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Publicado en el Blog de El País, Mujeres (19 de octubre de 2012)

Curioso es que existan monumentos que homenajean a grandes luchadores y conquistadores, grandes guerreros y reyes. Pero pocas veces se acuerdan del papel de las mujeres en las conquistas y en las guerras. ¿Existieron?

“Las hazañas de Inés Suárez, mencionadas por los cronistas de su época, fueron casi olvidadas por los historiadores durante más de cuatrocientos años”, escribió Isabel Allende a modo de introducción en su novelaInés el alma mía. Y cuánta razón tenía.

Inés Suárez (1507-1580), mujer extremeña del siglo XVI que decidió embarcarse rumbo hacia ese nuevo mundo donde se depositaron tantas y tantas esperanzas. Hacia allí partió, tras su marido Juan de Málaga, para conocer que se había convertido en una mujer viuda. En Cuzco, conoció a Pedro de Valdivia, el gran Pedro de Valdivia, maestro de campo de Francisco Pizarro. Y junto a él no sólo conocería la pasión y el amor, sino también el sabor de la conquista.

La valentía no sólo es una intención. E Inés Suárez lo demostró al participar en las expediciones por territorio chileno y en la fundación de Santiago de Nueva Extremadura, hoy Santiago de Chile. Porque los guerreros no luchan solos. Y no todos son hombres. Hay mujeres que los acompañan, deciden, les cosen las heridas, los cuidan, les dan de comer, montan a caballo como ellos y empuñan las armas.

Inés Suárez destacó por su valentía y su ímpetu, pero la historia cuenta también que por su crueldad tras el asalto a Santiago dirigido por Michimalonco en 1541: hizo decapitar aQuilicanta junto a siete indígenas prisioneros para asustar a los atacantes.

Ocho años después, Pedro de Valdivia entregó finalmente a Inés en matrimonio a Rodrigo de Quiroga e hizo traer a su mujer a América. Todo para cumplir la sentencia de un juicio en el que lo acusaron, entre otras cosas, de mantener una relación fuera del matrimonio. Tras este matrimonio, se dice que Inés y Rodrigo vivieron en la calma de ese Santiago…

Más de 400 años después, la comuna de Santiago ha cambiado mucho… La lucha que hoy existe es para hacerse no con la conquista de ningún territorio, sino con la conquista de la confianza de los ciudadanos que allí habitan. El próximo 28 de octubre se celebran elecciones. Pablo Zalaquett y Calorina Tohá se disputan la alcaldía. Ya no hay caballos ni lanzas, aunque quede el origen y recuerdo de la historia. Hay líderes que pretenden mejorar la calidad de vida de sus vecinos, de todos: de los jóvenes, que cada día salen a las calles para pedir más educación; de las mujeres, que cada día solicitan más igualdad; de los mayores, que necesitan escuchar, ver y comprobar. Ese debería ser el objetivo de su candidatura.

Ya no se recuerda a Pedro. Y tampoco a Inés. Ese Santiago chiquito creció. Los grandes monumentos que homenajean a los hombres son sólo símbolos. Hoy se sueña con hechos. Las elecciones dan paso al papel de la democracia. Una democracia que, quizás, le habría gustado ver a Inés en su Santiago.

 

Imagen de la portada del libro de Isabel Allende Inés del alma mía

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ESTA es la historia de una mujer rural, como muchas otras…Y hoy quiero rendirle especial homenaje, aunque ya haya escrito de ella alguna vez…Nieves nació en Hinojosas de Calatrava, un pueblecito, aseguro, de menos de 500 habitantes en lo más profundo de los pastos manchegos. La pequeña de seis hermanos, creció y vivió al abrigo de unos padres y en una posguerra que parecía no acabarse nunca… -Mamá, ¿qué le hizo ser a la abuelita María cocinera? – Le pregunté un día. Ella respondió, – el hambre. A los 15 años Nieves perdió a ese padre que no lo mató ni la guerra ni Franco, sino la mina tras años y años de trabajo. Se casó pronto y eso le cambiaría la vida por completo… Esta mujer rural, que aprendió un oficio con su madre desde la cuna en un pueblecito de La Mancha, se convirtió en la primera conductora de autobuses de la provincia de Ciudad Real. Apuesto que de Castilla – La Mancha también, pero esta segunda valoración no es certera, sino fruto de la intuición y del amor que siento por ella. Nieves decidió que debía ayudar a su marido, coger el volante como él, acompañarlo en la lucha de dar de comer y criar a las cuatro hijas que nacieron de ese matrimonio prematuro. A día de hoy puedo decir que no sólo ha criado a sus hijas y a sus nietos, sino a las decenas de niños que ha llevado al colegio en su autobús. No ha consentido que niños, hijos de padres rurales y con escasas posibilidades, fueran a la escuela en pleno invierno sin una chaqueta o sin una bufanda. – Hija, tú estudia mucho, que no te podemos dar otra cosa-. Eso me ha dicho durante mucho tiempo… Por eso lloró cuando pisó la Carlos III por primera vez y por eso lloró cuando pisó también la Universidad de Navarra. Porque no podía darme otra cosa, decía. Nunca creyó que de padres rurales y trabajadores hubiese podido salir una hija al menos con formación universitaria… Y eso lo consiguieron ellos porque creyeron y a sus hijas las hicieron creer que era posible. Esta mujer de carácter, de mucho carácter, de campo y tabaco, crítica con la política del ayer, del hoy y del mañana, conductora de autobuses, madre, abuela, cocinera, ama de casa, costurera… ha vivido la muerte de unos padres, de un yerno, de un nieto y el accidente de un marido que pudo costarle la vida. En su mirada se percibe su fuerza, pero también su sufrimiento. Porque somos los demás quiénes nos agarramos a ella pensando que su fuerza será eterna. Nos agarramos a ella sabiendo que en sus palabras siempre estarán las palabras idóneas y las respuestas a nuestros problemas, aunque después no le hagamos mucho caso… Cuando llega ella, llega la calma. –Anda, ¡si luego no me queréis nada!-, nos dice una y otra vez. Pero sabe que no es cierto. Sabe que llega la calma con ella, por eso llega para darnos esa calma. Sabe que esas hijas están pendientes de ese debilitamiento, de esos escalones que sube cada vez con más torpeza, de esas arruguitas que el paso de los años va marcando. Porque en esas arruguitas están también los kilómetros recorridos con su autobús, con su marido, con sus hijas y con sus nietos. Y en lo más profundo de su corazón, ella sabe que aún le quedan muchos kilómetros por recorrer, muchas migas que cocinar y muchos gazpachos que batir, muchos chistes que sonreír, muchos libros por leer, muchas flores que plantar, muchas mantelerías que pintar y algún que otro nieto por alimentar. Por eso vive. Y por eso nos hace vivir a los demás.

