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De Cerca

Firma de opinión en Cadena SER. 10 de diciembre de 2024

Sosiego. Las manos cruzadas posadas sobre una boca en reflexión. Los codos, apoyados a la mesa. Y los ojos fijos en una copa de vino blanco en la que se transparentan las personas que vienen y van en pleno barrio del Born en Barcelona. Vienen de hacer su día, van hacia todas partes. Eso es España. Un sorbo frío para respirar. Que sean dos. Huele a volver.

Así empecé el capítulo de un libro hace unos años. Lo titulé Irse para estar siempre volviendo, aunque los gerundios cuesten. Hablaba de los que emigramos en otro tiempo a otros países, a otras ciudades, también a otros mundos y a otras vidas. Hablaba de los que lo hicieron por necesidad en busca de un trabajo, pero sobre todo de la esperanza de un futuro. Lo escribí en un bar en pleno corazón del Born de Barcelona, poco después de regresar de mi vida en Ecuador.

Entre los 17 y los 18 años me marché a Madrid. Mi madre preparó ropa limpia, mucha comida y, no sé por qué, cajas de leche, como si en Madrid no hubiese. Mi hermana me traía las primeras semanas por la carretera de Toledo, antes de que existiera la A-43 desde Puertollano. Y cada fin de semana volvía a casa.

22 años después sigo volviendo a casa, sigo llamando a mis padres a la misma hora, me sigo emocionando cuando aparco en la puerta, salgo del coche y la primera bocanada de aire huele a leña. Me gusta levantarme los sábados por la mañana, empezar con mi madre el día y que mis hermanas vayan llegando a desayunar. No deja de ser Mujercitas en versión manchega. Me gusta besar a mi padre y olerlo para que el olvido no aparezca nunca. Me gusta escribir allí, creando en una habitación llena de libros, pero sabiendo que no estoy sola, que mis padres están a tan solo unos pasos.

Será la nostalgia del mes que llega, antesala de un inevitable año nuevo, también que los míos están más mayores y me niego a aceptar el tiempo y lo que éste hace que ocurra, pero cada vez cuesta más separarse de allí, del hogar, del pueblo, de ese lugar del que deseábamos huir a los 17 años para descubrir otros mundos, otros países, otras vidas.

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Aún recuerdo bajar la calle Aduana de Puertollano cuando era una niña para ir al colegio. Y nada más entrar a la Avenida Primero de Mayo ver, sobre los bancos blancos que había frente a Fotografías Ceci, montones de periódicos que aún los kioscos no habían recogido. Todavía no había cumplido los ochos años en 1993 y Felipe González ganaba por cuarta vez las elecciones generales. Recuerdo esas portadas con una gran foto del presidente y esa gran rosa socialista. Lo recuerdo. Los niños no entendíamos mucho, pero algunos podíamos intuir lo que significaba todo aquello si lo empezábamos a hilvanar con las conversaciones familiares de las últimas semanas. Los siguientes años no fueron alentadores, tampoco positivos para Felipe González. Pero la llegada de Aznar tampoco trajo la ilusión esperada para muchos españoles. Las consecuencias de unas malas decisiones impactaron directamente, rápidamente y negativamente. Lo bueno duró poco. Ya, en la Universidad, pude vivir cómo muchos jóvenes se vestían de alegría porque Zapatero podría llegar a ser esa gran esperanza anhelada. Y esos mismos jóvenes, después, siguieron siendo los protagonistas de un reclamo multitudinario, los que han llenado las calles de rebeldía contra políticas que se alejan de la realidad que vive la mayoría de España.

Desear cumplir los 18 para algunos suponía la oportunidad de comprar alcohol, tener un nuevo horario de llegada a casa los fines de semana y empezara hacer gamberradas varias siempre dentro de la inocencia. Jugar a ser mayores. Jugar a descubrir. Para otros, suponía por fin poder ejercer ese derecho al voto, decidir frente a los que decidían hasta ahora por nosotros. Tomar la decisión de elegir era el mayor regalo que podían traer los 18. Hoy, 12 años después, y a pesar de que hay casi 2 millones de emigrantes españoles, no hemos podido ejercer nuestro derecho al voto. Los jóvenes en España que se acaban yendo, unos por la escasez de oportunidades, otros por ir tras retos profesionales que dentro del país empiezan a escasear, hemos visto nuestro derecho limitado. ¿El problema? La incompetencia de nuestras instituciones que bajo un DNI emiten las papeletas bajo un código de referencia a nombre de otra persona y a otra dirección. ¿El problema? La reforma de la Ley Electoral de 2011 y su artículo 75 que roza –o inunda- lo irrisorio, lo injusto, y sólo cuando se ejerce uno se da cuenta de lo inútil que resulta no sólo por el dinero público que se gasta –y de las personas que votan, que siempre se gastan más de lo que les devuelven, si les acaban devolviendo-, sino por la complejidad, por el tiempo que se le tiene que dedicar pidiendo explicaciones a las instituciones públicas sobre los errores cometidos. Y claro, una institución siempre va a delegar a la otra. Jamás van a resolver el problema.

