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“El sargento Gibson recibió la orden de abrir fuego. Colocó una granada hueca, sin explosivo, en el disparador del cañón. (…) En el suelo, boca arriba, como un bulto deslabazado, estaba el cuerpo de José. (…)  Me puse a la altura de sus ojos. Las gafas habían saltado por algún lugar de la habitación. ‘Ha sido el tanque – me dijo -, ha sido el tanque. ’(…) Ya no solté su mano fría hasta que la puta máquina dejó de pitar”. 

JON SISTIAGA

NINGUNA GUERRA SE PARECE A OTRA

 MAÑANA hará una semana que pisé la Universidad Carlos III de Madrid desde otro pedestal. La profesora Laura Pérez del Toro me invitó a su clase de 4º de periodismo del grupo bilingüe. Y acostumbrada a escuchar siempre durante mucho tiempo a lo largo de mi formación entre estos muros, el martes pasado la que hablaba era yo. Mis palabras emanaban mensajes relacionados con el valor del periodismo, que existen, y son muchos, aunque cientos de personas quieran convencernos de todo lo contrario. Se puede ser un profesional en el  periodismo y un profesional en la comunicación y estas dos palabras, en la práctica, no tienen porqué ser contradictorias. Empecé compartiendo con ellos un pequeño discurso que escribí hace un par de años cuando opté por dar valor a aquello que tanto se cuestionaba. No hice otra cosa que contar mi propia experiencia, una pequeña historia como ejemplo, la que iba creciendo dentro de mi ser desde que supe lo que era la justicia, el poder de la ignorancia, la manipulación, y la verdad.

«Era en las tabernas, en los cafés, donde la gente se reunía para comentar los sucesos del día, para escuchar de boca de quién sabía aquello que el Gobierno no quería transmitir a su pueblo. “Hazme saber qué sabes”, pero bajito. Censura. Rondaban entonces, los años de la prensa clandestina. Periodistas y políticos exiliados por dar voz al pueblo. Rondaban los inicios de los sindicatos y el nacimiento de diversos partidos políticos. Pero ofrecer información veraz, luchar en contra de la propaganda política para alcanzar la libertad, nunca, nunca, fue un crimen.»

Tenemos un objetivo claro: creer en nosotros mismos, porque somos necesarios. Primero, aprendamos a valorarnos a nosotros, después valoremos lo que hacemos. ¿Y para poder trabajar? ¿Y para poder salir adelante en estos momentos de tanta crisis en los medios?

«En el camino de nuestra profesión, nos encontraremos con muchos tanques, como el que asesinó a Couso. Tanques que nos impedirán ejercer nuestra labor. Deberemos cumplir lo que la empresa para la que trabajamos nos pide y seguir esa línea ideológica. Y así es. Pero no olvidemos que aquellos para los que trabajamos, no son periodistas, son máquinas de hacer de dinero desde que descubrieron que las noticias eran un negocio. Depende de nosotros el convencer y transmitir lo que hacemos y para lo que valemos.»

Ese es el principal mensaje. Son máquinas de hacer negocio. Y hoy podemos hacer algo. No podemos ver esta situación como una amenza, sino como una oportunidad para reinventarnos, para salir hacia adelante con un verdadero diferencial. ¿Cuál es vuestro objetivo? ¿Qué es lo que mejor sabéis hacer? ¿Cuáles son vuestras habilidades y competencias? Y… ¿lo más importante? ¿Cuál es vuestro sueño? La salida estará siempre en el esfuerzo, en el trabajo y sobre todo respondiendo a las preguntas más adecuadas. Pero, sobre todo, creyendo en vosotros mismos. Contad lo que hacéis, quiénes sois y en lo que creéis…

¿Empezamos?

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TIEMPOS en que la Corona española está viviendo sus peores momentos. Tiempos en que la credibilidad y, sobre todo, la confianza, penden de un hilo fino que apuesta por romperse en cualquier momento. ¿Y después qué? El rey reina, pero no gobierna. Y ese «reinar» es el que siembra tantas y tantas dudas en la sociedad española. Una reputación mermada, una imagen desteñida por los hechos que tarde o temprano debían conocerse. Un «yernísimo» que ha optado por emplear mal un poder desmedido que no le pertenecía. Y un rey que opta por cometer errores del tamaño de un elefante.