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Publicado en el Blog de El País, Mujeres (16 de julio de 2012)

 

“Madre, no esté preocupada ni intranquila por mí, que estoy muy bien. Usted coma, que yo saldré pronto. Además, ya les decía que estoy todo el día en un patio que da mucho el sol y me pondré muy morenita”

Palabras de Dionisia Manzanero, que murió sabiendo que era inocente. Palabras de una chica de veinte años convencida de que el Caudillo no perseguía las ideas, sino que hacía justicia con aquellos que habían cometido crímenes y robos. Y ella no era ni ladrona ni asesina. Sólo tenía ideas. Por eso tenía esperanza de salir con vida de entre las paredes de la cárcel de Ventas. Pero murió, hombro con hombro, con el resto de sus compañeras.

Carlos Fonseca documentó en su obra la historia más conmovedora de la Guerra Civil: la historia de Las Trece Rosas Rojas. Y en esa obra, once cartas que analizamos de tres de las rosas: Dionisia Manzanero, Julia Conesa y Blanca Brisac. Son palabras desde la cárcel que dicen más que su propio mensaje, hablan por sí solas si las estudiamos con detenimiento. Es tinta arrojada sobre papeles que eran regalos al llegar a sus destinatarios. Luz en un túnel oscuro. Vida ante la inminente amenaza de la muerte.

Las cartas de las rosas estaban cargadas de sentimientos donde no se olvidaban hacérselos llegar a una persona en concreto, una protagonista principal: sus madres. Porque hasta Blanca, al escribir a su hijo Quique, no se olvida de que su madre, Cuca, sería el pilar que educara a su hijo. Transmitían palabras de tranquilidad y de ilusión, de ánimo. Y siempre sus madres entre sus palabras y su preocupación porque comiesen, porque mantuviesen el ánimo altivo. Porque, desde fuera, siguieran luchando por ellas.

Dionisia Manzanero escribía y escribía pidiendo ropa limpia, tarea para la costura, algún arreglo en algún vestido demasiado ajustado… Quería vivir. Y así lo plasmaba entre sus palabras. Animosa, escribía cartas pero más largas eran cuando por fin ella recibía la de su familia o después de la comunicación. Maquillaba la realidad para hacer ver un imposible en aquellos tiempos. Se comió el rencor y el odio. Se comió la venganza hasta el final de sus días. Porque ella quería estar bien y que la viesen bien. Salud para un mañana que no volvería. Quería que su madre estuviese bien y padre, también. Hasta 24 veces han repetido la palabra bien las rosas en sus cartas. 24 veces…

 Siempre pensaban en sus familias antes que en ellas. Su preocupación era saber cómo estaba el resto… Julia así lo plasmaba aunque se advierta entre sus líneas la descomposición que sentía al saber que iba a morir. “Muchos ánimos”  -decía- “que yo no dejo de reír y de cantar”, pero… “hacer todo lo que sea por mí, pues como podéis comprender todos, que soy necesaria para ayudar a mamá a trabajar. Mamá, irás junto con las madres de mis amigas, o sea, con Adelina García y Julia Vellisca, pues no separarse y hacer todo lo que podáis las tres juntas, todo por nosotras, e ir a las Salesas y mirar la tablilla de penados, pues como podéis comprender, somos inocentes de todo, yo os lo aseguro”. Súplica: estoy bien, pero haced algo por nosotras….

Escribían palabras de cariño, palabras de amor, de bien y del querer. Y enviaban besos. Millones de besos. Y abrazos. Ninguna expresión negativa entre sus pensamientos en papel. Pero sí de orgullo: “con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar”. Decía Julia, aquella que no quería que su nombre se borrase en la historia.

No lloréis decían una y otra vez las rosas, no lloréis…

Blanca Brisac, hasta en la carta que le anunciaba el camino de la muerte a su hijo Enrique, lo quiso educar con la base férrea del amor para que los actos que lo acompañasen a lo largo de su vida estuvieran relacionados con el cariño y la inocencia que caracterizaba a sus padres.

Las cartas de las rosas comunicaban pasión hacia sus seres queridos, hacia sus familias, hacia sus hermanas y hermanos, a sus tíos, a sus novios… a nadie se les olvidaba hacer llegar su mensaje. Combatían el miedo con la lejana ayuda de su gente sin transmitir que lo sentían. Tapaban con niebla el sufrimiento y la realidad absorta que las embargaba en una infancia que no les correspondía.

Y serenas, aún sabiendo que eran inocentes, aún sabiendo que el futuro de las personas que más querían estaría marcado por el dolor de su ausencia, escribieron palabras de amor camino de la muerte.

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