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Publicado en El Telégrafo de Ecuador el 1 de Mayo de 2016

FullSizeRender (1)No existe un orden lógico para gestionar una crisis porque nunca se está preparado para afrontarla. Pero existen una serie de elementos que deben tenerse en cuenta para gestionar la comunicación en situaciones de emergencia, y que deben adaptarse y personalizarse en función de la situación, como ya escribiera en El Telégrafo el consultor de comunicación, Antoni Gutiérrez-Rubí. Esos elementos son: i) designar a un responsable visible que represente liderazgo y control; ii) designar el papel del portavoz; iii) coordinación independientemente de las competencias que se tengan; iv) gestión del tiempo; v) y la generación de marcos de interpretación en el lenguaje.

Pero… ¿Y la tecnología? ¿Actúa de la misma manera en una situación de emergencia? En el terremoto, el uso la tecnología tuvo y tiene dos momentos: reacción y movilización. El periodo de reacción fue corto: actuación inmediata para localizar, buscar, saber. El periodo de movilización es una etapa que aún continua: desarrollar tecnología para reaccionar frente a la catástrofe, ser apoyo en la etapa de búsqueda de supervivientes y desaparecidos, geolocalizar puntos críticos, movilización ciudadana para las donaciones y periodo de reconstrucción –en el que ahora nos encontramos- y cuyo eje sigue siendo la movilización.

Los primeros momentos que configuraron la etapa de reacción se necesitaba conocer para tranquilizar. Twitter se convirtió en la principal fuente de información. Los primeros actores que reaccionaron fueron las personas porque eran las personas quienes daban las noticias, y los hashtags inmediatos donde se concentraba la conversación de lo sucedido fueron #SismoEcuador, #TerremotoEcuador, #Pedernales, #EcuadorListoySolidario, #sismo y #terremoto. Los perfiles institucionales y los medios de comunicación emitían información actualizada, de prevención y servicio. El perfil de Twitter del Instituto Geofísico de Ecuador (@IGecuador) se convirtió en una de las principales fuentes de información junto con el portal estadounidense http://earthquake.usgs.gov/). El contenido agregado por los usuarios en Twitter y en Facebook, como las imágenes, delataban la realidad. Ver para comprender la dimensión de lo sucedido era una necesidad.

Facebook actuó pocos minutos después activando su función  Safety Check y fue la herramienta de comunicación que reportaba la situación de cientos de personas a través de los muros personales, como ocurriera con el terremoto de Nepal o Japón. Google también actuó rápido y activó su localizador de personas earthquake, un espacio con dos botones principales: el azul se activa en el caso de que se busque a alguien, y el verde se activa en el caso de que se tenga información sobre alguien. Skype, en la mañana del 17 de abril, anunció que todas sus llamadas serían gratuitas en los días posteriores. Y si bien Whatsapp no es una aplicación que activara ninguna alerta, lo cierto es cada mensaje que se recibiera a lo largo de la noche era una alerta. Whatsapp fue el primer canal de comunicación para hablar, enviar mensajes y compartir contenido a las personas que configuran nuestra personal agenda de contactos. Ha sido, y es, la alerta permanente.

Posteriormente, la etapa de movilización, clave aún hoy: movilizar para localizar desaparecidos, buscar ayuda, mostrar solidaridad –dentro y fuera de las fronteras de Ecuador-, y para las donaciones y la ayuda humanitaria –extraordinaria capacidad de movilización en Ecuador para localizar puntos de encuentro y recogida de víveres-. Movilizar para la reconstrucción. En Google Drive se publicaron las fotografías de los desparecidos que circulaban en Twitter y en Facebook bajo el hashtag #DesaparecidosEC, de tal manera que la sociedad pudiese compartir el enlace y aumentasen las oportunidades de encontrar a esas personas. La unidad de un país por una causa se vio reflejada en el activismo cívico.

