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HE puesto alrededor de 15 marcas en este libro (quizás alguna más que se me escape) con el ánimo de no perder detalle en el relato de cada presidente contado por Mª Ángeles López de Celis, una funcionaria de carrera que ha estado entre las paredes más deseadas de aquellos que, de alguna manera, nos dedicamos también a la política.

En estas palabras descubrimos lo que cada presidente le ha suscitado y nos damos cuenta, quizás, de que a pesar de padecer el “síndrome de La Moncloa”, todos y cada uno son, ante todo, personas.

Cada palabra es importante en este libro que nos acompaña en la travesía de nuestra propia historia. Sin embargo, cada presidente ha sido diferente para nuestra sociedad como lo ha sido diferente para López de Celis… He aquí algunas citas que merecen la pena destacar…

 

Adolfo Suárez González

Cuentan que una vez el príncipe don Juan Carlos visitó Segovia y coincidió con Suárez, entonces gobernador civil de la provincia. La conversación que ambos mantuvieron derivó por tales derroteros que el príncipe llegó a interrogarle sobre su opinión respecto a lo que habría que hacer cuando se produjera la sucesión. Suárez, que lo tenía más que pensado, le entregó un papelito en el que se establecían las líneas maestras de la transición a la democracia, la devolución de la soberanía al pueblo, la elaboración de la Constitución, la amnistía y la legalización de los partidos políticos. (…) Después, cuando el Rey llamó a Suárez para comunicarle su decisión y encomendarle la Presidencia del Gobierno, en sustitución de Arias Navarro, le dijo, sacando el papelito: “es tu oportunidad”.

Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo

Luis Sánchez-Merlo, que sentía por el presidente una admiración sin límites, le decía: “Leopoldo, cada vez que sonríes en campaña perdemos veinte mil votos”… Y es que Calvo-Sotelo, al que llamaban “la esfinge”, sonreía con la seriedad de Tutankamón.

Felipe González Márquez

Felipe González no seduce, hipnotiza. Es como si uno supiera de antemano que todo cuanto salga de su boca será importante y sus silencios previos crean tanta expectación como su discurso… Y sus manos, sus manos se mueven seguras, con una suave energía que emboba al que las contempla. (…)

Pero Felipe González y sus quince Gobiernos consiguieron la gran transformación que hizo grande a nuestro país. (…) La enorme proyección mundial de España en la era González está viva en las hemerotecas y aún hoy sigue latiendo en la memoria colectiva, aunque algunos se empeñen en volver al cabeza. Ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

José María Aznar López

Según sus propias confesiones, el día que obtuvo la mayoría absoluta fue el día más feliz de su vida, pero tanta alegría no puede ser buena, y a partir de ahí, dejó de escuchar. En su forzado autismo, pensó que solo la suya era la verdad absoluta.

“No me arrepiento en absoluto de haber participado en la foto de las Azores, porque fue el momento histórico más importante que ha tenido España en doscientos años”. Se podría apostillar que, tal vez, el momento histórico no fue precisamente el de España…, sino el suyo.

José Luis Rodríguez Zapatero

Según dicen, el único que de verdad confiaba en sus posibilidades de victoria era él mismo, y pensaba: “Si lo de Bono, que sí que fue difícil, lo conseguí, ¿por qué no voy a ganar ahora a Rajoy?”. Estaba convencido de ello, y cuando uno cree en sí mismo y en lo que piensa, consigue transmitirlo a los demás y el mensaje traspasa dermis y epidermis y se fija en la médula espinal de quienes están expectantes y deseosos de encontrar quien les transmita el mensaje que quieren oír.

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AYER se celebró una gran cita: el debate sobre el estado de la Nación (que hoy ha continuado). Zapatero sabía que era importante, y sabía que se la jugaba. Abordar las reformas estructurales nunca fue tarea sencilla. Y Mariano Rajoy lo tenía fácil. Sabía que lo tenía fácil ante este panorama abrumador…

En su discurso, Zapatero dijo que quería muchas cosas para su país: «prosperidad, empleo y políticas sociales» (…) «esto es un reto y, como tal, debemos interiorizarlo». Habló del criticado «Plan E», del desempleo y la reforma laboral, de las víctimas de ETA, y su homenaje a través de la unidad democrática, la estrategia de economía sostenible, la reforma del sistema financiero, de la crisis y, como no, el estatut, que tantos quebraderos de cabeza e incomodidades le está dando… Y Rajoy habló de todo esto, pero se perdió entre sus palabras lo más importante: los intereses de España. ¿Por qué? Porque a pesar de pedirle a Zapatero que «lo mejor que puede hacer es disolver el parlamento y convocar elecciones generales», en su discurso prevaleció las críticas que el PSOE y el presidente mismo le hacía, o le hacen, o le harán,  cual novia enfadada por un mal beso. Y de pronto viene el colofón de las palabras del presidente, metidas sin calzador y con cuidado: «Voy a ejercer al máximo el principio de responsabilidad» (…) «gobernar, cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste». Y ahí quedó ese final bordado a ordenador, que no a «máquina», para los titulares de prensa, radio y televisión.

Y esta mañana cambia el tono y despertamos con las palabras de Rajoy como protagonistas en casi todos los medios.  Quizás porque sean muchos los que desean esa moción porque no ven otra alternativa. Sin embargo, vemos esa foto, la de El Mundo. Que dice mucho y todo, que comunica todo y mucho. Y precisamente es El Mundo quién la saca y no en mal puesto, sino en portada. A Zapatero se le han complicado las cosas, y lo vemos guardar sus papeles con tranquilidad y parsimonia. Y a su lado aplauden, y a su alrededor también. Pero ahí está, sentado con una mueca en su rostro con el convencimiento de haber cumplido, al menos así lo piensa él. Y sentado está, como presidente del Gobierno, mientras vemos marcharse a un Rajoy ensombrecido en segundo plano. Lo vemos irse difuminado cual sombra empobrecida. Y Zapatero, sentado en su sitio, observa como se marcha ese político que borroso aparece en esa imagen.

Y es que hay momentos en los que una imagen dice más que mil palabras…


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