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Sin sorpresas, Mariano Rajoy se ha convertido de nuevo en el presidente de España. Su mayor éxito se ha basado en la estrategia del silencio y la resistencia: mientras el resto de partidos cometen errores, Mariano Rajoy evidencia un diálogo sin fundamento para evitar cometer más equivocaciones, y aguantar a pesar de la que le está cayendo a su propio partido. Nunca antes España había tenido un partido imputado con su líder gobernando. Nunca antes una abstención había supuesto una traición a tantos millones de votantes, a tantos años de historia, de valores y principios. Nunca antes unos líderes políticos se habían alejado tanto de las ideas. Aunque se supiera lo que iba a ocurrir en el Congreso español, escuchar una a una la “abstención” en boca de los diputados socialistas ha resultado más duro aún de lo esperado.

Nunca antes la palabra “abstención” había sonado tanto a traición. Una traición imposible de reparar, como irreparables fueron las decisiones de José Luis Rodríguez Zapatero y que costaron las elecciones de 2011. Los votantes socialistas nunca antes se habían sentido tan heridos. El reto del PSOE a partir de ahora es doble: recuperar una confianza imposible interna y social, y ejercer una oposición efectiva cuando su propio grupo está dividido. Pero cuando se pierde la atención social, ya poco se puede hacer. Si el PSOE comete más errores, puede convertir a Unidos Podemos en el verdadero partido de la alternativa. Por el bien del país, el reto de la oposición es desenmascarar a Mariano Rajoy, proyectarlo socialmente como el peor presidente de la historia de España.

A pesar de que se rompe el bloqueo institucional con la elección de Rajoy como presidente, empieza un periodo de bloqueada legislatura. Sin mayorías, con escasa voluntad del dialogo, sin intención alguna de corregir los errores legislativos del pasado, y advirtiendo que continuará con las políticas que les convienen a quienes más tienen pero no a la mayoría de la sociedad española, se proyecta un periodo catalogado por Pablo Iglesias como de epílogo. La política presupuestaria, los acuerdos y los propios límites que Mariano Rajoy se ha impuesto serán los desafíos de los próximos meses. Sin romper España y sin romper Europa, caminando hacia un futuro ilustrado por Mariano Rajoy con la sombra de un electorado socialista humillado se intentará trabajar en algo a lo que no están acostumbrados: el diálogo.

Las grandes perspectivas que Mariano Rajoy ha anunciado para el futuro de España no dibujan ninguna esperanza. Tener el apoyo de los diputados socialistas que han anunciado “abstención”, pero no tener su confianza, resulta ser un argumento político pobre y carente de esencia presente y futura. Sin comunicación política, no hay política. El único que ha iluminado algún sendero alternativo político ha sido Pedro Sánchez que, dejando su escaño, ha metido un gol político. Un gol político de cara a la sociedad, pero no un gol político, digamos orgánico, de cara a su partido, en parte por aquellos que desean un nuevo rumbo con liderazgos nuevos y con un cambio significativo.

Si la sociedad no entiende las decisiones políticas de hoy y del mañana, los políticos de nuestro país fracasarán, una vez más, o seguirán fracasando. Entender la realidad española y hacerse entender será la principal tarea de un epílogo anunciado. Ya no hay tiempo posible porque se sigue sumando un tiempo perdido. Y a los españoles ya no les queda tiempo ni paciencia.

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“El mayor peligro que enfrentaban las fuerzas republicanas, según la joven, era el fraccionalismo, exacerbado desde el inicio de la guerra”

El hombre que amaba a los perros

Leonardo Padura

 

Publicado en BEZ el 27 de Junio de 2016

Pierde España, principalmente, porque España no es solamente el Partido Popular por mucho que griten “yo soy español” en una noche electoral. Cojan la calculadora y sumen: casi dos millones de españoles fuera de España donde ni un 5% ha podido votar, mas 1.189.296 de personas que no han votado en comparación con las elecciones del 20 de Diciembre en las que sí lo hicieron, mas 5.424.709 de votos al PSOE, mas 5.049.734 de votos a Unidos Podemos, más 3.123.769 de votos a Ciudadanos, mas el resto de votos repartidos entre el resto de fuerzas políticas. Vaya… la suma da más que los 7.906.185 de votos que ha conseguido el Partido Popular. Sin embargo, el PP ha ganado las elecciones al conseguir 137 escaños y al beneficiarle una Ley D’Hondt que todos quieren cambiar.

