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RECORDAR la crisis es una tarea imposible en la mente de un ciudadano. No es que no la recuerde, es que la sigue viviendo, altanera, prácticamente imposible de sanar, como una enfermedad perenne…

Y el Gobierno y la llamada clase política continúan gestionando una comunicación pensando en términos pasados que ya pasaron sin saberse adecuar aún al contexto actual, sin ser conscientes de que juegan en el atril equivocado y que manejan un lenguaje que antes generaba prudencia, después miedo, y ahora pánico. Un lenguaje que no sólo malusa el área de la política, sino también el sector de los medios de comunicación. Estos últimos tienen el poder de influir y generar opinión pública, un poder brutal, y tienen el deber de informar. Algunos utópicos seguimos luchando porque esto sea así… Lucha eterna la nuestra.

A propósito de la rueda de prensa de hoy del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en Génova, rescato el reportaje de Diego Campo publicado en la revista Época el pasado 4 de marzo. El periodista quiso saber mi opinión y la de algunos expertos como Pau Canaleta o Antonio Núñez sobre el lenguaje de la crisis económica y acerca de cómo nos la han contado. Y este fue el resultado.

El lenguaje de la crisis es tarea de todos. Las buenas prácticas en torno a su uso también. Dependiendo de cómo sea contada, las consecuencias será unas u otras. Las consecuencias actuales, ya todos las conocemos.

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EL presidente del Gobierno español cree que ya ha hecho sus deberes. Deja la pelota en el tejado europeo. Pero Europa no le dice ni sí ni no, mantiene la respuesta en una incertidumbre estática cual padre que quiere que responda la madre ante la petición atrevida del niño chico.

¿Mariano Rajoy habla con Rubalcaba? Un Rubalcaba que espera pactos y que está haciendo bien sus deberes aunque no hable mucho en clase y pase más bien desapercibido. Dos líderes que dicen mantener el contacto a pesar de que ninguno tiene el número de móvil del otro, tal y como aseguró el líder de los socialistas en la última entrevista en la cadena SER. Raro, pero cierto, aunque según asegura el socialista, esto no suponga ningún inconveniente.

Ayer, Rajoy ofreció un discurso de altura física, mientras que Hollande emitió un discurso de altura política. Ahí quedo la fotografía. Y ahí quedó la diferencia entre ambos a pesar de que sea también ideológica. Al menos, lo que sí quedó fue esa aproximación que tranquiliza.

Del discurso de la austeridad hemos pasado al discurso del crecimiento. Eso es lo que estamos oyendo estos dos últimos días después del batacazo con los datos de la prima de riesgo, y de un banco, Bankia, que ha pedido ayuda a voces hasta que sus cuerdas vocales han dicho basta.  Falta de credibilidad en cuanto a la sostenibilidad de nuestro sistema financiero, falta de mensajes positivos oportunos en cuanto a las posibilidades de España para salir de la crisis, falta de coherencia política entre la Ejecutiva española y una marca España que decrece y decrece…

No hay fiabilidad, no hay fidelidad, no existe la credibilidad. La sociedad continua solicitando su derecho de ser escuchada: crisis social también. No hay presidente que baje a la plaza. Faltan mensajes y falta un discurso creíble a pesar de que se quiera dar un giro hacia lo positivo. Para dar ese giro, tiene que darse el contexto y demostrarlo.

El discurso, sigue sin convencer a España. Y sigue sin convencer a Europa.

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