciona en el mundo del marketing en general y en los discursos políticos en particular. ¿Cómo si no nos acordamos de muchos anuncios de televisión? ¿Quién no se acuerda de la canción del Cola Cao? En política, se emplea este recurso también en infinidad de ocasiones. Unas veces se usan bien y otras mal, llegando a aburrir o, mejor dicho, llegando a anestesiar a la audiencia.

En el caso de la reforma laboral, la ministra de Empleo, Fátima Báñez, desde que entró en vigor la reforma, ha repetido en infinidad de ocasiones, en sus intervenciones, que se crearía empleo con el fin último de hacer creer a la ciudadanía –a los hijos de la crisis- que así sería tarde o temprano. Incluso la web del Partido Popular tituló en un post que esta era la reforma laboral de la creación de empleo. Pueden estar tratando de mantener la esperanzas de las personas que más necesitan de un ingreso, porque son emocionalmente las personas más vulnerables. Pero, desde luego, en este momento tan desolador, la repetición juega un efecto rebote porque el discurso, más de un año y medio después, no se adecua ni con los datos ni con la realidad.

La rectificación

Y del error, a la rectificación. Pero en todo este juego, quienes más salen perjudicados son los hijos de la crisis, el electorado que querrán movilizar en las urnas cuando se presenten de nuevo a las elecciones. Si a un electorado se le manipula y se le engaña, ¿cómo se le puede pedir el voto después? Quizás, olvidando la vergüenza en casa.

Después de conocer estos últimos días las previsiones tan negativas para nuestro país, la ministra sale con micro en mano para decir ahora que “la reforma laboral no fue pensada para crear empleo” y que “queda un camino largo y difícil para crear empleo”. Una rectificación que llega tarde, una comparecencia que no tiene credibilidad, una ministra que no proyecta confianza.

Además, es un secreto a voces que muchas familias viven tan sólo de pequeños ingresos que obtienen de arreglar chapuzas o de limpiar casas. Trabajan sin seguridad social, sin protección, sin un seguro para sus familias, sin saber si mañana podrán comer. Y ahora se ha sabido que, tanto el Ministerio de Interior como el de Empleo, han firmado un convenio para luchar contra este fraude y muchos otros. Pero, de nuevo, dejando fuera de su comunicación qué harán para luchar contra los paraísos fiscales, lo que verdaderamente daría un impulso económico a nuestro país si llegasen a tributar los que más tienen. No obstante, este es un discurso que nunca repetirán a los hijos de la crisis, por lo que pudiese pasar en campaña electoral…

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Publicado en Sesión De Control (12 de abril de 2013)

Se echa de menos más diálogo, más escucha, más respeto y una profunda reforma de la Administración

Parece utópico pensar que un día empiecen a cambiar las cosas, que los partidos políticos lleguen a acuerdos que sumen, no que resten, que hablen en el mismo idioma y no siempre lo hagan al mismo tiempo, para que se les entienda. Que salgan a la calle y se conviertan en verdaderos periodistas entrevistando a cada ciudadano, preocupándose siempre por lo que más les preocupa a ellos.

Parece utópico pensar que los políticos del hoy y del mañana se conviertan en políticos por vocación mirando hacia el futuro, pero aprendiendo de los políticos del pasado. Como dice el asesor de comunicación, Antoni Gutiérrez-Rubí, “si quieres ser moderno, hay que leer a los clásicos”. Qué bonito sería si todas aquellas personas que se dedican a la política en activo empezaran a escuchar –de verdad- para crear tendencias que alimenten esta democracia enferma que tiene hambre y sed.

El diputado César Ramos ha publicado un libro titulado#DemocraciaHacker‘. Un libro que lejos está de hablar de tecnología y tecnicismos, y sí tiene mucho que ver con dar más poder a los ciudadanos. Habla de pasión, pero de pasión por cambiar las cosas. Quizás Ramos hubiese acertado más con esta palabra al titular el libro: pasión. Porque la pasión la entienden todos los ciudadanos, no sólo unos pocos. Pasión por debatir, por crear modelos nuevos, por crear, evolucionar, aportar y adaptar la política del hoy al ritmo de la sociedad. Este libro no habla de partidos políticos, y sí de ideas y de gente, de nuevos formatos y nuevas tendencias, las que ya están en la calle y son usadas por todos.

