De Cerca

Tremendo

LAS palabras, a la hora de hablar, a la hora de comunicarnos, importan mucho. Recuerdo que un grupo de alumnos del instituto Fray Andrés de Puertollano, debatimos la acepción de “culto” con el que era nuestro profesor de lengua. Culto de ser culto, no de hacer culto. Según el profesor, aunque no sea científicamente correcta, una persona es culta cuando tiene la suficiente capacidad como para saber desenvolverse en cualquiera de los ámbitos y contextos en los que se enfrenta: su vocabulario, su manera de expresarse, su forma de saber y estar. Ser culto también se aplica a aquella persona que de por sí es sabia, es inteligente, despierto, astuto, audaz.

Sería tremendo saber desenvolverse en cada circunstancia, debemos estar preparados para ello y evitar meter la pata, introducir palabras que no debemos. Sería tremendo situarnos en cada circunstancia para introducir los temas idóneos y de una manera óptima. Sería tremendo saber y comprender quién es el receptor de nuestro mensaje y por qué es él el que está en ese momento y no otro. Sería tremendo visualizar el contexto, observar y aceptar la realidad para comunicar más y mejor. Sería tremendo cuidar la imagen en cada escenario dependiendo de la obra que vayamos a interpretar, formal o informal. Sería tremendo diferenciar quién soy en cada uno de los posibles casos: ¿mujer, esposa, amiga, madre, política, profesional, compañera? En comunicación, dominar esto es fundamental.

En cada una de las personas que interpretamos en nuestra vida, siendo siempre al fin y al cabo nosotros mismos, actuamos de manera formal o informal en cada situación. Pero, en ocasiones, la personalidad de uno domina la situación, sacando a relucir palabras que, quizás, uno no quisiera sacar en un principio. Sacando a relucir su más sincera personalidad. Y porque somos personas, esto es, sin duda, algo tremendo.