Las aplicaciones móviles han jugado un papel imprescindible en lo que se refiere a reportes de información para la movilización. La aplicación Yoveoveo, añadió 16 categorías más para recoger toda la información posible y generar así planes de acción coordinados. Cuestionarix.com creo la plataforma unidosecuador.org: se reporta dónde se necesita ayuda y ubica el punto exacto geolocalizado. Daniel Menieta, Gerente de Fábrica de Software Libre, indica que minutos después del desastre, desarrolladores se pusieron a trabajar en iniciativas de Software Libre que diesen apoyo en la tragedia. ¿Cómo cuáles? Divi-Damos vio la luz para contribuir en la logística y el reparto de las donaciones. También, en menos de 24 horas, nació https://desastre.ec/ que permitía a las personas solicitar ayuda en las zonas afectadas. El hashtag #MappingEcuador fue una iniciativa para seguir las actualizaciones de la cartografía del desastre a través de openstreetmap.org. El proyecto terremotoecuador.com utiliza esta última tecnología: evitar el caos y geolocalizar las emergencias para facilitar la logística era su objetivo. Ecuadorsolidario.org aún es un espacio en construcción: su actividad se puede seguir bajo el hashtag #HackPorEcuador.

La tecnología ha copado la inmediatez dando respuesta a una sociedad ávida de dar información a sus seres queridos, de querer ayudar a aquellos que inevitablemente han sido víctimas y de consultar el estado de situación de la crisis. Tranquilizar en momentos de crisis no es una opción. Tampoco coordinarse para optimizar la logística y operativizar las siguientes etapas de una catástrofe, como las ayudas y las donaciones. Y en Ecuador la tecnología no sólo ha sido útil, sino imprescindible por ser protagonista.

 

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Portoviejo y Manta. Terremoto Ecuador
Publicado en BEZ el 27 de Abril de 2016 y en Aristegui Noticias

660 personas fallecidas. 20 personas desaparecidas. 190.364 personas atendidas de las cuales 4.605 estaban heridas. 28.439 personas albergadas. 113 personas rescatadas con vida. 166 escuelas con afectación media y grave de 560 afectadas. Estos son los últimos datos oficiales de la catástrofe.

Se acabó. Ya no hay más nada que se pueda hacer, como se diría en el orden lógico en que los ecuatorianos te agradecen en el momento en el que saben que la ayuda sobra cuando sólo quedan cuerpos y escombros. Llegar hasta Portoviejo desde Guayaquil no es cosa fácil. Carreteras estrechas y de difícil acceso te llevan hasta la ciudad, hoy día más complicadas por atorarse con coches y camionetas que se amontonan desde que centenares de ciudadanos decidieron ir, ellos mismos, a dar de comer y beber a sus propios familiares.

Llegar al cantón Jipijapa es darse cuenta de que queda una hora de camino para llegar. Una hora completa de una carretera que no está sola: centenares de personas se agolpan con bebés en brazos entre arcenes inexistentes y el inicio de una selva espesa que nada tiene de madreselva. ¿Son damnificados del terremoto? No. Son vecinos del lugar, pobres y necesitados como siempre lo fueron que, aprovechando la situación, también piden agua y víveres. Son los damnificados eternos del Ecuador. Cuesta creer la cantidad de niños pequeños, por todas las carreteras de las poblaciones aledañas a la catástrofe, que piden agua con pequeñas botellas vacías levantadas al vuelo, para llamar la atención de los conductores, bajo el sol emético manabita del mediodía.

El atardecer se mezcla con la noche en Portoviejo. A escasos metros de la zona acordonada que envuelve el centro de esta ciudad, el olor se empieza a mezclar con el aire que se siente entre 26 y 38 grados centígrados. Es insoportable. El olor no se puede fotografiar. Sólo se puede sentir al oler los que allí sintieron un día, padecieron y murieron. Es esa mezcla de la comida putrefacta de los mercados que allí había, unido al olor más cruel de la descomposición, junto con la cloaca inevitable que se acopla con el polvo de las máquinas que no dejan de trabajar en una reconstrucción todavía temprana, soñada, ilusionada, cuando aún no ha dado tiempo a llorar a los muertos, cuando aún no ha dado tiempo a encontrar a los desaparecidos.

