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¡Viva España! Y ¡Viva el Consejo!

NO se encuentran palabras de tranquilidad ni de sosiego en ese discurso. Ninguna esperanza al alcance de ningún español. La Eurocopa se gana, pero no en Bruselas. E ahí el verdadero entramado. Y aunque el presidente del Gobierno afirme que está “de acuerdo en la ruta y en la meta”, al país no le parece lo mismo. Rajoy no ha subido el Mulhacén, y por eso anda aún perdido sin esquivar ninguna piedra. Perdido y plantando más obstáculos en un camino angosto, difícil y temerario. ¿Qué líder pone más dificultades a su propio equipo? Aquel que está enfermo de poder.

Mariano Rajoy ha comparecido en el Congreso de los Diputados con un discurso gris, aburrido y a base de decretazo. Con el estilo marcado en la necesidad de que lo peor es lo mejor. Cuanto más se sufra, mejor. Eso le ha pedido a los españoles, que sufran más para estar en mejor en un futuro. Pero… ¿qué futuro? Puede que muchos decaigan, mueran por el camino. Y entonces no habrá ciudadanos que se aprieten más. Parece que la ciudadanía española corre peligro de extinción con estas medidas.

Escogió mal las palabras. Ha escogido la mala lectura. Y no ha tenido en cuenta al auditorio, que lo detenía una y otra vez. El discurso de Mariano Rajoy ha empezado angosto, con muchos números y enumeraciones difíciles de memorizar. Se perdía la atención con cada pilar que creía explicar. ¿El número final del circo? La sorpresa de los nuevos recortes, nuevas medidas que atentan con una palabra fundamental en el contexto actual: Democracia.

Esta palabra cobra hoy una nueva acepción, porque las medidas ya no son recortes. Se trata de una reducción de libertades. Esa es la traducción cuando dejan a las grandes fortunas sin aplicación alguna. Son medidas que no se sostienen con la situación actual y con el fondo económico medio de los ciudadanos españoles. No sólo desconocen a la mayoría de las personas para las cuáles gobiernan, sino que también las ignoran. Al tiempo.

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PODEMOS anunciar abiertamente que nuestro Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está enfermo. Contagiado por la crisis aparece con un aspecto insalubre. Unas ojeras ensangrentadas se han apoderado de su descanso. Uno pómulos caídos parecen soportar el peso más extremo. Su sonrisa es plana, horizontal, inapetente. Y la delgadez de su rostro ha hecho aparecer un cuello demasiado arrugado o demasiado cansado, cuál pavo que pide hambriento.

Como España, Rajoy también está enfermo. Hasta Obama le regaña. La preocupación y la tensión le ha llevado a un extremo lejos de proyectar confianza y esperanza. Transmite preocupación. Cansancio. Transmite desconcierto. Así las cosas. Evoca el “madre mía, madre mía, madre mía” que suelen repetir las madres cuando ven una mancha imperdonable en la ropa del niño  difícil de hacerla desaparecer.

Su gesto es preocupante y preocupa. Su rostro evoca desesperación que desespera. Transmite descrédito, y desacredita. Una barba anciana que transmite ya la suficiente madurez como para abandonar a pesar de que acaba de llegar. Inseguridad, desconfianza. Eso es todo lo que nos da este nuevo presidente en el momento más crítico para España.

Sus palabras ya no importan: apenas las escuchamos, no las creemos. Este presidente perdió la credibilidad en menos de 100 días, pero con elegancia. Esa voz que se retracta posteriormente ya ha perdido toda la atención y toda su intención. Esos ojos que ya no miran, sólo ven, se agotaron indiferentes agarrándose a un porvenir que no le pertenece.

Y si el presidente de España se nos contagió, ¿cómo no va a contagiarse la ciudadanía de España? Comienza un ciclo sin fin con ganas de que ya termine esta agonía. La que nuestro presidente siente, la que padece. Agonía.

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“(…)  solo un ciudadano bien informado de los asuntos públicos puede comprometerse con el desarrollo político y social de su país. Sólo un gobierno radicalmente transparente puede ofrecer a los ciudadanos suficientes datos de su gestión como para  que estos puedan opinar y participar con conocimiento de causa y criterio”.

 

ESTAS son las palabras que César Calderón escribió en el libro Otro Gobierno. Unas palabras cada vez más presentes en los ciudadanos de éste país aunque jamás hayan leído este libro ni esta cita en ningún lugar.

Así es, no es lo mismo seguridad que soberbia. Y aunque Soraya Sáenz de Santamaría quiera proyectar seguridad en sus palabras, lo que interpreta la sociedad es una soberbia grandilocuente. Un liderazgo con apetito a más para que sus palabras no sean pisadas. Hoy la veíamos en el Congreso responder con soberbia. Un Gobierno “que informa y reforma, pero, sobre todo, dice la verdad”. Ole. Eso ha respondido al banco de la oposición. Y lo ha dicho con soberbia a pesar de que la prima de riesgo esté en los más de 530 puntos, a pesar de que negó saber la cuantía que el Estado pagará por el banco de los populares y se supiera horas más tarde, a pesar de que callan a Ordoñéz cuando quiere hablar de Bankia, a pesar de que el mismísimo presidente, Mariano Rajoy, haya reconocido los errores de comunicación en su Gobierno…

Soraya tiene apetito y lo muestra ante una sociedad con más apetito aún, pero de hambre, no de poder. La seguridad confidente a Soraya le viene pequeña últimamente al dar la noticia cada viernes de dolores, algo que no controla ni en el tono de su voz, ni en la proyección de su propia imagen. Quién sí se muestra segura es la sociedad. Segura de lo que quiere, segura de que cada vez más va quedando un poco menos. A pesar de que hayamos dejado de soñar, tal como reconocía ayer la filósofa Adela Cortina.

Atrás quedó la Soraya luchadora por el sueño, la joven política con carrera brillante, con un compromiso social y madre primeriza. Su papel en estos tiempos lo está jugando con la soberbia que no le corresponde y no le ha de pertenecer. Y de negro. Sólo la crisis puede reconvertir su comportamiento. Pero en ella está el identificar lo que es la seguridad para afrontar el gravísimo problema que padecemos, o elegir el comerse son soberbia hasta a sus propios electores.

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