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EL presidente del Gobierno español cree que ya ha hecho sus deberes. Deja la pelota en el tejado europeo. Pero Europa no le dice ni sí ni no, mantiene la respuesta en una incertidumbre estática cual padre que quiere que responda la madre ante la petición atrevida del niño chico.

¿Mariano Rajoy habla con Rubalcaba? Un Rubalcaba que espera pactos y que está haciendo bien sus deberes aunque no hable mucho en clase y pase más bien desapercibido. Dos líderes que dicen mantener el contacto a pesar de que ninguno tiene el número de móvil del otro, tal y como aseguró el líder de los socialistas en la última entrevista en la cadena SER. Raro, pero cierto, aunque según asegura el socialista, esto no suponga ningún inconveniente.

Ayer, Rajoy ofreció un discurso de altura física, mientras que Hollande emitió un discurso de altura política. Ahí quedo la fotografía. Y ahí quedó la diferencia entre ambos a pesar de que sea también ideológica. Al menos, lo que sí quedó fue esa aproximación que tranquiliza.

Del discurso de la austeridad hemos pasado al discurso del crecimiento. Eso es lo que estamos oyendo estos dos últimos días después del batacazo con los datos de la prima de riesgo, y de un banco, Bankia, que ha pedido ayuda a voces hasta que sus cuerdas vocales han dicho basta.  Falta de credibilidad en cuanto a la sostenibilidad de nuestro sistema financiero, falta de mensajes positivos oportunos en cuanto a las posibilidades de España para salir de la crisis, falta de coherencia política entre la Ejecutiva española y una marca España que decrece y decrece…

No hay fiabilidad, no hay fidelidad, no existe la credibilidad. La sociedad continua solicitando su derecho de ser escuchada: crisis social también. No hay presidente que baje a la plaza. Faltan mensajes y falta un discurso creíble a pesar de que se quiera dar un giro hacia lo positivo. Para dar ese giro, tiene que darse el contexto y demostrarlo.

El discurso, sigue sin convencer a España. Y sigue sin convencer a Europa.

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HAY titulares que se entienden, otros que asustan, otros que informan, otros los hay que sorprenden, y otros que apelan. Y cuando ya se nos van acabando las tipologías de titulares que los periodistas van trazando con la pluma digital según les viene lo que ha de escribirse, aparecen los declarativos que transmiten amenaza.

El pasado domingo leíamos un titular en el periódico El País que nos sorprendió: Rajoy a los que protestan: “Cada viernes, reformas; y el que viene, también”. A decir verdad, lejos queda ya la sorpresa porque, cada viernes, miles y miles de ciudadanos esperamos con los ojos abiertos y los oídos bien atentos como quién espera un golpe más después de una larga paliza. Como dice Juanjo López, «cada viernes con Rajoy, es Viernes de Dolores«.

¿Siguen entendiendo los políticos a la ciudadanía? Esa es la cuestión que se plantea después del 20N y tras unos resultados históricos fruto del tan ansiado cambio. Ahora bien, después de más de 100 días de Gobierno, la sociedad española está profundamente desanimada y desconfiada. La estampida de recortes le va pisando los talones a quienes menos tienen y, cada viernes, un hachazo más ahoga el ánimo para seguir corriendo. No se animan los mercados, tampoco la confianza europea. Vivimos en una crisis monárquica empezando por el cabeza de familia… Y nuestras empresas sufren los reveses de países que están aprovechando la debilidad española para darle el tiro de gracia.

Y en todo ese puré y con la gente en la calle, llega Marano Rajoy para amenazar: “Cada viernes, reformas; y el que viene, también”. Una amenaza que lleva implícita la palabra recorte aunque no se mencione, que lleva implícita la palabra IVA, aunque no se mencione y que lleva implícita el desempleo aunque tampoco se mencione.

La sociedad está latente, viva, hablando y pidiendo, casi suplicando. Ese afán de supervivencia es el mayor activo con el juega este Gobierno. Sólo un consejo, un consejo que es consecuencia del éxito en comunicación: aprendamos a escucharla. A España le iría mucho mejor. Y al Gobierno, también.

De modo que… Presidente, no amenace: escúcheles.

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MUCHOS de aquellos que nos dedicamos al mundo de la información, nos dedicamos por vocación. Y esa vocación, desgraciadamente, no se ve reflejada en otras profesiones. Reducir la ignorancia ciudadana a partir de información veraz es, creedme, vocacional. Y cuando a una sociedad, a una ciudadanía, le amputas de ese valor educativo, formativo e informativo, lo haces más ignorante y con ello más vulnerable para poder manipularlo. El poder hace ignorantes y lo aprovecha para manipular. Lo ha hecho durante años. Y siglos. Y sigue.

Mi herramienta es la palabra. Con ella cuento, narro, informo, comunico, asesoro y analizo. Decidí vivir de ella porque a ella me rindo y a ella sirvo. Y es la palabra la que me incita a escribir este post dedicado a la mala educación: la que ahora nos imponen y que poco tiene que ver con un film de Pedro Almódovar. Recuerdo cómo mi madre lloraba cuando entró a la Universidad de Navarra y vio donde su hija estaba estudiando el Master de Comunicación Política. Ese día lloraba porque no se creía que ella, una autónoma conductora de autobuses, junto con mi padre, también autónomo conductor, y junto con mi trabajo de años y años, y beca tras beca, pudiésemos haber ahorrado como para poder continuar con mi formación y mis estudios. A Washington no llegó porque, entre otras cosas, jamás ha tenido la oportunidad de coger un avión. Junto con mis sueños, también iban los suyos, los de mis padres… Pero… ¿tendrán mis sobrinos las mismas oportunidades? Ojalá Octubre, como decía Juan Cruz

Mientras Rajoy pide unos pocos euros, muchos jóvenes que quieran tener acceso a la Universidad, no podrán. Vivimos en un cuentagotas en el que cada céntimo es recogido del suelo si vemos que alguno ronda la acera. Reducir las universidades supone «quitar educación» y reducir oportunidades. Que las tasas sean 540 euros más no sólo supone un esfuerzo, supone que no sólo cuentan con el coste de los créditos, hay que pensar también en el material diario, fotocopias, libros, transporte (y más aún si se vive fuera de la comunidad), transporte que ha subido un 11% en la Comunidad de Madrid, comida, vestirse, el vivir el día a día y el alquiler (más gastos) para aquellos que viven fuera de sus poblaciones. No son 540 euros, es todo lo demás…

Esos 540 euros más se suman a los impuestos, a la reforma en Sanidad, a la subida del transporte, al aumento de la cesta de la compra, al aumento del gasoil, de las facturas… Pero, cuando seamos todos ignorantes nos harán ver que lo que eran impuestos, eran apuestas; que lo que eran recortes eran reformas; que lo que era apretarse el cinturón, era estilizar la figura… Y nos convencerán. Pasaremos de la mala educación, a la mala comunicación. Hasta que llegue un punto en el que a todos nos falte el aire suficiente como para aportar más palabras que ayuden a incentivar nuestra economía, y ya no podamos gritar más eso de… “señores, no nos hagan más pobres ni nos traten como a ignorantes”.

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