En estas elecciones del 26 de junio muchos emigrantes no han podido votar. Y otros no lo hemos podido ejercer a tiempo. Los errores de Correos España y del INE han sido vergonzosos, más aún su silencio, pero haber quién abre ahora una comisión de investigación. Todos los candidatos en estas elecciones hablan del retorno del talento, del retorno de tantos españoles con formación, hijos de obreros, hijos de la crisis pero ninguno se ha preocupado de si los emigrantes han podido votar, cuántos han sido los que lo han hecho, o qué problema se ha tenido por correo o en los consulados. Nos han robado el voto porque los emigrantes son el voto abandonado, del que todos hablan pero del que nadie se acuerda. Sólo aquellos con la convicción de que con nuestra insistencia y con nuestra actuación podíamos localizar nuestras papeletas solventando los errores de nuestras instituciones, hemos podido localizar el voto, aunque fuese demasiado tarde…  Gracias a las familias de las casi dos millones de personas, estamos representados. Gracias a las abstenciones que algunos hemos sido capaces de movilizar, estamos representados. Una vez más es la gente la que ayuda a la gente.

Esta noche se espera cambio. Pero un cambio real, aunque luego veamos quiénes van en las listas y nos demos cuenta de que con los mismos en el mismo lugar poco podemos cambiar. La España que queríamos no fue la que resultó el pasado 20 de diciembre, o no al menos lo que resultó de las negociaciones. Y todos los candidatos en estas elecciones se han decantado por la no diferenciación: si todos nos dicen que España mejorará, que apuestan por la sanidad y educación pública de calidad, por la igualdad y que habrá más empleo, ¿a quién elegimos? ¿O qué alternativa política elegimos si todos han ofrecido lo mismo en campaña electoral? Nuestros candidatos, en esta campaña, han tenido más valor por lo que han callado que por lo que han hablado. Han tenido más valor por lo que han respondido que por lo que han propuesto. Porque, al fin y al cabo, ha contado más la esencia del dónde vienen y qué representan, que hacia el dónde van o quieren ir con nuestro apoyo. Y, porque, al fin y al cabo, cuenta más el hacia dónde les dejen ir.

Muchos se preguntan por qué Podemos le tiende la mano al PSOE precisamente ahora… Y otros muchos se preguntan por qué el PSOE no dice con quién pactará. Mientras UP (Unidos Podemos) confía en el sorpasso y en ser ellos quiénes tengan el liderazgo para tener la opción de invitar a formar Gobierno, el PSOE confía en lo que ha llamado… dar la #sorfresa y ponerse por delante de UP, o más bien mantener el lugar que tenían para poder ser ellos los que lideren un pacto. En cualquier caso, ¿podría ser Pedro Sánchez presidente esta noche? Podría. Mientras, el Partido Popular ha hecho quizás la peor campaña de su historia. Pero aún haciendo la peor campaña de su historia, dando el peor ejemplo con su actuación, política y democráticamente, sería el partido más votado. Así somos los españoles. Sin embargo, en España, ganar no es gobernar. Y esto es algo que Mariano Rajoy no ha aceptado, no quiere aceptar y no aceptará.

Para muchos, estas elecciones suponen un robo a un derecho democrático, como es ejercer el derecho al voto. Pero también es un robo a nuestra propia voz y a nuestras propias ilusiones de construir algo nuevo y algo mejor.

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SIEMPRE he querido venir a mi tierra, con mi gente, a mi casa… a presentar el que fuese mi primer libro. El viernes 25 de octubre por fin pude cumplir ese gran sueño. La concejalía de cultura cedió el Museo de Puertollano para tan ansiada cita, un lugar por el que yo pasaba de niña a diario, una y otra vez, al salir hacia el colegio, al volver, al ir a por los recados de la tarde que mi madre me enviaba… Y años después, allí nos encontramos. Entre familia, amigos y personas que también desconocía pero que me encantó saludar.

FERNANDO Garea e Imma Aguilar deslumbraron con su discurso y sus mensajes, sorprendieron y cerraron la brecha de muchas dudas que surgieron. Yo me limité a aportar mi propia experiencia y a disfrutar de ellos en un lugar único, en mi tierra. La gente disfrutó viéndolos a ellos, saludando y charlando. Y yo fui feliz.

HUBO personas que se esforzaron cambiando sus turnos de trabajo para poder compartir ese ratito junto a nosotros, y les estoy inmensamente agradecida. Hubo personas que estuvieron allí y que les hubiese encantad también estar en Madrid. Hubo personas, ya muy mayores, que fueron dando pasitos con mucho esfuerzo por la edad que no perdona, personas que me cogían en brazos de niña y que han sido testigos de toda una vida en familia. Y ese mérito inmenso lo recordaré por siempre. Al igual que siempre recordaré que me faltaron personas, como Javi “el grande”, mi gran consejero, mi maestro, mi amigo y mi hermano que nos dejó un abril de 2003 sin apenas darle tiempo la vida a preguntarle si quería quedarse o irse.

ME quedo con todo de ese día y con todos los que asistieron así como con Fernando e Imma que conocieron por primera vez esta ciudad industrial de la que tanto hablo cuando estoy fuera de casa: de Puertollano.

*Gracias a Ana Muñoz y a Pepe Vigara por facilitarlo todo para la celebración de este encuentro.

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