De Cerca

Nieves: mi pequeño homenaje a la mujer rural

ESTA es la historia de una mujer rural, como muchas otras…Y hoy quiero rendirle especial homenaje, aunque ya haya escrito de ella alguna vez…Nieves nació en Hinojosas de Calatrava, un pueblecito, aseguro, de menos de 500 habitantes en lo más profundo de los pastos manchegos. La pequeña de seis hermanos, creció y vivió al abrigo de unos padres y en una posguerra que parecía no acabarse nunca… -Mamá, ¿qué le hizo ser a la abuelita María cocinera? – Le pregunté un día. Ella respondió, – el hambre. A los 15 años Nieves perdió a ese padre que no lo mató ni la guerra ni Franco, sino la mina tras años y años de trabajo. Se casó pronto y eso le cambiaría la vida por completo… Esta mujer rural, que aprendió un oficio con su madre desde la cuna en un pueblecito de La Mancha, se convirtió en la primera conductora de autobuses de la provincia de Ciudad Real. Apuesto que de Castilla – La Mancha también, pero esta segunda valoración no es certera, sino fruto de la intuición y del amor que siento por ella. Nieves decidió que debía ayudar a su marido, coger el volante como él, acompañarlo en la lucha de dar de comer y criar a las cuatro hijas que nacieron de ese matrimonio prematuro. A día de hoy puedo decir que no sólo ha criado a sus hijas y a sus nietos, sino a las decenas de niños que ha llevado al colegio en su autobús. No ha consentido que niños, hijos de padres rurales y con escasas posibilidades, fueran a la escuela en pleno invierno sin una chaqueta o sin una bufanda. – Hija, tú estudia mucho, que no te podemos dar otra cosa-. Eso me ha dicho durante mucho tiempo… Por eso lloró cuando pisó la Carlos III por primera vez y por eso lloró cuando pisó también la Universidad de Navarra. Porque no podía darme otra cosa, decía. Nunca creyó que de padres rurales y trabajadores hubiese podido salir una hija al menos con formación universitaria… Y eso lo consiguieron ellos porque creyeron y a sus hijas las hicieron creer que era posible. Esta mujer de carácter, de mucho carácter, de campo y tabaco, crítica con la política del ayer, del hoy y del mañana, conductora de autobuses, madre, abuela, cocinera, ama de casa, costurera… ha vivido la muerte de unos padres, de un yerno, de un nieto y el accidente de un marido que pudo costarle la vida. En su mirada se percibe su fuerza, pero también su sufrimiento. Porque somos los demás quiénes nos agarramos a ella pensando que su fuerza será eterna. Nos agarramos a ella sabiendo que en sus palabras siempre estarán las palabras idóneas y las respuestas a nuestros problemas, aunque después no le hagamos mucho caso… Cuando llega ella, llega la calma. –Anda, ¡si luego no me queréis nada!-, nos dice una y otra vez. Pero sabe que no es cierto. Sabe que llega la calma con ella, por eso llega para darnos esa calma. Sabe que esas hijas están pendientes de ese debilitamiento, de esos escalones que sube cada vez con más torpeza, de esas arruguitas que el paso de los años va marcando. Porque en esas arruguitas están también los kilómetros recorridos con su autobús, con su marido, con sus hijas y con sus nietos. Y en lo más profundo de su corazón, ella sabe que aún le quedan muchos kilómetros por recorrer, muchas migas que cocinar y muchos gazpachos que batir, muchos chistes que sonreír, muchos libros por leer, muchas flores que plantar, muchas mantelerías que pintar y algún que otro nieto por alimentar. Por eso vive. Y por eso nos hace vivir a los demás.