Portoviejo es eso ya: escombro, pena y polvo. Silencio y ruido a la vez. Caminar es tropezar con los cables de la electricidad cada 20 pasos. Caminar es escuchar el crujir de los edificios medio caídos y ponerse a salvo corriendo cuando temes que se pueda venir abajo. Caminar es romper en más pedazos los cristales que pisas sin ver ni pensar. Caminar es mirar el suelo e intentar entender qué hubo allí, cómo vivieron un día o qué hacían en ese preciso instante. Caminar es cruzarse con el ejército que custodia la zona mientras te ofrece agua y te alerta de la obligación de llevar mascarilla. Caminar es protegerse de las demoliciones al grito de los topos mexicanos mientras los drones sobrevuelan la zona. Caminar es encontrarte a familias damnificadas en las esquinas mientras se llevan de sus casas lo que pueden con suma prudencia en mitad de unas vigas endebles sobre unas escaleras débiles que parecen ya de cartón. Porque en cada esquina, hay un inmueble derruido, sea público o privado, oficinas o viviendas, pero enclenques, ya inexistentes. Y será por las esquinas por donde empiece a reconstruirse Portoviejo.

Carlos Parra, voluntario ayudante del cuerpo de bomberos de Ecuador, sonríe: “la fuerza manaba levantará Ecuador”. Y con la fuerza con la que lo dice, convence. Luis Zamora está sacando los muebles de su casa a la calle, hasta la tele y la nevera están a la intemperie: “nos vamos, no sabemos adónde vamos, pero nos vamos. Posiblemente a Guayaquil. Pero no lo sabemos. Nos vamos”. Se van, sin saber el lugar de destino al que van, se van, y todos los muebles en la calle. Perdidos, se quieren sentir ubicados. Marisol Mendoza lee la prensa en la calle. Invita a pasar a su casa: viven en el garaje. El terremoto destruyó la planta de arriba. Su nieto de dos añitos, Jeremías, es un moreno lindo de ojos claros que anda descalzo entre ese garaje sin asfaltar. Come algo mientras dice que se movió el suelo y que tenía miedo: sobrevivió bajo los escombros. Un bebé duerme en una cuna bajo la sombra interna que lo protege. Tienen agua potable todas las mañanas. Viven en el garaje.

Cientos de personas necesitadas han construido albergues provisionales al aire fuera del centro de la ciudad, entre plazas y descampados, cerca de los lugares clave donde se dan víveres. Hay un camión rodeado de gente: el cuerpo de marines de Ecuador reparte ropa nueva cedida por ciudadanos de Pelileo, la Ciudad Azul, llamada así por su industria en la confección de vaqueros. Muchas de esas personas, que se agolpan en fila para recibir, no vuelven a sus hogares más por temor a que vuelva a suceder que por temor a que caigan sus casas. Son… los otros afectados. Los afectados directos están reubicados en otros albergues adaptados, en centros de la policía, heridos en los hospitales, al pie de sus casas para que no se les roben nada, o desaparecidos. También el cementerio general de Portoviejo es una zona prohibida al paso de civiles: hay decenas de tumbas caídas y paredes quebradas. Y la gran problemática a la que se enfrenta Portoviejo es la delincuencia. Injusta delincuencia que provoca tamaño miedo en semejante miseria. Nadie está libre. Ninguna calle es segura. Nada te protege. La pena y el temor es una sola sensación.