Ahora… nadie entiende nada y la pregunta inmediata después de conocer los resultados es… ¿qué ha pasado? ¿Son ciertos esos resultados? El error de Podemos de no apoyar la pasada investidura le ha pasado factura electoral sumado a la unión con IU. Además de la aritmética electoralista, algo evidente era que muchos que admiraban a Alberto Garzón no simpatizaban con la imagen de Pablo Iglesias. Pero, con menos votos (1.230.020 votos menos), obtienen más escaños: de 69 pasan a 71; -aunque serían los mismos si les sumamos los dos escaños de Unidad Popular en Común de las anteriores elecciones-Mientras el Partido Popular gana las elecciones, el PSOE gana las encuestas, afianzando su discurso y el principal motivo por el que no comunicaba si haría o no pacto electoral con Podemos. Ellos esperaban que no hubiese sorpasso, como así ha sido.

Ha ganado un partido político que se aleja cada vez más de la realidad de España

Todo apunta a que el número de votos que ha perdido Ciudadanos se hayan ido directamente al PP atendiendo al voto útil. ¿La realidad? La realidad es que ha ganado un partido político que se aleja cada vez más de la realidad de España: está lejos de los datos de crecimiento reales del país, lejos de una sanidad y educación públicas defendidas durante décadas, lejos de la igualdad de derechos y lejos de la transparencia que se demanda. La realidad es que gana el partido que interpreta datos para beneficio de unos pocos, que se aleja de las necesidades que más gritan los ciudadanos por pura supervivencia. Y gana la lista que presenta los mayores casos de corrupción. Más aún, el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, acusado de conspirar con el jefe de la Oficina Antifraude catalana para fabricar escándalos contra ERC y CDC en plena campaña electoral, es que el que anunciaba, junto con la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, el resultados por provincias de estas elecciones. ¿Aplaudimos? Por favor, al menos, y como humildad, que no pidan respeto cuando son más españoles los que no los han apoyado y cuando acumulan semejante cartera de descrédito judicial.

Que el PP gane las elecciones no significa que la derecha gane, sino que la izquierda pierde. El PP gana 690.433 votos con respecto a las pasadas elecciones, que suponen 14 escaños más de los 63 que perdió en diciembre. La abstención siempre afecta a la izquierda. Y hay que reconocer que faltan 1.189.296 votos que sí estuvieron en las pasadas elecciones del 20 de diciembre de 2015. La participación ha sido de un 69,84% frente al 73,2%. Y cuando la mayoría de votos está fraccionada, quienes pierden, además de una izquierda separatista incapaz de ponerse de acuerdo ante las causas que les unen, que son más que las que les separan, pierde España.

Podemos ha hecho una campaña impecable en términos de comunicación política. Y eso hay que reconocerlo. Pero aún le queda definir esa política de la que tantos dudan. Todos los que mencionan tanto a Venezuela, y todos los que invocan tanto al miedo, es porque poco conocen de Venezuela y de Latinoamérica en su conjunto. Qué lejos estamos y cuánto la mencionamos. Si viajáramos más, más valoraríamos España y más comprenderíamos que no es comparable. Y que ese miedo infundado no ha sido nada más que una estrategia efectiva, pero banal y surrealista por puro desconocimiento.

Más valor por lo que han callado

Nuestros candidatos, en esta campaña, han tenido más valor por lo que han callado que por lo que han hablado. Han tenido más valor por lo que han respondido que por lo que han propuesto. Porque, al fin y al cabo, ha contado más la esencia del dónde vienen y qué representan, que hacia el dónde van, o quieren ir, con nuestro apoyo. Y, porque, al fin y al cabo, cuenta más el hacia dónde les dejen ir.

La lista más votada ha sido el Partido Popular, sí, habiendo diseñado la peor campaña de su historia. Pero ganar con 137 escaños, no significa gobernar. Y esto es algo que Mariano Rajoy no aceptará. Esperemos que acepte que, para este nuevo momento político, la izquierda en España, que también es España, resulta imprescindible. Pedro Sánchez decide qué. Pablo Iglesias debe decidir ahora de qué lado estar. Y Albert Rivera se sentará en la mesa que más condiciones le acepte. Pero es en las manos de la izquierda donde está cederle el Gobierno a Rajoy, formar Gobierno propio o ir a unas terceras elecciones que resultarían, de momento, insoportables para España.

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