La Familia Real española ha sufrido un desgaste importante en los últimos meses. Proyectan debilidad en una España más que debilitada. Y cuando se cree que todas las esperanzas parecen haberse agotado, aparece Letizia y sus fotografías. Esa periodista que carecía de sangre real, la embargaban todas las cualidades que rodean a la mujer autónoma e independiente del siglo XXI y acabó casándose con el príncipe Felipe. Y quizás, por eso, por ser diferente (o normal como cualquier otro ciudadano) la han tomado como pieza clave del ajedrez en el mismo momento en el que cumple 40 años, pero, ¡uy!, también en el mismo momento en que la sociedad española ha decidido movilizarse contra los recortes de Mariano Rajoy… 

En esta estrategia de comunicación aparece la princesa más auténtica de la mano del marido perfecto y abrazada por unas bellas hijas. Una estrategia  para lavar la imagen de la corona o al menos para purificarla. Una imagen que maquilla cualquier atisbo de pensamiento negativo sobre la Familia Real. Y en las imágenes que nos ofrece la fotógrafa Cristina García Rodero, un detalle: las alianzas de los príncipes. Ella en la mano derecha. Él en la mano izquierda (no en la derecha como su esposa). Un detalle que se repite en cada foto, donde cada foto quiere subrayar el compromiso que esa alianza significa y lo que conlleva significar el «lado derecho» en la Casa Real. Las manos están colocadas a la altura precisa, con el gesto preciso para que no se nos escape, una y otra vez, el compromiso de Letizia para con el príncipe, para con la corona, para con sus hijas y esa familia que ha construido. La alianza que supone el amor y la felicidad, la que esta familia actuando de la forma más natural, nos quiere hacer ver. Esas fotos desean comunicar compromiso y fortaleza, contrarrestar esa debilidad impropia que, hasta la fecha, la corona española nos ha demostrado poseer. No cabe duda de que Letizia y su alianza son las piezas claves del ajedrez.

 

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PODEMOS anunciar abiertamente que nuestro Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está enfermo. Contagiado por la crisis aparece con un aspecto insalubre. Unas ojeras ensangrentadas se han apoderado de su descanso. Uno pómulos caídos parecen soportar el peso más extremo. Su sonrisa es plana, horizontal, inapetente. Y la delgadez de su rostro ha hecho aparecer un cuello demasiado arrugado o demasiado cansado, cuál pavo que pide hambriento.

Como España, Rajoy también está enfermo. Hasta Obama le regaña. La preocupación y la tensión le ha llevado a un extremo lejos de proyectar confianza y esperanza. Transmite preocupación. Cansancio. Transmite desconcierto. Así las cosas. Evoca el “madre mía, madre mía, madre mía” que suelen repetir las madres cuando ven una mancha imperdonable en la ropa del niño  difícil de hacerla desaparecer.

Su gesto es preocupante y preocupa. Su rostro evoca desesperación que desespera. Transmite descrédito, y desacredita. Una barba anciana que transmite ya la suficiente madurez como para abandonar a pesar de que acaba de llegar. Inseguridad, desconfianza. Eso es todo lo que nos da este nuevo presidente en el momento más crítico para España.

Sus palabras ya no importan: apenas las escuchamos, no las creemos. Este presidente perdió la credibilidad en menos de 100 días, pero con elegancia. Esa voz que se retracta posteriormente ya ha perdido toda la atención y toda su intención. Esos ojos que ya no miran, sólo ven, se agotaron indiferentes agarrándose a un porvenir que no le pertenece.

Y si el presidente de España se nos contagió, ¿cómo no va a contagiarse la ciudadanía de España? Comienza un ciclo sin fin con ganas de que ya termine esta agonía. La que nuestro presidente siente, la que padece. Agonía.

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