Manta se levanta por la mañana. Los pájaros cantan lloro. El barrio de Tarqui es un camposanto al borde del reflejo del océano pacífico. En este lugar aún es más evidente el peso de la destrucción. El olor vuelve a ser esa fotografía sin capturar en la retina que se queda a vivir en los sentidos. Se duplica su intensidad por la humedad. En Manta no hay polvo, no hay equipos de demolición, pero sí la certeza de que puede haber fallecidos entre los pisos que han quedado aplastados como si fueran una sola planta. No hay manera de entrar, porque no hay manera de salir. Militares del ejército hacen pequeñas hogueras para quemar basura, pero las moscas bailan con las larvas entre los sacos de azúcar, entre la carne podrida de los mercados que hubo en ese lugar residencial. Residencial, por eso hay más fallecidos, mientras los hoteles se han convertido en la pesadilla vacacional de esta costa.

De la famosa papelería del centro comercial de Tarqui no queda nada más que los restos de papel donde ya ni siquiera se puede sobrescribir su historia, o los juguetes con los que jamás se podrá jugar. Y todas las esquinas del barrio en el suelo mientras las viviendas de adobe y paja de los primeros tiempos se mantienen en pie. Los edificios de las esquinas en el suelo, mientras se intenta comprender el porqué del derrumbe de edificios alternos mientras otros, para que no caigan, los apuntalan con guadua. Bajo toda interpretación científica, nadie entiende este terremoto y todo el mundo sabe lo que vivió. Pero es imposible no ver que la base, de muchos de los edificios caídos de Portoviejo y Manta, –sólo apoyada por columnas para los pórticos- es más estrecha que el peso que soportaba. En Manta el silencio se mezcla con los cristales que se rozan entre sí a punto de caer de los inmuebles inservibles que habrá que derruir. Y ese silencio estremece. Camas que asoman, zapatos sin pares, sofás a punto de caer de segundos pisos, sábanas que unidas han servido para salvar vidas, juguetes y peluches al pie de escaleras que nunca verán dueño ni infancia. El hedor ahoga. El silencio estremece y encoge. Ya no hay nada más que hacer. La normalidad será una realidad maquillada de recuerdo y angustia.

Tras la tragedia del pasado 16 de abril, la ayuda internacional y la ayuda humanitaria, Ecuador entró en la fase de acción con medidas políticas y económicas. La alerta sobre una posible crisis sanitaria es aún eso, una alerta. Ahora, ya, y de manera temprana, se empieza a hablar de reconstrucción. Pero para reconstruir hay que entender, hay que vivir, hay que pisar. Una reconstrucción que deberá volver a todo un país a la normalidad sólo si se sabe dónde quedaban sus esquinas.

 

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Portoviejo y Manta. Terremoto Ecuador
 

Publicado en BEZ el 21 de Abril de 2016

La situación en Ecuador sigue siendo crítica, no sólo por el terremoto del pasado sábado 16 de abril, sino por las réplicas que se están sucediendo –van más de 540- y que se sienten en otros lugares del país, como en Quito, la capital. El 19 de abril, el sismo de 5.9 a las 17:22h hizo saltar las alarmas, junto con el de 6.1 que se sucedió en la madrugada (3:33h del día 20, hora ecuatoriana). Las manos no sobran para buscar a más personas en las poblaciones y cantones más afectados de la costa, como Manta, Portoviejo, Bahía, Conoa, Jama El tiempo y el calor no ayudan porque hace aumentar la descomposición de los cuerpos que aún no se han encontrado. El olor de la putrefacción aumenta entre esos 26 y 38 grados que se viven y se hace insoportable ayudar a las víctimas que aún puedan estar bajo los escombros. Esa es la realidad. Y lo que se viene ya es el temor a una gran crisis sanitaria.