 Hablamos del lenguaje

Decía el periodista y escritor Juan Cruz Ruíz, que en Santa Cruz de Tenerife, en la época en la que él empezaba a escribir, empezaron a prohibir algunas de las palabras propias de la isla, aunque fuesen las utilizadas durante años por todos los vecinos. Los guanches ya habían desaparecido, pero no así su arraigada cultura. Hasta tal punto de que las autoridades prohibieron también emplear la palabra “guagua”, al referirse a los autobuses, y la cambiaron por “bus”. En Santa Cruz donde vas ves “bus”, dice Juan irónico.

No se trata de un prohibir o un cambiar. La política tiene su propio discurso o su propio lenguaje. Si no se entiende a la gente de la calle, las palabras que emplean, las expresiones que usan, qué piden y cómo lo piden, los políticos cada vez más se irán separando de aquellos a los que representan. Y luego será más complicado pedirles el voto, porque, sencillamente, los ciudadanos no entenderán la lengua que escuchan cuando se les pida algo.

 Hablamos de las formas

Hablamos de formas y de formatos. Hay reticencias en cuanto a la palabra ‘cambio’. Pero esta palabra también está en nuestro vocabulario. Para cambiar las cosas es necesario que el cambio empiece por nosotros mismos. No hay otra manera de hacerlo. Y aceptarlo.

Si las estructuras de los partidos políticos no entienden en qué contexto se mueven, hay que cambiarlas. Si el formato en el que se presenta hoy en día en el Congreso de los Diputados no funciona, hay que buscar la fórmula adecuada de participación. Como bien pregunta César Ramos, ¿quién no se aburre en un Pleno?

Nuestras instituciones políticas tampoco pasan por el mejor momento ni por la mejor valoración. No se trata de acumular el máximo número de formularios en los Ministerios, como apuntan los políticos, sino de acumular el máximo de problemas resueltos. Hay que ir pensando en un nuevo modelo de Administración, desde el Gobierno hasta la Corona.

La foto en Génova con todos los periodistas dirigidos hacia una pantalla de plasma y un atril muestra claramente la gravedad de la enfermedad del sistema. ¿A qué tiene miedo el Gobierno? Ese tipo de comunicación empeora la cosas, no ayuda a mejorarlas. Y con la Familia Real ocurre exactamente lo mismo: crisis reputacional, falta de credibilidad, deficiencia de su acción… van cayendo uno tras otro… Es la primera vez que se pregunta la ciudadanía seriamente para qué sirve un Rey, qué hace, en qué beneficia a España…

Si todo lo malo sale, ¿dónde está lo bueno? ¿No hay que empezar a replantearse también esto?

 Y… ¿cómo lo hacemos?

Sabemos lo que queremos pero, ¿sabemos cómo cambiar las cosas? Esta sería sin duda la gran pregunta. Ahora bien, todo pasa por una intención. Y esa intención existe.

Somos conscientes de que el sistema tiene una carencia fundamental. Y nos hemos dado cuenta de esa carencia debido a la crisis actual: económica, política y social. Todos los cambios empiezan por una revolución. España está viviendo la suya propia. Sabemos lo que ocurre. Pero este es el primer debate para llegar a un acuerdo común.

En la pasada presentación de ‘#DemocraciaHacker’, estuvieron presentes en el acto varias personas de distintos partidos políticos. Y si bien no estaban de acuerdo en todo, sí llegaron a puntos en común. Debatieron, hablaron, comentaron, se daban la razón y no, sonreían y asentían. Qué bonito sería que ocurriera lo mismo en el Congreso de los Diputados.

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