El terremoto

Ricardo Loor vive en la periferia de Portoviejo, a unos 5kms del lugar de la devastación en esta ciudad. Él suele viajar a Quito habitualmente al tener un emprendimiento con un socio venezolano. Pero ese día…  “Yo estaba en casa con mi esposa, con mi hijo de ocho años y con mi bebé de cinco meses. Justamente me había despedido de ellos porque tenía que resolver unos asuntos al otro lado de la ciudad. Mientras estaba en la primera planta buscando las llaves del carro, empezó el terremoto. Y mi reacción fue subir nuevamente al segundo piso a rescatar a mi hijo pequeño. Mientras subía las escaleras la energía se fue y quedamos en tinieblas”. Pasó “terror”. “Alcancé a coger a mi hijo, mi esposa cogió a mi hijo mayor y ellos se metieron al clóset. Escuché que estaban ahí, entre y me puse encima de ellos a esperar que la casa cayera. Fue un movimiento demasiado fuerte. Sin embargo, en ese momento, no sé si estuvo bien o no estuvo bien, pero pensé que teníamos que ir al patio. En el patio sabía que podíamos estar a buen recaudo para que no nos cayera nada encima y tomé la decisión, con mi hijo en brazos, de salir corriendo y bajar nuevamente las escaleras en medio del movimiento y la oscuridad”.

Ricardo mientras bajaba las escaleras, se golpeó con la pared, y también golpeó involuntariamente a su hijo contra los muros debido a la brusquedad del movimiento que sentían bajo sus pies. Abrió la puerta por fin y logró salir con su bebé. Su hijo mayor, después de unos segundos, también alcanzó a salir. “Gracias a Dios pudimos salir todos y ponernos debajo en el carro que estaba en el patio. Pero el terremoto continuaba. Vimos la muerte de frente. Yo esperaba a que la casa de desplomara y nos aplastara a todos”. Se salvaron aunque la sensación de ese momento fuese eterna. Cuesta creer que todo eso pasara en menos de un minuto. Pero pasó.

La ayuda, los desaparecidos y los muertos

La solidaridad del pueblo ecuatoriano no conoce de límites. Tampoco la de la comunidad internacional. Todo el país se ha movilizado para aportar agua, pañales, ropa… Lo que sea. En las farmacias de Quito empiezan a faltar medicamentos, como el Paracetamol. Y el agua escasea ya en muchos comercios. La ayuda es cuantiosa, sí, aunque existan dudas sobre el reparto equitativo de la misma y las formas de la dosificación de los enseres. “Hay colas extensas, la ayuda no se está coordinando de manera adecuada. La gente entra en caos. Y eso provoca que la gente entre a robar y haya delincuencia. Es un caos social el que se vive en las ciudades”, dice Ricardo Loor. En Bahía o en Pedernales, muchas personas están empezando a asaltar los transportes que llegan con las ayuda por la desesperación y la necesidad. Por este motivo, empresas, familiares y amigos han decidido alquilar coches para viajar hasta allí y entregar en mano a conocidos y desconocidos lo que puedan aportarles.

Hay familias que ayudan codo con codo junto a grupos de rescatistas. Pero muchos se sienten impotentes por no poder hacer más por las víctimas, especialmente en Pedernales. Agradecen toda esa ayuda pero parece que hay poco que se pueda hacer ya… Aseguran con el llanto tatuado en su voz que hay mucho alimento y poca gente viva en mitad del sol. Están muertos. Karla Villacís hizo lo que pudo por encontrar a su prima con vida. Stefanie Pelaez. Compartía una y otra vez su foto a través de las redes sociales esperando encontrarla en algún albergue o esperando la noticia de que la hubiesen rescatado. A las 20h del 19 de abril encontraron su cuerpo sin vida. Estaba en el edificio Navarrete, en Tarqui. Tenía 30 años y una hija de cinco. “Sobrevivió, pero el rescate no llegó a tiempo”, dice Karla, “siempre mantuve la esperanza”.

María Luisa Cevallos vive en Manta. Ella es una de las personas que más agradece la ayuda. Pero en las últimas horas, ella hacía un único reclamo: “Necesitamos conseguir ataúdes”.

660 personas fallecidas. 20 personas desaparecidas. 190.364 personas atendidas de las cuales 4.605 estaban heridas. 28.439 personas albergadas. 113 personas rescatadas con vida. 166 escuelas con afectación media y grave de 560 afectadas. Estos son los últimos datos oficiales de la catástrofe.

 

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